PARTE II
COMO EL CEREBRO HA DADO FORMA A NUESTRO MUNDO
CAPITULO 7.
LA IMITACIÓN Y LA EVOLUCIÓN DE LA CULTURA
Creo que sabiendo lo que sabemos acerca
de la naturaleza de los diferentes mundos que cada hemisferio propicia, y
entendiendo su relación, podemos comenzar a discernir un patrón en el devenir
de la historia Occidental. Considero que ha habido una sucesión de cambios en el
equilibrio entre los hemisferios en los últimos dos mil años, y la segunda
parte de este libro explorará este punto de vista, con el objetivo particular
de comprender lo que está sucediendo en el mundo contemporáneo.
La historia de
Occidente muestra momentos en los que un avance en un hemisferio, "desencadena"
un avance en el otro, según la afirmación de Nietzsche de que "estas dos pulsiones tan diferentes [la apolínea
y la dionisíaca] coexisten una al lado de la otra, la mayoría de veces en
conflicto abierto, estimulándose y provocándose mutuamente para alumbrar una
descendencia siempre nueva y más vigorosa, en la que perpetúan el conflicto
inherente a la oposición entre ambas”.1 Pero ahora hemos llegado a un punto en el que, por las razones que
he propuesto, el equilibrio se ha inclinado demasiado - quizás de forma irremediable
- hacia el apolíneo hemisferio izquierdo, que ahora parece creer que puede hacer cualquier cosa, crearlo
todo por sí solo. Como el emisario en la fábula, se ha cansado de servir al
Maestro, y como resultado la supervivencia del ámbito que comparten está, en mi
visión, en peligro.
En esta segunda
parte del libro abordaré lo que los principales cambios en la cultura
Occidental revelan ellos mismos, específicamente dentro del marco de esta
metáfora. Comenzaré con el surgimiento de la escritura, el uso de la moneda, el
origen del arte dramático y algunas facetas del nuevo tipo de civilización que
surgió en el siglo VI a.C en Atenas, pero centraré la atención en la
regeneración de la civilización Occidental durante el Renacimiento, las
convulsiones de la Reforma, el surgimiento de la Ilustración, la transición al
Romanticismo y la aparición del modernismo y el posmodernismo. Todo lo que
espero hacer en estos capítulos es señalar algunas características que tienen
relevancia para el tema de este libro. No hace falta decir que tratar, en lo
que no es más que una serie de capítulos inevitablemente cortos, temas tan
vastos que cada uno de ellos se consideraría ya demasiado grande para toda una
vida de investigación, ha de ser inevitablemente muy selectivo; y habrá quienes
piensen que no debería haber sido tan temerario como para intentarlo siquiera.
A ellos, solo puedo decirles que soy totalmente consciente de los escollos,
pero aun así siento que, a menos que estemos seguros de que no puede haber un
patrón general a discernir, estamos obligados, con pleno conocimiento de la
temeridad de la empresa, a hacer el intento.
No me propongo
tratar en detalle las culturas no-occidentales. En parte esto es una
consecuencia de mi ignorancia; en parte, el alcance de un libro así amenazaría
con ser inabarcable. Pero inevitablemente me pregunto si los mismos cambios
cataclísmicos en el clima intelectual se dieron realmente fuera de Occidente:
hacia el final del libro haré algunas reflexiones sobre el equilibrio de los
hemisferios en las culturas del lejano Oriente, que sugieren que los dos
hemisferios disfrutan allí de una simbiosis mejor que la de Occidente.
Aunque puede
haber habido cambios importantes en otras culturas, posiblemente coincidentes,
en algunos casos, con los de Occidente: Karl Jaspers estaba convencido de que hubo
un cambio crucial en la forma de ver el mundo que ocurrió no solo en Occidente,
sino también en China, y la India, al mismo tiempo que ocurría en la antigua
Grecia, aproximadamente entre el 800 y el 200 a.C. Y llamó a este período, un
punto de inflexión, en la historia del mundo, o Achsenzeit (a veces traducido como Edad o "Era Axial"), así
en su obra, Origen y Meta de la Historia
identificó características comunes entre algunos de los más grandes pensadores
de aquel período, incluyendo a Platón, Buda y Confucio.2 Esta
también fue la época de Heráclito, Lao Tsé, los Upanishads y los profetas
hebreos. Del mismo modo, algunos de los cambios acaecidos en Occidente tienen
paralelismos en otros lugares: con respecto a la Reforma, se podrían señalar
otras épocas y lugares en los que las imágenes visuales estaban proscritas, y
donde existía un fundamentalismo intolerante, basado en la literalidad de los
textos, del tipo o blanco o negro, reñido con cualquier comprensión más rica
del mito y la metáfora: tales tendencias forman una parte importante de la
historia de algunas otras religiones, incluido el islam.
Pero no hay nada parecido a la extraordinaria bifurcación
de la cultura que parece haber caracterizado la historia de Occidente - ningún
equivalente de la Ilustración, con su insistencia en una sola forma rectilínea
de concebir el mundo, y (porque no había necesidad de ello) de ningún
Romanticismo que pretendiera corregirla. Tal y como Max Weber puso de
manifiesto en su historia de las culturas china e hindú, y del judaísmo, fue
solo en Occidente donde se impuso el racionalismo desenfrenado y acaparador de
la ciencia, del capitalismo y de la burocracia.3 "A veces uno se pregunta por qué la
revolución científica se produjo en Occidente en la era moderna y no, por
ejemplo, en China, o en el Islam medieval, o en el París o el Oxford
medieval", señala Stephen Gaukroger, al comienzo de su magistral
exploración del auge de la ciencia, y de las razones por las que, en Occidente,
ha habido una "asimilación gradual de todos los valores cognitivos a los
científicos".4 Y continúa,
Pero es la Revolución Científica la que requiere
una explicación, no estos avances... [En aquellas otras culturas
donde ha habido grandes avances científicos] la ciencia era solo una de las
varias actividades de la cultura, y la atención que se le dedicaba cambiaba de
la misma manera en que puede cambiar la atención que se le presta a los otros
aspectos, con el resultado de que hay una competencia por los recursos
intelectuales dentro de un equilibrio general de intereses en la cultura. ...
[En Occidente] el equilibrio tradicional de intereses es sustituido por un
predominio de las preocupaciones científicas, mientras que la propia ciencia
experimenta un ritmo de crecimiento que es patológico según los estándares de
las culturas anteriores, pero que en última instancia se legitima por la
posición cognitiva que adquiere. Esta forma de desarrollo científico es
excepcional y anómala.5
¿POR QUÉ SE HAN PRODUCIDO
ESTOS CAMBIOS DE EQUILIBRIO?
Algunas personas pueden dudar razonablemente de que tales cambios se hayan
producido. En cualquier período de la historia de la humanidad, no hace falta
decirlo, intervendrán muchos factores diferentes y se habrán expresado muchos
puntos de vista, a veces en conflicto. Los individuos, tal como corresponde a
lo individual, es fácil que no se ajusten a un patrón general. En la naturaleza
de las propias generalizaciones habrá muchas excepciones, y los expertos
siempre estarán en desacuerdo con cualquier generalización, tal y como deben
hacer los expertos. El análisis detallado es una prerrogativa de la mirada
experta. Sin embargo, cuanto más detallado sea el análisis, más difícil será
ver un patrón general: no puede ser de otro modo cuando algo es visto desde cerca.
Esto inevitablemente llevará a algunos a la conclusión de que no existe un
patrón, pero creo que esto es un error. Uno tiene que distanciarse para ver cualquier
patrón en general; existe una "distancia necesaria" para que se
reconozcan los patrones.
Si tengo razón en que ha habido cambios en el
equilibrio que mantienen los hemisferios, ¿por qué se han producido? Para un
historiador, una multitud de factores sociales y económicos estarán
inevitablemente involucrados en el proceso que dio lugar a los numerosos
acontecimientos que condujeron a tales cambios cataclísmicos en la historia de
las ideas, y no tengo dudas de que, como siempre, el azar también jugó un papel
importante. Sin embargo, tales factores sociales y económicos existen
inevitablemente en una relación dinámica e inextricable con los cambios en la manera
en que vemos nosotros el mundo, y de hecho son simplemente parte de otra forma
de describir el proceso. Cada aspecto que elegimos para enfocar pone de relieve
un aspecto diferente de un nexo en el que no se puede decir que un elemento
haya causado todos los demás, ya que lo que parecen "elementos" son
simplemente facetas de la indivisible condición humana. Si uno considera un
conjunto de factores de manera constante, por ejemplo - económicos, entonces
parece que se explica todo en esos términos. Pero si se tiene en cuenta otro
conjunto - ya sea social, institucional, intelectual o de cualquier otro tipo -
la imagen puede parecer igualmente convincente. El hecho es que, en realidad,
nada se puede "mantener estable" de esta manera: todo está en un
estado constante de interacción dinámica. Y uno de los factores en esta
interacción, propongo, ha sido la necesidad de resolver la relación
inherentemente inestable entre los mundos proporcionados por los dos
hemisferios.
No es necesario postular impulsos que estén
instanciados en los hemisferios. Hasta ahora, la exposición ha sido sobre los
hemisferios cerebrales estrictamente en el contexto de cada individuo humano.
En ese contexto, algunas veces puedo haber hablado de los hemisferios casi como
si fueran personalidades, con valores y objetivos propios. Como he argumentado,
eso no es una distorsión tan grande como podría parecer a primera vista: los
hemisferios son partes sustanciales de un ser vivo, que ciertamente tiene
valores y objetivos. Sin embargo, ahora vamos a analizar lo que podría
llamarse, la "batalla de los hemisferios", durante largos períodos de
la historia, a menudo, aunque no siempre, más extensos que la vida de cualquier
cerebro individual. Puede parecer que estoy proponiendo que existe una suerte
de pugna cósmica entre bastidores, en la que los hemisferios izquierdo y
derecho se enfrentan a gran escala. Hablando metafóricamente, eso es cierto. Si
se trata más literalmente de si existen fuerzas en conflicto de naturaleza
metafísica que impulsan formas de ser en el mundo representadas por los
hemisferios cerebrales, obviamente no es una pregunta que pueda responder, y no
es necesario responderla en este libro.
Muchos filósofos y otros tantos teólogos han pensado a
lo largo de los siglos que había fuerzas que actuaban en y a través de nuestras
mentes y cuerpos, no solo de manera individual, sino a lo largo de grandes
extensiones de tiempo. Más recientemente, Freud ha hablado de las pulsiones (Triebe) que subyacen al comportamiento
humano, eros y
thanatos, los "instintos" de vida y muerte. Jung también creía
que había fuerzas atractoras y propulsoras que actuaban durante largos períodos
de la historia humana. Nietzsche llamó "pulsiones" (Triebe) a
las tendencias apolínea y dionisíaca. Scheler habló de Drang y Geist. Dichas fuerzas se conciben como si operaran a través
de los procesos naturales - invisibles, pero que se hacen visibles a largo
plazo en sus efectos, en este caso en el cerebro, la mente y la cultura humana,
al igual que el viento invisible se hace manifiesto en sus efectos durante
milenios en las rocas. ¿Existen voluntades que se puedan ver actuando en los
hemisferios? También cabe preguntarse igualmente: ¿Son los genes realmente
egoístas? Es una pregunta legítima. El epíteto de Richard Dawkins no es una
expresión gratuita. Lo escogió para cumplir una función impactante y transmitir
una cierta imagen del cosmos, incluso se podría decir que un punto de vista
filosófico; siendo al mismo tiempo una metáfora útil, y por lo tanto fácil de
repudiar. Desde un punto de vista formal, los genes no tienen nada que ver con
las fuerzas que podrían estar impulsando la evolución, un proceso
"neutral" en el que tendemos a proyectar nuestros propios valores
morales. Los hemisferios cerebrales, al estar íntimamente relacionados con el
origen de los fenómenos mentales, se encuentran en una posición diferente de la
de los genes a este respecto, pero se puede plantear la misma pregunta. Plantearse
preguntas sobre la existencia de tales pulsiones es, creo, perfectamente
legítimo, pero simplemente requieren una explicación en un nivel diferente.
Cualquiera que sea la respuesta, el escenario que veríamos sería siempre el
mismo.
No estoy comprometido con el punto de vista de que el
cerebro es el impulsor de la cultura, como tampoco lo estoy con el punto de
vista de que la cultura es el impulsor del desarrollo del cerebro. Ellos
inevitablemente se moldean el uno al otro. Pero una de las restricciones sobre la
visión que tenemos del mundo ha de radicar en un equilibrio entre las opciones
que nos ofrecen los dos hemisferios cerebrales. Estas constituyen diferencias
relativamente estables a lo largo de la historia de la humanidad. Los cambios
culturales pueden aprovechar tales opciones, pero las diferencias de los
hemisferios seguirían restringiendo las opciones disponibles para la
mente humana.
Los cambios que ocurren en esta historia deben ser
explicados por procesos que funcionan en el mundo tal y como lo entendemos
comúnmente, y en breve expondré mis ideas sobre los medios por los cuales
ocurren tales cambios. Pero, sin embargo, independientemente de cómo se
produzcan, uno todavía se sigue preguntando, por qué se producen.
Los cambios en las culturas son enormemente
importantes, no son solo cuestiones de moda intelectual: no se trata
simplemente de que "la temporada
pasada el escote se llevaba estrecho, y esta temporada se llevará amplio". Sin necesidad de atribuir pulsiones
a los hemisferios, se puede ver que cada mundo hemisférico se complementa con
el otro, y en una situación donde predomine uno, la falta del otro será cada
vez más evidente. Como espero demostrar en el próximo capítulo, parece que los
dos hemisferios se volvieron más independientes el uno del otro en un momento
temprano de la historia de Occidente. Una mayor independencia permite a cada
hemisferio ir más lejos en su propia dirección, y reforzar o exagerar, según el
punto de vista, su modo de funcionamiento intrínseco. Esta situación tiene grandes
recompensas, pero también es más inestable que una en la que haya menos
polarización, e invita a un alejamiento del punto medio y a un posterior
regreso a él, en lugar de ofrecer un equilibrio duradero. Esa divergencia es un
factor que contribuye, por lo tanto, a los cambios de equilibrio.
Más específicamente sabemos que existe una tendencia
continua a que la autenticidad de la “presencia" del hemisferio derecho se
transforme en una “re-presentación" inauténtica en el izquierdo; en
esencia, lo que estaba vivo se convierte en un cliché. La experiencia de la
inautenticidad del mundo del hemisferio derecho, tal y como se representa en
el izquierdo, puede entonces, lógicamente dirigirse en una de las dos
direcciones siguientes, y creo que podemos ver ambas ejemplificadas en la
historia que veremos en esta parte del libro.
En la primera dirección, nos mantenemos dentro del
ámbito de la homeostasis, de la retroalimentación negativa, de los
"vaivenes del péndulo". Se produce una reacción natural, que da lugar
a un retorno a la autenticidad del propio mundo del hemisferio derecho. Sin
embargo, esto, a su vez está condenado a ser pronto co-optado por el hemisferio
izquierdo y volverse nuevamente inauténtico.
En la segunda dirección, sin embargo, no hay un
retorno al mundo del hemisferio derecho, sino por el contrario hay un rechazo
del mismo, ya que ahora se lo considera intrínsecamente - en lugar de
haberse vuelto contingentemente - inauténtico y por lo tanto no válido.
Por lo tanto, en lugar de una oscilación correctiva del péndulo, se produce una
pérdida de homeostasis y el resultado es una retroalimentación positiva, por lo
que los valores del hemisferio izquierdo simplemente se afianzan aún más. Esto
también ayuda a explicar por qué el hemisferio izquierdo gana necesariamente
terreno con el tiempo.
Hoy en día, todas las fuentes disponibles de vida
intuitiva - las tradiciones culturales, el mundo natural, el cuerpo, la religión
y el arte - han sido tan conceptualizadas, desvitalizadas y
"deconstruidas" (ironizadas) por el mundo de las palabras, de los sistemas
mecanicistas y de las teorías construidas por el hemisferio izquierdo, que han
perdido gran parte de su capacidad para ayudarnos a ver más allá del mundo
hermético que este hemisferio ha establecido. Ya he aludido al hecho de que
varias figuras influyentes en la historia de las ideas, entre ellas, Nietzsche,
Freud y Heidegger, han observado una invasión gradual a lo largo del tiempo de
la racionalidad en el territorio natural de la intuición o el instinto. Y en relación
a la historia evolutiva del cerebro, Panksepp ha expresado ideas similares:
El nivel de integración entre áreas del cerebro puede estar cambiando
en función de la evolución cerebral. Una forma razonable de que la evolución
cortico-cognitiva se realice es mediante la inhibición activa de los
impulsos subcorticales más instintivos. Es posible que la evolución promueva
realmente la desconexión de ciertas funciones cerebrales de otras. Por ejemplo,
a lo largo de ciertas vías de la evolución cerebral, tal vez en ramas
emergentes de la especie humana, puede haber una desconexión creciente entre
los procesos cognitivos y los emocionales. Este puede ser el camino que conduce
al autismo, en sus diversas formas.6
Sin embargo, no ha sido un proceso fluido y uniforme: más bien parece un forcejeo
en el que los jugadores avanzan y retroceden, pero uno de los bandos pierde terreno
continuamente. Así que estoy de acuerdo con ellos en que, en última instancia,
la balanza se ha ido inclinando cada vez más, hacia lo que podemos ver que es
el mundo del hemisferio izquierdo, a pesar de todo lo que sabemos y expusimos
en la primera parte que apunta a que lo que conoce este hemisferio, debe ser
reintegrado a la comprensión más amplia del derecho.
¿CÓMO SE HAN
PRODUCIDO LOS CAMBIOS DE ESTE EQUILIBRIO?
En primer lugar, necesito aclarar que, a pesar de que en los primeros
capítulos señalo asimetrías estructurales y funcionales que sabemos ahora
tardaron milenios en surgir (e incluso han empezado a surgir en otras
especies), no estoy sugiriendo que los grandes cambios en la historia de las
ideas implicaran variaciones en la estructura del cerebro a lo largo de
las reducidas escalas temporales de la historia reciente. Es concebible que, si
fuera posible escanear el cerebro de los humanos anteriores a los aqueos -
digamos, del siglo VIII a. C. - se podrían encontrar algunas pequeñas, y
posiblemente medibles, diferencias en la estructura, o más probablemente en el
funcionamiento, del cerebro, en comparación con los cerebros de los que
vivieron 1.000 años antes, o con el cerebro humano moderno. Pero tales cambios
solo podrían tener lugar en escalas de tiempo muy largas. En cuanto a lo que
realmente está sucediendo en el cerebro durante las "oscilaciones"
más recientes, los de los últimos quinientos años más o menos, nada es visible
(al menos nada en una escala que pudiéramos medir realmente). ¿Hay algo que
esté sucediendo a una escala cerebral?
Creo que la respuesta es que "sí". Nuestra
experiencia del mundo ayuda a moldear nuestros cerebros, y nuestros cerebros
ayudan a moldear nuestra experiencia del mundo. Es probable que estén
involucrados patrones de funcionamiento cerebral, cuando no cambios en la
estructura visible. Pero ¿mediante qué procesos?
La selección natural clásica, que depende del muy
lento proceso de mutación aleatoria, en el que las presiones de selección impuestas
por el entorno actúan durante generaciones para favorecer ciertas mutaciones
sobre otras, requiere largos períodos de tiempo. Es bastante posible que esto ocurriera
en la antigua Grecia, ya que esta surgió a raíz de la incursión de una nueva
población en el Mediterráneo central, con un bagaje genético diferente. En ese
sentido, este cambio es bastante diferente de los que se produjeron después en
la Europa moderna. Y los factores migratorios específicos que se dieron en la
antigua Grecia no se aplican a otras civilizaciones contemporáneas o
anteriores, lo que puede ayudar a explicar las diferencias tan considerables
entre las culturas griega y, por ejemplo, la egipcia o la mesopotámica, (y, aún
más, por supuesto, las culturas Orientales). Los cambios genéticos también
podrían explicar el extraordinario declive que siguió a la invasión del Imperio
Romano por parte de los godos, hunos y francos en los siglos IV y V d.C, ya
que, por mucho que uno pueda admirar ciertos aspectos de la vida de lo que
solía llamarse Edad Oscura, lo cierto es que formas enteras de pensar y ser,
aspectos completos del mundo fenomenológico, simplemente desaparecieron
en Occidente durante casi mil años.
Pero la evolución posterior de las ideas, a partir del
Renacimiento, no es susceptible a este tipo de argumento, porque los períodos
de tiempo son demasiado cortos, y no hay grandes migraciones de población que
se sepa que puedan cambiar suficientemente el bagaje genético europeo.
Hay otros aspectos de la transmisión que no dependen
solo de la selección natural darwiniana. Existe, por ejemplo, el efecto Baldwin, que actúa como un acelerador en los procesos. Este hace
referencia a que el apareamiento no se produce al azar, sino que favorecemos
selectivamente un determinado gen o genes al elegir una pareja que también
posea las características codificadas por ese gen o genes (un hombre elocuente
tiene más probabilidades de casarse con una mujer elocuente). Del mismo modo,
modificamos el entorno para que favorezca los genes que llevamos (las personas
elocuentes desarrollan una sociedad en la que la oratoria es un factor
primordial, con el resultado de que las personas con dificultad para expresarse
están - al menos en teoría - en una desventaja reproductiva en comparación con
los más elocuentes). No creo que esto pueda estar teniendo mucho efecto:
todavía es demasiado lento, y sobre todo, no es fiel a los hechos de la
historia humana afirmar que las características de las que estamos hablando en
este libro marcaran una gran diferencia en la reproducción de los genes.
A pesar de ello, se cree que existen mecanismos
que podrían transmitir a la siguiente generación capacidades cerebrales y
habilidades cognitivas adquiridas durante una sola vida humana. Estos se
conocen como mecanismos epigenéticos, porque no dependen de alteraciones en la
secuencia real de los nucleótidos en el ADN de los genes, sino de factores que
influyen en lo que expresa ese mismo ADN.
Consideremos lo siguiente. A primera vista, resulta
extraño que la secuencia genética de todas las células del cuerpo sea la misma
- una célula renal, aunque sea estructural y funcionalmente diferente de una
célula muscular, es exactamente igual en lo que respecta a su ADN y, sin
embargo - cada tipo de célula da lugar solo a su propio tipo de tejido. Esto se
debe a que solo se expresan algunas partes de la secuencia del gen en cada
caso. De manera similar, procesos tales como la metilación del ADN, la
alteración de las moléculas de histona en la cromatina (que forma el
"núcleo" alrededor del cual se enrolla la doble hélice), la
transmisión mitocondrial y la inactivación del cromosoma X modulan la expresión
de partes del genoma y constituyen posibles mecanismos para que se transmitan
comportamientos aprendidos. Esto se debe a que el uso de ciertas funciones
celulares por parte del organismo durante su vida altera realmente la
estructura de dicha célula, dando lugar a lo que se ha denominado "memoria
celular". (Esto es, algo parecido a la forma en que las estructuras de las
conexiones neuronales en el cerebro cambian con el uso, con el fin de promover
el uso preferente de la misma conexión en el futuro, lo que forma parte del
proceso de "solidificación" de la mente en el cerebro que subyace al
fenómeno de la memoria). Los avances culturales pueden transmitirse a través de
mecanismos genéticos. Así como la estructura y el funcionamiento del cerebro
han influido en la evolución de la cultura, la evolución de la cultura ha
tenido su influencia en el cerebro:
La relación
se asemeja a la de una interacción recíproca, en la que la cultura es generada
y moldeada por imperativos biológicos, mientras que el devenir de la evolución
genética cambia en respuesta a las innovaciones culturales…... [Las reglas
epigenéticas pueden] predisponer el desarrollo mental para tomar ciertas direcciones
específicas en presencia de ciertos tipos de información cultural.7
De este modo
ciertas formas de pensar moldearan al sistema nervioso individual, tanto
estructural como funcionalmente. La presencia o ausencia de estimulación afecta
el número de conexiones sinápticas, reforzando algunas y eliminando otras. (Por
cierto, el proceso de desarrollo a través de la estimulación es uno de reducción
y poda; parece que, incluso a nivel de las neuronas individuales, las cosas
llegan a existir o no, gracias a que el sistema dice "no" o no dice
"no".) La eficiencia, más que el número, de conexiones sinápticas se
ve alterada por el aprendizaje de los adultos, y esto puede afectar a las
unidades globales (en otras palabras, a grupos de células nerviosas cooperando).8
Tales cambios a lo largo del sistema nervioso de un individuo podrían luego
transmitirse epigenéticamente a la siguiente generación, de manera que la
cultura y al cerebro se moldearían mutuamente en un lapso de tiempo
relativamente corto.
Además, y más
allá de todo esto, seguramente las ideas se diseminan por contagio, y sin duda,
en un cierto sentido compitiendo entre sí, concepto solemnizado en los
"memes" de Dawkins, el equivalente cultural de los genes. Se dice que
un meme es un replicador de la información cultural que una mente transmite
(verbalmente o por demostración) a otra mente, siendo ejemplos de ello
"melodías, ideas, frases, modas de ropa, métodos para fabricar ollas o
construir arcos"9 y otros conceptos, ideas, teorías, opiniones,
creencias, prácticas, hábitos, bailes y estados de ánimo, en última instancia e
inevitablemente, incluido el concepto de Dios - el delirio de Dawkins. Este es
un ejemplo perfecto, por cierto, de la manera en que el hemisferio izquierdo
construye su propia historia, sobre todo en su forma de dividir una cultura en
fragmentos atomizados desprovistos de contexto, como si unidos en un número
suficientemente grande, fragmentos de comportamiento, sentimiento o pensamiento
- en otras palabras de experiencia, - constituyeran el mundo en el que vivimos.
Los memes se
consideran mecánicamente como "replicadores", al igual que los genes
que crean copias perfectas de sí mismos. En el caso de la replicación de
genes, la variación entra solo por accidente, debido a mutaciones aleatorias
causada por errores en la transcripción, o por interferencias con la estructura
del gen por parte de fuentes ambientales, como en las radiaciones. La
maquinaria comete un error o recibe materiales de mala calidad, pero, mientras
se siga en esta historia, sigue siendo una máquina. El equivalente en el caso
de un meme sería que yo recordara mal una melodía, o que la escuchara mal en un
primer momento. Pero los "memes", si existieran, se replicarían, a
diferencia de los genes, dentro de una mente: una mente cuya interacción
constante con lo que le llega desde fuera no deja nada sin cambios o sin
conexión con otras cosas. Somos imitadores, no máquinas copiadoras.
La imitación
humana no es servil. No es un proceso mecánico, muerto, perfecto, acabado, sino
que introduce variedad y singularidad en la "copia", que sobre todo
permanece viva, ya que se instanciará en el contexto de un individuo humano
diferente y único. Imitar es entrar de forma imaginativa en el mundo de la
persona imitada, tal como sabrá cualquiera que haya intentado el ejercicio de
imitar el estilo de un autor. Eso es quizás lo que entendemos por estilo: no
una moda, ni algo superficial, que se pone o se quita, como si fuera una
prenda de vestir, sino una esencia - le style, c´est l'homme. Incluso prestar atención a algo tan de cerca como
para poder captar su esencia no es copiar de forma servil. Para Ruskin observar
realmente, para copiar y capturar la vida de una simple hoja, era uno de los
logros humanos más difíciles y más grandes, algo que los artistas más grandes
habían logrado solo una o dos veces en la vida: "Si puedes pintar una sola hoja, puedes pintar el mundo."10
Imitar la naturaleza puede ser como imitar el estilo de otra persona; uno entra
en la vida del otro. Igualmente, la vida entra en el imitador. En la imitación,
se toma algo de la otra persona, pero no en un sentido inerte, sin vida,
mecánico; más bien en el sentido de que ese algo es aufgehoben, por lo cual es adoptado por nosotros mismos y
transformado. Si uno necesita convencerse de que no necesariamente hay una
oposición entre la imaginación y la imitación, basta con mirar la larga y rica
historia de la cultura Oriental. De hecho, la imitación es el camino más
poderoso de la imaginación hacia todo lo que es el otro en nosotros mismos.
La imitación es
una característica humana, y podría decirse que es la habilidad humana más importante,
en última instancia, un avance crítico en la evolución del cerebro humano.11
Seguramente así es como llegamos a aprender música, y aunque Chomsky haya
desviado nuestra atención de ello, es la forma en que aprendimos y aprendemos
el lenguaje. Se cree que solo los humanos, aparte de las aves, imitan
normalmente los sonidos de forma directa,12 y solo los humanos
pueden imitar realmente la forma de actuar de otro.13 Otras especies
pueden adoptar el mismo objetivo que otro miembro de su especie, y pueden tener
éxito en encontrar su propia manera de lograrlo, pero solo los humanos imitan
directamente tanto los medios como los fines.14 Esto puede parecer
un retroceso, pero no lo es. El gran potencial de la capacidad humana para la
mimesis radica en que nuestro cerebro nos permite salir de los límites de
nuestra propia experiencia y entrar directamente en la experiencia de otro ser:
esta es la forma en que, a través de la conciencia humana, tendemos un puente,
compartimos lo que otro siente y hace, de lo que es ser esa otra persona. Esto
se produce gracias a nuestra capacidad de transformar lo que percibimos en algo
que experimentamos directamente.
Se fundamenta en
la empatía y se asienta en el cuerpo. De hecho, la imitación es un marcador de
la empatía: las personas empáticas imitan más que otras las expresiones
faciales de quienes están en su presencia. En un importante estudio de este
fenómeno, se observó un contraste entre la empatía que las personas decían
sentir y la que realmente manifestaban, de forma involuntaria, en sus rostros y
cuerpos. Los individuos que ya estaban considerados como de baja empatía no
mostraron la misma emoción en sus rostros que los sujetos con alta empatía, aunque
informasen con palabras que sentían lo mismo – es decir aquellos sentimientos
que sus hemisferios izquierdos conscientes sabían que ellos deberían
sentir.15 Como podría esperarse, hay un aumento significativo de la
actividad del lado derecho del sistema límbico, específicamente durante la
imitación, en comparación con la mera observación, de expresiones faciales
emocionales.16
Incluso hay
pruebas de que nos identificamos proyectivamente con personas con las que
compartimos un propósito común - por ejemplo, cuando estamos co-operando en una
tarea - hasta tal punto que parece que fusionamos nuestra identidad con la de
ellas. En experimentos ingeniosamente diseñados donde dos participantes están
sentados uno al lado del otro, compartiendo una tarea en común, pero con roles
funcionalmente independientes, los dos individuos parecían funcionar
espontáneamente como un solo sujeto con un plan de acción unificado.17 Los
niños imitan con entusiasmo a otros seres humanos, pero no imitan a artefactos
mecánicos que realizan las mismas acciones.18 Esto es como el descubrimiento en adultos
de que hacemos movimientos espontáneos que indican nuestra participación en
acontecimientos que estamos presenciando- siempre y cuando creamos que son el
resultado de la acción de otra persona. Sin embargo, tales movimientos están
ausentes cuando creemos que los resultados (idénticos en otros aspectos) han
sido generados por un ordenador en lugar de por un ser vivo.19
La imitación es
no instrumental. Es intrínsecamente placentera, y los bebés y los niños
pequeños se complacen en ella por su propio gusto.20 El proceso es
fundamental e innato, los bebés con tan solo cuarenta y cinco minutos de vida,
pueden imitar los gestos faciales.21 Así es como llegamos a saber lo
que sabemos, pero también cómo nos convertimos en quienes somos.
La maravilla
de la mimesis reside en que la copia se inspira en el carácter y poder del
original, hasta el punto en que la representación puede incluso asumir ese
carácter y ese poder. En un lenguaje más antiguo, esto sería "magia
simpática": y creo que es tan necesaria para el proceso mismo del conocimiento como lo es para la constitución y posterior naturalización de las identidades...22
Así escribe Michael Taussig, en Mimesis and Alterity (“Mimesis y
alteridad”) donde cita a Walter Benjamín:
La naturaleza crea similitudes. Solo hay
que pensar en la imitación. Sin embargo, la mayor capacidad para producir
similitudes es la del hombre. Su don para ver parecidos no es otra cosa que un
rudimento de una poderosa compulsión de antaño de convertirse y comportarse
como algún otro. Tal vez no exista ninguna función superior en la que la
facultad mimética no juegue un papel decisivo.23
La imitación da lugar, por paradójico
que parezca, a la individualidad. Precisamente porque el proceso no es una
reproducción mecánica, sino un habitar imaginativo del otro, que siempre es
diferente debido a su entreidad intersubjetiva. El proceso de mimesis es un
proceso con intención, aspiración, atracción y empatía, que se basa en gran
medida en el hemisferio derecho, mientras que la copia es el seguimiento de
algoritmos y procedimientos incorpóreos, y se basa en el hemisferio izquierdo.
La distinción es similar a la que a veces se hace entre la metáfora, por una parte,
y el símil, por el otro: el símil no tiene interioridad. Así, escribiendo sobre
la diferencia entre los primeros humanos y el homo sapiens, Steven
Mithen escribe: "Podríamos
caracterizar a los humanos primitivos como poseedores de una capacidad para el
símil - podían ser "como" un animal - pero no para la metáfora - no
podían "convertirse" en un animal.24 A lo que se refiere aquí es a la identificación
empática.
Esta distinción
es explorada con sutileza por Thomas Mann, en su conferencia conmemorativa sobre,
"Freud y el futuro"
en 1936, donde habla así de la imitación en el mundo de la antigüedad clásica:
Alejandro el
Magno, siguió los pasos de Milciades, y en el caso de César,
sus antiguos biógrafos estaban convencidos, correcta o incorrectamente, de que pretendía
imitar a Alejandro. Sin embargo, esta "imitación" es mucho más de lo
que transmite la palabra hoy en día. Se trata de una identificación mítica, un
proceder que era especialmente conocido para el mundo antiguo y que ha
conservado su eficiencia hasta los tiempos modernos y, espiritualmente
hablando, está abierta a cualquiera en cualquier momento. A menudo se ha
llamado la atención sobre los rasgos arcaicos de la figura asumida por
Napoleón. El lamentaba que la conciencia moderna no le permitiera presentarse
a sí mismo como hijo de Júpiter-Amón, como había hecho Alejandro. Pero no
podemos dudar de que se identificó míticamente con Alejandro en el transcurso
de su expedición a Oriente, y más tarde, cuando decidió establecer un imperio
en Occidente, declarando: "Yo soy Carlomagno". Téngase en cuenta que no dijo: "Yo evoco a
Carlomagno", ni "mi posición es como la de Carlomagno", ni
siquiera, “soy como Carlomagno”, sino simplemente "Yo soy él".
Esta es la fórmula mítica.25
Esto
me recuerda a Bruno Snell, hablando también del mundo antiguo: "El guerrero y el león se activan por una
misma fuerza... un hombre que camina ‘como un león’ delata un parentesco real
con la bestia". Las metáforas homéricas son "no solo símbolos, sino las encarnaciones
particulares de las fuerzas vitales universales". Asignan "también un
papel muy similar al de las bestias, a los elementos naturales. Ya nos hemos
encontrado con la tormenta, las olas, las rocas.... sobre todo, son consideradas
como las conductoras de fuerzas fundamentales igual que las que están vivas
también en el hombre".26
La mención de
Snell de un hombre que camina como un león delatando un parentesco con la
bestia no es solo poética, sino que tiene un sentido práctico. En las culturas
que dependían de la caza, los rastreadores aprendían a "meterse" en
el animal que estaban persiguiendo, a reflejarlo lo más posible en su propio
ser, en lo que debían de haber sentido y pensado al dejar su huella: así es
como, lograban encontrarlo.27 Tal vez, cuando empatizamos, realmente
nos convertimos en el objeto de nuestra empatía y compartimos su vida;
en cierto sentido eso va más allá de lo que el lenguaje puede transmitir -
porque este solo puede transmitir (a menos que sea a través de la poesía)
combinaciones de conceptos que reflejan nuestra particular imagen del mundo
aquí y ahora. Quizás incluso podemos llegar a hacer esto con formas naturales
que ahora llamamos inanimadas, como le sucedió a Wordsworth con las "enormes y poderosas Formas" de
las montañas
...
que no viven Y
como hombres vivientes se movían lentamente por mi mente por el día y fueron el
apuro de mis sueños.28
Así, en el pensamiento japonés, "los seres humanos y todas las cosas
naturales son un solo cuerpo en su totalidad" y hay un "sentimiento
de amor por las cosas naturales como si las cosas naturales fueran las personas
mismas."29
Ya sabemos, por
el descubrimiento de las neuronas espejo, que cuando imitamos algo que estamos
viendo, es como si lo estuviéramos experimentando. Pero esto va más allá. La
representación mental, en ausencia de un estímulo visual directo o de otro tipo
- en otras palabras, la imaginación - activa algunas de las mismas neuronas que
intervienen en la percepción directa.30 De esto se desprende
claramente que, incluso cuando nos imaginamos haciendo algo, por no decir
cuando lo imitamos, es, a un nivel nada desdeñable, como si de verdad lo
estuviéramos haciendo nosotros mismos. Imaginar algo, ver a otra persona
haciendo algo, y hacerlo nosotros mismos son actividades que comparten bases
neuronales importantes.
Por tanto, la
imaginación no es una proyección neutral de imágenes en una pantalla. Debemos
tener cuidado con nuestra imaginación, ya que lo que imaginamos es, en cierto
sentido, lo que somos y en lo que nos convertimos. La palabra imago está
relacionada con imitari, que
significa dar forma según un modelo, patrón u original. Existe una amplia
evidencia, algunas de las cuales mencioné anteriormente, de que la imitación es
sumamente contagiosa: pensar en algo, o incluso solo oír palabras relacionadas
con ello, altera la forma en que nos comportamos y cómo nos desempeñamos en las
tareas.31 Esto lo entendió Pascal, quien se dio cuenta de que el
camino hacia la virtud era la imitación de los virtuosos, el compromiso con los
hábitos virtuosos - el fundamento de todas las tradiciones monásticas.
Pero volvamos a
la cuestión de cómo los humanos adquirieron la música y lenguaje, ya que nos
ayudará a entender el poder revolucionario de la imitación. La música y el
lenguaje son habilidades, y las habilidades no son como los atributos físicos -
alas más grandes o extremidades más largas: no solo pueden ser imitadas, cosa
que, obviamente, las características físicas en general no pueden, sino que en
el caso de la música y el lenguaje son habilidades recíprocas, sin ninguna utilidad
para un individuo por sí solo, aunque sí lo sean para un grupo. Cualquier
explicación del desarrollo de habilidades como el lenguaje únicamente basada en
la fuerza competitiva de la selección natural clásica tiene que lidiar no solo
con el hecho de que las habilidades podrían ser imitadas fácilmente por
aquellos que no estaban genéticamente emparentados, erosionando así seriamente
el poder selectivo a favor del gen, sino también con el hecho de que a menos
que fueran imitadas no serían de mucha utilidad. La imitación en sí
misma tendría una ventaja selectiva: permitiría a quienes fueran hábiles
imitadores fortalecer los lazos que los unían al resto dentro del grupo, y
hacer que los grupos sociales fueran estables y duraderos. Los grupos más
cohesionados sobrevivirían mejor, y los genes de todo el grupo saldrían mejor
parados o no, dependiendo de la adquisición de estas habilidades compartidas
que promuevan los vínculos - como la música o, en última instancia, el
lenguaje. Aquellos individuos menos capaces de imitar estarían menos vinculados
al grupo y no prosperarían en la misma medida.
El otro gran factor selectivo para adquirir habilidades
y adaptarse al grupo sería la flexibilidad, que viene con la expansión de los
lóbulos frontales - en particular el lóbulo frontal derecho, que también es el
asiento de la inteligencia social. Las habilidades son maneras intuitivas,
“habitadas” de ser y comportarse, no técnicas estructuradas analíticamente, ni
basadas en reglas. Por lo tanto, es posible que hayamos sido seleccionados- no por
tener habilidades específicas, por genes específicos para cada una de ellos,
como el(los) "gen(es) del lenguaje" o el(los) "gen(es) de la
música" - ni siquiera por un "grupo seleccionado" de dichos
genes - sino individualmente por la doble capacidad de flexibilidad y poder de
imitación, que es lo que se requiere para desarrollar habilidades en general.
EL "GEN DE
LA IMITACIÓN"
Supongamos que existiera tanto un gen de la imitación como un gen que
favoreciera una habilidad particular. Tomemos como ejemplo la adquisición por
parte de los seres humanos, en algún momento de su historia, de alguna
habilidad - por ejemplo, la capacidad de nadar. (Ya sé que aprender a nadar
nunca fue realmente así, pero intente apartar eso de su mente por ahora).
Supongamos que existiera un gen para nadar y que saber nadar fuera por alguna
razón muy ventajoso: aquellos que no supieran nadar, se quedarían muy
rezagados. Si la capacidad de nadar resultara ser completamente inimitable - o
se tiene el gen para nadar y se puede hacer, o no se puede hacer de ninguna
forma - pronto solo quedarían aquellos con el gen para nadar. Resultado:
después de varias generaciones, todo el mundo estaría nadando, todos con el
gen.
Supongamos, por el contrario, que la capacidad de
nadar fuera tan fácil de imitar que todos los individuos que la vieran pudieran
aprender a nadar. El gen para la capacidad de nadar no tendría ninguna fuerza,
no estaría en absoluto sujeto a una presión selectiva, e incluso podría
extinguirse. Resultado: igualmente, pero mucho antes, todos estarían nadando,
por imitación - un mecanismo más rápido - pero en su mayoría sin el gen: aunque
algunos pocos podrían tener, irrelevantemente, el gen que permitía de todos
modos nadar.
Supongamos, sin embargo, algo que es más probable que
cualquiera de estas dos posiciones extremas, que nadar fuera parcialmente imitable,
pero solo parcialmente. Habría cierta presión selectiva a favor de aquellos que
tuvieran el gen para nadar, y gradualmente más personas tendrían el gen, y por
lo tanto nadarían: igualmente algunas personas lo podrían imitar, y también
nadarían, aunque carecieran del gen. Pero como el comportamiento era solo
parcialmente imitable, solo se podría imitar si se fuese muy buen imitador. Por
lo tanto, también habría una fuerte presión selectiva a favor de aquellos que fuesen
muy buenos imitadores - aquellos con el gen para la imitación - que no
necesariamente tendrían el gen para nadar, pero que sin embargo podrían nadar.
Resultado: pronto todo el mundo estaría nadando, algunos con el gen para nadar,
otros con el gen para imitar y unos pocos con ambos.
Pero ahora supongamos que apareciera otro comportamiento parcialmente
imitable, que tuviera una ventaja competitiva similar, o incluso mayor - por
ejemplo, volar. Aquellos con el gen de la imitación tendrían una ventaja: no
solo serían capaces de nadar, sino también de volar (y de adoptar cualquier
otra habilidad favorable que llegara después, digamos "bucear"), y
estarían muy por delante de aquellos que no lo hicieran, que tendrían que tener
tanto los genes para volar como para nadar si querían sobrevivir.
De esto se desprenden varias
cosas:
- El proceso que favorece al gen de
la imitación solo se pone en marcha si el comportamiento crucial es
parcialmente imitable: si es totalmente imitable (en cuyo caso el gen es
irrelevante) o completamente inimitable (en cuyo caso el gen es ineficaz),
no se iniciará.
- Los comportamientos en cuestión deben ejercer una presión selectiva
suficiente, es decir, ser lo suficientemente importantes para la
supervivencia. El proceso funcionará más rápido si los comportamientos a
imitar ejercen una mayor presión selectiva.
- La segunda explosión de aprendizaje
(en el ejemplo, volar) ocurrirá más rápidamente que la primera (nadar), ya
que se basará principalmente en la imitación, y la imitación es un proceso
más rápido que la transmisión de genes. Y habrá una tendencia a depender
cada vez más de la imitación en lugar de la transmisión de genes para
acelerar aún más el proceso cuando inevitablemente se desarrollen nuevas
habilidades.
Ahora,
supongamos que en vez de la natación ponemos "música", y en vez de
volar ponemos "lenguaje". ¿No llegaría una etapa en la que todos
tendrían el gen de la imitación y la imitación sería todo lo que importaba, y
no los mecanismos genéticos que favoreciesen determinados comportamientos? No
lo creo, porque siempre sería más fácil aprender algo si se tuviera los
mecanismos genéticos (o epigenéticos) que hicieran más probable ese tipo de
comportamiento. Pero la imitación siempre funcionaría más rápido, por lo que al
final, lo que elegimos para imitar determinaría qué mecanismos epigenéticos se
seleccionarían (por ejemplo, una cultura en la que aprendiéramos a pensar y
hablar de nosotros mismos de forma parecida a la de un ordenador conduciría a
la selección de un cerebro "friki"), en lugar de que los genes que se
seleccionaran dictaran lo que imitáramos.
El logro de la
imitación - la meta-habilidad que permite todas las demás habilidades - puede
explicar la expansión por otra parte incomprensiblemente rápida, del cerebro de
los primeros homínidos, ya que se produciría un repentino despegue en la
velocidad con la que podríamos adaptarnos y cambiarnos a nosotros mismos, así
como la diversidad de nuestras habilidades. La imitación es la forma en que
adquirimos nuestras habilidades - cualquier capacidad en general; y el gen para
la adquisición de habilidades (el gen de la imitación) superaría a los genes de
cualquier otra habilidad individual. Así, a partir de un gen - símbolo de la
competencia despiadada (el "gen egoísta"), y de los valores
relativamente atomistas y antagónicos del hemisferio izquierdo - podría surgir
una habilidad que permitiría que la evolución posterior se produjera no solo
más rápidamente sino también en la dirección que nosotros elijamos - a través
de la empatía y la cooperación, los valores del hemisferio derecho. Los genes
podrían liberarnos de los genes. El gran invento humano, hecho posible por la
imitación, es que podemos elegir en quién nos convertimos, en un proceso que
puede avanzar con sorprendente rapidez. Como dije anteriormente, escaparíamos
de la "sombría pesadumbre de la necesidad". Esto también podría explicar la aparente paradoja de la
genética clásica, de que habilidades comunicativas, como la música y el
lenguaje, debieran adquirirse mediante la competencia individualista, ya que
las habilidades en sí mismas no servirían de nada a menos que todo el grupo las
adquiriera conjuntamente. Tal vez no seamos los competidores despiadados que
los modelos mecanicistas de comportamiento nos han hecho creer que somos. Tal
vez, incluso, el mundo no sea un mecanismo.
La abrumadora
importancia de la mimesis apunta a la conclusión de que es mejor que seleccionemos
bien los modelos a imitar, porque como especie, no solo como individuos, nos
convertiremos en lo que imitamos. Transmitiremos los comportamientos que
hayamos aprendido a imitar por mecanismos epigenéticos, es por esta razón que William
James, en una inversión del prejuicio popular, consideró que la especie humana
tenía una gama de comportamientos instintivos aparentemente mayor que cualquier
otra.32
En el sistema
mecanicista de causa y efecto, las causas preceden a sus efectos y, por así
decirlo, empujan desde atrás. La prolongación lógica de este tipo de sistemas
es cerrada, en el sentido de que, en última instancia, lo que sucede está
determinado por eventos previos: vamos hacia donde somos empujados. Las opciones
humanas parecen estar abiertas, pero la existencia del libre albedrío sigue
siendo difícil de argumentar, aunque algunos hayan construido sofisticados argumentos
basados en el conocimiento de ámbitos de la física teórica en los que causa y
el efecto ceden su espacio a las probabilidades y las incertidumbres. No soy
capaz de evaluarlos adecuadamente. Sin embargo, desde el punto de vista
fenomenológico, nos sentimos libres, aunque seamos arrastrados, o atraídos
hacia adelante, por cosas que tienen una especie de poder magnético (como los
arquetipos), en lugar de ser empujados o impulsados por lo que nos haya
sucedido en el pasado. Puede ser que esto sea lo que Nietzsche tenía en mente
cuando escribió:
La
"acción a distancia" no se puede eliminar: algo atrae a otro algo, y algo se siente
atraído. Este es el hecho
fundamental: comparado con esto, la noción mecanicista de presionar y empujar
no es más que una hipótesis basada en la vista y el tacto, ¡aunque
sirva como una hipótesis reguladora para el mundo de la vista!33
Estos
importantes atractores tal vez se expresen mejor como valores, aunque la
palabra "valores" suene poco convincente en este contexto. Tal vez
"ideales" sería más adecuado, pero esta palabra también tiene sus
problemas y ha sido desacreditada en nuestra época. Estos ideales o valores
están fuera del tiempo, a diferencia de las causas y los efectos. Son menos
minuciosamente determinantes que las causas previas, en el sentido de que se
puede elegir a qué atractores resistirnos y por cuáles dejarnos llevar.
Hablando de esta manera, no sé puede obviar las cuestiones de causalidad, que
vuelven a aparecer bajo la forma de "¿Qué
hizo que esta persona se sintiera atraída por este ideal o conjunto de
valores?" Estas son como las preguntas sobre la predestinación y la
gracia divina, que han irritado a la teología desde San Agustín.34
Por valores no me
refiero a los principios por los que se puede resolver un conflicto moral - por
ejemplo, si se hace un cálculo meramente consecuencialista o se observan los
principios deontológicos kantianos (la idea de que los deberes individuales son
primarios, o incluso absolutos, y no dependen del valor de los resultados). Lo
que está en discusión no es un valor - por ejemplo, de preservar la vida- sino cual
es el proceder concreto en un dilema que pueda conciliarse mejor con ese valor.
A lo que me refiero es a los valores en sí mismos que están en juego:
si, por ejemplo, el coraje o la abnegación tienen un valor en sí mismo,
independientemente del resultado, o de cualquier principio deontológico. Por lo
tanto, estos valores quedarían excluidos de las consideraciones de una moral
instrumental. Los valores en este sentido deben estar "más allá del bien o
del mal". Scheler no solo distinguió diferentes ámbitos de valores, sino
que los ordenó jerárquicamente, desde el ámbito de los que solo se pueden
apreciar al nivel de los sentidos, o que se miden en términos de su utilidad,
en la parte más baja, hasta el ámbito de los valores sagrados que están en la
parte superior. Uno puede o no estar inclinado a aceptar el esquema de valores
particular de Scheler, pero lo que es relevante sobre dichos valores en cuanto
a la división de los hemisferios es que el hemisferio izquierdo solo reconoce
el rango más bajo de estos valores. Otros valores, que Scheler calificó como
superiores a la utilidad, como la valentía, la belleza, la inteligencia o la
santidad, requieren un enfoque que no esté ligado exclusivamente a esa herramienta
de utilidad, la lógica analítica secuencial (que no es necesariamente lo mismo
que decir que implican emoción). Esos valores tienen que ser aprehendidos de
una manera diferente, lo cual es solo posible gracias a la apertura del
hemisferio derecho a lo que en última instancia no es explicable solo en
términos lógicos.
Aunque, en el
mundo del hemisferio izquierdo hay una manera de acomodarse a tales valores:
simplemente reduciéndolos al único valor que conoce, el de la utilidad. La
belleza, por ejemplo, sería una forma de garantizar la selección de parejas
reproductoras saludables; la valentía actuaría para defender el territorio en
interés del patrimonio genético; la inteligencia conduciría al poder para
manipular el entorno y a los semejantes; la santidad sería un invento diseñado
para promover la cohesión del grupo; y así sucesivamente - estos argumentos les
serán ya familiares. Aquellos que no confíen únicamente en la interpretación
del mundo de su hemisferio izquierdo detectarán el fraude al instante. No es
que no puedan construirse argumentos en este sentido, aunque a menudo
tienen que ser muy ingeniosos para "salvar el fenómeno”, por ejemplo, de
toda la multitud de fuentes de belleza que hay en el mundo, las parejas
sexuales solo forman una pequeña parte, ya que incluso la belleza, no es lo
mismo que el atractivo sexual. Lo que ocurre es que no convencen: y volviendo a
los valores - que en última instancia están más allá de toda discusión. La
racionalidad es, naturalmente, reacia a aceptar la posibilidad misma de algo
que esté más allá de un argumento racional, ya que el hemisferio izquierdo no
puede aceptar la existencia de nada que se encuentre fuera de sí mismo. Como
siempre, es el hemisferio derecho el que se siente atraído a lo que sea es lo
Otro, lo que está más allá.
En este caso,
estos atractores de los que hablo apelarán al hemisferio derecho. Pero la
debilidad del hemisferio derecho es la otra cara de su fuerza, el hecho de que
está encarnado, o inmerso, en el mundo. Sienta las bases del punto de vista
natural del ser que no reflexiona sobre sí mismo en el mundo: por lo tanto, no
puede desligarse suficientemente, por sí solo, del "punto de vista
natural". La "demasiado,
demasiado sólida carne" de la cotidianidad se cierne sobre ella. Por
lo tanto, es demasiado fácil que decaiga: está constreñida por la realidad
cotidiana y su viabilidad depende de que no se separe de forma
antinatural del mundo vivido. El problema es que cuanto más "natural"
le parece su visión, menos permite realmente que el hecho extraordinario y
asombroso del ser de cualquier cosa esté presente para nosotros. Así, a su
manera, corre el riesgo de caer en la inautenticidad del Verfallen de Heidegger.36 En este estado, es el
hemisferio izquierdo el que nos permite adoptar voluntariamente una visión
"no natural". Al hacer esto, podemos ascender desde la gravedad de la
tierra, en el eje vertical representado por el hemisferio izquierdo, y ver
desde un punto de vista diferente. Somos capaces de escapar, temporalmente, de
la atracción de la tierra y ver las cosas de nuevo. En términos de Heidegger,
el Dasein toma conciencia de su inautenticidad y se esfuerza por alcanzar
su ser más auténtico. La oscilación hacia el hemisferio izquierdo, por lo
tanto, es ocasionada por la conciencia de la inautenticidad. Y, en última
instancia, será la sensación de inautenticidad en el mundo según el hemisferio izquierdo
lo que provoque el retorno del péndulo, el hemisferio derecho luchando hacia
algo cuyo poder intuye desde más allá de lo cotidiano. Cada hemisferio corre el
riesgo de la inautenticidad desde una fuente diferente, razón por la cual cada
uno es vital para el otro. El hemisferio derecho corre el riesgo de la
familiaridad que conlleva su propio compromiso con el mundo, ya que el
mundo está "presente"; el hemisferio izquierdo corre el riesgo desde
la familiaridad del cliché - de la re-presentación desconectada. Cada cambio cultural puede verse como una
respuesta a la eventual inautenticidad del mundo según uno u otro hemisferio,
pero para el hemisferio derecho, la ruta de regreso debe ser a través del
compromiso con un poder de atracción más allá de sí mismo.
Si hay algo de
cierto en la idea de que la propia mimesis surge de los mecanismos genéticos
clásicos, pero luego llega a superarlos, o, en todo caso, a sortearlos,
¿podemos ver aquí también una especie de cambio hemisférico - los valores del
hemisferio derecho emergen, casi sin solución de continuidad, desde los del
izquierdo? En el sentido atomístico en el que el hemisferio izquierdo entiende
a un individuo, el desarrollo tiene lugar a través de una sucesión de
individuos que compiten con otras sucesiones de individuos a través de sus
genes - la supervivencia del más apto. Desde este punto de vista, el grupo es
una amenaza potencial a la individualidad, tolerado por una amalgama de
extraños recelosos, que consienten la co-operación en su interior solo por el
beneficio personal que produce. Desde el punto de vista del hemisferio derecho,
en el que la individualidad de una persona solo puede entenderse dentro de un
contexto (el grupo), lo que en el hemisferio izquierdo parecería una pérdida
de la identidad del individuo en el grupo, se convierte simplemente en su
asunción (aufgehoben) dentro del
grupo al que pertenece. De la oposición recelosa surge la empatía: del mundo regido
por "comer o ser comido" surge una comida compartida alrededor del
fuego. Una pugna lineal, mi gen contra el tuyo, se convierte en un proceso
reverberante de colaboración, en el cual, como en el Dilema del Prisionero, todos salimos mejor parados - porque la
"batalla" de los hemisferios es solo una batalla desde el punto de
vista del hemisferio izquierdo. Desde el punto de vista más inclusivo del
hemisferio derecho, es simplemente otro proceso reverberante, en el que algo se
crea - como lo hace todo en la vida - a través de la unión de fuerzas
separadas, manteniendo su separación, pero dentro de esa unión, una entidad
actuando con la otra. Si, como decía Heráclito, la guerra es el rey y padre de todas las cosas, la paz es la reina y
madre.
No solo eso, sino
que progresamos más rápido y en la dirección que elegimos. En un cierto nivel,
la evolución no es más que la supervivencia o no de los genes - ni siquiera su
"pugna" o "competitividad", porque eso sugiere una
intención. Sin embargo, Dawkins apodó el proceso como "egoísta":
incluso los mejores científicos, al parecer, no pueden evitar la antropomorfización.
Pero la caracterización fue correcta, ya que si antropomorfizamos los genes,
igual que yo he antropomorfizado los hemisferios, ellos operan de manera
egoísta o despiadada. A través de este proceso somos "empujados desde
atrás" y no tenemos voz ni voto sobre a dónde vamos. Sin embargo, por un Aufhebung que se desea con fervor, de
todo ello surge un proceso, el de la adquisición de habilidades a través de la
mimesis, en la que se abren nuestros ojos, en el que la colaboración desempeña
un papel, y donde hay un grado de libertad, en el que podemos elegir lo que
imitamos.
Los cambios
culturales en el equilibrio de hemisferios que identifico no deberían,
entonces, ser considerados como cambios estructurales en el cerebro,
ciertamente no en el nivel macro (sabemos que hay cambios cerebrales tanto
estructurales como funcionales causados incluso por la propia experiencia
individual en el nivel microscópico). Serían cambios funcionales, que se
habrían iniciado por imitación de creencias y prácticas, por formas de ver el
mundo y formas de estar en el mundo que favorecen a uno u otro de los
hemisferios. Estos cambios podrían tener una mayor permanencia gracias a los
mecanismos epigenéticos que replican en la próxima generación los cambios
cerebrales que acompañan a estos hábitos mentales y cerebrales, y por lo tanto
que ayudaran a fomentarlos y afianzarlos.
Por lo tanto, nos
volvemos libres para elegir nuestros propios valores, nuestros ideales. No
necesariamente sabiamente, por supuesto. Este proceso podría ser controlado
nuevamente por el hemisferio izquierdo si pudiera persuadirnos para imitar
y adquirir formas de estar en el mundo del hemisferio izquierdo. Y eso es lo
que creo que ha sucedido en la historia reciente de Occidente. En nuestro mundo
contemporáneo, las habilidades han sido degradadas y subvertidas en algoritmos:
estamos ocupados imitando máquinas.
CAPITULO 8.
EL MUNDO ANTIGUO
En su libro, Faces: The changing look
of humankind, (Rostros:
la mirada cambiante de la humanidad) Milton Brener presenta un estudio detallado de la
forma en que evolucionó la representación del rostro humano en la antigüedad.1
A partir de la observación de que el 90% de la comunicación emocional no es
verbal, y que la mayor parte se expresa a través de la cara (descrita por Georg
Lichtenberg como "la superficie
más entretenida de la Tierra"),2 comienza reflexionando
sobre el hecho de que no hay prácticamente rostros humanos en el arte
prehistórico. Sus temas son principalmente animales; y cuando hay seres humanos,
a menudo solo hay pelvis, nalgas o pechos, y casi todas las estatuillas están
sin cabeza; cuando hay una cabeza, aunque puede haber pelo, no hay rostro. Y
cuando comienzan a aparecer los rostros, son inexpresivos, esquemáticos y no-individualizados.
Brener argumenta que en los primeros dibujos, su falta de orientación espacial
o de relación entre las partes, la repetición de patrones abstractos
estereotipados y la descripción de lo que sabemos, en lugar de lo que vemos,
(por ejemplo, el llamado retrato en "rayos X" del ser humano, que
muestra los huesos del interior del cuerpo) muestran sugerentes puntos de
comparación con las creaciones de pacientes neuropsiquiátricos que dependen únicamente
de su hemisferio izquierdo.3 Además, Brener alude a pruebas de dos sujetos
con dislexia y prosopagnosia (incapacidad para reconocer a las personas por su
rostro), ambos con problemas de funcionamiento del hemisferio derecho, que muestran
una preferencia por el patrón facial "primitivo" de rasgos
esquemáticos inexpresivos, que es el que se encuentra en el arte más temprano.4
Ya se ha
mencionado anteriormente la importancia del hemisferio derecho en el
"procesamiento" de rostros y la aprehensión de expresiones faciales, así
como para los sentimientos y expresión de emociones, incluso y especialmente a
través del rostro, para el sentimiento de empatía y la apreciación de la
individualidad (Capítulo 2), al igual que la importancia del hemisferio derecho
en la capacidad para el disfrute estético. El cambio relativamente repentino
que se produjo en la representación del rostro humano en Grecia a partir del
siglo VI a.C, y particularmente a partir del siglo IV, en el que la mirada más
abstracta, estereotipada e inexpresiva de las representaciones egipcias y de
las primeras representaciones griegas del rostro y la cabeza dan paso a un retrato
más individualizado, variado, emocionalmente expresivo y empático, es atribuido
por Brener al rápido avance del funcionamiento del hemisferio derecho en Grecia
en torno al mismo período. Otras evidencias de ello, según Brener, serían la aparición
de un corpus poético muy expresivo y rico en metáforas, la evolución de la idea
de que el individuo tiene reivindicaciones legítimas que se deben equilibrar
con las de la comunidad en general, y un sentido de empatía con los demás, así
como un interés en el mundo natural - a lo que yo agregaría un sentido del
humor basado en la apreciación irónica del pathos de la posición del hombre en
el mundo como un "ser hacia la muerte".
En apoyo de su
tesis, Brener cita el trabajo de Hans-Joachim Hufschmidt, erudito alemán que
estudió la dirección de la mirada en cincuenta mil representaciones del rostro
humano en diversos periodos históricos.5 Este trabajo, publicado en
1980, ofrece unos hallazgos notables. Al parecer, en las primeras
representaciones bidimensionales se tiende a mostrar el rostro, ya sea mirando
al frente o mirando hacia la derecha del espectador. Sin embargo, durante el
periodo comprendido entre el siglo VI a.C y el período helenístico, se produce
un claro cambio de orientación, de modo que la mayoría de los retratos pasan a
mirar en la dirección opuesta, hacia la izquierda del espectador.
Ya en 1973, Chris
McManus y Nick Humphrey habían publicado en
Nature los resultados de un estudio de aproximadamente mil cuatrocientos
retratos realizados en occidente entre los siglos XVI al XX, mostrando que
durante este período también se tendía a retratar al modelo mirando hacia la
izquierda del espectador.6 Estos hallazgos han sido confirmados
desde entonces por otros estudios.7 La implicación parece ser que el
foco de atención se sitúa en el campo visual izquierdo del espectador
(preferentemente servido por el hemisferio derecho), al mismo tiempo que se
expone a la vista la hemifaz izquierda del sujeto, más expresiva emocionalmente
(controlada por el hemisferio derecho del sujeto plasmado).
La importancia de
la investigación de Hufschmidt, aparte de la enorme envergadura de su empresa,
es que incluye al mundo antiguo. Este revela un cambio distintivo a favor del
hemisferio derecho en la apreciación de las representaciones del rostro humano
desde el siglo VI a.C. en adelante. Según Brener y Hufschmidt, la tendencia se
perdió de nuevo en la Edad Media, pero volvió a surgir en el Renacimiento.
Otras investigaciones han confirmado que la tendencia a mirar hacia la
izquierda era más fuerte en el siglo XV, y se ha ido desvaneciendo gradualmente
hasta el siglo XX, cuando volvió el patrón de perfiles iguales hacia la derecha
o a la izquierda que se observaban antes del surgimiento de la civilización griega.8
Este hallazgo es de considerable interés en vista de la tesis de este libro,
especialmente en relación con lo que considero como un desplazamiento hacia la
derecha en el cerebro que ocurrió en la época del Renacimiento y otro desplazamiento
hacia la izquierda que se evidencia en el Modernismo.
La tendencia
"natural", tal y como muestran la mayoría de los retratos dibujados
por niños, sigue siendo la de mostrar el lado izquierdo, incluso en algunos
casos si están copiando a un modelo que mira hacia la derecha.9 Los
autorretratos tienden a mostrar el sesgo opuesto, hacia la derecha, lo cual es
presumiblemente porque los pintores tienden a orientarse frente al espejo para
que su imagen aparezca en su campo visual izquierdo, lo que implica girar el
rostro hacia la derecha para que el lado izquierdo del rostro quede expuesto -
apareciendo en la imagen del espejo como el lado derecho del rostro.10 Un estudio de una larga serie de autorretratos
del pintor alemán Lovis Corinth antes y después de un ictus en el hemisferio
derecho que sufrió en 1911, muestran que, después del ictus, invirtió tanto la
orientación facial como la dirección de la fuente de luz en sus cuadros.11
(En la mayoría de las pinturas Occidentales desde el Renacimiento, al
igual que hay una tendencia a que el rostro gire hacia la izquierda, hay una
tendencia a que la fuente de luz provenga del lado izquierdo).12
La tesis de
Brener es original y merece ser mejor conocida: es uno de los pocos intentos
que conozco de relacionar los movimientos en la historia de las ideas con la
lateralización cerebral. Y si bien acepto la importancia de la repentina
aparición en esa época de una amplia gama de funciones del hemisferio derecho,
en particular como ejemplifican las artes visuales, mi propia visión sobre este
estado de cosas es diferente de la de Brener.
La civilización
griega aportó muchas cosas que podríamos asociar, en un nivel, con el repentino
florecimiento del hemisferio izquierdo, al menos tanto como las del hemisferio
derecho: los inicios de la filosofía analítica, la codificación de leyes, la
formalización de cuerpos sistemáticos de conocimiento. Todo ello requiere la
capacidad de apartarse y separarse de la gente, de la naturaleza y de nosotros
mismos, para poder objetivar. Desde mi punto de vista, esta es también la base
para forjar puentes con los demás y con la naturaleza, que
clásicamente y según gran parte de la literatura neuropsicológica está mediada
por el hemisferio derecho. Para volver a un tema un tanto hegeliano del
capítulo anterior, la unión no puede existir sin separación y distinción, pero
la separación y la distinción son inútiles a menos que sean el preludio de una
unión o síntesis posterior y mayor.
Por lo tanto, yo
diría que lo que sucedió fue lo siguiente. Inicialmente hubo un progreso
simétrico y bihemisférico en ese tiempo - un progreso en el funcionamiento de
los lóbulos frontales de ambos hemisferios. Son los lóbulos frontales los que
establecen la distancia (en el espacio) y el aplazamiento (en el tiempo): lo
que nos permite mantenernos alejados de nuestro mundo y de nosotros mismos.
Pero este desarrollo, que permite una mayor capacidad de especular, de
considerar las lecciones del pasado y de proyectar mundos posibles en el
futuro, de construir proyectos y esquemas para un mejor gobierno del estado y
para el aumento del conocimiento del mundo en general, también requiere la
capacidad de guardar registros: de dejar rastros externalizados, y por lo
tanto, más permanentes del funcionamiento de la mente, de fijar y congelar el
flujo constante de la vida en movimiento. Requiere, por lo tanto, una enorme
expansión del ámbito de la palabra escrita, así como el desarrollo de
diagramas, fórmulas y mapas; tomar registros de las observaciones de la
naturaleza; y registros de la historia de las personas y los estados. Por lo
que se ha expuesto en relación con la re-presentación, en las partes anteriores
de este libro, se verá que esto requiere depender del hemisferio izquierdo, no del
derecho. Tal toma de distancia es la esencia de la filosofía analítica, que es
una función del hemisferio izquierdo - al menos de la filosofía en Occidente
desde Platón y hasta la época de Kant. Los griegos iniciaron este proceso de distanciamiento;
así como los inicios de la filosofía analítica, de la teorización sobre el
estado político, la elaboración de mapas, la observación de los astros y del
mundo natural "objetivo", todo ello pudo estar mediado por el
hemisferio izquierdo; aunque el impulso de hacerlo en todo caso proviniese del
derecho.
Esta
"distancia necesaria”, aportada por los lóbulos frontales, permite, por lo
tanto, verse a uno mismo como un yo entre otros yoes; tomar distancia y
observar objetivamente el rostro humano, de modo que pueda representarse con
tanto detalle, como lo muestra Brener. Actúa como un factor clave de la
expansión de las funciones del hemisferio derecho que Brener señala. Los
orígenes del concepto de individuo como alguien diferente y ligado a la
comunidad, surgen también en este momento, inicialmente a través de la
capacidad de alcanzar cierta distancia.13 Esta toma de distancia nos
permite ver mucho más de lo que es - se despliega, se hace explícito, nuestro
entendimiento; pero una vez que esto ha ocurrido, se expande la capacidad del
hemisferio derecho para reintegrar esta comprensión implícitamente. Y de aquí
provienen todos los avances del hemisferio derecho que coincido con Brener,
caracterizan este período de la historia griega: el surgimiento de ciertos
aspectos del "yo"; la empatía con los demás; el lenguaje y las artes
imaginativas y metafóricas; el humor y la ironía; la discriminación de rostros
individuales, expresiones emocionales, y así sucesivamente.
En resumen, por
lo tanto, mientras que Brener vería en general una oposición directa de los dos
hemisferios, con un avance tal vez difícil de explicar de las funciones del
hemisferio derecho a expensas del izquierdo que tiene lugar en ese momento, yo
vería inicialmente un aumento bilateral en las funciones de los lóbulos frontales,
lo que requiere tanto un avance del hemisferio izquierdo para sostener la
"distancia" en cuestión y, a través de la creación de esta distancia
necesaria, permite al hemisferio derecho ampliar su capacidad. No niego la
evidencia del avance del hemisferio derecho, simplemente lo relaciono de manera
diferente con las funciones del hemisferio izquierdo y los lóbulos frontales.
Podría
preguntarse uno, ya que mi formulación implica a ambos hemisferios
haciendo avances, por qué es necesario invocar diferencias hemisféricas en
general. Después de todo, ¿por qué no dejar de lado la cuestión de los
hemisferios y regresar a la visión de sentido común de que hubo un avance
general en el conocimiento, o en la imaginación o en la creatividad, en un
sentido indiferenciado en ese momento? Mi respuesta es que esto no tiene en
cuenta la característica principal de este avance, a saber, que implica
movimientos en dos direcciones diametralmente opuestas a la vez – por una parte
hacia una mayor abstracción del mundo y, simultáneamente, hacia un mayor
compromiso empático con dicho mundo. En otras palabras, las diferencias
entre lo que los hemisferios “hacen" o entregan, se acentúan en gran parte
en ese momento, como lo atestiguan todos los datos mencionados y discutidos en
las partes anteriores de este libro. Una nueva tensión, sin duda fructífera,
surge de esta acentuación de la divergencia entre los dos mundos entregados por
los hemisferios. Y, dado que los datos que tenemos sobre las diferencias
hemisféricas se derivan casi exclusivamente de Occidente en los últimos cien
años más o menos, no sabemos si las mismas diferencias en el mismo grado han
existido siempre o existen en otras partes del mundo. Todo lo que podemos decir
es que deben haber surgido al menos en algún momento de la historia del hombre
occidental y, dado que el primer lugar que vemos evidencias de actividad
cultural que expresa un funcionamiento relativamente independiente del
hemisferio izquierdo, y de un hemisferio derecho que funciona también de manera
relativamente independiente, es en Grecia durante este período, puede ser entonces,
que lo que estemos presenciando sea una (relativa) desconexión o separación de
los hemisferios, y los orígenes de la especialización de los hemisferios tal
como lo conocemos hoy en día.
Esto me lleva a
considerar la tesis presentada por el notable libro, ya clásico de Julian
Jaynes, El origen de la conciencia en la
ruptura de la mente bicameral.14 Este libro, que ya tiene más de
treinta años, causó un gran revuelo cuando se publicó por primera vez y se ha
mantenido su debate desde entonces. Jaynes, que era psicólogo en Princeton y
estaba interesado en el mundo de la antigüedad, propuso la tesis de que la
conciencia, en el sentido de autoconciencia introspectiva, surgió por primera
vez en la Grecia homérica. Plantea que, cuando los héroes de La Ilíada (y del Antiguo Testamento) decían
haber escuchado las voces de los dioses (o de Dios) dándoles órdenes o
consejos, no se trataría de una expresión figurada: literalmente oían voces.
Las voces expresaban sus propios pensamientos intuitivos y surgían de sus
propias mentes, pero eran percibidas como externas, porque en esa época el
hombre estaba tomando consciencia de sus propios procesos de pensamiento
intuitivos (hasta entonces inconscientes). Estos procesos de pensamiento
intuitivo, Jaynes los identifica con el funcionamiento del hemisferio derecho.
Compara este fenómeno con las alucinaciones auditivas que se experimentan en la
esquizofrenia, en las cuales hay evidencias de que el discurso que
"emerge" como una alucinación puede estar surgiendo del hemisferio
derecho. Su argumento, que será evidente que es casi contrario al mío, es que,
en ese momento, hubo un colapso de la mente previamente "bicameral",
una mente con dos cámaras o hemisferios distintos, y que fue el acceso
relativamente repentino y desconcertante del hemisferio izquierdo al
funcionamiento del hemisferio derecho lo que dio lugar a los fenómenos descritos.
Hay mucho que
admirar de este libro imaginativo y, en cierto modo excéntrico, aunque no deja
de ser un hecho que, si bien la hipótesis de Jaynes sigue siendo ampliamente
leída, no ha sido aceptada o ampliada por la psicología. Tal vez esto era
inevitable en una hipótesis de tal amplitud y originalidad, que se hallaba tan
lejos de la corriente principal de la investigación psicológica. Pero creo que
hay al menos otra razón importante. En consonancia con una visión más de moda
en la época en que lo estaba escribiendo, y basándose en una interpretación
psicoanalítica de la esquizofrenia como un estado regresivo a una emocionalidad
desenfrenada, falta de autoconciencia y con relativa desinhibición, el veía la
esquizofrenia como un retorno a una forma más antigua, tal vez
"primitiva", del funcionamiento mental, en la que los efectos de la
civilización no habían conseguido, como en el resto de nosotros, recubrir los
procesos primarios de la vida mental con la racionalización, y las voces que
experimentan los sujetos esquizofrénicos aún no se descartaban como simples
aspectos de nuestros propios procesos de pensamiento. Su argumento era que, si
hay paralelismos entre la audición de voces en el mundo antiguo y en la
esquizofrenia, es porque estos procesos mentales son un signo de una estructura
y organización más primitiva del mundo mental (tanto en lo que respecta a la
filogenia como a la ontogenia). Se puede ver que su argumento lo requiere. Los
habitantes del mundo antiguo escucharon voces, literalmente, pero nosotros ya no
lo hacemos; los esquizofrénicos escuchan voces y nosotros no; por lo tanto,
la esquizofrenia debe implicar una regresión a una forma primitiva de actividad
mental.
El problema con
esto es que toda la evidencia que hay sugiere que la esquizofrenia es una
enfermedad relativamente moderna, que posiblemente solo exista desde el siglo
XVIII aproximadamente, y que sus principales características psicopatológicas
no tienen nada que ver con la regresión a una irracionalidad, falta de
autoconciencia, y un repliegue al ámbito infantil de la emoción y el cuerpo,
sino que implican exactamente lo contrario: una especie de hiper-racionalismo
fuera de lugar, una autoconciencia hiper-reflexiva y una desconexión de la
emoción y la existencia encarnada. Esto hace complicado su posición.
Creo que Jaynes
estuvo cerca de hacer un gran avance - de hecho, lo hizo - pero tal vez
descarrilado por la visión de la esquizofrenia que se describe anteriormente,
su conclusión fue diametralmente opuesta a la que podría haber sacado. Su
percepción de que había una conexión entre las voces de los dioses y los
cambios en el mundo mental de quienes las escuchaban, que esto podría tener
algo que ver con el cerebro, y que de hecho se refería a la relación entre los
hemisferios, sigue siendo, desde mi punto de vista, fundamentalmente correcta.
Sin embargo, creo que tiene un aspecto importante de su relato vuelto al revés.
Su afirmación de que los fenómenos que describe se produjeron debido a un colapso
de la mente "bicameral" - de modo que los dos hemisferios, antes
separados, estaban ahora fusionados - es exactamente la contraria a lo que
sucedió. Estos fenómenos se produjeron debido a una separación relativa de las
dos cámaras, los dos hemisferios. Los fenómenos que antes se experimentaban sin
complicaciones como parte de una conciencia relativamente unificada, ahora se
volvían extraños. Las intuiciones, ya no se actuaban de manera inconsciente, ya
no eran "transparentes", no se subsumían simplemente en la acción sin
necesidad de deliberación, se convirtieron en objetos de la conciencia traídos
al plano de atención, opacas, objetivadas. Donde antes no se había cuestionado
si el funcionamiento de la mente era algo que ocurría en "mi", ya que
la pregunta no habría tenido ningún sentido - pues no había ningún corte entre
la mente y el mundo a su alrededor, y no había posibilidad de distanciarse de
los propios procesos de pensamiento para atribuírselos a uno mismo o a alguien
o a cualquier otra cosa - ahora había un grado de distanciamiento que permitía
que la pregunta surgiera, y que condujo a que los procesos de pensamiento
intuitivos, menos explícitos, se objetivaran como voces (como ocurre en la
esquizofrenia), en la que se sienten como provenientes de "algún otro
lugar". Esta interpretación, además, tiene la ventaja de que encaja con lo
que sabemos sobre la tendencia de la esquizofrenia de llevar a la consciencia
procesos que normalmente quedan inconscientes e intuitivos.
Dicho en la forma
más simple, donde Jaynes interpreta que las voces de los dioses se deben a los
efectos desconcertantes de la apertura de una puerta entre los hemisferios, de
modo que las voces podían oírse por primera vez, yo las veo como debidas al
cierre de la puerta, de modo que las voces de la intuición ahora parecen
distantes, "otras"; familiares pero extrañas, sabias pero misteriosas
- en una palabra, divinas.
Mi tesis es que
la separación de los hemisferios trajo consigo tanto ventajas como desventajas.
Hizo posible que nos situáramos fuera del marco de referencia
"natural", la forma cotidiana de sentido común en la que veíamos el
mundo. Al hacerlo, nos permitió ampliar esa "distancia necesaria" con
el mundo y con nosotros mismos, lograda originalmente por los lóbulos
frontales, lo que nos dio una visión de las cosas que de otra manera no
podríamos haber tenido, haciendo posible incluso que formáramos conexiones empáticas
más profundas entre nosotros y el mundo en general. El mejor ejemplo de esto es
el fascinante surgimiento del arte dramático en el mundo griego, en el que los
pensamientos y sentimientos de nosotros mismos y de los demás son aparentemente
objetivados y, sin embargo, se nos devuelven como propios. Surgiendo un tipo
especial de visión, en la que tanto la distancia como la empatía son cruciales.
Pero la
separación también sembró las semillas del aislacionismo del hemisferio
izquierdo, permitiendo que éste trabajase sin supervisión. En esta etapa de la
historia cultural, los dos hemisferios seguían funcionando en gran medida
juntos, por lo que los beneficios superaban con creces las desventajas, pero
las desventajas se hicieron más evidentes con el tiempo.
En aras de la simplicidad, abordaré los cambios en un
orden más o menos cronológico, comenzando con lo que podríamos llamar el
período arcaico al menos hasta el siglo VII a. C., para pasar a considerar
luego por separado los cambios en los siglos VI y V, hasta la época de Platón,
y luego tratar el período más tardío desde Platón en adelante.
LA GRECIA ARCAICA
No se sabe si las grandes epopeyas
homéricas, La Ilíada y La Odisea,
fueron obra de un individuo o de varios, y sus fechas también son muy debatidas:
claramente se basan en una tradición consolidada, y pueden haber sido
redactadas por varios poetas antes de llegar a su forma escrita, posiblemente
alrededor de la segunda mitad del siglo VIII a.C. Tampoco se sabe con certeza
si la misma persona o personas se encargaron de redactar y escribir los poemas.
Sea quien fuere quien los redactó o escribió, destacan por ser las primeras
obras de la civilización Occidental que ejemplifican una serie de
características que nos interesan. Entre sus cualidades más notables están - su
capacidad para mantener un tema unificado y presentar una narrativa única y
coherente de una longitud considerable, su grado de empatía y visión del
carácter, y su firme sentido de los valores más nobles (el Lebenswerte de Scheler y otros) - que sugieren un hemisferio
derecho mucho más evolucionado.
Eso podría hacernos
pensar en la relevancia para el hemisferio derecho del rostro humano. Sin
embargo, a pesar de esto, hay en la epopeya homérica pocas descripciones de
rostros. No hay duda acerca de la veracidad de la experiencia emocional de los
personajes atrapados en el drama de La
Ilíada o La Odisea: sus sentimientos de orgullo, odio, envidia, ira,
vergüenza, piedad y amor son la materia de la que está hecho el drama. Pero en
su mayor parte estas emociones se transmiten en relación al cuerpo y a gestos
corporales, en lugar del rostro - aunque hay momentos, como en el reencuentro
de Penélope y Ulises al final de La
Odisea, en los que parece que vemos los rostros de los personajes, los ojos
de Penélope llenos de lágrimas, los de Ulises delatando el "dolor del
anhelo que brota de su pecho". La falta de énfasis en el rostro puede
parecer desconcertante en un momento de creciente compromiso empático, pero
creo que hay una razón para esto.
En Homero, como
mencioné en la primera parte, no había una palabra para designar el cuerpo como
tal, ni para el alma o la mente, en el caso de la persona viva. El sōma era lo que se quedaba en el campo de
batalla, y psuchê era lo que alzaba el vuelo desde los labios del
guerrero moribundo. En cuanto a la persona viva, cuando Homero quiere hablar de
la mente o de los pensamientos de alguien, se refiere a lo que es en realidad
un órgano físico - Aquiles, por ejemplo, "se pone en contacto con su thumos".
Aunque thumos es una fuente de
energía vital interior, que conduce a ciertas acciones, thumos tiene características carnales, como la de requerir alimento
y líquido, y tiene una ubicación corporal, aunque esta varíe. De acuerdo a la
obra de Michael Clarke, Flesh and Spirit in the Songs of Homer, (Carnalidad
y espíritu en los cantos Homéricos) el hombre homérico no tiene un
cuerpo o una mente: "más bien, su
pensamiento y conciencia son una parte tan inseparable de su vida corporal como
lo son el movimiento y el metabolismo."15 El cuerpo es
indistinguible de la totalidad de la persona.16 "Pensamiento, emoción, conciencia,
reflexión, voluntad” residen en el pecho, no en la cabeza: "el proceso
continuo del pensamiento se concibe como si estuviera identificado de forma
precisa con la inhalación perceptible de la respiración, y con la mezcla medio
imaginada de la respiración con la sangre y los fluidos corporales en las
sustancias blandas, calientes y fluidas que conforman lo que hay detrás de la caja
torácica".17 El hace hincapié en la importancia del flujo, de
la fusión y de la coagulación. La base común de significados no está en una
cosa estática en particular, sino en el proceso continuo de vivir, que
"puede ser visto y encapsulado en diferentes contextos como una extensión
de tiempo o bien ser visto como un líquido que rezuma". Todas estas son
imágenes de la transición entre diferentes estados de flujo, diferentes grados
de permanencia, permitiendo la posibilidad de la ambigüedad: "La relación
entre la identidad corporal y mental de estas entidades es sutil e imprecisa".18
Aquí no hay necesidad de que la pregunta "¿esto es mente o es
cuerpo?" tenga una respuesta definitiva. Sin embargo, tal tolerancia se
volvió imposible en la época de Platón y sigue siendo imposible hoy en día, por
las tendencias actuales de la neurofilosofía.
Los vocablos que
evocan la mente, el "familiar" thumos, por ejemplo, oscilan
fluida y continuamente en su referencia al autor o a la actividad, entre la
entidad que piensa y los pensamientos o emociones que son sus productos.19
Aquí Clarke está hablando de términos tales como is, aiōn, menos. "La vida del hombre homérico se define en
términos de procesos más que de cosas."20 Menos, por ejemplo, se refiere a la fuerza o la fortaleza, y
también puede significar el semen, a pesar de estar a menudo ubicado en el
pecho. Pero también se refiere a “la
fuerza de un movimiento violento y autopropulsado en algo no humano",
tal vez como el Drang de Scheler: de
nuevo más una actividad que una cosa.21
Esta profunda
encarnación del pensamiento y la emoción, este énfasis en los procesos que
siempre están en flujo, en lugar de entidades únicas y estáticas, este rechazo
a la distinción de lo "uno o lo otro", entre mente y cuerpo, todo
ello tal vez sugiera nuevamente una versión del mundo dependiente del
hemisferio derecho. Y lo que es igualmente obvio para la mente moderna es la
relativa cercanía a este punto de vista. Todo esto, creo, ayuda a explicar
por qué hay muy pocas descripciones de rostros: ya que prestar atención al
rostro requiere un grado de observación distanciada. El hecho que aquí haya toda
una obra de arte, una capacidad para enmarcar la existencia humana de esta
manera sugiere, es cierto, un grado de distancia, así como también un grado de
cooperación de los hemisferios para lograrlo. Pero fue la evolución gradual hacia
un mayor distanciamiento en la cultura griega post-homérica lo que provocó el
florecimiento, el "desembalaje", tanto de las capacidades del
hemisferio derecho como las del izquierdo al servicio tanto del arte como de la
ciencia.
Con esa distancia
llegó el término más incorpóreo y cercano a la idea moderna de mente, nous (o noos), el cual es raro en
Homero. Cuando nous aparece en Homero, sigue siendo algo distinto, casi
siempre intelectual, no es parte del cuerpo en ningún sentido directo: según
Clarke, "puede estar virtualmente identificado con un plan o una estratagema".22 De conformidad con
los procesos del hemisferio izquierdo, es como el recorrido de una flecha, va en
una dirección.23
A finales de los
siglos V y IV, los “conceptos separados de cuerpo y alma se fijaron firmemente
en la cultura griega".24 En Platón, y desde entonces durante
los próximos dos mil años, el alma está prisionera en el cuerpo, tal como lo
describe en Fedón, esperando su liberación por la muerte.
Jaynes hace la
observación de que en Homero "tampoco
existe un concepto de voluntad o una palabra para ello, el concepto se
desarrolla curiosamente tarde en el pensamiento griego. Así, los hombres de la
Ilíada no tienen voluntad propia y ciertamente no tienen noción de libre
albedrío."25 Aquí Jaynes me parece demasiado moderno,
demasiado poco tolerante, en su enfoque de lo que tiene que mantenerse irresuelto.
Ya que los dioses eran vistos en un nivel implícito como alineados en algún
sentido con el yo, por muy distintos que pudieran haber sido en el nivel
explícito. Clarke se refiere a lo que denomina un "doble plano de
causalidad": los pensamientos y las emociones repentinas se consideraban
tanto una intervención de las deidades personales como un aspecto independiente
de la psicología humana. "El punto crucial de la cuestión es que los dos
planos existen en armonía, y la intervención del dios no tiene por qué implicar
que el hombre mortal sea menos plenamente responsable de sus acciones".
Del mismo modo, las habilidades poéticas provienen de uno mismo y de los
dioses; y, en general, los pensamientos provienen de uno mismo y de la
inspiración divina.26 E. R.
Dodds, en Los Griegos y lo Irracional,
escribe que en Homero los dioses representaban "una interferencia en la
vida humana por parte de fuerzas no humanas que introducen algo en el hombre y
por lo tanto influían en su pensamiento y conducta",27 lo que de nuevo hace que las cosas parezcan
más cortantes y secas de lo que, particularmente a la luz del libro de Clarke,
creo que fueron. Así "mi"
voluntad no era, en esa etapa, solo el hemisferio izquierdo, el esfuerzo
consciente, sino también el hemisferio derecho, la atracción intuitiva hacia
los valores e ideales, representado por las voces de los dioses.
Christopher Gill
proporciona un análisis sutil de la forma en que, en la era homérica, el
sentido del yo está íntimamente ligado al "diálogo interpersonal y
comunitario" en una vida de ética compartida,28 un análisis que
proporciona una fascinante confirmación de que la visión de la Grecia
pre-helenística estaba mucho menos sujeta a los efectos de la dominación del
hemisferio izquierdo de lo que luego llegó a estar más tarde. En parte como
consecuencia de esto, lo que se considera como "mis" pensamientos,
creencias, intenciones, etc., no tienen por qué ser los que yo sé conscientemente
que forman parte de mí. El punto esta excelentemente expuesto. Es bueno tener
esto en cuenta al leer el relato contado por Bruno Snell en su clásico, El descubrimiento del Espíritu que, en
mi opinión, sigue siendo un análisis fascinante del grado en que ciertos
conceptos estuvieron o no presentes en la conciencia de la antigua Grecia y en
la evolución de, precisamente, la mente consciente y autoconsciente durante
este período.29
Ya he hablado de
la necesidad de observar desde una cierta distancia óptima. ¿Qué sabemos de
cómo los griegos veían el mundo? Si examinamos las palabras griegas para
referirse a la visión, encontramos una variedad muy rica. Lo que llama la
atención es que muchas de ellas implican la cualidad de la experiencia
de quien ve, o la cualidad de lo que es visto, así como la relación
entre el ojo y lo que contempla. La idea del ojo que transmite fríamente
ciertos datos sensoriales a nuestra percepción, de que aprehende su
objeto, no entra al lenguaje hasta más tarde.
Homero utiliza
una gran variedad de palabras para referirse al sentido de la vista: Snell
señala al menos nueve.30 Cuando Homero dice de un águila que mira
con mucha agudeza - oxytaton derketai –
está pensando en los rayos del ojo del águila, como los "agudos” rayos del
sol a los que se refiere Homero. Derkesthai
se refiere, por lo tanto, no solo un ojo que podría decirse que está "registrando"
algo, sino a una mirada feroz que se posa sobre su objeto. Paptainein, "indica una actitud visual, y no depende de la
función de la vista como tal". Es una forma de mirar el entorno de forma
inquisitiva, con cuidado o con temor. Leussein
es ver algo luminoso y expresa "orgullo, alegría y un sentimiento de
libertad". Como resultado, este verbo se encuentra característicamente en
primera persona y “deriva su significado especial de un modo de ver; no de la
función de la vista, sino del objeto visto, y los sentimientos asociados con la
vista, dan a la palabra su cualidad peculiar".31 Theasthai es mirar con asombro con los
ojos bien abiertos; y ossesthai,
"es tener una impresión amenazadora" de algo "de lo que se sospecha".
Con el tiempo,
las partes principales del verbo idein,
ver, se reunieron a partir de tres verbos diferentes: horan, idein y opsesthai.
Lo que está claro es que originalmente no existía una única palabra para expresar
la mera función de la vista, sin más. Originalmente, solo había palabras para las
relaciones con las cosas, la cualidad de la experiencia, de cómo el "que
está viendo" se situaba ante lo "visto".32 En otras
palabras, la vista aún no se había abstraído de su contexto dentro del mundo
vivo, donde es reverberante, viva en sí misma, una entreidad expresiva - aún no
se consideraba unidireccional, separada, muerta: aún no es una observación.
En contraste theorein,
el origen de nuestra palabra "teoría", es una palabra mucho más
tardía. Aquí toma el significado que normalmente asociamos con el hecho de ver,
el ojo aprehendiendo un objeto. Es interesante que originalmente no era
un verbo, sino que era una derivación de la palabra para espectador, theoros. Lo que deduzco de esto, es que
se deriva de lo que se pensaba que era una situación especial, una situación de
mayor distanciamiento de lo habitual, de un “espectáculo". Las palabras
para "pensar", en el sentido de cognición abstracta, y las palabras
para "ver" llegan a estar estrechamente relacionadas. La prominencia,
después de la era homérica, de theorein
y noein, en comparación con los
términos anteriores utilizados para ver, marca un grado de abstracción de lo
que se está considerando. Una distinción relacionada, y mencionada
anteriormente, surge entre aspectos de la mente, entre thymos y noos; a grandes rasgos, thymos es el
instinto, lo que mantiene al cuerpo en movimiento, junto con la emoción,
mientras que noos es la reflexión,
las ideas y las imágenes. Parece ser que los griegos ya hacían distinciones
sentidas entre el pensamiento y la experiencia según sean mediadas por el
hemisferio izquierdo o por el derecho.
PENSAMIENTO Y
EXPERIENCIA EN LA GRECIA CLÁSICA
Alrededor del siglo VI a.C, parece haber ocurrido un cambio radical en la
forma de concebir el mundo, lo que se
considera convencionalmente como el inicio de la filosofía (según Bertrand
Russell, "la filosofía comienza con Tales").33 Aunque se
hicieron muchas especulaciones a lo largo de los siguientes cientos de años,
que obviamente condujeron a conclusiones diferentes, a veces opuestas, me
atrevería a decir que el punto de partida en cada caso dependió de una
percepción subyacente: una sensación intelectual de asombro ante el mero hecho
de la existencia y, en consecuencia, la convicción de que las formas normales
de interpretar el mundo estaban profundamente equivocadas. En retrospectiva, se
podría llamar a esto una conciencia de la inautenticidad radical, y creo que se
deriva de la consecución de un cierto grado de distanciamiento del mundo.
A la luz de lo que sabemos sobre los hemisferios, se
podría predecir que esto podría conducir en general a una de las dos
direcciones. Podría llevar a un alejamiento de la conceptualización de la
experiencia, a un intento de liberar los fenómenos perceptivos de su habitual acumulación
de razonamiento, que confieren al mundo una falsa familiaridad: un retorno
desde la re-presentación de la realidad hacia una apertura activa a la
"presencia" de lo que es. En otras palabras, un retorno a la
autenticidad del mundo del hemisferio derecho. O podría conducir en la
dirección opuesta, a un descredito del testimonio de los sentidos, que entonces
se verían como la raíz del engaño, y a un giro aún mayor hacia el interior,
hacia la contemplación de los contenidos de la mente solamente. En otras
palabras, no a un retorno al mundo del hemisferio derecho, sino, por el
contrario, a un rechazo de este, ya que ahora se le vería como intrínsecamente
inauténtico, y por lo tanto como no valido.
Creo que se ven ambos procesos, pero que siguen una
progresión. Al principio, asistimos a un equilibrio equitativo, regido por la
conciencia de la primacía del hemisferio derecho, pero con el tiempo el
equilibrio se desplaza cada vez más hacia el triunfo del izquierdo.
El punto en común más conocido de la filosofía
presocrática es un intento de reconciliar la sensación de aparente unidad del
mundo fenoménico con su evidente diversidad. Esto sugería que debía haber algún
principio originario común, o archē, de donde provinieran todas las cosas: de
manera que la multiplicidad de apariencias, los fenómenos, fueran un reflejo de
la mutabilidad de la sustancia primaria, que subyace a todo y que podría
metamorfosearse en diferentes estados. Este planteamiento podría (a mi modo de
ver, falsamente) ser visto como monista: yo lo vería, no como una reducción de
los muchos al uno, sino como una forma de dar cuenta de la división dentro de
la unidad, respetando al mismo tiempo la realidad de ambos.
Tales, el "primer filósofo" según Russell,
al igual que sus sucesores en la escuela de Mileto, de la que fue fundador, a
principios del siglo VI, fue un atento observador del mundo natural: hizo
descubrimientos en astronomía - se dice que predijo correctamente un eclipse
solar en el 585 a.C. - y utilizó las matemáticas para abordar problemas de
ingeniería. Postuló que el principio primario de todas las cosas, aquello de lo
que proceden y a lo que regresan, era el agua, una conclusión que se supone
derivó de las obvias transiciones del agua entre los estados sólido, líquido y
gaseoso, y su omnipresencia en los seres vivos.
Sin embargo, Anaximandro, alumno de Tales, llevó las
cosas mucho más lejos. Postuló que todas las cosas surgen de un principio
originario, y que en última instancia vuelven a él, al que llamó lo
"ilimitado" o lo "indefinido" (apeiron). Esto conlleva la idea de que se trata de algo que no
puede ser calificado, y por lo tanto debe ser abordado apofáticamente (apeiron significa literalmente
indefinido, o ilimitado), ya que no tiene principio ni fin, y por lo tanto es
una fuente inagotable, de la cual surgen las cosas eternamente y a la que
regresan eternamente, siempre en proceso, en lugar de un archē que simplemente ocupa un punto estático
en el tiempo, o actúa como origen de una cadena de causalidades. Aunque no
accesible a la percepción directa, apeiron,
sin embargo, explica aspectos fenoménicos del mundo. El elemento central de la
idea de apeiron es que debe ser capaz
de contener en sí mismo, sin aniquilación mutua, todos los principios opuestos:
y ningún otro candidato para dicho papel, como vio con razón Anaximandro, como
el agua, o cualquier otro elemento físico concebible, podría cumplir esta
condición (para empezar, el agua no puede dar lugar a la sequedad). Estos principios
opuestos dentro de apeiron, según Anaximandro, son de importancia
crucial. Se equilibran entre sí, son un dar y recibir, un flujo y reflujo de
opuestos, lo que da origen a todas las cosas, ya que, como él lo expresa, ellos
"se dan justa retribución los unos a los otros" por sus
transgresiones mutuas, según una lógica ineludible en las cosas: "Cuando
las cosas perecen, regresan al lugar de donde surgieron, de acuerdo con la
necesidad, para ellas darse mutuamente justa retribución por sus injusticias, de
conformidad con el mandato del tiempo".34
A diferencia de su alumno Anaxímenes, cuyo candidato
para archē era otro elemento (en su caso, el aire),
Anaximandro aporta una serie de ideas: sobre el carácter necesario, tanto
productivo como destructivo, de la unión de opuestos; sobre la primacía de lo
que no es ni definido ni finito; y sobre la naturaleza de archē como un proceso, en lugar de como una cosa
- todo ello, en mi opinión, intuiciones del mundo del hemisferio derecho,
aunque el proceso de filosofar, el razonamiento sobre las causas y el carácter
del mundo, y el intento de sistematizarlo, puedan provenir del hemisferio
izquierdo.35
Aunque de Heráclito todo lo que nos queda son fragmentos
de textos, al igual que de otros filósofos presocráticos, significativamente
mucho de ellos han perdurado, y lo que ha sobrevivido tiene una cualidad
taciturna, apotegmatica y, a menudo, paradójica, que los ha convertido en un
recurso infinitamente rico para la interpretación a lo largo de los siglos.
Este mismo hecho ha sido puesto en contra de Heráclito por quienes ven el
entendimiento como algo necesariamente determinado, transmisible a través de una
cierta claridad, un bien que se puede exportar e importar, en lugar de algo
fructíferamente indeterminado, tal vez inevitablemente incompleto, que requiere
un proceso individual de exploración y que evoca en nuestro interior una
respuesta a la posibilidad sugerente del texto. (Una vez más, permítanme
enfatizar que esto no implica que "todo vale", sino que lo que sea
que surja es improbable que se ajuste claramente al lenguaje cotidiano).
Se desconocen las fechas exactas en las que vivió
Heráclito, pero alcanzó su máximo esplendor a fines del siglo VI a. C. Provenía
de Éfeso, una opulenta ciudad rival al norte de Mileto, y a él poco le
importaba la filosofía de los milesios. Tenía mala opinión del dēmos (las masas), no tenía alumnos ni
seguidores y, según Diógenes Laercio, de forma característica depositó su libro
como una ofrenda en el gran templo de Artemisa, donde el pueblo en general no
habría tenido acceso a él.36
Heráclito sostenía que la naturaleza de las cosas es
intrínsecamente difícil de buscar usando las herramientas con las que
normalmente estamos equipados para dicha tarea. Nuestras suposiciones naturales
y nuestras formas comunes de pensar nos llevarán por caminos equivocados, y
debemos ser cautelosos e infatigables en nuestra búsqueda de la verdad. "El que no espera lo inesperado, no lo hallará",
escribió, "pues no hay senda y está inexplorada";37
la naturaleza de las cosas, y por
lo tanto la evocación fiel de las mismas, es tal que "ni se declara ni se oculta,
sino que se señala".38 El estudioso de Heráclito, Charles Kahn,
escribe que el "paralelismo entre el estilo de Heráclito y la oscuridad de
la naturaleza de las cosas, entre la dificultad para comprenderlo y la
dificultad en la percepción humana, no es arbitrario: hablar con claridad sobre
un tema así sería falsificarlo al exponerlo, pues no se comunicaría ningún
entendimiento genuino".39 El punto no es que la naturaleza de
las cosas sea contradictoria, sino que el intento de plasmarlas al lenguaje
conduce inevitablemente a lo que llamamos paradoja, y el intento de evitar la
paradoja por lo tanto lo distorsiona.40
El carácter oculto de la Naturaleza, o su cualidad
necesariamente implícita requiere una flexibilidad especialmente atenta por
parte de aquellos que se acercan a ella. "La
estructura oculta es superior que la estructura manifiesta";41
y se requiere apertura por parte del buscador de sabiduría, así como indagación
en muchas cosas diferentes: "los hombres que aman la sabiduría",
escribió, "deben ser buenos investigadores en muchas otras cosas", ya
que a "la naturaleza le encanta esconderse".42 Sostenía
que "no se podrían alcanzar los
confines del alma, aunque se recorrieran todos los caminos, tan profunda es su extensión
[logos]", (en realidad se refiere a "tan profundo es lo que
tiene que decirnos").43 Heráclito compartía el parecer de Tales
de que "todas las cosas están colmadas de dioses",44 para
él todas las cosas están llenas de alma, y no hay una división tajante entre
la mente o el alma y el mundo de la materia.45 Bruno Snell dice que Heráclito, fue "el
primer escritor en presentar un nuevo concepto del alma", al hablar de su
profundidad recurría a la historia de la poesía arcaica que contenía palabras
como bathyphron, “profunda-ponderación” y, bathymetes, “pensamiento-en
profundidad”. “Los conceptos como "conocimiento profundo",
"pensamiento profundo", "reflexión profunda" así como
"dolor profundo" son bastante comunes en el período arcaico. En estas
expresiones, el símbolo de profundidad siempre apunta a la infinitud de lo
intelectual y lo espiritual, que lo diferencia de lo físico”.46
La respuesta de Heráclito a la naturaleza engañosa de
la re-presentación, a la forma en que las cosas parecen ser, no es yendo más
allá en esa dirección, lejos de los fenómenos, sino mirar nuevamente lo que nuestra
experiencia nos dice. En otras palabras, no recomienda volvernos hacia dentro para
descubrir la naturaleza de la realidad, sino una atención paciente y cuidadosa
al mundo fenoménico. La mayoría de las personas dice, cometen el error de dar
prioridad a su opinión sobre la experiencia, a sus ideas, en vez de a "las
cosas tal como se las encuentran".47
Así, "aquello que venga de la vista, del oído, del aprendizaje desde
la experiencia: esto es lo que yo prefiero". En otro lugar, escribe que
"los ojos son testigos más seguros que lo que hayas oído", en otras
palabras, lo que experimentamos es más cierto que lo que dice la gente
sobre lo que experimenta.48 Pero la experiencia no es suficiente por
sí sola. Necesita el entendimiento, y la mayoría de las personas no están en
posición de entender lo que experimentan: "los ojos y los oídos son pobres
testigos para los hombres si sus almas no entienden el lenguaje".49
Para Heráclito, el
logos, la razón última, la causa, el significado o la estructura profunda
del mundo, no es un poder que se encuentra en algún lugar detrás de las
apariencias, como se convertiría más adelante, sino que es lo que Kahn llama
una "propiedad fenoménica", evidenciada y experimentada a través del
pensamiento razonado y en las respuestas al mundo.50
Si somos capaces de atender a la experiencia, en lugar
de a nuestras ideas preconcebidas sobre la experiencia, nos encontramos, según
Heráclito, con la realidad de la unión de los opuestos. Apreciar esta unión, en
la que se reconcilian todos los principios opuestos, era para Heráclito la
esencia de sophia (la sabiduría, la
raíz de la filosofía).51 Los opuestos se definen uno al otro y se
traen uno a otro a la existencia.52 Su famosa afirmación de que
"la guerra es el padre de todo y de todo es el rey", es la expresión
más célebre del poder creador de los opuestos, del hecho de que los opuestos no
se anulan entre sí, sino que (aquí me parece que está de acuerdo con
Anaximandro) son la única forma de crear algo nuevo.53 Así, dice
Heráclito, que tanto las notas agudas como las graves son necesarios para la
armonía, y no tendríamos vida sin la unión de lo masculino y lo femenino.54
"Ellos no entienden", dice, "cómo una cosa está de acuerdo, y en disconformidad consigo misma: es
una harmoniē como la del
arco y la lira".55 Para acercarse a la comprensión de
esto, es necesario saber que harmoniē puede entenderse
en tres sentidos distintos: como un acoplamiento de algo (como encajan dos
superficies cortadas con "precisión"), como una reconciliación (como
las de dos partes enfrentadas) y como una sintonización (como las de las
cuerdas y los tonos); igualmente es necesario darse cuenta que tanto el arco como la lira no constan de otra
cosa que de cuerdas que están, y deben estar en tensión, donde el complejo
conjunto estable, resulte equilibrado y eficiente, no a pesar de, sino debido
a la tracción en direcciones opuestas. Quizás la compresión del significado más
elegante de Heráclito se encuentra en su aforismo: "el nombre del arco (biós) es vida (bíos); su función es dar muerte".56
Las cuerdas tensas, con sus dos extremos tirando en
direcciones opuestas, que en el arco o en la lira es lo que les confiere su
fuerza vital o virtud, es la expresión perfecta de un equilibrio dinámico, en
lugar de estático. Esta contención del movimiento dentro de la estasis, de los
opuestos en reconciliación, también se ilustra en el dicho más famoso de
Heráclito, que "todas las cosas fluyen".57 La estabilidad
en el mundo experiencial es siempre una estabilidad proporcionada por una forma
a través de la cual las cosas continúan fluyendo: " Al adentrarse en el
mismo río, otras y aún otras aguas fluyen por él... No se puede entrar dos
veces en el mismo río".58 El río es siempre diferente, pero
siempre el mismo. En última instancia, por supuesto, los ríos mismos, no solo
las aguas que fluyen a través de ellos, llegan y se van: en esto también
nuestros cuerpos son como ríos. Pero la estasis, lo opuesto al cambio y al
flujo, es incompatible con la vida, y solo conduce a la separación y la
desintegración: "incluso la
poción se separa a menos que se agite".59
A veces se incluye a Heráclito entre los que pensaban
que archē era uno de los elementos, en su caso el fuego. Esto se debe a su afirmación de que
"todas las cosas tienen su
equivalencia en el fuego, y el fuego en todas las cosas, como los bienes con el
oro y el oro con los bienes".60 Sin embargo, si se ve de
esta manera, es en el sentido de Anaximandro, como un proceso sin fin
(compensatorio), en lugar de como una "causa", u ocupando un punto en
el tiempo. El fuego también es único entre los elementos ya que no es en ningún
sentido una cosa o sustancia, sino un proceso puro, pura energía fenoménica (de
hecho, el significado de Heráclito puede ser una intuición de la
intercambiabilidad de la materia y la energía); también ilustra perfectamente
el poder tanto para crear vida como para destruirla. En todo esto, logra captar
lo que apeiron tiene respecto a una
sustancia como el agua o el aire, a la vez que no está ausente por ello del
mundo fenoménico del modo en que apeiron
tiene que estarlo.
Me parece que Heráclito captó la esencia del
equilibrio entre hemisferios, sin dejar de ser consciente de la primacía del
mundo del hemisferio derecho. Veo esto, entre otras cosas, por su insistencia
en la naturaleza oculta, implícita e ilimitada de la realidad primaria; en su
uso "paradójico" del lenguaje en un intento de trascender las
posibilidades expresivas del lenguaje, normalmente limitadas (por la
congruencia del hemisferio izquierdo); en su insistencia en la importancia de
la percepción, a pesar de las dificultades para entender realmente qué es lo
que percibimos; en su priorización de la experiencia por encima de nuestras
teorías acerca de la experiencia; en su insistencia en que los opuestos deben
mantenerse unidos, más que anularse inevitablemente unos a otros; en su percepción
de que todo está en proceso de cambio y de flujo eterno, en lugar de estar en
estasis o ya acabado; y en su afirmación de que todas las cosas contienen una
energía o vida. Además, considera el
logos como algo "compartido", recíproco, tal vez incluso recíprocamente
hecho realidad, en lugar de, como dice que tendemos a verlo, algo que se consigue
mediante procesos de pensamiento "privados" y aislados;61
y enfatiza que las cosas cambian su naturaleza según el contexto (el agua del
mar, por ejemplo, da vida a los peces, y es mortal para los humanos).62 En
un pasaje que Kahn considera auténtico y no interpretable, Heráclito es
recordado por usar el término anchibasiē, "andando
cerca": no se puede encontrar un término mejor para caracterizar la
aproximación del hemisferio derecho a la verdad, en contraste con la del
hemisferio izquierdo.63
Situémonos ahora a principios del siglo V a.C, en
Elea, una colonia griega en la costa meridional de Italia, donde Parménides
fundó su propia escuela de filosofía. Parménides era un sacerdote de Apolo: su
obra principal es un poema que se ha conservado en forma de fragmentos y donde
explícitamente se opone a Heráclito (y, por motivos diferentes, a Pitágoras).
El importante mensaje encerrado en su doble estructura - el camino de la verdad
frente a el camino de la creencia - es que el mundo fenoménico es un
engaño. El pensamiento es todo lo que hay: "porque pensamiento y ser son la misma cosa".64 Lo
que puede ser pensado debe ser, y lo que no puede ser pensado no puede existir.
Lo que se deduzca de la lógica, por más que se oponga a la experiencia, debe
ser verdad. Por otra parte, la contradicción, un conflicto dentro del sistema
del lenguaje y la razón, se considera como un indicio seguro de error.
Que existe el movimiento es ciertamente un pensamiento
que tenemos la mayoría de nosotros, y entonces uno pensaría, que, según la
lógica de Parménides, debe ser cierto. Pero aparentemente no: el movimiento
resulta ser una ilusión. "Todo lo que existe" no puede
moverse, porque entonces se movería hacia el vacío, donde nada existe, lo que
se traduce en una imposibilidad lógica. (Si esto recuerda a Zenón, se debe a
que Zenón fue alumno de Parménides). Así que todo lo que es permanece tal
cual, intemporal, indiferenciado e inmutable. Todo es estasis, y el proceso de
llegar a ser es desterrado para siempre. Los fenómenos de movimiento y cambio
son apariencias ilusorias. En su priorización del sistema lógico sobre la
verdad de los fenómenos, al negar la ambigüedad o la contradicción, en su logro
de la certeza y la inmovilidad, esta filosofía muestra su lealtad al mundo del
hemisferio izquierdo. Heidegger, hay que decirlo, tiene la opinión de que, en
última instancia, Heráclito y Parménides estaban diciendo lo mismo; pero él lo
hace, me parece, gracias a una especie de juego de manos, rescatando el Ser de
Parménides al encontrarlo, en última instancia, con el ser de todos los seres
realmente existentes, de modo que ambos se reconcilian.65 Si esto es
cierto, solo demuestra lo que he argumentado en la primera parte de este libro,
que los caminos del hemisferio izquierdo, si se siguen lo suficiente lejos,
llevan al mundo tal como lo reconoce el hemisferio derecho.
Tal como demuestra Platón en su diálogo, Parménides y el Sofista, la posición de
Parménides conlleva muchas consecuencias difíciles de aceptar. Efectivamente,
la completa escisión de los mundos de la experiencia y de las ideas lleva a la
consecuencia de que "no somos participes del propio conocimiento"66
(lo opuesto a la afirmación de Heráclito de que el logos es compartido).
Por lo tanto, los filósofos no son participes del conocimiento (una posición
que se socava a sí misma) y ninguno de nosotros puede ser parte en la realidad
del ser (lo otro). La imposibilidad tanto de la diferencia como de la igualdad paraliza
todo discurso.67 Nada de esto importaría tanto si las posiciones
autodestructivas no fueran expresamente excluidas por Parménides (y por
Sócrates), y si el discurso racional no fuera considerado por ambos como el
camino a la verdad.
En Teeteto,
Sócrates señala que Parménides fue el único de los "sabios" que negó
que todo sea cambio y movimiento.68 Sin embargo, a pesar de esto,
Parménides ejerció una enorme influencia en Platón, y a través de él, en la
historia posterior de la filosofía Occidental. La creencia de Platón de que el
conocimiento ha de ser infalible y general condujo a la posición de que no
podemos conocer las cosas que son cambiantes o particulares. En el sentido que
tiene el hemisferio izquierdo de "conocimiento", esto es cierto. Para
Platón ese conocimiento se convierte en la realidad; el reino de las Formas,
incorpóreas, abstracciones de carácter universal, de las que los objetos
sensoriales reales y físicos de la experiencia no son más que sombras. La
necesidad de que haya una certeza y claridad, junto con la ley del tercero excluido,
nos cierra los ojos ante la posibilidad de lo que puede ser visto como paradójico.
Desde entonces, la filosofía griega fue dominada por los supuestos y modos de
funcionamiento del hemisferio izquierdo. Y en tiempos de Teofrasto, discípulo
de Aristóteles que escribía en el siglo III a.C, el estilo enigmático y epigramático
de Heráclito, ya era visto simplemente como un signo de enfermedad mental.69
El hecho mismo de que existiera la filosofía fue uno
de los muchos cambios que se produjeron con el advenimiento de la distancia
necesaria. El arte dramático, al menos tal como fue concebido por los griegos fue
también, como lo vio Nietzsche, una demostración de ese equilibrio necesario
entre Apolo y Dionisio.70 Esta distancia no tiene nada que ver con
la ironía distante, o Verfremdungseffekt,
propugnada por los dramaturgos modernos, y que de hecho funciona en el sentido opuesto.
Nos permite sentirnos profundamente cercanos a los demás, y así conocernos a
nosotros mismos en los demás, y a los demás en nosotros mismos. Como dice
Snell, "El hombre debe escuchar
un eco de sí mismo en los otros antes de que pueda oírse o conocerse a sí
mismo", y es en el teatro donde encontramos ese eco.71
El "proceso del coro en las tragedias
es el fenómeno original del drama", escribió Nietzsche, "es la experiencia de verse a uno mismo
transformado ante sus propios ojos, y sentirse como si realmente hubiera
entrado en otro cuerpo, en otro personaje".72 En la
tragedia griega, vemos por primera vez en la historia de Occidente el poder de
la empatía, al contemplar no solo el doloroso moldeado de la voluntad y del
alma de hombres y mujeres (el tema constante de la tragedia es hibris, la
soberbia), sino a los dioses mismos en evolución, moviéndose desde sus
instintos de venganza y justicia punitiva a la compasión y la reconciliación.
Y también es en el drama donde los opuestos que nunca
se reconcilian en el discurso explícito de la filosofía, sin embargo, llegan a
estar reconciliados, a través del poder implícito del mito.
Había en Atenas un culto especial a Prometeo, el dios de las habilidades
técnicas y de la inteligencia (aunque no de la sabiduría).73 Quizá
se recuerde que fue Prometeo quien robó el fuego del cielo y lo entregó a los
mortales: que, en términos de este libro, indica que el emisario asumió el
poder del Maestro. Pues se decía que Zeus había planeado destruir a la
humanidad, y que el regalo de Prometeo les había dado esperanza para poder
resistir. Por este acto, Prometeo fue encadenado por Zeus a una roca, donde
cada día su hígado era arrancado por un ave de presa, tan solo para que
volviera a crecer de nuevo su hígado y comenzara el tormento al día siguiente.
En su obra, Prometeo Encadenado,
Esquilo representa compasivamente el destino de Prometeo, si bien, a través del
recurso del coro, es capaz de permanecer en última instancia en una postura
ambigua. Poniendo en boca de Prometeo esta justificación de él mismo como
libertador de la humanidad:
Antes ellos
eran como niños, pero yo los desperté a razonar y les enseñé a pensar... aunque
tenían ojos para ver, veían en vano; tenían oídos, pero no podían oír; como si
fueran formas en sueños, pasaban toda su vida sin propósito y en confusión. . .
hasta que les mostré las alturas de las estrellas, y sus configuraciones
difíciles de discernir. Inventé para ellos el Número, el principal de todos los
recursos y como poner palabras por escrito, la sierva de la Memoria y madre de
las Musas...74
Es
Prometeo, en otras palabras, quien trae la aritmética y la alfabetización.
Aunque en la obra de Esquilo, Hermes, mensajero de Zeus (el "emisario del
Maestro"), es enviado para acrecentar la agonía del impenitente Prometeo,
en otras versiones del mito se atribuye al propio Hermes el mérito de traer el
fuego del cielo, y es en cierto modo el alter ego de Prometeo. Al igual
que a Prometeo, a Hermes se le asocia con la invención de las pesas y medidas,
y con la literatura y las artes. Es importante, desde el punto de vista de este
libro, que era también el dios de comerciantes y embaucadores, en
correspondencia con el egipcio Thoth, dios de las ciencias y la tecnología, que
también lo era de la escritura (Platón, en Fedro,
consideraba que Thoth había sido su inventor, y deploraba su llegada).75 También
Prometeo, "fundador del sacrificio, era un tramposo y
un ladrón" escribe Kerényi: "estos atributos estaban en el
fondo de todas las historias que tratan sobre él ", la imagen de los que
roban a la divinidad lo que está alrededor de ellos, y "cuya temeridad les acarrea desgracias inconmensurables e imprevisibles".76
Esquilo, cuyas
obras las escribió en la primera mitad del siglo V a.C, es en general aceptado
como el fundador de la tragedia griega, y así fue calificado por A. W.
Schlegel: "Esquilo debe ser considerado como el creador de la Tragedia; de
su cabeza brotó toda la panoplia, como Palas de la cabeza de Júpiter."77
Es más, Schlegel consideraba que Prometeo Encadenado, era la esencia de
la tragedia: "Las otras
creaciones de la tragedia griega, son todas tragedias; pero esta puede decirse
que es la Tragedia en sí misma".78
Irónicamente, no es seguro que
el propio Esquilo haya escrito esta obra (aunque el consenso parece estar a
favor de que es así);79 pero
por supuesto, si la tragedia relata la historia de la caída del héroe desde la
cima de la gloria hasta las profundidades de la desesperación como consecuencia
de su soberbia, esta obra, junto con el
Paraíso Perdido de Milton, debe considerarse como el epítome de la tragedia.
Esquilo fue un
valiente soldado, que luchó en Maratón
y Salamina, y participó en la derrota de los persas; de hecho, estaba
tan orgulloso de esto que en su epitafio se refiere a su participación en la
batalla de Maratón, pero no su excelencia como dramaturgo. También fue un
hombre con un profundo respeto por los misterios religiosos. Era un iniciado de
Eleusis, y prueba de la seriedad con que se tomaban por entonces dichos
misterios es que, a pesar de la estima que se le tenía, estuvo a punto de
perder la vida por haber revelado supuestamente aspectos de los misterios en
sus Euménides.80 En su juventud cuidaba viñedos y, según Pausanias, en cierta ocasión que se
quedó dormido entre las vides; en sus sueños, Dionisio, dios del vino, se le
apareció y le exhortó a escribir tragedias. Las obras que escribió se
representaron como parte del espectáculo de las competiciones en los festivales
para honrar a Dionisio, que por aquel entonces no hacía mucho que se habían
establecido.
Esquilo fue,
pues, un Dionisíaco; no solo en el sentido técnico, sino también en el sentido
nietzscheano. Su arte intuitivo e imaginativo, ambiguo como el propio Dioniso,
"el ambiguo dios del vino y la
muerte” le llegó por inspiración divina, se le anunció en sus sueños, y
estaba inextricablemente vinculado al mundo de la religión y sus misterios.
Como Sófocles dijo de él, "Esquilo
hace lo que es correcto sin saberlo": no puede haber una
declaración más clara de su deuda con el funcionamiento del hemisferio derecho.81
La descripción que hace Esquilo del destino de Prometeo es profundamente
conmovedora y compasiva, pero también relata el dolor que produce en el hombre
su intento arrogante de apoderarse y utilizar lo que pertenece a otro reino para
hacerse poderoso porque, como Schlegel dice, Prometeo es "una imagen de la naturaleza humana en sí misma".82
Gnothi seauton: conócete a ti mismo. Estas famosas palabras fueron esculpidas
en la entrada del templo del oráculo en Delfos. El oráculo mismo, hablaba a
través de una mujer que se encontraba en estado de embriaguez al respirar
vapores provenientes de infusiones de hierbas sagradas, era una manera de dejar
a un lado el dominio del mundo, siempre demasiado fácil, del intelecto
racionalizador y abrirlo a la intuición que surge de la interpretación de las declaraciones
ambiguas en una atmósfera de devoción - una especie de mancha de Rorschach auto
reveladora, algo así como el libro chino de expresiones poéticas, y
supuestamente adivinatorias, el I Ching.
A mi parecer en la tragedia del Prometeo de Esquilo, la mente se está
conociendo a sí misma, “sin saberlo”; es la mente (de hecho, el cerebro)
conociéndose a sí misma. La tragedia de Prometeo es el relato de los dos
hemisferios. Y, en términos más generales, la invención o el descubrimiento
griego de la tragedia, basada en el siempre recurrente tema de la caída por la soberbia,
representa la paradoja de la autoconciencia: el comienzo de la mente llegando a
conocer y comprender su propia naturaleza.
LA PALABRA ESCRITA
Ni las obras de Homero ni las de los
grandes trágicos, Esquilo, Sófocles y Eurípides, serían conocidas si no fuera
por la existencia de registros escritos; y es evidente que no hay forma de que se
pueda contar la historia de los hemisferios en el mundo Antiguo sin considerar la
importancia de la historia de la escritura. ¿Cuál es la relación entre la
escritura y los hemisferios?
Para responder a esta pregunta, es necesario examinar
las etapas de desarrollo de la historia de la escritura desde sus primeros
inicios hasta el actual alfabeto occidental (o latino), que es esencialmente el
mismo que el sistema alfabético griego. En el siglo IV en Grecia, ya habían
tenido lugar todos los importantes cambios hemisféricos en el proceso de inscripción.
Hay cuatro elementos importantes en esa evolución, y en cada uno de ellos el
equilibrio de poder se desplaza más hacia la izquierda. Estos son: el paso
desde los pictogramas a los fonogramas; el abandono de los fonogramas silábicos
en favor de un alfabeto fonético; la inclusión de signos vocálicos en el
alfabeto; y la dirección de la escritura.
De los pictogramas a los fonogramas.
Por lo que
sabemos, la primera forma de lenguaje escrito surgió en el cuarto milenio A.C.
Los pictogramas, representaciones visuales en referencia a cosas, se utilizaron
por primera vez en Sumeria alrededor del 3300 a.C. Estos dieron paso
gradualmente a los ideogramas, que son diagramas más esquemáticos. Esto
representa un desplazamiento, quizás no muy grande, pero un desplazamiento, sin
embargo, hacia la abstracción. Un cambio mucho mayor en la misma dirección
ocurrió cuando los ideogramas a su vez fueron reemplazados por fonogramas. Este
desplazamiento hacia el empleo de signos arbitrarios que ya no se relacionan ni
siquiera esquemáticamente con las propiedades sensoriales del objeto al que se
hace referencia, sino tan solo con los sonidos emitidos al referirse a él, hace
que la escritura se adentre aún más en el territorio del hemisferio izquierdo.
La escritura surgió también en Egipto aproximadamente en el mismo período que
en Sumeria, o un poco más tarde, alrededor del 3100 a.C. Y parece ser que las
tres formas - pictogramas, ideogramas y fonogramas - se utilizaron de forma
paralela en diferentes contextos.
De los fonogramas al alfabeto fonético;
y a la inclusión de vocales.
Los fonogramas, en algunas lenguas, representan sílabas; en las lenguas
alfabéticas representan componentes fonéticos aislados, originalmente
consonantes. El griego no es una lengua silábica, sino fonémica. En una lengua
silábica como el chino, la misma sílaba se puede pronunciar con diferentes
tonos o, como en el hebreo o el árabe, con diferentes vocales; al cambiar el
tono o las vocales, se cambia el significado. Esto tiene una implicación
importante. Mientras la lengua se mantenga silábica, en lugar de puramente
fonémica, depende inevitablemente del contexto para diferenciar caracteres
escritos que puedan representar significados potencialmente muy diferentes.
Saber leer y entender un lenguaje silábico implica procesos que la diferencian
de la lectura y comprensión de una lengua puramente fonémica, como el griego,
el latín o las demás lenguas europeas modernas, como el inglés. Lo más
importante es que el significado emerge del contexto, la mente revisa las
formas en que puede leerse una sílaba o un sonido (aunque a velocidad vertiginosa),
como lo hace con el significado en la poesía, trabajando en torno a un
enunciado que se resuelve en el enfoque en su conjunto, en lugar de a través de
una secuencia lineal unidireccional de instrucciones, donde cada certeza se
construye sobre la anterior. Menos obvio, pero no menos significativo, es el
hecho de que en las lenguas silábicas los conceptos se construyen a partir de
sílabas que tienen un significado en sí mismas. Si bien las lenguas
Occidentales modernas no son silábicas, sino fonémicas, podemos hacernos una
idea de cómo es esto, si somos conscientes de la etimología de las palabras
inglesas (o alemanas u otras palabras occidentales) - es decir, si somos lo
suficientemente conscientes de la estructura de una palabra, y de los
significados originales de las partes que la componen. Por lo tanto, en las
lenguas silábicas, el significado es menos arbitrario, está más claramente
arraigado en el mundo del que emana y conserva en mayor medida su base
metafórica. (No es casualidad que Heidegger, que escribe en una lengua
fonémica, retorne tan a menudo a la etimología). En estos dos aspectos, las
lenguas silábicas favorecen el entendimiento mediante el hemisferio derecho,
mientras que las lenguas fonémicas favorecen el del hemisferio izquierdo.
El origen de
todos los sistemas alfabéticos como tales, se encuentra en el proto-cananeo
(2000-1500 a.C), con el desarrollo de la escritura cuneiforme de los fonogramas
acadios a partir del 1500 a.C. El alfabeto griego del que, por supuesto, se
derivó luego el alfabeto latino, es a su vez una derivación del alfabeto
fenicio. De hecho, el alfabeto griego es casi idéntico al alfabeto fenicio,
pero, de manera fascinante, debido al cambio posterior en la dirección de la
escritura, está invertido en espejo.83 La fecha en que ocurrió
esto es discutido, pero probablemente ocurrió alrededor del siglo IX a.C o
antes.
La inserción de vocales, que sucedió por primera vez
con la evolución del alfabeto griego a partir del fenicio, consolidó aún más un
cambio en el equilibrio del poder entre hemisferios, eliminando las últimas
estrategias de procesamiento inconsciente de codificación basadas en el
contexto a la codificación basada en secuencias.84
La dirección de la escritura
El hemisferio derecho prefiere las líneas verticales, pero el hemisferio
izquierdo prefiere líneas horizontales.85 Si las líneas son
verticales, el hemisferio izquierdo prefiere leerlas de abajo hacia arriba,
mientras que el derecho prefiere leerlas de arriba hacia abajo.86 En
casi todas las culturas la escritura comenzó siendo vertical. Algunas, como en
las lenguas orientales, permanecen verticales: y generalmente también se leen
de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. En otras palabras, se leen
desde el punto de vista determinado en su mayor parte por el hemisferio
derecho.87 Aunque tanto las lenguas orientales como las occidentales
generalmente se leen de arriba hacia abajo, de modo que a nivel global aún se
ajustan a la preferencia del hemisferio derecho, a nivel local y secuencial, se
han desplazado en Occidente hacia el punto de vista del hemisferio izquierdo.
Este proceso comenzó con el paso a la fonética. Mientras que "casi todos los sistemas de escritura
pictográfica favorecen una disposición vertical...prácticamente todos los
sistemas de escritura que dependen exclusivamente de la interpretación visual
de las características fonológicas del lenguaje están dispuestos
horizontalmente".88 Así pues, la escritura
vertical comenzó a ser reemplazada por la escritura horizontal, y desapareció
por completo en Occidente alrededor del 1100 a.C. En el siglo XI a.C, el griego
se escribía de forma horizontal, aunque de derecha a izquierda.
Se siguió
escribiendo de derecha a izquierda hasta el siglo VII a.C. Sin embargo,
alrededor de este tiempo ocurrió un cambio fascinante. Entre los siglos VIII y
VI, el griego comenzó a escribirse en lo que se conoce como bustrofedon, literalmente "como ara el buey ", es decir,
yendo hasta el final de la línea, y siguiendo desde ese mismo extremo en la
línea siguiente - alternando la dirección de línea en línea. Sin embargo, en el
siglo V a.C, la escritura de izquierda a derecha se empezó a convertir en la
norma, y en el siglo IV la transición estaba completa, y todas las formas de
griego se escribían de izquierda a derecha.89
Leer de izquierda
a derecha implica mover los ojos hacia la derecha, impulsados por el hemisferio
izquierdo, y comunicar preferentemente lo que se ve al hemisferio izquierdo. Y
resulta que, si bien prácticamente todas las lenguas silábicas se escriben de
derecha a izquierda, casi todas las lenguas fonéticas, como la familia de
lenguas indoeuropeas, al estar compuestas por una secuencia lineal de elementos
independientes, se escriben de izquierda a derecha.
Las lenguas
fonémicas sustituyen las relaciones contextuales por meras relaciones de
contigüidad, digitales en lugar de relaciones analógicas y secuenciales en
lugar de formales. Además, la adición de vocales marca una diferencia
sorprendentemente clara en la dirección de la escritura: según de Kerckhove,
"el 95% de las ortografías fonológicas que incluyen marcas de sonidos
vocálicos [por ejemplo, las vocales]... están escritas hacia la derecha,
mientras que casi todos los sistemas que no incluyen letras para las vocales se
escriben hacia la izquierda y ha sido así casi desde el principio, durante más
de tres milenios".90
Dada la
naturaleza de la lengua griega, era casi inevitable que cambiara la dirección
en que se escribía. "El sistema griego", escribe de Kerckhove,
"introdujo un nivel de abstracción por él que prácticamente extrajo la
escritura del contexto de su producción en formas orales... su proceso básico
fue la atomización del habla".91 Fue el filósofo griego
Demócrito quien lograría la misma atomización del universo físico. Actualmente
estamos tan acostumbrados a escuchar el habla como una sucesión de bloques
separados, en lugar de como un enunciado en su conjunto, que es difícil
imaginar que incluso las separaciones entre palabras no se regularizaron en la
escritura, de modo que todo se escribía de forma continua, hasta el período
bizantino.92
Así pues, al
llegar al siglo IV a.C, cada uno de los cambios que se habían producido en el
lenguaje escrito había favorecido un desplazamiento de la balanza
inexorablemente hacia el hemisferio izquierdo. De esta manera, la historia de
la escritura recapitula la historia del lenguaje en general: se origina en el
hemisferio derecho, pero se traslada al izquierdo.
¿El cambio en la
naturaleza y dirección de la escritura provocó un cambio para favorecer el
hemisferio izquierdo o tuvo lugar un cambio cognitivo mucho más profundo en el
mundo griego, del que los cambios en la naturaleza de la escritura fueron
meramente un signo externo o síntoma?
No creo que la
naturaleza misma de la escritura requiriera de tal cambio - alguna cosa más
profunda, debe haber sido responsable. Por un lado, sigue siendo un hecho que
la mayoría de las lenguas del mundo no occidental están estructurados para
favorecer el hemisferio derecho; pero, a pesar de esto, estas lenguas proclives
al hemisferio derecho han dejado de ser procesadas por el hemisferio derecho y,
de hecho, ahora son procesadas por el izquierdo. Presumiblemente esto se debe a
que, en un mundo donde los hábitos mentales occidentales se están volviendo
ineludibles, esas culturas no occidentales ya han heredado los cambios
cognitivos que comenzaron en Grecia alrededor de esa época. En otras palabras,
en el mundo moderno el lenguaje se ha alineado hasta tal punto con la agenda
del hemisferio izquierdo que incluso en aquellas lenguas que comenzaron siendo
procesadas por el hemisferio derecho, como el hebreo y el árabe, y que todavía
se siguen leyendo de derecha a izquierda, ahora se procesan en gran medida en
el hemisferio izquierdo.93 De manera similar, aunque es cierto que
los pictogramas están menos fuertemente lateralizados hacia el hemisferio
izquierdo que los fonogramas,94 no es cierto, como se pensó en algún momento,
que el kanji, la escritura
pictográfica japonesa, sea mejor procesada por el hemisferio derecho, mientras
que el kana, la escritura fonográfica
japonesa se procese más fácilmente en el hemisferio izquierdo: parece que ambas
escrituras se procesan principalmente en el hemisferio izquierdo, aunque en
diferentes regiones.95 También en el idioma chino, la mayoría de los
procesos lingüísticos son, como los de las lenguas alfabéticas occidentales,
procesados ahora por el hemisferio izquierdo.96 Sin embargo, el
efecto no es absoluto; y, por mucho que haya pruebas de que en la lectura en
hebreo y árabe se utilizan ambos hemisferios por igual que en las lenguas
occidentales,97 la lectura en voz alta de palabras chinas activa
redes mucho más extensas del hemisferio derecho que la lengua inglesa,
probablemente debido a la sutileza de las exigencias tanto visuales como
tonales del chino.98
Hay que aceptar
que el griego, al igual que muchas otras lenguas, empezó a escribirse en la
dirección opuesta, de la que favorece al hemisferio derecho (¿podría ser la
inversión en espejo de las letras que se produjo al adoptar el griego el
alfabeto fenicio una señal de lo que estaba por venir?). ¿Por qué habría de cambiar
de dirección y de necesitar incluir vocales, a menos que fuera porque estaban siendo
procesadas por el hemisferio izquierdo? La inclusión de las vocales parece
haber sido necesaria para el enfoque analítico y secuencial del hemisferio
izquierdo, en contraposición al contextual, y no al revés. Otras lenguas se
habían manejado bien sin vocales.
Así que cuando
Eric Havelock ha argumentado, al igual que John Skoyles, que puede haber sido
no solo la alfabetización, sino la propia estructura del alfabeto griego, la
responsable de los cambios cognitivos de la cultura griega, estoy de acuerdo en
que la relación es altamente significativa; pero mi opinión es que es más
probable que la naturaleza del alfabeto griego haya sido un efecto más que una
causa, en otras palabras, que haya simplemente consolidado un cambio que debe
haber comenzado con otra cosa.99
"La escritura es un
instrumento de poder", escribe Claude Hagège; "permite enviar
órdenes a lejanos feudos y determinar qué leyes prevalecerán."100
Ciertamente, esto es lo que parece ocurrir con la escritura en el mundo
occidental, desde sus orígenes en Sumeria y Egipto. "La escritura es
básicamente una tecnología", escribió el gran historiador francés, Fernand
Braudel,
una forma de
memorizar y comunicar cosas, permitiendo a las personas enviar órdenes y llevar
a cabo la administración a distancia. Los imperios y las sociedades organizadas
que se extendieron en el espacio son hijos de la escritura, la cual apareció en
todas partes al mismo tiempo que estas entidades políticas, y mediante un
proceso similar... [La escritura] se estableció como un medio para controlar la
sociedad. ... En Sumeria, la mayoría de las tablillas arcaicas son simplemente
inventarios y cuentas, listas de la distribución de raciones de alimentos, con
una nota de los destinatarios. El lineal B, el escrito micénico-cretense que
finalmente fue descifrado en 1953, es igualmente decepcionante, ya que se
refiere a temas similares: hasta ahora apenas ha revelado nada más que cuentas
de palacio. Pero fue en este nivel básico donde la escritura se afianzó primero
y mostró lo que podía hacer, después de haber sido inventada por celosos
servidores del estado o de príncipes. Otras funciones y aplicaciones vendrían a
su debido tiempo. Los números aparecen en las primeras lenguas escritas.101
Braudel menciona que los números
aparecen tempranamente en el lenguaje escrito: de hecho, los sumerios fueron
los primeros en anotar números, y el suyo fue el primer imperio real. Los
números son esenciales para controlar las cosechas, los rebaños y personas.
Quizás, sin embargo, no es tanto que los imperios sean hijos de la escritura,
sino que tanto los imperios como la escritura, al menos tal como surgieron en
Occidente, son hijos del hemisferio izquierdo. La escritura no tiene por
qué tener este carácter; podría haberlo sido sólo en Occidente. En otras
culturas, la escritura puede no haberse originado con el mismo objetivo ominoso
y utilitario: según Hagège, "el origen de la escritura china parece haber
sido mágico-religioso y adivinatorio en lugar de económico y mercantil."102
Tal vez, si es cierto que la escritura solo en Occidente tiene esta naturaleza,
esto reflejaría algo sobre nuestro particular desarrollo cerebral en Occidente.
El DINERO
Sea como fuere, no hay duda de que en Grecia la escritura tuvo mucho que
ver con la vida económica y mercantil. Y el dinero tiene una importante función
que comparte con la escritura: reemplaza las cosas por signos o símbolos, por
representaciones, la esencia misma de la actividad del hemisferio izquierdo. Yo
diría que son aspectos del mismo desarrollo neuropsicológico. Los mismos
desarrollos que llevan a que la palabra sea más "real" (para el
hemisferio izquierdo) que la realidad a la que hace referencia, ocurren con el
dinero. Richard Seaford afirma que la unidad monetaria necesita una antítesis
de signo y sustancia, en la que el signo se vuelve decisivo e implica una
sustancia ideal que subyace a la realidad tangible.103 Es
interesante que, así como Skoyles había visto al alfabeto como el motor
principal en una nueva forma de pensar, Seaford considera que el dinero es el
principal impulsor de un nuevo tipo de filosofía, y ciertamente se puede
entender por qué, dado que esta formulación de Seaford tiene un sorprendente
parecido con la teoría de las formas de Platón. Como ya se imaginará el lector,
no estoy a favor de ver el alfabeto o la moneda como los principales
impulsores, sino como epifenómenos, signos de un cambio más profundo en el
equilibrio de hemisferios que se evidencia en ambos.
El dinero cambia en modos predecibles nuestras
relaciones con los demás. Esto también refleja claramente una transición de los
valores del hemisferio derecho a los del izquierdo. En Homero, los objetos de
oro y plata podían ser regalos para la aristocracia, asociándose con las deidades
y la inmortalidad, pero no son dinero: de hecho, significativamente, el
oro y la plata en bruto, como tales, tenían asociaciones negativas.104 Antes
de la invención de la moneda, había un énfasis en la reciprocidad. Los
obsequios no son exactos, ni se calculan, no se conceden instantáneamente ni se
reciben de forma automática, no se exigen; los regalos no son en sí
mismos sustituibles, sino únicos; y el énfasis se pone en el valor de crear o
mantener una relación, que también es única. Con el comercio, todo esto cambia;
la esencia es competitiva: el intercambio es instantáneo, basado en la
equivalencia y el énfasis no es en la relación, sino en la utilidad o el beneficio.105
Como señala Seaford, el dinero es
homogéneo y, por lo tanto, homogeneiza a sus objetos y a sus usuarios,
erosionando la singularidad: es impersonal, a diferencia de los objetos
talismánicos, y debilita la necesidad de establecer vínculos, o de infundir una
confianza basada en el conocimiento de aquellos con quienes uno está
intercambiando. Se convierte en un fin universal, corrompiendo incluso el
ritual de la muerte y amenazando otros valores a medida que los trasciende y
los sustituye; convirtiéndose en un medio universal, incluso de la buena
voluntad divina o del poder político. Se "engendra una codicia ilimitada."106
El desarrollo posterior de la polis griega trae consigo estos cambios y conduce al desarrollo de la acuñación
de monedas.107
Así pues, en el mundo griego no solo surgió el
alfabeto, sino también la moneda. Lo que, es más, ambos surgieron de las
posibilidades que ofrecía el comercio. Braudel se refiere tanto al alfabeto
como a la moneda como "aceleradores
del cambio":
La adopción
de un alfabeto reintrodujo la escritura en un mundo que la había perdido. Y una
vez que la escritura estuvo al alcance de todos, se convirtió no solo en un
instrumento de dominio sino en una herramienta de intercambio, de comunicación
y, a menudo, de desmitificación... En lo que respecta a la moneda, su necesidad
se había sentido antes de que apareciera…. Fue aproximadamente en el año 685
a.C. cuando apareció por primera vez en la historia, la moneda de curso legal (monedas
hechas de electrum, una aleación de oro y plata) en Lidia, el rico reino de
Creso... Pero la mayoría de los especialistas consideran que una verdadera
economía monetaria no estuvo vigente hasta el siglo IV a.C. con los logros del período helenístico. En
los siglos VIII y VII, esta etapa estaba aún muy lejana. Sin embargo, a lo
largo del Egeo, las cosas estaban revueltas. Después de haber estado
aislada durante mucho tiempo del mundo Oriental, Grecia volvió a entrar en
contacto con dicho mundo a través de las ciudades de la costa siria, en
particular de Al-Mina. El lujo de esta región deslumbró a los griegos, cuya
forma de vida seguía siendo modesta. Junto con objetos procedentes de Fenicia y
de otros lugares - marfiles, bronces y cerámicas - Grecia comenzó a importar un
nuevo estilo de vida. El arte decorativo extranjero contrastaba con su rígido
estilo geométrico. Con las obras de arte llegaron las modas, los primeros
elementos de la ciencia griega, las supersticiones y, posiblemente, los inicios
de los cultos dionisíacos.108
Hay
varias cosas a tener en cuenta aquí. En primer lugar, la escritura se convirtió
en una herramienta de control del comercio, de la comunicación - y "a
menudo de desmitificación". Su movimiento es hacia el poder o hacia los
medios de poder, sí; pero también desde ya, para bien o para mal (y, a veces,
sin duda, sería para bien) hacia lo explícito a expensas de lo implícito – en la
dirección del hemisferio izquierdo.
Pero este pasaje
es fascinante por una razón completamente diferente: la forma en que traza, si se
piensa en las fechas, una progresión a través del mundo griego. En primer
lugar, está la referencia a Al-Mina, un puesto comercial en la desembocadura
del río Orontes, probablemente fundada en el siglo IX a. C., que había sido un
punto de comercio con el mundo micénico desde el siglo XIV a.C. sobre ella,
Braudel comenta en otra parte:
Llegó a ser
una colonia de importancia crucial, representando la primera puerta de Grecia para
acceder a Siria, Palestina, los estados neo-Hititas y arameos, Asiria, Urardhu
y a todas las rutas de caravanas del Oriente medio continental. La ciudad
estaba además poblada en gran parte por fenicios. Por lo tanto, no es
sorprendente que se la vea cada vez más como la ciudad donde Grecia se encontró
con Oriente; fue aquí donde los griegos se familiarizaron con el alfabeto
fenicio, y aquí también se originó la fase de orientalización del arte griego,
el primer desafío al estilo geométrico.109
Desde
períodos muy tempranos, hubo una fertilización cruzada de la mente griega con
las influencias de Oriente (que también es un elemento significativo en la
génesis del pensamiento presocrático).110 Los elementos que aquí se identifican
hablan de las influencias del hemisferio derecho: el arte ya no era "el
rígido estilo geométrico" querido por el hemisferio izquierdo, los
"primeros elementos" de la
ciencia griega, a saber, el método deductivo (no la teorización o la construcción
de sistemas que se produjo más adelante), las "supersticiones" y los
"inicios de los cultos dionisíacos", es decir, el misterio religioso
.
Pero hay algo
más. Al igual que la escritura, que oscila de manera ambivalente hacia la
derecha y hacia la izquierda durante el período comprendido entre los siglo VII
al V, y no se orienta totalmente hacia la derecha (favoreciendo al hemisferio
izquierdo) hasta el siglo IV, la moneda comienza a circular en el siglo VII,
aunque no fuera muy utilizada; y sólo se extiende realmente en el siglo IV a.C.111
En términos del equilibrio hemisférico, la temprana influencia del hemisferio
derecho está en equilibrio con las influencias del hemisferio izquierdo; pero
luego parece haber cedido, al menos respecto a las dos áreas críticas de la
escritura y la moneda, a la preponderancia del hemisferio izquierdo en el siglo
IV - en la misma época en que el mundo de los filósofos presocráticos cedió el
paso al mundo de Platón.
Si uno se remonta
a los primeros días de la civilización griega, al mundo micénico que prevaleció
desde la mitad del segundo milenio hasta aproximadamente el 1100 a. C., mucho
antes de la época de Homero, se hace evidente que influencias muy importantes
se originaron de la fertilización cruzada de Oriente y Occidente. Las pinturas
de Micenas atestiguan el cambio de una mitología de temor, que había
caracterizado a la cultura y el arte egipcios, por una de ligereza y alegría.
Las relaciones severamente jerárquicas que caracterizaron al arte egipcio dan
paso a la representación de relaciones relajadas e igualitarias, no solo del
hombre con el hombre, sino de hombres con mujeres, algo que se observa por
primera vez en el arte micénico en Creta.112 Seguramente esto, me parece, representa
los aspectos más positivos del hemisferio izquierdo, en su apariencia de
Lucifer, el portador de la luz. En este caso, el hemisferio izquierdo parece estar
en armonía con el funcionamiento del derecho, lo que se evidencia
ampliamente en la fascinación por el mundo vivo de los animales en toda su
particularidad, y en una viva imaginación. "Plantas y animales fueron
pintados en todas partes en paredes y jarrones", escribe Braudel:
aquí, una brizna
de hierba, allí un manojo de azafranes o lirios, un ramillete de azucenas sobre
el fondo ocre de un jarrón, o el rojo pompeyano de una pintura mural; cañas
dispuestas en un patrón continuo casi abstracto, una rama de olivo en flor, un
pulpo con los brazos enredados, delfines y estrellas de mar, un pez volador
azul, un círculo de enormes libélulas... Los frescos y la cerámica se prestaron
a esta fantasía inventiva. Es sorprendente encontrar los mismos motivos marinos
o de plantas tratados de mil maneras diferentes en tantos jarrones elaborados
por el torno del alfarero y exportados por centenares - como si los artistas
quisieran revivir en todo momento el placer de la creación.113
La
mimesis, en el sentido de crear imágenes y formas con el aspecto natural de las
personas, cosas y eventos, que el arte y la escultura griegos perfeccionaron,
estaba sorprendentemente ausente en las imágenes convencionales creadas por
otras sociedades. Como observa Gombrich, el "pintor egipcio distinguía, por ejemplo, entre un marrón oscuro para los
hombres y un amarillo pálido para los cuerpos de las mujeres. El tono real de
la piel de la persona retratada, obviamente importaba tan poco en este contexto
como el color real de un río al cartógrafo".114 En tales imágenes, poco o nada se
relaciona con el sentimiento o el carácter individual, aunque la relevancia de
las figuras podría ser transmitida por el tamaño - como volvería a ocurrir en
el arte religioso de la Edad Oscura y en la temprana Edad Media. Con el arte
griego, todo esto cambiaría como si fuera un milagro, retratando figuras de
excepcional belleza y vida, figuras que invitan a la empatía y habitan nuestro
mundo.
El mediador de
estos desarrollos benéficos en los que participan ambos hemisferios es la
evolución de lo que he llamado "distancia necesaria". Lo fundamental
de este concepto es que es lo que realmente nos pone en conexión con aquello de
lo que estamos convenientemente distanciados; no es un distanciamiento que te
separa. La distancia necesaria es lo que hace posible la empatía. Parecería que
esto es lo que hay detrás de la importancia de la armonía, la proporción y el
equilibrio en la cultura griega en su mejor momento.
Esto está bellamente
ilustrado por la relación que más tarde llegó a haber entre los atenienses y
sus tierras, en la que vivían, durante gran parte del año. Aunque podría decirse
que fueron los primeros habitantes de ciudades en el sentido moderno, no hubo
ninguna implicación, como lo habría ahora, con que esto los alejase de la vida
del campo - sino todo lo contrario. "Los "ciudadanos" eran
residentes de un territorio más grande que la ciudad misma… Políticamente [las polis]
era una parte del territorio circundante", escribe Braudel; y continua,
citando a Edouard Will, en su Histoire politique du monde hellénistique,
"la existencia de una ciudad era
inconcebible sin un territorio circundante, cuya distribución entre los
ciudadanos era la base de la identidad cívica".115 Los
atenienses fueron los creadores del "prejuicio” de "que el duro trabajo en la tierra (y el esparcimiento que lo
acompaña, ya sea el del gran terrateniente o el de cualquiera en tiempo de
invierno) era la única actividad realmente digna de un hombre."116 En
tiempos de peligro se retiraban a la ciudad; y cada primavera durante las Guerras del Peloponeso, cuando
los espartanos llegaban por el paso de Eleusis, los atenienses, abandonaban sus
hogares en los campos, para refugiarse en los terrenos elevados del Pelargikon, las murallas que rodeaban
la Acrópolis, donde podían "ver al enemigo llegar a lo lejos."117
Fue también desde esas murallas que, en tiempos más pacíficos, como lo
expresa Braudel con cierto humor, los eupátridas,
la aristocracia, "podía vigilar sus tierras y a sus campesinos desde una
distancia conveniente."118 Pero esta distancia fue la que
propició un amor, que no podrían experimentar nunca aquellos que no pudieran
alejarse lo suficiente de la tierra para verla en su totalidad. Esto no solo
fue expresado en mitos autóctonos como el del amor paternal, sino que
el amor
apasionado que profesaban a sus pequeñas patrias iba mucho más allá de lo
razonable rozando lo patológico. Utilizaron el término que aludía al deseo
sexual, himeros, para referirse a ello. En ningún otro lugar de la historia del mundo
se ha llevado este amor a la tierra natal a tales extremos, con el resultado de
que el amor solo podía ceder el paso al odio.119
Y esto nos lleva
al posterior período en el que se perdió la armonía y el equilibrio.
EL PERÍODO TARDÍO
Braudel creía, al
igual que lo creía De Selincourt, que "todo lo que valía la pena [en la cultura griega] ya se había logrado"
antes de que aparecieran en escena Platón y Aristóteles, en el siglo IV. Esta
sería sin duda, la opinión de Heidegger, como lo había sido de Nietzsche, según
el cual el punto álgido fue la época de Esquilo, cuando Apolo y Dioniso estaban
reconciliados, la época del nacimiento de la tragedia. A juicio de Nietzsche,
al final "el ambiguo dios del vino y la muerte cedió el escenario a Apolo
y al triunfo de la racionalidad, al utilitarismo teórico y práctico, así como a
la democracia, que fue un fenómeno contemporáneo", todo ellos síntomas del
envejecimiento de la civilización griega y presagio del deprimente espectáculo,
tal como él lo veía, del mundo Occidental moderno.120 Sin compartir
necesariamente la visión extrema de Nietzsche sobre el papel de lo apolíneo,
este análisis me parece esencialmente correcto.
Sin embargo, hubo avances positivos en este último
período. Es solo con la constante evolución de una mayor distancia entre unos y
otros, cuando comenzamos a centrarnos en la singularidad de nosotros mismos y
de los demás como individuos, que es en gran parte lo que se expresa en los
rostros. Si describimos nuestros propios sentimientos, nos damos cuenta de
manera más inmediata de sensaciones y reacciones emocionales que se producen en
nuestra estructura física que de nuestras propias expresiones faciales cambiantes:
para eso necesitaríamos un mayor grado de autoconciencia, como la que
aporta un espejo. En contraste, los personajes cuasi mitológicos de la epopeya
de Homero son como los de la tragedia griega, de un estatus arquetípico, no simples
individuos: y es por eso que en el drama los actores llevaban máscaras. La
falta de descripción o representación de la expresividad del rostro, al menos
en Homero, no es un signo de falta de sentimientos afines o de empatía - no
habría sido dificultoso el proceso bastante diferente de leer o entender
espontáneamente los sentimientos de los demás, por sus rostros en la vida cotidiana
- sino que es una consecuencia del grado de fusión entre el yo y el otro, la
falta de autoconciencia que Gill describe
de la era arcaica.
En el arte visual de la escultura, a diferencia de la
poesía y el teatro, se crea específicamente una imagen de algo desde "fuera"
– lo esencial es un cierto grado de distancia, y de ahí que empecemos a ver la
empatía expresada precisamente en el rostro del otro. En el arte de
comprender los rostros, la fisiognomía implica un grado aún mayor de
autoconciencia y sistematización. El interés en la fisiognomía implica, no
obstante, una conciencia de la estrecha relación entre el alma y el cuerpo, la
idea de que uno puede percibir algo sobre los individuos - su carácter, sus
cualidades personales especiales, quizás incluso sus defectos - en los rasgos
físicos del rostro. Existe una relación entre individualidad y la imperfección;
todo lo que nos hace especiales se puede ver desde el punto de vista del
hemisferio izquierdo como el alejamiento de algún ideal abstracto. Tal vez a
esto aludía Aristóteles cuando escribió que "los hombres solo son buenos de
una manera, pero malos de muchas."121 La lectura de las imperfecciones en el rostro
como expresión de la individualidad es claramente un desarrollo del hemisferio
derecho, aunque su sistematización como una forma de ciencia sugiere la
participación del hemisferio izquierdo.
Ya he aludido al interesante estudio de Brener sobre
las representaciones del rostro humano en la antigüedad. Lo que muestra de
forma muy convincente es el esmerado cuidado que empezaron a mostrar en la
escultura y el retrato, y el grado de fidelidad que se buscaba en el retrato:
la expresión facial es tan sutil que discrepancias muy pequeñas pueden suponer
enormes diferencias para su interpretación y entendimiento. El interés por los
rostros depende de la habilidad de mimesis y de la capacidad cognitiva para una
atención detallada y minuciosa que siempre está subordinada al conjunto. Plinio el Viejo, escribió sobre
Apeles, un famoso pintor del siglo IV a.C, que "sus retratos eran tan perfectamente parecidos que, por increíble que
parezca, Apión el gramático dejó escrito que un fisonomista, o metoposkopos, como ellos lo llamaban, era capaz de decir solamente a partir del
retrato, cuánto tiempo le quedaba por vivir al retratado o cuanto ya había
vivido".122
"La Fisionomía", escribe un erudito
reciente, "como preocupación
teórica en la filosofía de la antigüedad comienza con Fedón [de Elis, siglo IV
a. C.], florece en la escuela de Aristóteles, y termina, se podría decir con
justicia, con Galeno (siglo II d.C].123 El gran texto clásico sobre
el tema, Fisiognomía de Polemón de Laodicea, escrito en el siglo
II d.C. Fue el primero en hacer énfasis en los ojos, que por sí solo ocupa una
tercera parte de todo el libro (el Libro I está dedicado al ojo, el Libro II a
"otras partes del cuerpo"). En la escultura, alrededor del año
130 d.C, se pasó de la pupila meramente pintada a una pupila cincelada y
grabada, ampliando las posibilidades de la escultura expresiva en piedra.124
Este período, que va desde el siglo IV a.C hasta el
siglo II d.C, como se desprende del análisis detallado de Brener, es el punto
álgido de la expresividad del retrato, tanto en la pintura como en la
escultura, con una atención extraordinaria a la expresión individual y al
realismo que subyace a dicha individualidad, tanto en el arte griego como, tal vez,
en el arte romano. ¿Por qué llega tan tarde, relativamente hablando? Hufschmidt
muestra que, de hecho, la tendencia a favorecer el hemisferio derecho en la
interpretación de los rostros comienza alrededor del siglo VI a.C. pero creo que el aumento en la expresividad
dependió inevitablemente no solo de la empatía, sino también del desarrollo,
generación tras generación, de una habilidad mimética bastante específica que
tardó más en evolucionar que la expresión de una sensibilidad empática, que uno
siente que está ya presente en la poesía lírica temprana, por ejemplo, en
Alceo, Safo y Anacreonte, a partir del siglo VI en adelante. El grado de
expresividad que se encuentra en el retrato del período helenístico requería
conocer la enorme complejidad de los grupos de fibras musculares inervadas de
forma independiente, particularmente en la mitad superior de la cara, alrededor
de los ojos - y eso simplemente lleva tiempo. También obliga a un necesario
equilibrio de los hemisferios derecho e izquierdo.
El juicio de Nietzsche sobre la época helénica
necesita ser matizado. Tiende a subestimar el importante papel que desempeñó el
hemisferio izquierdo, lo Apolíneo, en la génesis de lo mejor de la cultura
griega (algo que Nietzsche, para ser justos, reconocía en otras ocasiones).
Aquí, nuevamente, la percepción de Heidegger de que los griegos eran todavía
esencialmente dionisíacos explica el sentimiento redentor que causó el
advenimiento de Apolo a su mundo, al menos al principio. Pero, como Nietzsche
señala, no solo Dioniso es "ambiguo". Apolo también es una figura
ambigua. La procedencia del nombre de Apolo significa "el que es luminoso", (en alemán,
der Scheinende); como tal también el
dios de la fantasía, de aquello que solo parece ser (das Scheinende), más que de lo que es.125
Los grandes logros humanistas de la poesía, el teatro,
la escultura, la arquitectura, junto con la empatía, el humor y el sentido del
yo individual, no son los únicos logros de la antigua Grecia. También fue el
escenario de la fundación de un cuerpo de conocimientos objetivos estructurados
de manera sistemática, producto de la escritura, debido a los avances del
hemisferio izquierdo en tándem con el derecho. Estos incluyen el desarrollo de
una constitución legal y un cuerpo de leyes; de la filosofía; la invención del
concepto y estudio de la historia; la formalización del conocimiento geográfico
y los estudios cartográficos. La estructuración de un sistema de educación; la
invención de los cánones en la arquitectura; la descripción sistemática del
cuerpo humano y del mundo animal; la geometría; y las teorías de la física.
Todo ellos representan en sí mismos enormes avances, y en términos de la tesis
de este libro, demuestran el poder para bien que el hemisferio izquierdo ejerce
cuando actúa como emisario del hemisferio derecho, y todavía no ha llegado a
creerse el Maestro.
Sin embargo, el hemisferio derecho es profético o
"adivinatorio", y puede ver a dónde nos llevará todo esto. Sus
profecías están consagradas en el mito de Prometeo. ¿Y a dónde nos llevó?
A finales del siglo V a.C, nace Platón, discípulo de
Sócrates. Las obras escritas por Platón datan de principios del siglo IV, y en
esos diálogos, reales o imaginarios, entre Sócrates y algunos de los muchos que
acudían a él buscando la verdad, Sócrates demuestra a su interlocutor la
falsedad de las premisas de las que parte, llevándolo a las contradicciones que
se desprenden de la lógica de sus premisas. La influencia de Platón en la
historia de la lógica, las matemáticas y la filosofía moral y política no se
puede sobreestimar, a pesar de que sus obras se perdieron durante más de mil
años, hasta el Renacimiento, en donde estuvieron de nuevo disponibles solo en
reseñas parciales y comentarios traducidos al latín a partir del árabe. Su
legado incluye la creencia (congruente con el hemisferio izquierdo) de que la
verdad es, en principio, conocible, y que solo se la puede conocer a través de
la razón, así como la creencia de que todas las verdades son coherentes unas
con otras.
En la época de Sócrates, ya se había perdido el
respeto heracliteano por el testimonio de nuestros sentidos. El mundo
fenoménico solo generaba engaños: las ideas que tenemos de las cosas
pasan a tener prioridad sobre las cosas mismas, sobre aquello de lo que tenemos
conocimiento directo. La doctrina de Platón de las Formas Eternas da prioridad al modelo categórico inmutable
(es decir, a la "mesa ideal") sobre los innumerables ejemplares
fenoménicos (las mesas reales del mundo cotidiano), que no son más que copias
imperfectas de la forma ideal. Es cierto que el discípulo de Platón,
Aristóteles, que era un auténtico científico, y probablemente el polímata más
brillante que el mundo ha conocido, se interesó, en la medida de lo posible, sin
ideas preconcebidas, en la observación y comprensión del mundo natural, siempre
consciente de la importancia de las experiencias, revirtiendo efectivamente
esta situación, y encontrando lo universal en y a través de las instancias
particulares. Pero, por desgracia, el espíritu de Aristóteles no sobrevivió con
sus obras. Por el contrario, en una inversión de ese espíritu, sus obras se
convirtieron en una especie de Sagrada Escritura del mundo experiencial durante
1500 años - convirtiendo su pensamiento acerca de sus experiencias, provisional
como era, en estático, inmutable e idealizado como algo infalible, hasta el
Renacimiento.
Había ya tendencias en el tejido mismo de la lengua y
el pensamiento griego que inevitablemente favorecieron la abstracción y la
idealización. Snell señala que la lengua griega, al inventar el artículo
definido, podía tomar un atributo de un objeto existente, expresado a través de un adjetivo - por
ejemplo, que algo era "bello" - y convertirlo en un sustantivo abstracto
añadiendo el artículo definido: así, a partir de bello (kalos) obtener, "lo bello" (a kalon).126 En una inversión ingeniosa y audaz, se podría
decir hasta arrogante, el hemisferio izquierdo parecía ahora dar a entender que
lo puramente conceptual es lo real, y lo que se experimenta, al menos por los
sentidos, se degrada, y sorprendentemente se convierte en una
"representación”. Así en La
República, Platón escribe:
Las estrellas
que engalanan el firmamento, aunque las consideremos con razón como las más
refinadas y perfectas de las cosas visibles, son muy inferiores, por el solo
hecho de ser visibles, a las verdaderas realidades; es decir, a la verdad de sus
velocidades relativas, en números absolutos y figuras perfectas, de las órbitas
y de lo que portan en ellas, que son perceptibles para la razón y el
pensamiento, pero no visibles para el ojo... Por lo tanto, deberemos tratar a
la astronomía, al igual que la geometría, como si nos planteara problemas a
resolver, e ignorar los cielos visibles, si queremos acometer un genuino
estudio de la materia…127
Esta separación de lo absoluto y eterno,
lo que puede conocerse por el logos
(la razón) de lo puramente fenomenológico, que ahora se considera inferior,
dejó una huella indeleble en la historia de la filosofía Occidental durante los
subsiguientes dos mil años.
La dependencia de
la razón degrada no solo el testimonio de los sentidos, sino todo nuestro
conocimiento implícito. Este fue el fundamento de la opinión de Nietzsche de
que Sócrates, lejos de ser el héroe de nuestra cultura, resultó ser su primera
degeneración, porque Sócrates había perdido la capacidad de los nobles para
confiar en la intuición: "Los hombres honestos", escribió, "no exponen sus razones de
esta manera".128 La degeneración, según esta
interpretación, comienza relativamente tarde en Grecia, con Platón, e implica
la incapacidad de confiar en lo que es implícito o intuitivo. "Aquello que
primero debe ser probado tiene poco valor"; Nietzsche continúa en El Crepúsculo de los ídolos:
uno elige la
dialéctica solo cuando no tiene otros medios. Uno sabe que con ella despierta
desconfianza, que no es muy convincente. Nada es más fácil de prescindir que de
un efecto dialéctico: la experiencia de cualquier reunión en la que hay estos
discursos lo demuestra.
Y en relación con la pérdida del poder
de la intuición,
Se recurrió
entonces a la racionalidad como la salvadora; ni Sócrates ni sus "consultantes" podían elegir ser
racionales: era de rigor, su último recurso. El fanatismo con el que toda reflexión griega se lanza hacia
la racionalidad delata su situación desesperada; había peligro, solo había una opción: o
perecer o - ser absurdamente
racional.129
Y si esto parece
ser tan solo los excesos perdonables del furor nietzscheano, los
desvaríos de un loco inspirado, consideren estas palabras del neurocientífico
Panksepp:
Aunque el
lenguaje es la única forma de salvar científicamente el abismo entre la mente y
el cerebro, debemos recordar siempre que los humanos somos criaturas que pueden
ser engañadas tan fácilmente por el rigor lógico como por la fe ciega ... Es
posible que algunos de los conceptos más difusos de la psicología popular
puedan llevarnos a una comprensión más fructífera de las funciones integradoras
del cerebro que el riguroso, pero limitado, lenguaje de los actos conductuales
visualmente observables.130
(y vease Friedrich Waismann anteriormente).
En el mundo
griego tardío, la verdad se convierte en algo que se demuestra con argumentos.
Se olvida la importancia de la otra forma, en última instancia más poderosa, de
revelación de la verdad, la metáfora; y la metáfora, en otra hábil inversión,
llega incluso a ser una mentira, aunque quizá parezca muy bella. Así las
afirmaciones de la verdad contenidas en los mitos se descartan como
"ficciones", es decir, falsedades o mentiras - ya que, para el
hemisferio izquierdo, la metáfora no es más que eso.
Platón, el gran
filósofo que indudablemente fue, no es del todo claro en este aspecto. Ya que incluso
él tenía intuiciones que no podía descartar. Lo que resulta conmovedor, incluso
trágico, en el verdadero sentido de la palabra (ya que implica a la arrogante
confianza de Sócrates en sus propios poderes dialécticos), es ver a Sócrates/Platón
debatirse entre sus propias intuiciones y la conciencia de que ya no es libre
para confiar en ellas. En un principio Platón era poeta, y fue su relación con
Sócrates lo que le impulsó a abandonar la poesía por la dialéctica. En La República Sócrates arremete contra
las obras de
los autores
de tragedias y otros dramaturgos - tales representaciones dañan definitivamente
las mentes de sus audiencias. . . representaciones alejadas de la realidad y
fáciles de crear sin ningún conocimiento de la verdad... todos los poetas desde
Homero en adelante no tienen ningún conocimiento de la realidad, sino que
simplemente nos ofrecen una representación superficial... Así de grande es la magia
natural de la poesía. Si la despojamos de su colorido poético, y la reducimos a
la prosa pura y llana, creo que sabremos lo poco que significa... el artista
sabe poco o nada sobre los temas que expone y…su arte es algo que no tiene
ningún valor serio.
Las obras de pintores y artistas de toda
índole, incluidos los poetas, están "muy alejadas de la realidad" y
apelan a "una parte en nosotros igualmente alejada de la razón, a una
combinación totalmente insana". El arte es "un niño pobre nacido de
pobres padres", que apela a "la parte baja de la mente" y tiene
"un poder terrible para corromper incluso a los mejores caracteres".
Los poetas deben ser desterrados de la República.131 Todos los que se dedican a las artes
creativas tratan de engañarnos: la metáfora es una mentira. El cálculo (la
lógica) es preferible a la imaginación: la denotación a la connotación. Ser un
poeta implica asimismo imaginar los caminos hacia muchas cosas, y "es
inadecuado para nuestro estado, porque ahí un hombre hace una tarea y no
desempeña una multiplicidad de papeles": es decir, de la intuición de
Heráclito de que uno necesita indagar en muchas cosas, no solo en una, si no
quiere extraviarse.132 Las
proscripciones de Platón sobre la música, como de muchas otras cosas en su República, recuerdan un estado
totalitario de corte soviético. No hay necesidad de una gran variedad armónica;
la mayoría de los ritmos y escalas están proscritos; las flautas, las arpas y
"clavicordios" están prohibidos, al igual que todos los "cantos
fúnebres y lamentos; y solo se necesitarían dos tipos de música, la que fomenta
el orden civil y la que nos anima con dureza a la guerra.133 Todo se
ha reducido a la utilidad al servicio de la voluntad de poder.134
Pero al mismo
tiempo, Platón necesita utilizar el mito para explicar las cosas que se
resisten a ser formuladas en el lenguaje o la dialéctica: la alegoría de la Caverna o el Anillo de Giges, por
ejemplo. De hecho, Platón parece ambivalente y da pistas, particularmente en el banquete, de que el reino de las Ideas
nos atrae de una manera que trasciende lo lógico; y que aquellos que han
intuido la idea del Bien y la idea de
la Belleza, están obligados a perseguirlas y tratar de transmitirlas a
los demás, exactamente como he propuesto que actúan los ideales hacia los que
se siente atraído el hemisferio derecho, en contraste con las formas puramente
abstractas de las cosas que son creadas por el hemisferio izquierdo. Así mientras
esperaba la muerte en prisión, el daimon (la conciencia) de Sócrates lo
visitó y le dijo repetidamente que crease música.135 "Lo
que le impulsó a hacer estos ejercicios," escribió Nietzsche, "era
algo similar a una voz de advertencia":
fue su intuición
Apolínea la que, como algún rey bárbaro, no entendía la noble imagen de algún
dios y, en su ignorancia, estaba en peligro de cometer un pecado contra una
deidad. Las palabras pronunciadas por la figura que se apareció a Sócrates en
sueños son el único indicio de algún escrúpulo en él acerca de los límites de
la naturaleza lógica; tal vez, debió decirse a sí mismo, que las cosas que no
entendía no eran siempre irrazonables. ¿Acaso hay un reino de sabiduría del que
el lógico está desterrado? ¿Quizás el arte puede ser un correlato necesario y
complementario de la ciencia? 136
Pero
no cabe duda de que, en definitiva, es la versión del hemisferio izquierdo del
mundo la que plantea Platón, por primera vez en la historia; y la presenta con
tanta rotundidad que hicieron falta dos mil años para desprenderse de ella.
Y así es como tal
vez el legado más profundo de los griegos, sus mitos, llegaron a ser vistos
como "mitos", tal como ahora usamos el término, es decir, como falsas
historias. Pero aquí está Malinowski hablando sobre la verdadera naturaleza del
mito:
Estos relatos
perduran no por un interés vacuo [es decir, no como una suerte de ciencia
primitiva, simplemente para satisfacer a la curiosidad intelectual], ni como
ficciones o incluso como verdaderos relatos; sino que son para los nativos una
declaración de una realidad primigenia, mayor y más relevante, por el que se
determina la vida presente, los destinos y las actividades de la humanidad, cuyo
conocimiento dota al hombre el motivo para sus actos rituales y morales, así
como indicaciones sobre cómo realizarlas.137
Esta
clase de verdad no puede ser aprehendida directamente, explícitamente; durante
el intento el hemisferio izquierdo la aplana hasta volverla bidimensional,
incluso reducida. Tiene que ser metaforizada, "llevada al otro lado"
de nuestro mundo, a través de la mitología y el ritual, en el que los dioses se
acercan a nosotros; o en la medida que nosotros empezamos a acercarnos a ellos,
cuando nos situamos a la "distancia necesaria" de nuestro mundo a
través de las representaciones religiosas.
Así Kerényi escribe:
En el dominio
del mito se encuentra no la verdad ordinaria, sino una verdad superior, que
permite aproximarse a ella desde el dominio del bios [no solo la vida, sino
"la vida altamente caracterizada de un ser humano", tal vez
representada mejor, a pesar del aparente abismo de dos milenios, como Dasein]. Estos
acercamientos son proporcionados por las representaciones religiosas, en las
que el hombre se eleva al nivel de los dioses, obras que también hacen
descender a los dioses desde sus alturas. De hecho, la mitología, especialmente
la mitología griega, podría considerarse en cierto sentido como el teatro de
los dioses, en los que ellos se aproximan a nosotros.138
Pero
finalmente, los mitos se convirtieron en una especie de sucedáneo de la ciencia,
exactamente lo que Malinowski dice que no son. Y algunos mitos Platónicos son un
ejemplo de ello. Y así, ¿cómo llegó el hombre a tener su forma corporal actual?
Pues bien, originalmente era una cabeza, por supuesto; una cabeza que era
esférica - la forma perfecta: excepto que no podía controlar hacia dónde iba.
Por
consiguiente, para que la cabeza no rodara por el suelo repleto de altibajos de
todo tipo, sin medios para superarlas o para saltar por encima, le fue otorgado
un cuerpo como vehículo para facilitar su viaje; por eso el cuerpo es alargado
y le crecieron cuatro extremidades que pueden ser estiradas o dobladas, Dios lo
ideó así para su viaje.139
Este mito nos dice mucho acerca de la
relación que ya estaba emergiendo entre mente y cuerpo. De hecho, el proceso ya
estaba en marcha, incluso en el siglo V a.C, como sugiere este mito de la
creación de Empédocles:
Sobre [la
tierra] brotaron muchas cabezas sin cuello, y los brazos vagaban desnudos y desprovistos
de hombros; los ojos se extraviaban hacia arriba y abajo a falta de una frente.
Las solitarias extremidades vagaban en busca de unión. Pero, a medida que la
divinidad se mezclaba aún más con la divinidad, estas cosas se unieron como
cada una de ellas podía y muchas otras cosas además de ellas surgieron
continuamente.140
¡Qué sorpresa! La
mente ahora ha llegado a creer que el cuerpo es un conjunto de partes
separadas, vagando sin rumbo por su cuenta, y que se juntan por casualidad. No
hay premio por adivinar de qué hemisferio proviene esto.
LOS ROMANOS
La mayor parte del gran legado de la literatura de Roma pertenece a la
época de Augusto, en el siglo I a.C, con Virgilio, Horacio, Ovidio, Propercio y
Catulo, escribiendo en un intervalo de unos cincuenta años entre unos y otros.
Sin lugar a duda, hay un notable aumento en la sofisticación psicológica, y una
comprensión conmovedora e ingeniosa de la naturaleza humana, de su potencial
grandeza y de sus carencias. Este período no solo vio la expansión y
codificación de la jurisprudencia, sino también el establecimiento de un ideal
de sensatez y rectitud moral en el arte y la poesía. Virgilio y Horacio fueron
evidentemente atraídos por lo que uno podría considerar como el Lebenswerte de Scheler: el ideal de la
noble Roma emana de sus obras. La atracción y la idealización de Virgilio por
el mundo natural,141 la importancia de los vínculos humanos, tanto
los del amor como los de la pietas, junto con su
sentido de compasión por la transitoriedad de la vida humana y sus logros - sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt142 (hay lágrimas
en las cosas y tocan nuestra mente mortal) –todo ello sugiere una alianza
entre los hemisferios derecho e izquierdo en ese tiempo, en el que se respetaba
la primacía del hemisferio derecho. Ovidio, un hombre que en su vida tuvo motivos
suficientes para contemplar los duros reveses del destino, llamó a su obra más
importante las Metamorfosis, cuyo
título en sí sugiere el flujo heracliteano; y en ella, una vez más, se ve que,
ese distanciamiento del mundo permite a los espíritus más sutiles tanto
elevarse en el eje vertical como aventurarse a lo largo del eje horizontal
hacia el mundo vivido del corazón humano:
No hay mayor maravilla que recorrer las alturas estrelladas, abandonar las
regiones aburridas de la tierra, montar en las nubes, pararse sobre los hombros
de Atlas, y mirar, muy lejos, muy abajo, las pequeñas figuras deambulando por
aquí y por allá, sin razón, ansiosas, temerosas de la muerte, y así
aconsejarlas, y así hacer del destino un libro abierto...
... A toda vela,
viajo sobre el océano infinito, y te digo nada es permanente en todo mundo.
Todas las cosas son fluidas; cada imagen se forma, vagando a través del cambio.
El tiempo es en sí mismo un río en constante movimiento, y las horas fluyen a
través de él como el agua, ola sobre ola, perseguida, persiguiendo, siempre
fugitivo, siempre nuevo. Lo que ha sido, no es; lo que no era comienza a ser;
el movimiento y el momento siempre en proceso de renovación...
Ni siquiera los llamados elementos son constantes...
Nada permanece igual: el gran renovador, la naturaleza, hace formas desde
la forma, y, oh, créeme que nada nunca muere. ...143
Sin embargo, junto con sus grandes logros artísticos,
que sin duda resultan de la cooperación de ambos hemisferios, la civilización
romana evidencia un avance hacia formas de pensamiento cada vez más rígidamente
sistematizadas, lo que sugiere que el hemisferio izquierdo está funcionando en
solitario. En Grecia, lo Apolíneo nunca estuvo separado de lo Dionisíaco,
aunque en última instancia, lo apolíneo pueda haber tomado la delantera. Augusto,
que presidió el gran florecimiento de las artes, fue su primer emperador; pero
a medida que crecía la magnitud del poder imperial a la par que la evolución de
los éxitos militares y administrativos romanos, el hemisferio izquierdo
apolíneo comenzó a ir por libre. El Imperio Romano se "caracterizaba por
sus pueblos y ciudades", escribe Braudel:
creados por
una poder romano que las modeló a su propia imagen y semejanza, proporcionando
un medio para trasplantar a lugares remotos una serie de bienes culturales,
siempre identificables y los mismos. Establecidos en medio de pueblos, a menudo
primitivos, que sellaron la puesta en escena de una civilización de
autopromoción y asimilación. Esta es una de las razones por las que estas ciudades
eran tan parecidas, correspondiendo fielmente a un modelo que apenas cambió en
tiempo y lugar.144
Incluso
cuando a veces hay una fuerte carga de originalidad por parte de Roma, por
ejemplo, "en el gusto por el
detalle realista, por el retrato que parece vivo, por el paisaje y la
naturaleza muerta - la chispa original debe haber venido desde Oriente";145
lo que nos lleva de vuelta a Grecia, y a los orígenes más orientales de la
propia originalidad de Grecia.
En el teatro
existe un posible paralelismo a este exceso del hemisferio izquierdo, con la
influencia de los "tipos" de personajes teofrastianos, o como
diríamos estereotipos, en la Nueva
Comedia Romana, comedia de situación bastante predecible, que reemplazó
a la antigua Comedia, más
exuberante, salvaje, extraña y, en última instancia, mucho más imaginativa e
intelectualmente estimulante, tipificada en los griegos por Aristófanes.
(Teofrasto fue un discípulo de Aristóteles: y de él se dice que habiendo
Aristóteles pronunciado la frase, que una golondrina no hace un verano,
Teofrasto se aplicó obedientemente a hacer un tratado sobre la cantidad precisa
de golondrinas que serían necesarias).146
La grandeza de
Roma dependía más de la codificación, la rigidez y la solidez que, de la
flexibilidad, la imaginación y la originalidad. En alusión a elaborar leyes,
Braudel escribe:
Sin lugar a
duda, la inteligencia y el genio de Roma se hicieron notar en este ámbito. La
metrópoli no podía mantenerse en contacto con todo su Imperio - el resto de
Italia, las provincias, las ciudades - sin normas jurídicas esenciales para el
mantenimiento del orden político, social y económico. El cuerpo de leyes sólo
podía aumentar con el paso de los años.147
Al principio eso trajo consigo una
seductora estabilidad. En el siglo II d.C el Imperio Romano, según Charles
Freeman, "había alcanzado la cumbre de su madurez en el sentido de que era
relativamente pacífico, podía defenderse y sus élites florecían en un ambiente
de relativa libertad intelectual y espiritual".148
Pero no fue
duradera. Es posible que una burocracia creciente, el totalitarismo y un
énfasis en el mecanicismo en el período tardío romano representasen el intento
por parte del hemisferio izquierdo de "ir por libre". Teniendo
esto en cuenta, vale la pena examinar brevemente el desarrollo de la
arquitectura y la escultura romana ya que, como dice Braudel, "el dominio
en el que Roma desarrolló más rápidamente su propia personalidad fue en la
arquitectura."149 En ella vemos visiblemente trazado su
progreso intelectual. Hay una verdad tanto poética como histórica en el hecho
de que la inmensidad imperial de la arquitectura romana fue posible gracias a
la invención del hormigón.
"La vida cotidiana del hombre común – el conjunto de su vida
política, económica y social - se transformó durante la Antigüedad
tardía", escribe Hans Peter L´Orange, cuyo libro Art Forms and
Civic Life in the Late Roman Empire (Formas artísticas y vida civil en
el Imperio Romano tardío) es un estudio clásico de la relación entre la
arquitectura y los valores más generales de este período.150 Su
estudio pone de manifiesto una tras otra las características de la dominación del
hemisferio izquierdo de forma tan bella, y de maneras tan relevantes por
analogía con nuestra situación actual, que dejaré que hable por sí mismo. "Las formas libres y naturales del
primitivo Imperio, la multiplicidad y la variación de la vida bajo una
administración descentralizada, fueron reemplazadas por la homogeneidad y
uniformidad de una jerarquía de funcionarios civiles siempre presentes y cada
vez más centralizada". Lo
que él ve como la "infinita variedad de un vigoroso crecimiento
natural" fue nivelado y regulado, en "un orden inmutable y firmemente
cristalizado", donde los individuos ya no eran independientes en una
armonía de movimientos libres con su entorno, sino que se convirtieron en una
parte inamovible en el aparato del Estado. L`Orange se refiere a una creciente estandarización e igualación
de la vida, relacionada con la militarización de la sociedad, dando lugar en el
arte a la sustitución del agrupamiento orgánico por la "coordinación
mecánica".151
Para L`Orange,
esto se refleja en los cambios en la arquitectura, "la transición
característica de la articulación orgánica de una estructura bien diferenciada
a una simplificación abstracta en grandes planos y líneas…" En el arte y
la arquitectura clásicas, la forma no había sido algo añadido por el artista
desde fuera o arriba, sino que surgía de "lo más profundo del propio
objeto". Había una belleza orgánica que impregnaba toda concepción y que
se podía encontrar en el más mínimo detalle: "de la misma manera que la forma particular de un ser vivo determina la
forma de cada una de sus partes, así el principio de la estructura completa del
edificio clásico está contenido dentro de cada uno de sus elementos."152
La frase recuerda la manera en que, en las formas vivas, la estructura
del ADN dentro de cada célula contiene información sobre el organismo completo
o la fractalidad de las formas orgánicas.153 Así, prosigue, a menudo
en lugares sagrados, los templos clásicos se yerguen "con peculiar
recalcitrancia" unos junto a otros,
cada uno con
su propia orientación determinada por su Dios o culto, por presagios sagrados y
signos en el suelo del templo. Cada edificio desafía el orden superior de
axialidad, simetría o unidad de dirección... Esta vida orgánica y autónoma,
este desarrollo extraordinario desde el interior de cada parte, de cada adorno
del edificio, se perdió durante la evolución helenístico-romana que vino
después.
Las formas de los edificios se vuelven
"estandarizadas, subordinadas y simétricas", subsumidas como partes
de un complejo más grande. Al canibalizar los edificios más antiguos para
obtener material, los llamados spolia (el botín de las conquistas) se arrojan
a cualquier lugar, para dar peso a los colosales, e interminables "tramos
de muros monótonamente divididos"; y en una muestra de total falta de
sentido de la parte con relación al conjunto, las bases de las columnas se
utilizan incluso como capiteles.154
Las cosas no van
mejor cuando se trata del rostro humano. Hasta finales del siglo III, el
retrato había tratado de transmitir una individualidad realista, revelando a su
sujeto situado "en el tiempo, en el movimiento mismo de la vida... el
juego de rasgos en la cara nerviosa... el mismísimo destello de la
personalidad".155 La asimetría jugó un papel en el logro de
esto. Alrededor del año 300 d.C, sin embargo, se produjo un cambio fundamental
en la representación del rostro. Los bustos tallados en piedra comienzan a
mostrar una mirada "peculiarmente
abstracta", distante, ajena al mundo elusivo, cambiante y complejo en el
que vivían, fijados en abstracciones eternas: "Los rasgos se endurecen
repentinamente en una máscara expresiva como la de Medusa".156 En
el retrato de la época, el rico y complejo modelado plástico del rostro se extingue
y queda convertido en algo simétrico, regular, cristalino, "al igual que
la articulación plástica de la estructura arquitectónica desaparece con las
grandes superficies de paredes continuas".157 El cambio de la
técnica, desde el uso del cincel al trépano, trae consigo una dureza y
planitud, de modo que
el cuerpo
pierde su sustancialidad, se desintegra: tememos que se reduzca a la nada y se
desvanezca... hay un alejamiento de la naturaleza realista en favor de los
tipos abstractos, de la articulación plástica a la generalización conceptual,
de lo corpóreo a lo simbólico. Un significado superior se implanta en el
objeto, que se reduce cada vez más a un envoltorio que encierra ese núcleo
significativo, que más y más se convierte en un signo que se refiere a un
pensamiento - y, como signo, siempre idéntico, parecido a una fórmula, un
estereotipo.
"Es", concluye L`Orange,
"como si los objetos naturales huyeran de la percepción viva..."158
Este cambio no se
revierte hasta el Renacimiento. A partir de este momento y durante toda la Edad
Media, el rostro y el cuerpo son solo símbolos: desaparecen los retratos
individualizados de los emperadores, que se convierten en todos idénticos del
mismo modo que los de los santos.159 Hay un alejamiento de la
belleza de las proporciones, basada en el cuerpo humano; el tamaño ahora
representa una idea, el grado de importancia que deberíamos asociar a la
figura. Los mártires y los ascetas, con su aversión al cuerpo, reemplazan a los
héroes clásicos: toda vida carnal es corrupta. La creencia de Plotino de que la
realidad tangible de la naturaleza era un hermoso reflejo de las Ideas Platónicas cede a una visión
del mundo natural como "una simple jungla de confusión donde los humanos
pierden el rumbo".160 El mito y la metáfora ya no son
semitransparentes, sino una cascara opaca de mentiras que encierran la verdadera
realidad, una abstracción en su núcleo. Las representaciones en los arcos de
triunfo ya no son las de los vencedores y los acontecimientos reales, sino de
los atributos generalizados y simbólicos del vencedor absoluto: nada es lo que
es, sino tan solo lo que representa.
Se pierde el
sentido de la belleza de las proporciones. En las esculturas clásicas, las
figuras estaban separadas para que cada cuerpo pueda verse en sí mismo como un conjunto
corporalmente bello; y al mismo tiempo, por su posición, movimiento y gestos,
se las sitúa en un cierto contacto rítmico recíproco que las presenta como un
grupo vivo y orgánico. En el siglo III
d. C., estas composiciones clásicas se hacen "añicos". Las figuras no
solo pierden su belleza corpórea, sino que ya no existen en agrupaciones
orgánicas: se pierde el sentido de la totalidad y el flujo de la vida.
Se superponen
y se tapan entre sí de tal manera que ya no aparecen como unidades orgánicas
sino como partes de marañas de figuras entrelazadas. . . los contornos de las
figuras ya no fluyen rítmicamente, sino que están formados por líneas rectas y
dentadas, de manera algo espasmódica; con característicos movimientos bruscos,
a modo de marionetas.
Hacia
fines del siglo III y principios del siglo IV, la forma orgánica se reemplaza
por "un orden mecánico impuesto a los objetos desde arriba..."161
Las figuras se igualan, se comprimen en líneas simétricas y horizontales,
"tal como lo hacen los soldados según su rango... de una manera peculiar
las figuras quedan inmovilizadas". Hay una "repetición
infinita de elementos idénticos", que se refuerza aún más por la simetría.
"En toda vida conceptual", concluye L'Orange, "hay un movimiento
que se aleja de lo complejo para acercarse hacia lo simple, que va de lo móvil
a lo estático, de lo dialéctico y lo relativo hacia lo dogmático y lo
autoritario, de lo empírico hacia la teología y teosofía".162
Quizás la mejor
manera de expresarlo sea que surgió una especie de jerarquía de los hemisferios
que invirtió el orden natural. En el nivel más humilde y doméstico, el
hemisferio derecho se mantuvo relativamente inalterado, mientras que su
ambicioso, si no ostentoso, emisario se enseñoreaba del imperio. "En los
dominios de la pintura y la escultura, el arte romano se distinguió lentamente
de su modelo griego", escribe
Braudel:
de hecho, había
un arte popular... un arte no tanto romano sino el del sur de Italia, que iba a
aportar algo distintivo a Roma. Este era un arte robusto y realista, que
representaba personas y cosas con verosimilitud... Es en el arte doméstico del
retrato donde se encuentra el arte romano por excelencia... La influencia
griega en ocasiones introdujo una nota más pretenciosa, pero el retrato romano,
ya sea esculpido o pintado, conservó de su tradición milenaria una gran fuerza
expresiva y siempre fue comparativamente sobrio en estilo.163
A nivel local, puede haber prevalecido
una cultura más dinámica y tolerante, pero cada vez pareció imponerse más otra
cultura - estridente, intolerante, interesada por las abstracciones y por la
conformidad.
En su libro The
Closing of the Western Mind, (“El cierre de la mente occidental”) Charles
Freeman expone la opinión de que esto fue una consecuencia del auge del
cristianismo.164 Una vez que el emperador Constantino, él mismo
cristiano, decretó la tolerancia religiosa para todos los cultos, incluido el
cristianismo, en el Edicto de Milán en el año 313, comenzó el proceso de
integración de la Iglesia en el Estado. Al hacerlo, también promovió su
identificación con el éxito militar, con el poder secular y con la riqueza.
Aunque esto claramente trajo una especie de estabilidad para los cristianos,
quienes durante siglos habían estado sujetos a persecución, también dio lugar,
según Freeman, a un mundo rígido, menos tolerante con las diferencias, más
preocupado por el dogma y menos por la razón. Con el Decreto de Nicea de Teodosio en el 381, no solo se prohibió el
paganismo, sino que una determinada concepción de la naturaleza de la Trinidad
se convirtió en ortodoxa: no había lugar para el desacuerdo y el debate quedó
sofocado.
La tradición
griega había sido tolerante con las creencias ajenas, con una postura inclusiva
hacia los dioses, y se podía considerar que el Edicto de Constantino se inscribe en esa tradición. Pero a
fines del siglo IV, tal tolerancia era cosa del pasado, como lo demuestra la controversia
entre Símaco y Ambrosio sobre el Altar
de la Victoria.165 Para los griegos, espiritualidad y
racionalidad, muthos (mito) y logos, podían coexistir sin
conflicto.166 Que los muthoi, pudieran ser "congelados en una forma
escrita e interpretados para hacer declaraciones sobre la "verdad" (logoi)"
era algo ajeno a los griegos. Pero, como admite Freeman, también hubo
resistencia a tales formulaciones en el cristianismo primitivo, y tanto los
cristianos como los paganos sufrieron bajo el decreto de Teodosio.167
Lo que Freeman considera el contraste entre el pensamiento griego y cristiano
podría verse mejor, según algunos estudiosos, como el contraste entre, por un
lado, la flexibilidad de una forma de pensar que se puede encontrar en la rica
tradición de los primeros padres del
Cristianismo, así como en el paganismo con el que coexistió (donde
también cooperaban los hemisferios), y, por otro lado, una cultura marcada por
una preocupación por las abstracciones legalistas, por la "corrección",
y las certezas dogmáticas del hemisferio izquierdo, ya sean griegas o
cristianas, que inexorablemente las reemplazaron. Así escribe Mary Beard en una
reseña: "El verdadero problema está en la oposición tajante que establece
Freeman entre el mundo clásico y el cristiano".168
Porque la
pretensión de Freeman es que fue la razón la que se perdió durante el período
subsiguiente a la antigüedad tardía y la Edad Media. Pero no fue así. Como dice
Beard, el mundo cristiano "rebosaba realmente de argumentos intelectuales
y racionales". Solo que lo desplegaron sobre el marco legalista de la divinidad,
en vez de sobre el movimiento de los planetas. Lo que faltaba era algún tipo de
interés por el mundo en el que vivían: su mirada estaba fijada firmemente en las
teorías, las abstracciones, las concepciones y aquello que se pudiera encontrar
en los libros. Y eso no fue solo algo relacionado con el cristianismo. Fue,
después de todo, Platón quien dijo que deberíamos estudiar la astronomía,
"ignorando los cielos visibles", quien proclamó que las formas
imperceptibles de las cosas eran más reales que las propias cosas en sí: y
también fue Platón quien, en su República,
y aún más en sus Leyes, concibió el
primer estado autoritario, totalmente falto de alegría, en el que estaba
proscrito lo que no era obligatorio. La aversión de Platón por las emociones y
la desconfianza hacia el cuerpo y el mundo concreto ofrecen una interesante
comparación con el ascetismo del cristianismo durante lo que hemos llegado a
conocer como la Edad Oscura. La pasión es por el control, por la fijeza, por la
certeza; y eso no viene solo con la religión, sino con un cierto modo de
pensar, el molde del hemisferio izquierdo.
Sin embargo, esta
no había sido la tradición de Aristóteles, quien, como había recomendado
Heráclito, era un investigador de muchas cosas, un verdadero científico
empírico, siempre defensor del mundo encarnado; y, como dice Freeman, tenía una
"apertura a la naturaleza provisional del conocimiento" que le convirtió en un gran filósofo.169 Pero, en
el período posterior, la obra de Aristóteles también se "congeló", y
paradójicamente se convirtió en una autoridad, lo que suprimió la necesidad de
indagar, en lugar de ser una inspiración para pensar por sí mismo. Lo
sorprendente de la vida intelectual griega había sido la tolerancia a la
oposición: la independencia de criterio, en este sentido, comenzó con los
griegos.170 Pero también declinó con ellos, y finalmente con los
romanos detrás de ellos, de modo que el cristianismo, que en cierto sentido era
el mito más poderoso en defensa del mundo encarnado y del valor del
individuo, que el mundo había conocido, también terminó siendo una fuerza de
conformidad, de abstracción, y de supresión del pensamiento independiente.
Aunque el Imperio
continuó sobreviviendo de una forma u otra en Oriente, fue destruido en
Occidente. Las condiciones de la vida intelectual simplemente ya no se daban, y
el conocimiento de Grecia se perdió. Hubo pocos avances matemáticos o
científicos entre los años 500 y 1100. No fue hasta el siglo X que textos
griegos, conservados en traducciones árabes, comenzaron a filtrarse nuevamente a
la conciencia europea. El resurgimiento del saber estuvo en gran parte bajo el
control de la Iglesia, y también es cierto que fue en gran parte gracias a la
Iglesia, que preservó y copió los textos, y fomentó el saber y cuyos eruditos
estaban abiertos a las ideas griegas y árabes, que la cultura clásica
sobrevivió desde la antigüedad tardía hasta el Renacimiento.
La decadencia del Imperio Romano ha sido objeto de más
controversias que casi cualquier otro periodo en la historia Occidental. En su
libro La caída de Roma y el fin de la
civilización, Bryan Ward-Perkins enumera no menos de doscientas diez razones
que se han invocado para explicarlo.171 Su propia formulación es que
el declive fiscal, con sus consecuencias sobre un ejército insuficientemente
financiado por los impuestos, dio lugar a guerras civiles, que socavaron aún
más los recursos y, en última instancia, a la derrota a manos de los "bárbaros",
lo que dio lugar a un catastrófico colapso de la civilización. Encuentro su
argumento convincente, aunque no soy historiador. Y no me parece que esté en
conflicto la idea de que hubo un cambio de mentalidad -por el influjo de una
nueva población que lo haría inevitable. Solo que el cambio de mentalidad había
comenzado de todos modos: esto era evidente en la estructura del propio
Imperio.
CONCLUSIÓN
Este capítulo ha cubierto necesariamente mucho terreno, aunque no hace
falta decir que solo araña la superficie. Déjenme intentar resumirlo. Considero
que el punto de partida es el logro de una "distancia necesaria",
probablemente a través de una potenciación de la función de los lóbulos
frontales. Inicialmente, esto llevó a un período de riqueza sin paralelo en la
cultura griega cuando el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho
trabajaron en armonía (cuando, en términos de Nietzsche, hubo una unión de
Apolo con Dionisio, el momento del nacimiento de la tragedia). Esto se
caracterizó no por algún tipo de compromiso, una contención, de ambos
hemisferios entre sí, sino al contrario por ir más lejos de lo que nunca habían
ido en ambas direcciones a la vez, un despliegue del potencial de cada
hemisferio como el mundo Occidental nunca había visto antes. Sin embargo, en la
filosofía, en las actitudes hacia el mundo fenoménico, incluyendo las formas de
verlo, literalmente, en la visión del alma y el cuerpo, en la poesía y el
drama, en la arquitectura y escultura de la forma y el rostro humano, y en la
evolución del alfabeto griego y de su moneda, vemos que el equilibrio del poder
cambia siempre en la misma dirección, con el hemisferio izquierdo (Apolo) ganando
gradualmente la partida.
De la historia de Grecia y Roma surgen líneas de
evidencia confirmatorias y convergentes de que fue a través del trabajo del
emisario, el hemisferio izquierdo, que el "imperio" de la mente se
expandió en primer lugar; y que, mientras trabajó en concierto con el Maestro, el hemisferio derecho,
devolviendo fielmente el conocimiento y la comprensión adquiridos por él, y
ofreciéndolos al hemisferio derecho para hacer realidad un mundo (ahora más
complejo), una habilidad que pertenece solo al hemisferio derecho, el imperio
prosperó. En cambio, una vez que el hemisferio izquierdo comenzó a creer que su
dominio lo era todo, una vez que la riqueza que creó comenzó a permanecer
obstinadamente en su propio territorio, como si pudiera sobrevivir por sí solo,
en lugar de ser devuelta al mundo que solo el hemisferio derecho podría hacer
realidad, entonces el imperio - no el Imperio Romano, del que el mundo podía
prescindir, sino el imperio que los hemisferios entre sí habían creado -
comenzó a desmoronarse.
CAPITULO 9.
EL RENACIMIENTO Y LA REFORMA
El período de alrededor de unos
setecientos años que solía conocerse como la Edad Oscura, que abarca desde la
caída de Roma en el siglo V, hasta lo que hoy consideramos como el Renacimiento
temprano, en el siglo XII, no carecía en absoluto de la vitalidad y colorido
que ese nombre sugería. El hecho de que el término haya caído en desuso puede
deberse al reconocimiento de la calidad artesanal, a menudo notable, que
evidencia lo que ha sobrevivido de ese período, o quizá al hecho de que ya no sea
una época "oscura" en el sentido de que sepamos poco sobre ella - la
historiografía moderna se ha encargado de ello. También podría deberse que no
se empleara a su matiz peyorativo; sin embargo, habría que ser muy atrevido
para poner en tela de juicio la idea de que el Renacimiento fue un paso
adelante notable, incluso sin parangón, en la historia de la civilización,
semejante a los avances de la Atenas del siglo VI, en comparación con los
cuales la "Edad Oscura", palidece cualesquiera que sean sus méritos
en importancia.
En los siguientes
capítulos, inevitablemente voy a tener que usar algunos términos muy debatidos,
tales como Renacimiento, Ilustración y Romanticismo. Para el hemisferio
izquierdo, parecerían categorías que deberían ser definibles; para el
hemisferio derecho son el resultado de la experiencia de constelaciones sueltas
de fenómenos, que tienen un cierto parecido. Convencionalmente, en este punto,
debería referirme al renovado interés por el mundo en general, con la llegada
del Renacimiento, a la sed de conocimientos acerca del mundo natural y del
mundo histórico, es decir, el contexto más amplio en el que vivimos, con el
acento puesto en cómo son las cosas, en lugar de como en teoría deberían ser, o
como son de acuerdo a alguna autoridad: son los inicios de la ciencia, la
historia y la filosofía modernas. En las artes, se suele hacer referencia a una
nueva percepción de la importancia de la armonía, de la relación de la parte
con el todo, a un nuevo espíritu conceptual que es a la vez audaz y cuidadoso,
grácil y original. Todo estaba impregnado, se nos dice, de un nuevo equilibrio de
reciprocidades, entre el individuo y la sociedad, y entre lo masculino y lo
femenino. A menudo también se afirma que es en el Renacimiento cuando comienza
el mundo Occidental reconociblemente moderno. Pero, por supuesto, las cosas son
más complicadas que esto.
Dicho esto, bien
podría parecer que el Renacimiento fue la siguiente gran insurrección del
hemisferio derecho, quizás incluso más pronunciada que la acaecida en la Antigüedad.
Pero eso también es una simplificación excesiva. Una vez más, parece haber
habido una "toma de distancia", pero esta vez una toma de distancia
más auto-consciente que en la Atenas del siglo VI a.C. Al fin y al cabo, desde
el principio hay una retrospección autoconsciente hacia ese mundo de la
Antigüedad, un segundo nivel de autoconciencia. En vista de la extensa metáfora
que usé en la primera parte del libro, en la que relacionaba la actividad de
los lóbulos frontales con la capacidad de elevarse sobre el terreno,
permitiendo al hemisferio izquierdo ver el mundo desplegado como su territorio,
quizás sea significativo que uno de los primeros grandes escritores del
Renacimiento, Petrarca, también se dice que fue la primera persona que se
propuso ascender a una colina para disfrutar de las vistas, pero llama la
atención que lo que relata no es la utilidad de la experiencia, sino su
belleza. Esto ilustra una característica de estos puntos de inflexión en la
civilización Occidental, que comienzan como simétricos. Esta toma de distancia
es en sí misma "neutral- hemisféricamente", si se puede decir así,
una función de los lóbulos frontales bilaterales. Pero, una vez más, el hecho
de tomar distancia requiere un refinamiento de la división del funcionamiento, por
una parte una demanda de abstracción y generalización, que favorece al
hemisferio izquierdo; pero que al mismo tiempo genera un salto adelante en la
relación del hemisferio derecho con el mundo que lo rodea, con el que ahora se
encuentra en una relación más profunda y enriquecida, a través del logro de lo
que he llamado "distancia necesaria".
La "visión" de Petrarca sugiere una apertura de sus ojos: vio lo
que estaba allí y que todos podían ver, pero que nadie había visto. Esta es una
característica del Renacimiento, una repentina toma de conciencia de aspectos
de la experiencia que habían sido inexplicablemente descuidados: en la ciencia,
supone un retorno a mirar las cosas cuidadosamente "tal como son" en
lugar de tal como se sabe que son; en la pintura, de manera similar, se trata
de lo que vemos más que lo que sabemos. Esto está relacionado con el importante
redescubrimiento de la perspectiva. (véase el contraste entre las fig.9.1 y
9.2). Se solía pensar que se trataba de un hallazgo del Renacimiento, pero está
claro que los pintores de la Grecia tardía ya la conocían, y en particular se
puede ver en las pinturas murales romanas. Pero la técnica se había perdido
durante más de 1.000 años, hasta la época de Giotto, a fines del siglo XIII y
principios del XIV, de quien a menudo se dice que fue el primer pintor
renacentista que empleó la perspectiva. La perspectiva se desarrolló aún más en
las pinturas de Masaccio, después de que Brunelleschi ofreciera una
demostración práctica de la perspectiva en la plaza del Duomo de Florencia en
1415. En su obra De Pictura de 1435,
Alberti escribió el primer tratado sistemático de los fundamentos geométricos
de la perspectiva.
Fig.9.1 Obispo bendiciendo la feria anual (vitela medieval de la Biblioteca
Nacional de Paris). El tamaño representa lo que sabemos, no lo que vemos.
Fig.9.2. Ciudad ideal, atribuido a Piero della Francesca, aunque
actualmente se cree que es una obra de Luciano Laurana, sobre 1470.
En la primera
parte de este libro me he referido al hecho de que la profundidad depende
principalmente del hemisferio derecho. Sin embargo, cada hemisferio tiene su
contribución específica a la perspectiva. La perspectiva espacial también se
relaciona con la individualidad, otro elemento clásico de la cosmovisión renacentista,
ya que la perspectiva hace posible una visión del mundo desde un punto de vista
individual - un lugar concreto, en un momento concreto, en lugar de ser el ojo
de Dios, "una visión desde ninguna parte". Sin embargo, al igual que
la individualidad, la perspectiva se entiende de manera diferente en los dos
hemisferios. La perspectiva es, por un lado, el medio de relacionar al
individuo con el mundo y de potenciar enormemente la sensación de que el
individuo se encuentra dentro del mundo, donde la profundidad incluye e incluso
atrae al espectador mediante el impulso de la imaginación; y, por otro lado, es
un medio de hacer del individuo un ojo observador, un geómetra fríamente
desvinculado de su objeto en el espacio. Igualmente, el aumento del sentido
individual como alguien distinto de la sociedad a la que pertenece permite
tanto una comprensión de los demás como individuos con sentimientos iguales a
los de uno mismo, que son la base de la empatía; y, al mismo tiempo, un
alejamiento del individuo del mundo que le rodea, que conduce ominosamente en
dirección al autismo.
Un ejemplo, representativo
entre muchos otros, de cómo la perspectiva restablece un contexto en el que el
espectador se sitúa a la par del tema representado, lo ofrece la escena de la Adoración de los pastores de Ghirlandaio,(véase
lamina 5)que no solo ilustra de forma evidente la profundidad de la
perspectiva en términos espaciales, sino también el sentido de la perspectiva temporal,
ya que muestra al Niño Jesús descansando en el pesebre, que en este caso es un
sarcófago romano (a pesar de que los Reyes Magos visten como florentinos
contemporáneos – pues son "nuestros" representantes actuales de la
perspectiva narrada en el cuadro hace 1.500 años).
La percepción del
tiempo transcurrido es también una propiedad derivada del hemisferio derecho,
que es análoga a la profundidad y tiene su propia "perspectiva". El
"tiempo transcurrido" no es solo una conciencia del hecho del tiempo,
de las mismas leyes de mutabilidad que existen de manera inmutable para todos,
en todo momento y en todo lugar, los fundamentos de la moralina medieval ubi sunt ("¿Dónde está ahora el Gran Alejandro
Magno, o el Emperador Clodoveo?"),
cuyo propósito era enseñarnos a menospreciar todas las cosas terrenales. Lo
distingo del sentido de la pérdida irreparable de individuos particulares y del
auge y caída de determinadas culturas, irremplazables como son, donde lo que se
celebra es el valor de lo transitorio, no su inutilidad. La visión de la
propia época dentro de un contexto más amplio de la historia cultural, que es
convencionalmente un aspecto definitorio de lo que llamamos el Renacimiento,
depende de la función contextualizadora del hemisferio derecho.
Lamina 5. Adoración de los pastores,
Ghirlandaio (1485).
En los poemas de
François Villon, por ejemplo, se puede ver este cambio en una forma dramática.
Su Ballade des dames du temps jadis (Balada de las damas de antaño)
comienza de forma convencional con un recitación de grandes bellezas del
pasado, preguntándose dónde están, pero ya en su estribillo - mais où sont
les neiges d´antan* (¿Pero dónde
están las nieves de antaño?) - se puede sentir una nota más íntima,
personal, melancólica, que no tiene nada que ver con la moralización. La
segunda mitad del poema describe con gran pasión y piedad la difícil situación
de los ancianos y ancianas, alguna vez bellos y respetados por su ingenio y
encanto, y ahora apartados y tratados como tontos, y termina describiendo a las
"pobres mujercitas", sin nada por lo que vivir, suplantadas por
jóvenes pucelettes, preguntando a Dios por qué nacieron tan pronto y
"con qué derecho":
*Nuestro Señor
guarda silencio y no responde,
Porque si del reproche tuviera que defenderse,
perdería
En la clásica obra de Johan Huizinga, El
Otoño de la Edad Media, este
autor escribió sobre la danza macabra de las mujeres, de Martial
d'Auvergne, contemporáneo de Villon: "Al lamentar la fragilidad de la vida
de las mujeres, aun se deplora la brevedad de la alegría, y con el tono grave
del memento mori se mezcla el pesar por la belleza perdida".1
Cuando uno lee
este y muchos otros poemas de Villon, cuyo tema es la piedad por la
transitoriedad de todo lo bello y bueno, conviene recordar que el propio Villon
no conoció la vejez, sino que según se cree falleció a los treinta y pocos
años: personaje pícaro y pintoresco, que escapó por poco de la horca. En su Ballade
des pendus (Balada de los ahorcados),
su propio epitafio, se abre con una llamada a través de los siglos:
Hermanos, compañeros, vosotros que
viviréis después de que hayamos muerto
No tengáis contra nosotros los corazones endurecidos,
Pues, si piedad tenéis de nosotros, pobres desdichados,
Dios se apiadará antes de vosotros.
Se trata de un nuevo tipo de rememoración,
una que tiene en cuenta la muerte, el tema omnipresente de Villon, no solo como
una realidad física, o una lección moral, o un asunto para el debate teológico,
sino como una cuestión que afecta al individuo, un asunto del corazón.
En estos poemas hay al menos tres tipos de rememoraciones en los que el
arte de Villon está implicado: la rememoración de la larga perspectiva del
pasado histórico, poblado por seres humanos reales y sufrientes como él; una
proyección hacia el futuro, a un tiempo en el que puede verse a sí mismo
retrospectivamente a través de los ojos de los demás, después de fallecer; y el
recuerdo de su propio pasado y sus pérdidas. Esto nos hace pensar en Ronsard,
su brillante sucesor, escribiendo: Quand tu seras bien vieille, au soir à la
chandelle *(Cuando seas anciana, de noche a la luz de las velas), imaginando
cómo su amante, cuando sea anciana y canosa, sentada sola a la luz de su vela,
recordará que Ronsard, me célébrait du temps que j’étais belle. *(cantaba
mis alabanzas en los días en que era hermosa). Villon es también uno de los primeros
escritores que se presenta ante el lector como un individuo, usando la frase de
Wordsworth, "un hombre que habla con los hombres" - como se podría
decir de Skelton o, en particular, de Chaucer en lengua inglesa. En su obra,
también comenzamos a ver las imperfecciones y fallos, no como deplorables
lapsus de algún ideal, sino como lo que nos hace individuales y al mismo tiempo
nos une.
Todo esto sugiere
la posición adelantada del hemisferio derecho en este periodo. También sitúa de
nuevo al hombre a la luz del "ser que avanza hacia la muerte" algo
que luego vio Heidegger. Erasmo, al igual que otros eruditos del Renacimiento,
como Tomás Moro, siempre tenía en su escritorio una calavera, un memento mori y uno de los más grandes e
impactantes lienzos de Holbein, Los
Embajadores, representa a dos jóvenes apuestos, inteligentes y seguros de
sí mismos, en el apogeo de su poder, rodeados por los símbolos de su
conocimiento, sofisticación y prosperidad, mientras que atravesada en el
lienzo, ha pintado una calavera sonriente, de tal manera que solo podría ser
vista por alguien que descienda por una escalera (¡una metáfora apropiada!) en
la que pensó que colgaría el cuadro. (lamina 6)
Uno de los
primeros grandes poetas ingleses anteriores al Romanticismo que plasmó en su
obra escenas personales de gran intensidad emocional que él recordaba
vívidamente fue Sir Thomas Wyatt, quien escribió en el segundo cuarto del siglo
XVI. En su célebre poema sobre la pérdida del amor de Ana Bolena, "Ellos huyen de mí, los que alguna vez me buscaron/
con los pies descalzos, rondando en mi cámara..." Y su recuerdo irrumpe con
extraordinaria viveza:
Lamina 6. Los Embajadores. Holbein
(1533)
Por fortuna, fue de otra manera
veinte veces mejor; pero una en especial,
Con fino atuendo y hermosa apariencia,
De los hombros cayó su vestimenta,
Y ella me tomó entre sus brazos, largos y etéreos;
Y al tiempo me besó, muy dulcemente,
Susurrando, “Amor mío, ¿os apetece?”.
En otro poema notable, pero menos
conocido2, evoca el dolor del amor no como algo propio, sino como
algo que golpea el corazón de su amada (un logro del lóbulo frontal derecho, si
es que alguna vez lo hubo), y hablando en parte con la voz de ella:
Nunca hubo nada que me doliera más, ni
nada que me conmoviera más, como
cuando mi dulce amor se lamentaba. De
que alguna vez me amó. ¡Ay,
de mí!
Y continúa:
Lloró y se retorcían sus manos. Las
lágrimas cayeron en mí pecho; Ella
volvió su rostro y lo dejó caer;
Apenas con eso, pudo hablar. ¡Ay,
de mí!
Su dolor me atormentaba tanto Que
ese consuelo no tenía yo, Sino
que maldije mi fortuna más y más. al
ver su sollozo y su gemir: ¡Ay
de mí!
Lo que aquí se nos deja entrever es la profundidad de la entreidad de la
memoria emocional. Nuestros sentimientos no son nuestros, como decía Scheler,
al igual que nuestros pensamientos tampoco lo son. Los ubicamos en nuestras
cabezas, en nuestro yo, pero atraviesan los límites interpersonales como si
tales límites no tuvieran significado para ellos: pasando de una mente a otra,
a través del espacio y el tiempo, creciendo y multiplicándose, pero sin que
sepamos donde. Lo que sentimos surge de lo que yo siento por lo que tú sientes
por lo que yo siento acerca de tus sentimientos hacia mí - y por muchas otras
cosas más: surge de la entreidad, y de este modo el sentimiento nos une y, más
que eso, en realidad nos unifica, ya que los sentimientos son compartidos. Sin
embargo, la paradoja es que esos sentimientos solo surgen debido a nuestra
distinción, a nuestra capacidad de ser individuos separados y distintos, que
vienen, que se van, en la separación y en la muerte.
El drama se pone
en un primer plano en aquellos momentos de la historia en los que hemos
alcanzado la "distancia necesaria", cuando hemos estado lo
suficientemente distanciados como para mirarnos unos a otros, pero no tanto
como para adoptar una objetividad incorrecta y estar alienados unos de otros.
Las obras de Shakespeare constituyen uno de los testimonios más sorprendentes
del auge del hemisferio derecho durante este período. Hay una total
indiferencia por la teoría y las categorías, una celebración de la
multiplicidad y la riqueza de la variedad humana, en lugar de la repetición de
leyes comunes para la personalidad y el comportamiento según el carácter. Los
personajes en Shakespeare son tan obstinadamente ellos mismos, y no lo que el
destino o la trama dramática insiste en que deben ser, que su individualidad
subvierte el patrón a menudo estereotipado de sus fuentes literarias e
históricas: Ricardo II, inadecuado para ser rey, más un poeta ensimismado,
Macbeth abrumado por sus escrúpulos y visiones de culpabilidad, es un usurpador
reticente, Marco Antonio, obsesionado por el amor, su voluntad subyugada,
difícilmente un intrépido comandante militar; y así sucesivamente. Mi favorito
es el personaje de Bernardino, un prisionero que espera ser ahorcado, cuya
única razón para ser introducido en la trama de la obra, Medida por medida es para que pueda subir y ser ahorcado, y su
cabeza sustituya a la de Claudio; pero por una especie de rechazo obstinado a
ser una idea en lugar de un individuo, no se "levantará y será
ahorcado" cuando le tocaría, y no se podrá hacer nada para remediarlo, y habrá
que encontrar una cabeza adecuada en algún otro lugar. Shakespeare también fue
famoso por mezclar géneros, introduciendo escenas cómicas en sus tragedias y
personajes, como Jacques en sus comedias; en todos los niveles mezcló elementos
opuestos, viendo que "el tapiz de nuestras vidas es un hilo enmarañado, del
bien y el mal juntos". En lugar de situarse fuera o por encima de sus
obras y decirnos cómo juzgar a sus personajes, Shakespeare subraya la
inevitabilidad de conmovernos por y con ellos, incluso con Shylock, de nuevo
herencia de la trama argumental como ejemplo de corrupción moral. Quizás lo más
importante - y esta fue la brillante intuición de Maurice Morgann – es que Shakespeare
creó personajes como Falstaff, que son incomprensibles en términos de los
elementos en los que podría ser analizado, pero que forman, como una Gestalt,
una nueva totalidad viva y coherente.3 Un cobarde, fanfarrón y bufón cuando se le
pone en tela de juicio y se juzgan los hechos en abstracto, tiene sin embargo,
cualidades de valentía y generosidad de corazón que redimen lo que habría sido
solo un catálogo de imperfecciones, no "compensándolas", sino
transformándolas en otra cosa dentro de la esencialidad de su ser.
Una de las expresiones
más misteriosas de cómo el todo no depende de la suma de las partes es el arte
de las caricaturas. En ellas, las distorsiones exageradas de cada parte son compatibles
con el reconocimiento inmediato del conjunto. La caricatura en el mundo antiguo
– que ya existió tanto en Egipto como en Grecia - siempre consistió en la
exageración de un prototipo, no la caricatura de un individuo. El primer
artista en recurrir a la caricatura de individuos, y el creador del término
"caricatura", fue Aníbal Carracci (1560-1609). "Una buena
caricatura", dijo, "como toda obra de arte, es más fiel a la vida que
la realidad misma".4 La genialidad de la caricatura estriba, tal
como señalan Gombrich y Kris, en haber revelado que "la semejanza no es
esencial para el parecido". Carracci retrató a sus amigos y compañeros
como animales. En esas representaciones, el artista trastoca cada rasgo, cada
parte del rostro. "Todo lo que conserva es su expresión llamativa e
individual que permanece inalterada incluso cuando se transfiere a otra
criatura. Reconocer tal semejanza en formas diferentes... nos causa a todos un golpe
de sorpresa al que respondemos con risas". El trabajo del caricaturista,
comentan, "no deja de ser algo parecido a la magia negra".5
Desde el
principio, todas las artes del Renacimiento mostraron su nueva expresividad,
una exquisitez de sentimientos que se percibe ya en las canciones trovadorescas
de Adam de la Halle, o en la poesía amorosa de Christine de Pisan. En las artes
visuales, esto se manifestó a partir de Giotto, en una preocupación por la
capacidad expresiva en particular del rostro humano, que se aprecia en
Masaccio, o Gozzoli, incluso en escenas grupales, que se podrían considerar
menos importantes. Se recordará que las investigaciones de Hufschmidt, Grüsser,
Latto y otros revelaron que durante el Renacimiento hubo un auge en el retrato
de los perfiles orientados hacia la izquierda6 (favoreciendo al
hemisferio derecho). En consonancia con mi opinión de que el
Renacimiento inicialmente implica un protagonismo del hemisferio derecho,
parece que a partir del siglo XIV en adelante, comienza una tendencia a que la
fuente de luz en las pinturas se sitúe en el campo visual izquierdo. Esta
tendencia aumentó durante el Renacimiento y disminuyó a partir del siglo XVIII:
luego durante el siglo XX, regresó la tendencia medieval hacia usar una fuente
de luz no direccional, un cambio que puede estar, correlacionado con la desaparición de la profundidad aparente
(perspectiva ilusoria) y la tendencia de los artistas a permanecer en un plano
bidimensional. Cabe señalar que las pinturas murales de Pompeya y Herculano
(anteriores al siglo I d. C.) también exhiben un predominio de la dirección de
la luz desde el lado izquierdo, al igual que los mosaicos bizantinos de las
iglesias de Rávena.7
Enigmáticamente,
según James Hall, parece haberse producido un marcado cambio en la forma en que
se veían el lado izquierdo y derecho del cuerpo en esa época. La visión
tradicional del lado izquierdo como, literalmente, siniestro parece
haberse suavizado en el Renacimiento, dando paso a una percepción intuitiva de
sus cualidades positivas. Según Hall, ya desde los albores del Renacimiento
"la belleza superior de la mano izquierda era un elemento importante de la
tradición amorosa cortesana".8 Y conforme avanzaba el
Renacimiento, las reivindicaciones del lado izquierdo se hicieron a expensas
del derecho: se le consideraba el más hermoso: más refinado, más gentil, más
veraz, más cercano a los sentimientos. Todo el lado izquierdo del cuerpo
adquirió un tinte de belleza, veracidad y fragilidad.9 Dado que esto
sucedía varios siglos antes de que estos puntos de vista, pudieran estar influenciados
por el conocimiento de las diferencias hemisféricas, parece ser otro posible
caso en el que el cerebro intuitivamente se conoce a sí mismo.
En la música,
hubo un sorprendente florecimiento de la polifonía, con un énfasis en líneas
melódicas de gran expresividad y, sobre todo, por primera vez, en la armonía
compleja, incluidas falsas relaciones y suspensiones, y la relación de las
partes con el todo. Si bien es indiscutible que la música en el Renacimiento es
muy jovial, sus producciones más excelsas son melancólicas en su naturaleza:
los Réquiems y las grandes obras devocionales asociadas con la Pasión, y en el ámbito profano,
sus canciones para laúd y madrigales que celebran los amores solo ocasionalmente
correspondidos. Por supuesto, algunas piezas también podían ser muy divertidas,
y el ingenio y el humor, a menudo de naturaleza auto burlona, eran también
rasgos destacados de la poesía, la música y la pintura de este periodo.
La melancolía en
el siglo XVI se asociaba comúnmente con ingenio, inteligencia, sabiduría y
sensatez, siguiendo una tradición que culminó con Burton, en lugar de derivarse
simplemente de él.10 En su
libro sobre la historia de la melancolía, Jennifer Radden señala que, para los
escritores del Renacimiento, la opinión de Aristóteles11 de que en ciertos temperamentos reflexivos a
veces penetraba profundamente una melancolía sin motivo, introduce "un
tema que subraya que el temor y la tristeza de la melancolía carecen de
causa" [la cursiva es de Radden].12 Ella señala ahí que
"el énfasis en la naturaleza sin fundamento del temor y la tristeza en la
melancolía declinó en el siglo XVIII. Pero regresó en el análisis del siglo
XIX…".13 Esta melancolía "sin causa" que es evidencia
de una naturaleza reflexiva se puede encontrar en Shakespeare cuando en las
primeras líneas de El Mercader de Venecia
pone las siguientes palabras en boca de Antonio:
En verdad que no sé por qué estoy tan
triste, Me
inquieta, y decís que a vosotros os inquieta también; Pero cómo la adquirí, la encontré o
llegué a ella, De que sustancia esta hecho, de
donde nace, es
lo que no acierto a explicarme.
Creo que la
melancolía de este período, que también es característica de su música y
poesía, es un aspecto del predominio en ese momento del mundo del hemisferio derecho, y el énfasis en su
"falta de causa" está
destinado a señalar que no es simplemente una reacción limitada y
explicable a algún acontecimiento, o a una cadena de eventos, o a una situación
en el mundo de cualquier tipo, sino que es intrínseca a una cierta manera de
estar en el mundo que estaba surgiendo en ese momento. El hecho de que esto cesara
durante el siglo XVIII y resurgiera en el XIX es coherente con lo que sostendré
en capítulos posteriores.
William James, el
más importante psicólogo que ha estudiado la religión de manera comprensiva,
escribió que "la melancolía... constituye un momento esencial en toda
evolución religiosa completa",14 y
que las "religiones más completas" son aquellas en las que mejor se
ha desarrollado un cierto pesimismo. Hay, al menos, una fuerte conexión entre la
creencia religiosa y el temperamento melancólico en el período del
Renacimiento, al igual que la hay entre la música y la melancolía (la conexión
entre música y religión es universal en todas las culturas y en todo momento).
Yo vería estos fenómenos interconectados como necesariamente relacionados, dado
el predominio del hemisferio derecho en cada uno de ellos y la prominencia
relativa del mundo "de acuerdo con" el hemisferio derecho en ese
momento. Se podría hacer un interesante estudio del lugar que ocupan las
lágrimas en el arte y la poesía de la época, en las obras de teatro de
Shakespeare, en las canciones de Dowland y sus contemporáneos, y, con mayor
desafección, y una "sequedad" casi extraña, en los poemas de Donne, de Marvell
("Las lágrimas afloran / tristemente, cayendo lentas como resina"), de Crashaw (en donde casi todos
los poemas están llenos de lágrimas, como esos "diamantes acuosos",
esos "océanos móviles y compasivos”) - donde inevitablemente se forman
puentes implícitos, y casi ilícitos, entre la devoción secular y la religiosa.
El Renacimiento
es también un periodo en el que no solo pueden convivir ideas aparentemente
opuestas o contradictorias, en la que abundan no solo la ambigüedad y la
multiplicidad de significados en el lenguaje (desde la evidente querencia por
los juegos de palabras, o los "las alegorías ingeniosas", (conceits
en la literatura inglesa,) hasta el amplio abanico de fructíferas ambigüedades
en las que consiste la poesía isabelina), sino en la que las emociones se
experimentan característicamente entremezcladas. Aunque Metrodoro en la
antigüedad, decía que había algo parecido a un cierto placer en la tristeza,
las emociones mixtas no eran comúnmente apreciadas en el mundo antiguo (Séneca
pensaba que la idea era bastante inmoral),15 y que estuvieran
entremezcladas tristeza y placer apenas fue aceptado sino hasta el
Renacimiento. Snell sostiene que "no
es hasta que llega Safo que leemos algo sobre el Eros agridulce".
Homero es incapaz de escribir "medio dispuesto, medio no dispuesto"
en su lugar dice "estaba dispuesto, pero su thymos no lo
estaba".16 La poesía renacentista, por otra parte, desde Miguel
Angel, "la mia allegrezza é la malinconia"* (encuentro mi alegría, en
la melancolía) hasta los interminables madrigales de dulce muerte y agonía,
reiteran la unión del placer y el dolor, la afinidad de la dulzura y la
tristeza. Debido a su dependencia de la expresión indirecta, de la metáfora y
de la imagen, y a su tolerancia de lo incompleto y lo no resuelto, en lugar de a
la explicitación y la resolución de proposiciones contradictorias buscando
claridad y certeza, la epistemología del hemisferio derecho es propicia a la
ambigüedad y a la unión de los opuestos, donde la del hemisferio izquierdo no
puede permitirse el lujo de serlo.
Merece la pena
decir algo aquí sobre la diferencia entre desear y añorar. Uno de los tics o trucos,
por el cual hoy en día se descarta cualquier cosa que no se ajuste a la visión
del mundo del hemisferio izquierdo, es etiquetarlo como "romántico".
Al hacerlo, sentimos que lo hemos neutralizado. Lo hemos relegado a una cosmovisión
cultural, que fue relativamente efímera - no más de unos cincuenta años – que ya
está pasada de moda, y que incluye muchos matices de exceso de
sentimentalismo y de falta de rigor intelectual. Sin embargo, muchas de las visiones
o actitudes que se califican de esta manera resultan haber disfrutado de una
existencia bastante más extensa y generalizada de lo que esto implicaría, como
espero mostrar más adelante en este capítulo. Me gustaría proponer que el
anhelo, no necesariamente en la forma del die blaue Blume (la flor Azul) de los
Románticos, es uno de esos conceptos, seguramente tan antiguo como la
humanidad. Está presente en los versos griegos, empezando por el anhelo de
Ulises – la nostalgia original ( donde nostos,
significa "regreso al hogar" y algos,
"dolor") – por su Ítaca natal; está en los salmos hebreos - "Así
como el venado busca las corrientes de agua, así te anhela mi alma, oh Dios"; está en los poemas anglosajones,
The Wanderer (El Vagabundo) y The Seafarer (el Marinero) - tanto como un anhelo por el hogar
cuando se viaja, como un anhelo por el mar, cuando la primavera llega a los que
viven en tierra. No es exagerado decir que el Renacimiento comienza con el más
profundo de los anhelos, el del amor cortés, la admiración por el ideal inalcanzable
de la condición femenina, y el anhelo del amante por la amada, que continua en
la imaginería arcádica y pastoral, en una búsqueda del pasado, que también era
una búsqueda de una Edad de Oro perdida. El anhelo está en el corazón de gran
parte de la poesía y la música del alto Renacimiento, particularmente en
Inglaterra, donde el lamento por la pérdida del antiguo orden de la Iglesia
Católica dio lugar a algunas de las más bellas músicas elegíacas de todos los
tiempos, especialmente en las numerosas versiones de las Lamentaciones de los compositores tudorianos. Incluso se
encuentran prefiguraciones del anhelo romántico por lo que se pierde con la
infancia en un poema como El Retiro
de Vaughan, o en los Siglos de
Traherne.
Tanto en
anglosajón, como en sajón antiguo, antiguo alto alemán y antiguo nórdico, de los
que derivan, las raíces del verbo inglés, "long", en el sentido de
"anhelar por algo", están emparentadas con un término que significa "parecer”, o “ser”, o “hacerse largo";
es decir “alcanzar algo lejano" o "extenderse hacia algo". La
palabra langian en anglosajón, como sus equivalentes en cada uno de las
otras lenguas mencionadas, es un verbo impersonal en su forma gramatical, y
requiere un acusativo en relación a la persona que anhela: por lo tanto, no sería
"yo anhelo", sino, literalmente, "se anhela [de]", sea lo
que sea.* (N.T: estos significados
etimológicos, solo tienen sentido en lengua inglesa) Esta forma gramatical revela
algo sobre el anhelo que lo diferencia de querer o desear una cosa. Desear es
claro, intencional, urgente, impulsado por la voluntad, siempre con un objetivo
claramente a la vista. El anhelo, por el contrario, es algo que
"sucede" entre nosotros y alguna otra cosa17. No está
dirigido por la voluntad y no es un fin, con el objetivo último de adquirir
algo; sino que es un deseo de unión - o más bien se experimenta como un deseo
de re-unión. Esto se debe a que no existe necesariamente una visión
simple y explícita de qué es lo que se anhela, sino que ese algo permanece en
el ámbito de lo implícito o intuitivo, y a menudo es de naturaleza espiritual.
El anhelo espiritual y la melancolía comparten estas características más
difusas y reverberantes, de algo que "sucede" o "sobreviene"
entre nosotros y un Otro, cualquiera que sea. En cualquiera de los dos casos,
no es siempre posible decir cuál es la "causa" (o mejor dicho, el
origen) – a la qué se debe la melancolía o el anhelo de qué. El deseo es
claro en su objetivo, y en su separación de lo que se quiere. El anhelo
sugiere, en cambio, una distancia, pero también una conexión o unión nunca
interrumpida por esa distancia con lo que se desea, por muy remoto que sea el
objeto del anhelo. De alguna manera, se experimenta como una tensión elástica
que se establece entre el que anhela y el objeto de ese anhelo – la tirantez o tensión,
es como el de la cuerda de un arco (en alemán, die Bogensehne) que mantiene unidos los dos extremos del arco e
impide que lleguen a estar realmente separados. De nuevo die Sehne (tendón) y die Sehnsucht (anhelo).
"El gran
arte es la disposición del entorno para proveer al alma valores vívidos, pero
transitorios", escribió A. N. Whitehead, de modo que "algo nuevo sea descubierto... la realización
permanente de valores que se
extienden más allá de su ser anterior".18 Por lo tanto, el
arte en su naturaleza nos impulsa constantemente a alcanzar y avanzar a algo
más allá de sí mismo y más allá de nosotros mismos. Whitehead aquí compara los
"valores transitorios" que encarna la obra de arte materializada, con
la "realización permanente de valores" que se extienden más allá de
su ser anterior, que es el efecto del arte. Este estirarse hacia algo más allá
de lo que los humanos han hecho o pueden hacer, a algún Otro distinto de
nosotros, por medio del arte que ellos han hecho, es el modo del hemisferio
derecho.
Se ha dicho que
Castiglione, en su Libro del Cortesano,
defiende quizá, con gran conocimiento, el principio ars est celare artem (el arte reside en esconder el propio arte).
¿Pero esto no es demasiado auto-consciente? Desde luego, se ha interpretado
como un respaldo a una forma de engaño benévolo, mediante el cual uno aspira,
especialmente si se trata de un caballeroso cortesano, a ejecutar algo sin el
esfuerzo que en realidad implica el aprendizaje y un cierto grado de
aplicación. Eso puede ser cierto a veces. Sin embargo, la habilidad es un proceso
que se adquiere - a veces, en efecto, por procedimientos mecánicos y explícitos
- pero también, a medida que la habilidad de uno progresa, por imitación
intuitiva y por experiencia irreflexiva, un tema de relevancia cuando se
considera el destino de las habilidades en el mundo en el siglo XX. Es fatal
que expertos practicantes de un arte muestren, durante su ejecución, cualquier
indicio de esfuerzo consciente que implique el aprendizaje de su habilidad (tal
como dijo Hazlitt sobre los malabaristas hindúes): ellos deben de alcanzar tal
grado de maestría que puedan realizarlo de forma intuitiva, o la actuación
fracasará. La técnica, en otras palabras, debe ser transparente: nuestros ojos
no deben recaer en los artistas, sino en lo que hacen. Esto no implica un engaño,
sino ser respetuoso con la naturaleza de la habilidad, un proceso intuitivo del
hemisferio derecho que permanece implícito y encarnado - en ese sentido
oculto. Creo que este es el verdadero significado del consejo de Castiglione.
La individualidad
da lugar a una búsqueda de originalidad, a un alejamiento de los patrones de
comportamiento y pensamiento recibidos, comunes y convencionales.19
Si tengo razón, en que la orientación del hemisferio derecho es hacia la
experiencia de lo Otro, sea lo que sea, hacia el mundo en la medida en que
existe aparte de la mente, mientras que el hemisferio izquierdo tiene su propio
sistema coherente derivado de lo que el hemisferio derecho pone a su
disposición, pero que está esencialmente cerrado ( “autopropulsado”, un
"bootstrapping" en sí mismo), entonces tanto la individualidad como
la originalidad, así como la relación entre ellas, van a ser diferentes
dependiendo que hemisferio domine. Mi visión es que el sentido de la
importancia de la individualidad y la originalidad provienen, en esencia, de la
capacidad de mantenernos distanciados, mediada por ambos lóbulos
frontales, y que las consecuencias son percibidas de diferentes maneras por
cada hemisferio. Nos vemos a nosotros mismos como separados: en el caso del
hemisferio derecho, pero todavía en conexión vital con el mundo a nuestro
alrededor; pero en el caso del hemisferio izquierdo, debido a la naturaleza del
sistema cerrado, y autocontenido en el que opera, nos vemos aislados, atomizados,
poderosos y competitivos. Así pues, una vez más, la individualidad y la
originalidad no pueden ser consideradas en sí mismas, como una prerrogativa de
un hemisferio o del otro: ambas existen en cada hemisferio de maneras
radicalmente diferentes, con significados radicalmente distintos.
Este nuevo
énfasis en la originalidad y la individualidad cambió el papel del artista (y
de paso, de los mecenas del artista), que cobró protagonismo con el
Renacimiento, convirtiéndose el artista por primera vez en una especie de héroe.
Hay numerosas historias de artistas como Leonardo, Miguel Ángel y Holbein que
fueron tratados con deferencia o como iguales, por el noble o el rey para el
que trabajaban: el emperador Maximiliano hizo que un noble sostuviera la
escalera para Durero, y se dice que el mismo Carlos V en persona, (un hombre
por disposición excéntrico y compasivamente melancólico) se inclinó para
recoger el pincel de Tiziano.20
Una vez más, el estatus heroico del artista no es, como comúnmente se
supone, un fenómeno peculiar del Romanticismo. La deferencia mostrada es
realmente una deferencia al funcionamiento de la inspiración "divina"
dentro del artista, un concepto supuestamente superado en nuestro tiempo, pero
que en los términos de este libro está en relación con las habilidades
implícitas, intuitivas e involuntarias que provienen del hemisferio derecho.
Merece la pena echar un vistazo a algunas referencias anecdóticas sobre
artistas del Renacimiento, porque no solo revelan la forma en que se concebía
el proceso creativo (ya sean historias apócrifas o no, eso es aquí
irrelevante), sino que, demuestran incidentalmente mi punto de vista, por el
que lo que descartamos como Romántico esté menos limitado en tiempo y lugar de
lo que imaginamos. En el Renacimiento, se respetaba y cortejaba lo
inconsciente, involuntario, intuitivo e implícito, aquello que no puede
formalizarse o inculcarse a los demás mediante procesos regidos por reglas, y
que no se puede forzar a que obedezca a voluntad. Todas las cualidades que se
admiraban en el artista son las que provienen del hemisferio derecho, incluidas
las habilidades que por sí mismas se ocultan. Todas ellas se encuentran más
tarde en el Romanticismo, es cierto; y no servirá de nada empaquetar la mitad
de la experiencia humana como "romántica" con la intención de
descartarla. Puede resultar que seamos nosotros los que tengamos puntos de
vista atípicos, más limitadamente dependientes de la cultura.
Una fuente
importante para considerar las creencias renacentistas sobre el artista es la
obra clásica de Kris y Kurtz, la leyenda del Artista, publicado por
primera vez en 1934.21 Muchos de los tópicos del Renacimiento sobre
el arte y el artista se resumen en apotegmas latinos como, ars est celare artem (el arte consiste
en ocultar el arte). Otro de ellos es, poeta
nascitur, non fit - el poeta
nace, no se hace. En ilustración de esto, hay historias sobre cómo los
artistas desde su infancia exhibieron una facilidad sin igual para el dibujo o
la pintura. Una de esas historias famosas se refiere a Giotto, quien
supuestamente fue descubierto por Cimabue cuando, al pasar por el lugar donde
Giotto, por entonces un pastor, cuidaba su rebaño, y ver los extraordinarios
dibujos llenos de vida que Giotto, había pintado sobre una roca como pasatiempo.
Lo relevante de esta historia es que la habilidad es un don, tanto en el sentido
de que llega sin pedirla, y por lo tanto no es el producto de un esforzado
aprendizaje de reglas, como en el sentido que es intuitiva, lo que en ambos aspectos,
sugiere un origen fuera del hemisferio izquierdo. Esta concepción del artista
también era común en el mundo de la antigüedad: por ejemplo, hay historias de
Lisipo, Silanion y Orígenes,
todas confirmando que sus habilidades no se aprendieron. La historia de Giotto
tiene equivalentes aún más lejanos y recuerda la historia, citada por Kris y
Kurtz, del pintor japonés Maruyama Okyo quien fue descubierto por un samurai
que pasaba por allí, tras haber pintado un árbol, en una bolsa de papel en la
tienda del pueblo.22
Esta idea está
conectada a la del don de la inspiración. Aunque no se puede depender o forzar
la inspiración, o hacerla surgir a voluntad, se la puede evocar indirectamente
usando el azar como una forma de limitar el poder de la intención consciente,
permitiendo una colaboración entre lo que se nos es dado y lo que llega a ser
creado por el artista. Así, Leonardo aconsejaba a los pintores que tomaran como
punto de partida cualquier forma fortuita, creada, por ejemplo, por manchas de humedad
en una pared, "porque por cosas borrosas la mente se estimula a nuevas invenciones".23
Según Kris y Kurtz, esta recomendación no es exclusiva solo de Leonardo:
Nos damos
cuenta de cuán extraordinariamente extendidas están estas conexiones cuando nos
enteramos que el pintor chino del siglo XI, Sung-Ti, aconsejaba a Ch'Yén Yung-chih
que pintase un paisaje a partir de las ideas que le sugiriera un muro derrumbado:
"Porque entonces" decía, "puedes dejar que tu pincel siga el
juego de tu imaginación y el resultado será celestial y no humano".24
La visión de la creación artística como un
descubrimiento, más que como algo inventado, es paralela a la concepción del
propio talento del artista como un descubrimiento, no como una invención.
Del mismo modo,
dado que la obra no proviene del esfuerzo consciente, sino de la intuición o la
inspiración, las primeras ideas son las mejores. Por eso, Ben Jonson contaba
que "los actores a menudo mencionaban como un honor en Shakespeare, el
hecho de que en sus escritos (independientemente de lo que hubiese escrito)
nunca borraba una línea"; a lo que Jonson replicaba con bastante agudeza:
"como si hubiera borrado mil".25 Según Vasari, se decía
que Fray Angélico nunca había retocado ninguna de sus pinturas, ya que "era
así como Dios lo quería".26
Una vez más, lo
que debía ser imitado no es el resultado del trabajo de otro pintor, sino la
naturaleza misma, que es la maestra del artista: naturam imitandam esse. Esto toca una
serie de temas interrelacionados: una preferencia por lo que la Naturaleza nos
da, sobre lo que los humanos hacemos; que las habilidades provienen de nuestra
propia naturaleza, no de lo que otros pintores puedan enseñarnos; una confianza
en la experiencia por encima de las reglas. Esto no se limita a los artistas
románticos u occidentales en absoluto, sino que a menudo se puede encontrar en
la visión oriental del artista: según Kris y Kurtz, por ejemplo, "Se decía
que Han Kan tenía fama por haber dicho que los caballos de los establos
Imperiales, no los pintores, habían sido sus maestros”.27 El arte es
visto como una revelación espiritual de lo que yace en la naturaleza. Hay una
intersubjetividad, de los artistas entrando en sus temas y los temas entrando
en los artistas y su arte. Aparentemente "cuando Han Kan pintaba caballos,
él mismo se convertía en caballo".28 Otto Fischer habla de "el esfuerzo de
inspiración taoísta por interpretar el arte como revelación del Ser a través de
un medio humano…. Puesto que, el propósito del arte chino ha sido hacer visible
la fuerza vital de la naturaleza, es comprensible que el arte haya tendido a
presentarse como una revelación espiritual de la Naturaleza".29
Las copias de la
naturaleza que realizan los artistas no están muertas, sino que al encarnar la
fuerza vital de la naturaleza, llegan a parecer como si estuviesen ellas mismas
vivas. Es bien conocida, la historia de que Zeuxis, pintaba unas uvas tan
realistas que las aves acudían a picotearlas, pero las historias relacionadas
con obras de arte que se confunden con lo vivo no solo provienen de Grecia,
sino también de China, Japón, Persia, y Armenia, así como de muchas otras
fuentes Renacentistas.30 También se decía que los artistas del
Renacimiento eran famosos por haber renunciado a la riqueza y a la prosperidad
material para dedicarse a su arte, viviendo en soledad e inspirándose en la
naturaleza. De nuevo, estas historias son paralelas en la cultura griega,
Occidental y Oriental.31
Esto dio lugar al
mito del artista como poseedor de poderes mágicos. La magia es la forma en que
el hemisferio izquierdo interpreta los poderes sobre los que no tiene control.
Esto es similar a la paranoia que muestra el hemisferio izquierdo en la
esquizofrenia, en relación con acciones intuitivas y procesos de pensamiento
que provienen del hemisferio derecho, atribuyéndolos a fuerzas extrañas o
influencias maliciosas. De aquí que se vea al artista como canal de algo Otro
que lo humano, el artista divino, el artista que de alguna manera es uno
con Dios, el creador, una metáfora del propio deus artifex, tal como lo entiende intuitivamente el hemisferio
derecho, capaz de hacer que un bloque inanimado de piedra, conmueva y cobre
vida; y está la otra cara de la moneda,
el artista como engañador y embaucador, como Prometeo robando el fuego del
Cielo, incluso diabólico, el archi-engañador, dispuesto a hacer todo lo posible
para obtener una imitación exacta de la naturaleza. Así, se rumoreaba que
Miguel Ángel torturó hasta la muerte a un joven para poder esculpir su imagen.
En ambos casos, el mito, ya sea como Dios o diablo, está relacionado con la
habilidad del artista para imitar perfectamente la naturaleza.
Por lo tanto, tales puntos de vista sobre la
naturaleza de la creación artística no se limitan a un lugar o tiempo, sino que
son comunes en culturas menos dominadas por el hemisferio izquierdo que la
nuestra. Y lo mismo sucede con otro fenómeno que caracteriza al Renacimiento:
la apreciación de la belleza de este mundo, que ya no se contempla como algo a
lo que resistirse o tratar como una trampa, ni es algo de lo que nuestros ojos
deban apartarse, sino que es un indicador de algo que está más allá. Se miraba,
pero para ver a través de ella– lo
que yo llamo semi-transparencia. Esto fue de la mano de la revaloración de la
existencia terrenal, encarnada y mediada por los sentidos, en contraste con la
derogación de la carne en la Edad Media. Para Montaigne, igual que para Erasmo,
el cuerpo se hacía presente una vez más como parte de nosotros, por lo tanto,
potencialmente espiritual, para ser amado, en lugar de ser visto como prisión
del alma:
Se equivocan quienes desean separar nuestras dos
piezas principales y aislar una de la otra. Por el contrario debemos acoplarlas
y unirlas estrechamente. Debemos ordenar al alma que no se retire a sus
aposentos, que no se entretenga apartada, que no desprecie ni abandone el
cuerpo (algo que de todas formas no puede hacer excepto por alguna
falsificación de tipo monacal), sino que se reúna con él, que lo tome en sus
brazos, y lo valore, que lo ayude, lo cuide, que lo aconseje, y si se extravía,
lo corrija y lo traiga de vuelta a casa.32
Incluso comenzamos a encontrar una inversión de la
suposición hasta entonces habitual de que el alma podría ser más sabia que el cuerpo:
No abandone la
Naturaleza ni la malinterprete: Sus misterios se leen sin la visión
de la fe: Ella habla en nuestra carne; y en
nuestros sentidos, Entrega su sabiduría a nuestra
razón.
Esto escribió Fulke Greville;33 y
en Marvell se encuentra Un diálogo entre
el Alma y el Cuerpo en el que la última palabra, tanto literal como
metafóricamente, la tiene el cuerpo.34
La relación entre
nosotros y un mundo que posee profundidad fue una fuente de fascinación inagotable
para poetas metafísicos, particularmente Donne, Herbert (por ejemplo, El Elixir) y Traherne (por ejemplo, Sombras en el agua), quienes utilizan
imágenes como el plano del cristal de una ventana, o la superficie plana de un espejo
o la superficie reflectante de un estanque de agua, para explorar el contacto
imaginativo con un mundo más allá del plano de la visión: ver, pero
viendo a través. El mundo no es un hecho crudo sin más, sino que al igual que
un mito o una metáfora, es semi- transparente, contiene todo su significado
dentro de sí mismo, y apunta a algo que está más allá de él mismo.
Como propuse anteriormente,
el sentido de profundidad es intrínseco a ver las cosas en su contexto. Esto se
aplica tanto a la profundidad del espacio como a la profundidad del tiempo,
pero aquí diría que implica también una profundidad metafísica, un respeto por
la existencia de algo en más de un nivel, como es inevitable en el mito o en la
metáfora. Es este respeto por el contexto lo que subyace a la percepción
renacentista de la interconexión del conocimiento y la comprensión, el
descubrimiento de patrones de respuesta a través de diferentes ámbitos, lo que
en última instancia implica la necesidad de un contexto lo más amplio posible
para el conocimiento. De ahí el auge de lo que llegó a denominarse el
"hombre Renacentista", "los verdaderos investigadores en muchas
cosas" de Heráclito.
El retorno al
pasado histórico, el redescubrimiento del mundo clásico, no fue una tarea de
investigación, impulsada por la curiosidad o la utilidad: su importancia
radicaba no solo en el aumento del conocimiento en sí mismo, sino en los
ejemplos de sabiduría, virtud, y habilidad política que proporcionaban. Se
reconocía que la dignidad humana residía en nuestra capacidad única de elegir
nuestro propio destino, a través de los modelos que escogemos y los ideales a
los que nos dirigimos, no simplemente a través de la búsqueda ciega de la razón
donde sea que nos lleve. Esto implicaba el autoconocimiento y la fascinación
por los caminos únicos y diferentes que toman diferentes personalidades para
alcanzar sus objetivos particulares - de ahí la importancia del registro de
vidas individuales y el surgimiento tanto de biografías (en oposición a las
hagiografías) como de la autobiografías veraces.
Uno de los autorretratos renacentistas más conocidos y
entretenidos debe ser el de Eneas Sylvius Piccolomini, también conocido como el
Papa Pío II. Este no solo es un hito en la literatura de la autoexploración
(así como de la autopromoción), sino que revela de manera importante el amor
por la naturaleza en sí misma, otra característica del nuevo mundo del
Renacimiento que también se aprecia en Dante y Petrarca, así como en algunos de
los primeros poetas líricos alemanes, a pesar de la generalización de Jacob Burckhardt
de que "los italianos son los primeros de entre los pueblos modernos que
vieron y percibieron el mundo exterior como algo hermoso".35 En
un pasaje característico Eneas Sylvius, escribe:
Era la dulce
estación de principios de primavera. Todas las colinas alrededor de Siena
sonreían con sus vestimentas de follaje y flores, y en los campos crecían
exuberantes cosechas. El paisaje de Siena que rodeaba la ciudad era
indescriptiblemente hermoso, con sus colinas de suaves pendientes, plantadas
con árboles cultivados o vides o aradas para obtener grano, con vistas a
encantadores valles verdes con pastizales o campos sembrados, y regados por
arroyos inagotables. También hay espesos bosques plantados por la naturaleza o
por el hombre, donde las aves cantan más dulcemente y en cada colina los
ciudadanos de Siena han construido espléndidas casas de campo... A través de
esta región el Papa viajaba con ánimo feliz… 36
En otro lugar escribe sobre una visita a
Viterbo:
La floración
masiva de retama daba a gran parte de la campiña una tonalidad dorada y otras
partes de ella estaban cubiertas con arbustos y plantas variadas que exhibían a
la vista el color púrpura o el blanco o mil colores más. El mundo era verde en
aquel mes de mayo y no solo las praderas sino el bosque también sonreía y los
pájaros cantaban dulcemente... Casi todos los días, al amanecer, él salía a la
campiña para disfrutar del aire dulce antes de que hiciera calor y para
contemplar las verdes cosechas y el lino floreciente, que entonces era muy
hermoso de ver con su color azul celeste..."37
Y no es solo la hermosura lo que le
deleita, sino también la grandeza de la naturaleza, sus "acantilados
elevados", altos e "inaccesibles", sus lagos cristalinos
"insondables". "La naturaleza", declara, "es superior
a cualquier arte". La fecha es mayo de 1463.38
LA
REFORMA
En el primer capítulo de esta segunda
Parte, expuse que hay dos formas en que las que la inautenticidad de la
re-presentación, del mundo del hemisferio izquierdo, puede promover una
respuesta. Una es la tendencia a reparar la pérdida, a través del anhelo de
vitalidad y frescura del mundo que ofrece el hemisferio derecho; la otra es
todo lo contrario - un rechazo de esa visión, ya que ese mundo del hemisferio
derecho pasa a considerarse intrínsecamente inauténtico y, por lo tanto,
no válido. Por lo tanto, en lugar de provocar una oscilación correctiva del
péndulo, se produce una pérdida de homeostasis y el resultado es una
retroalimentación positiva, por la que los valores del hemisferio izquierdo
simplemente se afianzan aún más.
Aunque nos hemos
centrado en el retorno al hemisferio derecho a raíz del florecimiento del
Renacimiento, que implicó una atracción casi magnética hacia la historia, los
textos, las artes y los monumentos redescubiertos del mundo antiguo, y que
abrieron los ojos a la vitalidad de un mundo vivo, más allá de la "cosmovisión"
medieval, podemos encontrar en el declive de la Edad Media un ejemplo de ambos
procesos en funcionamiento. Se puede observar este segundo proceso (un rechazo
del mundo del hemisferio derecho) a raíz del declive de la comprensión
metafórica de ceremonias y rituales al convertirse en una repetición artificial
de procedimientos vacíos en la Edad Media, lo que provocó, no una revitalización
de la comprensión metafórica, sino un rechazo total de la misma con el
advenimiento de la Reforma. Se dice que esta convulsión cataclísmica comenzó
con las Noventa y cinco Tesis de Lutero, que él mismo clavó en la puerta
de la Schloβkirche en Wittemberg en 1517.
Sin embargo, por
el desarrollo posterior de los acontecimientos, Lutero podría ser visto como
una figura un tanto trágica. Él mismo era un hombre tolerante, conservador, su
preocupación era la autenticidad y el retorno a la experiencia, en oposición a
la dependencia de las autoridades. Su actitud respecto al lugar que corresponde
a las imágenes en el culto y en la vida de la Iglesia era equilibrada y
razonable: su objetivo no fueron las imágenes en sí mismas (que en realidad
respaldaba y alentaba), sino precisamente el abuso funcionalista que se
hacía de ellas, imágenes que él pensaba que se deberían reverenciar. Sin
embargo, a pesar de ello, se encontró desatando fuerzas de destrucción que
estaban fuera de su control, fuerzas que se dedicaron a destruir las mismas
cosas que él valoraba, fuerzas contra las que finalmente luchó sin éxito. En referencia
al fanatismo de esa época, escribía Erasmo, "los he visto regresar de
escuchar el sermón, como si estuvieran inspirados por algún espíritu maligno, los
rostros de todos ellos mostrando una extraña ira y ferocidad".39
Hay creo, interesantes paralelismos con el destino que tuvo Heidegger, luchando
por trascender la polaridad cartesiana subjetiva/objetiva, comprometido con la
difícil empresa del encuentro auténtico con lo que "es", un proceso
que requiere una atención cuidadosa y escrupulosa; pero que pronto fue
secuestrado por aquellos que deseaban tomar su "problematización" del
concepto de verdad objetiva, como señal para una batalla campal del todo vale,
en la que todos los valores son "meramente relativos", (interpretado
en el sentido de que los valores no tienen ningún peso), en la que ya no hay
ninguna norma "objetiva" de verdad (interpretado como que ninguna
verdad tiene sentido), y en la cual, en última instancia, se desató en su
nombre una destrucción anárquica de todo lo que Heidegger valoraba y luchaba
por defender. Aquí también, como en el caso de Lutero, yo diría que el impulso
original, hacia la autenticidad, provino del hemisferio derecho, pero rápidamente
quedó anexionado a la agenda del hemisferio izquierdo. No debido a una
inversión revolucionaria, sino por un deslizamiento del significado que merece nuestra
atención.
Lutero percibió
que los reinos internos y externos, o como quiera que uno lo exprese - el reino
de la mente/alma y el del cuerpo, el reino de lo invisible y lo visible -
tenían que ser uno solo, de lo contrario el escenario exterior no tenía
nada que decirnos acerca de nuestra condición interna. En otras palabras, el
mundo visible debía ser una "presentación", en el sentido literal de algo
que "se hace presente" en nosotros en toda su actualidad, entregado
por el hemisferio derecho. Esta percepción, que no es más que parte de la
insistencia renacentista en la fluidez ininterrumpida del mundo encarnado, y
que es totalmente coherente con ella, inspiró a Lutero a denunciar el vacío que
resulta cuando se divorcian los mundos exterior e interior. Pero sus seguidores
lo interpretaron en el sentido de que el mundo exterior es en sí mismo vacío, y
que por lo tanto la única autenticidad residía únicamente en el mundo interior.
El resultado de esto es que el mundo exterior se convierte en un mero
"espectáculo", una "re-presentación" de algo que está en
otro lugar y en ninguna parte - no como una imagen, ya que una imagen es una
fusión viva de lo interno y lo externo, sino como un mero significante, tal
como lo entrega el hemisferio izquierdo. La transición que sucede en este
importante descarrilamiento de la intención de Lutero no es desde una creencia
en las formas externas a una creencia en las formas internas, sino desde una
visión de lo externo y lo interno como aspectos esencialmente fusionados de una
misma cosa, a la creencia de que estos ámbitos están separados ("o lo uno
o lo otro"). Por tanto, no se puede considerar que el ímpetu del
Renacimiento se viera bruscamente descarrilado por el movimiento contrario del
espíritu de la Reforma: lo que hubo fue una transición sin interrupción de una
posición a su opuesta, la una se transformó en la otra. Tendré más que decir
acerca de tales procesos en relación con las transiciones aparentemente
problemáticas, de la Ilustración al Romanticismo, y del Romanticismo al
Modernismo, cada una de las cuales ha sido vista como una inversión radical que
sacude la tierra, mientras que yo lo vería como una transición fluida, a pesar
de aceptar la naturaleza fundamentalmente opuesta de los fenómenos en cada
caso.
La Reforma es la
primera gran expresión de la búsqueda de certeza en los tiempos modernos. Tal
como lo expresó Schleiermacher, la Reforma y la Ilustración tienen en común,
que "todo lo que es misterioso y maravilloso está proscrito. La
imaginación no puede impregnarse con [lo que se consideran en ese momento]
imágenes etéreas".40 En su búsqueda de una verdad única, ambos
movimientos culturales intentaron prescindir de la imagen visual, el vehículo por
excelencia del hemisferio derecho, particularmente en su función mítica y
metafórica, para favorecer a la palabra, el baluarte del hemisferio izquierdo,
en su búsqueda de una certeza inequívoca.
Por supuesto, esta
no fue la primera vez que la iconoclastia hacía acto de presencia. En el
Imperio bizantino hubo un período de más de 100 años (entre el 730 y el 843)
durante el cual, con solo un breve paréntesis, se prohibió a los bizantinos
venerar imágenes religiosas. Los muros con pinturas fueron encalados y las
imágenes destruidas. Se cree que este movimiento fue una consecuencia de las
incursiones de pueblos árabes, cuya religión proscribe las imágenes religiosas,
en el corazón del Imperio: ya que los árabes sitiaron a Constantinopla en tres
ocasiones. Pero tal aversión a la imagen visual en la Reforma, tras el
florecimiento del Renacimiento italiano, que fue la mayor eclosión de arte
religioso en la historia de la humanidad, fue algo bastante extraordinario. Lo
que resulta tan concluyente aquí es que la fuerza motriz detrás de la Reforma
fue el impulso de recuperar la autenticidad, con el que sólo se puede
simpatizar profundamente. Pero el camino que pronto tomó fue el de la
destrucción de todos los medios por el que lo auténtico podría haber sido
recuperado.
Aquí tomo como
fuente principal el tratamiento magistral que hace Joseph Koerner sobre la
teología, la política y filosofía de la Reforma a través de su relación con las
imágenes visuales, con el simbolismo y la palabra escrita, (creo que no hay un
trabajo comparable que vincule de manera tan inteligente estos diferentes
aspectos de la cultura de la Reforma).41
El problema de la Reforma fue, según Koerner, el de lo "uno u
lo otro", un "odio basado en la distinción absoluta entre verdad y
falsedad".42 Debido a la incapacidad de aceptar lo ambiguo o lo
metafórico, y al temor al poder de la imaginación, las imágenes se convirtieron
en objetos de terror. Las estatuas tenían que rebajarse a ser "mera
madera" sin más. De hecho, los supuestos "idólatras" nunca habían
creído que estaban adorando a estatuas - tal ficción interesada, solo existía
en la mente de los iconoclastas, que no podían entender que la divinidad podía
encontrar su espacio, entre una "cosa" (la estatua) y otra (el
espectador), en lugar de tener que residir fija en la "cosa" en sí
misma. El propio Lutero dijo lo mismo: "Creo que no hay ninguna persona, o
ciertamente muy pocas, que no entiendan que el crucifijo que está ahí colgado no
es el mismo Dios - porque Dios está en el cielo - sino solo un signo".43
La decapitación
de las estatuas por los reformadores tuvo lugar debido a la confusión de lo
animado y lo inanimado, y a la imposibilidad de ver que una cosa puede vivir en
la otra metafóricamente. En un mundo en el que se pierde la comprensión metafórica,
estamos obligados a reducir las cosas a "lo uno o a lo otro", tal como
sostiene Koerner. O bien la
estatua es Dios o bien es una cosa, y puesto que "obviamente"
no es Dios, debe ser una cosa, y por lo tanto "mera madera", en cuyo
caso no tiene cabida en el culto. Para poder ver que esa "mera"
madera puede participar de lo divino se requiere verla como una metáfora,
y poder ver que, precisamente porque es una metáfora y no una representación, es
en sí misma divina. No es algo no-divino que representa lo divino, es
algo divino. Esta es la diferencia entre creer que el pan y el vino representan
el cuerpo y la sangre de Cristo, y creer que son, en algún sentido
significativo, el cuerpo y la sangre de Cristo, metáforas del mismo. Fue el
intento de análisis explícito del hemisferio izquierdo de desentrañar todo esto
lo que llevó, a la teología escolástica medieval, a un "o esto/o lo
otro", y que resultó en la improbable doctrina de la transubstanciación:
en la que en el momento en que el sacerdote pronunciaba las palabras de la
consagración durante la misa, lo que había sido solo pan y vino se convertía de
repente y literalmente, el cuerpo y la sangre de Cristo. Lo que el hemisferio
derecho había entendido intuitivamente, sintiéndose cómodo con ese significado
metafórico, fue forzado a entrar en la camisa de fuerza del pensamiento
legalista, y obligado a ser o bien literalmente pan y vino, o literalmente
cuerpo y sangre. En la Reforma este problema reapareció. Al pensamiento
católico afirmar que no se trataba literalmente del cuerpo y la sangre de
Cristo le parecía que era venderse a la perspectiva de que era solo una
representación, algo que claramente no concuerda con la realidad del
pensamiento metafórico, donde el cuerpo y la sangre se hacen presentes, no solo
debido a unas pocas palabras dichas en un momento específico, sino debido a
todo el contexto de la misa, incluidas sus palabras y procedimientos, la
presencia y la disposición fiel de la congregación, etc. Por lo tanto, son los
contextos y la disposición de la mente de quienes participan en ellos, otro
ejemplo de un par de entidades del hemisferio derecho, las que permiten que las
metáforas funcionen.
Lo que el libro
de Koerner demuestra con extensión y en detalle es la forma en que la Reforma
reemplaza la presentación con la re-presentación (en los términos de
este libro, reemplaza el reino del hemisferio derecho con el del hemisferio
izquierdo). Lo que es experimentado por el observador (en sí mismo un concepto
revelador) es transpuesto a un meta-nivel. Un conocido texto adoptado por los
Reformadores, y que emana de su espíritu, llega a negar la posibilidad de que una
obra de arte sea mucho más importante que su transposición a su significado
verbal: "sus superficies apoyan las palabras, mientras que sus
profundidades están llenas solo de las palabras a las que se refieren". En
tal lienzo, "los coros cantan
desde un himnario que no muestra ni el texto ni la música de su canto, sino el
mandato bíblico que los exige cantar. Las palabras se bañan en la luz grisácea
de lo que parece un significado inútil.44
La Reforma
anticipó de varias maneras la auto-reflexividad hermética del posmodernismo,
perfectamente expresado en la infinita regresión de la autoreferenciación
contenida en algunas de las imágenes visuales que examina Koerner (cuadros que
reproducen el entorno en el que se encuentra el cuadro, y que por tanto
contienen el propio cuadro, que a su vez contiene otra representación del
entorno, que contiene una versión cada vez más reducida del cuadro, etc). Una
de las obras maestras de Cranach, comentada por Koerner, es en su auto
referencialidad, la expresión perfecta del vacío del hemisferio izquierdo y una
obra precursora del posmodernismo. Ya no hay nada que apunte más allá, a ningún
Otro, de modo que apunta inútilmente a sí mismo. Algo paradójico, para un
movimiento que comenzó como una revuelta contra estructuras aparentemente
vacías, ya que de hecho son las estructuras, no el contenido de la religión,
las que se enfocan como si fueran el contenido. Pero tal es el destino
de aquellos que insisten en lo "uno/o lo otro", en lugar de la sabiduría
de la semi-transparencia.
En contraste con
el maravilloso retablo de los
hermanos van Eyck, en Gante, La Adoración del Cordero, de 1432, Koerner
muestra en el Retablo de Múhlberg
de Góding (1568), como un ejemplo del problema de la regresión infinita, "que
se afana justo en la dirección opuesta: no hacia una presencia real y material que
tiene ante sí, sino hacia una infinitud infinitamente repetida y pospuesta”.45
Lo cual al referirse a sí mismo, no lleva a ninguna parte. Una imagen pietista
del cordero de Dios que proclama que es el cordero de Dios, "en lugar de
transportarnos de significante a significado... nos mantiene viajando entre
significantes".46 El problema aquí es que los símbolos
pictóricos son meras re-presentaciones, no presentaciones: muestran la
"caricatura" del cordero de Dios, o de Cristo, o de Dios Padre, y se
refieren taquigráficamente, no, como lo había hecho anteriormente la pintura,
encarnando en cada ejemplar maravillosamente realizado, la experiencia
misma del cordero de Dios, o de Cristo, o de Dios Padre. Los textos que los
acompañan son aún peores. Koerner vuelve a aludir a las inscripciones de
grabados - como "Yo soy el
camino", "Este es el cordero, etc." - y comenta: "obsérvese
cómo, en la propia xilografía, el "etc" grabado objetiviza la
cita".47 En mi opinión, delata una aburrida impaciencia que es
el correlato de su falta de contenido. Las frases se han convertido en
estereotipos vacíos, que no representan nada más que su propia naturaleza
verbal, apuntando a sí mismas, en lugar de ser capaces de mostrar un
significado que se encuentra en otro lugar y más allá. Las imágenes que se
permitieron en las Iglesias de la Reforma son autorreferenciales, en el sentido
de que lo que representan es lo que realmente está sucediendo en la iglesia. En
ese sentido, se vuelven redundantes: no se acercan a lo Otro, sino que
permanecen persistentemente atrapadas dentro de un sistema de signos.
Las imágenes se
vuelven explícitas, comprensibles mediante la lectura de una especie de clave, lo
que demuestra que la imagen ha sido pensada simplemente como un adorno, cuya
única función es fijar un significado más fácilmente en la mente - un
significado que podría haberse expresado mejor literalmente. Esto anticipa la
visión de la Ilustración de la metáfora como un adorno que muestra la habilidad
del autor, o que entretiene, o ayuda a llamar la atención, en lugar de ser una
parte indispensable de la comprensión. "El sacramento se convierte en
transferencia de información", escribe Koerner. "Sus elementos
materiales no transmiten algo sustancial, sino significados, y estos últimos se
transmiten de manera inmutable, independientemente de la forma que tomen".
Más tarde en el siglo XX, hemos visto a los reformadores litúrgicos adoptar una
visión en la que el "significado" es independiente de la forma, uno
de los legados más dañinos de la Reforma. Siguiendo con la idea de que el
Sacramento ha sido reducido a una transferencia de información, Koerner
continúa diciendo que la "aparentemente idea tardía de que las palabras de
Cristo necesitan ser explicadas, completa una escenografía de datos descargados
desde un soporte de almacenamiento. Incluso las palabras del Sacramento solo
cuentan si significan algo, porque todo lo demás “no tiene ningún
propósito”.48
Esta es la era
del triunfo de la palabra escrita, y las palabras realmente adquieren el
estatus de cosas. (Recuerdo la sabia advertencia de Sam Johnson de que
"las palabras son las hijas de la tierra", mientras que "las
cosas son las hijas del cielo"). "En la cultura protestante",
escribe Koerner, "las palabras
adquirieron el status de objetos a
través de su agresiva inscripción material". Un compendio de
proverbios reconfortantes se compone en su mayoría de "aforismos sobre
aforismos".49 Es fascinante que la forma de transmitir el
significado sea aparentemente, repitiendo las palabras sin cesar, haciéndolas
entrar cada vez más en el terreno de lo excesivamente familiar, de nuevo el
dominio del hemisferio izquierdo. Por ejemplo, las palabras Verbum Domini manet in aeternum ("la
palabra del Señor perdurará para siempre" - otro elemento más de auto
referencialidad) se volvieron tan familiares que se redujeron al acrónimo
VDMIE. (Téngase en cuenta que los acrónimos comienzan con la burocracia romana
(por ejemplo, SPQR) y son, yo diría, un sello distintivo de la mente
burocrática - sino miren los entornos oficiales modernos.) Las letras VDMIE
fueron adornadas y reproducidas sin fin, convirtiéndose en última instancia, a
pesar de los reformadores, en un instrumento totémico, apotropaico, un talismán
con el status de un ídolo, ya que la palabra cosificada en su forma abreviada
se convierte en la única "cosa" disponible a lo que lo sagrado se
puede asociar. Como dice Koerner, "una vez materializadas para su
exhibición, las palabras se convierten en objetos de acción ritual"; un
punto también mencionado por Kriss-Rettenbeck: "la palabra se congela en
un ídolo".50 Yo diría
que las abreviaturas, como la impaciente reducción a "etc" ("el
cordero de Dios, etc."), delatan el aburrimiento y la vacuidad ultima que adquieren
los significantes que se refieren solo a ellos mismos, que se han adentrado en
el reino de lo inauténtico a través del exceso de familiaridad.
Las imágenes
fueron desfiguradas, a menudo reemplazadas por tablones con textos escritos y,
en ocasiones incluso sobrescritas: una expresión concreta del triunfo del
lenguaje. Para un tipo de mirada desvinculante, el ritual del catolicismo, carentes
de discurso, cultivando más bien lo que tiene que permanecer impreciso,
implícito, pero ricamente metafórico, se convirtió en algo "sin sentido e
indescifrable".51 "Los destructores de imágenes declaran
sin cesar que las imágenes no pueden hablar": su fallo es su silencio. Ellas
no emplean palabras.52
Estas diferentes
formas de ver el mundo – la "proclamación" de la palabra frente a la
"manifestación" de lo divino - están alineadas con las diferencias de
los hemisferios. Tal como evidenció Ricoeur, el "surgimiento de la palabra
desde lo numinoso es. . . el rasgo primordial" y es lo que diferencia la
proclamación de la manifestación.53 Por "surgimiento de la
palabra desde lo numinoso" léase el triunfo del hemisferio izquierdo sobre
el derecho.
En ese momento,
según Koerner, las imágenes se convierten en "arte", desplazadas de
su contexto vivo en el culto, a un contexto artificial donde pueden ser admisibles
y seguras, acotadas con marcos a alrededor de ellas (a menudo las imágenes
tenían que ser literalmente reenmarcadas para ponerlas a salvo de los iconoclastas).
Los contextos nos
aportan significados a partir de la totalidad de nuestro ser y nuestra vida, no
solo a partir de las estructuras teóricas e intelectuales explícitas que están
potencialmente bajo control. Los hambrientos de poder siempre intentaran
sustituir la comprensión intuitiva por la explicita. La comprensión intuitiva
no está bajo control y, por lo tanto, no es fiable para aquellos que desean
manipular y dominar la forma en que pensamos; para ellos es vital erradicar
tales contextos, con sus poderosos significados ocultos que se han acumulado a
través de milenios de experiencia. En términos del conflicto que constituye el
tema de este libro, el hemisferio izquierdo, sede de la voluntad de poder,
necesita destruir la capacidad potencial
de influencia del hemisferio derecho a través de lo que está implícito y es
contextual. De ahí que los calvinistas emprendieran un borramiento del pasado,
que implicó la destrucción de todo lo que alimentase el recuerdo de cómo habían
sido las cosas anteriormente - una especie de Revolución Roja, "que no dejase nada en la iglesia de lo que quede
algún recuerdo".54
El cuerpo es el
último contexto refractario de experiencia. Hubo una aversión a la
representación del cuerpo de Cristo y de su sufrimiento corporal, que se
consideraba que no mostraba nada de importancia. Aquí opera un maniqueísmo que
rechaza el cuerpo: "Cristo dice que su propia carne de nada sirve, sino
que es el espíritu lo que es y da vida".55 Esto se relaciona con la pérdida más generalizada
de la naturaleza encarnada de la metáfora como una totalidad, y su sustitución
por el símil: durante la celebración de la Eucaristía "este es mi
cuerpo" se convierte en "esto
significa (es como) mi cuerpo". Pero hay
otra razón para rechazar el cuerpo: se lo equipara con lo transitorio, con
"la corrupción terrenal", mientras que la palabra se equipara con la
inmutabilidad imperecedera, que es a su vez cómo se contempla ahora lo divino.
Además empiezan a
aparecer otros fenómenos de interés. El rechazo del cuerpo y de la existencia
encarnada en un mundo físico, en favor de un reino invisible y desencarnado de
la mente, que naturalmente facilita la aplicación de reglas generales. En otras
palabras, la abstracción facilita la generalización. Tanto el alejamiento del
cuerpo como la búsqueda y el desarrollo de reglas generales son aspectos
fundamentales del mundo que ofrece el hemisferio izquierdo y que se refuerzan
mutuamente. Los reformadores querían acabar con las manifestaciones concretas
de lo sagrado en cualquier lugar u objeto. Siendo la iglesia invisible la única
que tenía una realidad, la iglesia existía literalmente en todas partes, y las
iglesias reales se volvieron mucho menos significativas: cualquier lugar era
tan bueno como cualquier otro para celebrar un oficio religioso. La fuerza de
esto era que cada lugar era tan sagrado como cualquier otro, siempre y cuando
la palabra de Dios pudiera ser proclamada allí, lo que por definición se podía.
Pero lo sagrado, como todas las demás cualidades, depende de que se haga una
cierta distinción. En un sentido importante, si todo y todas las cosas son
sagradas, entonces nada y ningún lugar es sagrado. Una vez liberados de tener
que considerar las cualidades reales de cosas, lugares y personas existentes,
las ideas pueden aplicarse de manera general; pero el plano de interacción
entre el mundo de las ideas y el mundo de las cosas que representan se
convierte por la misma razón, en algo "sin fricción", los engranajes de
las palabras pierden su agarre, y giran inútilmente, sin fuerza para mover nada
en el mundo en el que realmente vivimos. Una evolución muy similar se produjo
en el siglo XX, cuando el repliegue del arte al ámbito de las ideas, a los
conceptos, permitió que se convirtiera en lugar común, que "todo es
arte"; o que bien considerado, todo es tan bello como todo lo demás, con
la consecuencia inevitable de que el significado del arte y el significado de
la belleza se erosionaron, y se ha convertido casi en un solecismo, visto entonces
como una traición por falta de una comprensión sofisticada (es decir, la del
hemisferio izquierdo), para cuestionar las obras de arte según tales criterios.
He enfatizado la
inclinación del hemisferio izquierdo hacia la división en oposición a la
aprehensión de la unión que hace el hemisferio derecho. Pero hay dos tipos de
división y dos tipos de unión. En la Parte I, hice una distinción, que es
fundamental para la tesis de este libro, entre dos formas de ver las
“partes" y los "agregados". En la visión del hemisferio
izquierdo, existe en un nivel, la parte o el fragmento, y, en otro, la
abstracción generalizadora, el agregado a partir de las partes. En la visión
del hemisferio derecho, está la entidad individual en toda su distintividad, en
un nivel, y el todo al que pertenece, en otro. En otras palabras, se trata de la
capacidad particular del hemisferio derecho tanto para presentar totalidades como
para tratar particularidades: y estas no son funciones contradictorias. Mientras,
que la capacidad particular del hemisferio izquierdo es la de inferir
generalidades, pero las generalidades no tienen nada que ver con las
totalidades; ellas de hecho, necesariamente se construyen a partir de partes,
aspectos, fragmentos, de cosas existentes - cosas que, en su total mismidad,
individualidad o haecceitas, nunca
podrían haber sido generalizadas. Cada entidad existente se crea, solo a través
de sus límites, debido a las distinciones: Lo que quizás sea la razón por la
que el Libro del Génesis habla de Dios creando el mundo mediante
la división - la tierra de los cielos, el mar de la tierra seca, la
noche del día, y así sucesivamente. El impulso hacia la separación y la
distinción da lugar a que cosas individuales se hagan realidad. En contraste,
el impulso hacia la generalización, con su efectiva "democratización"
de su objeto (de lo sagrado, del arte, de lo bello), tiene el efecto de
destruir dicho objeto como fuerza viviente.
Koerner llama la
atención sobre la categorización burocrática que surge en la Iglesia Luterana.
Y, tal como subrayó Max Weber, en sus reiterados análisis de la relación entre
protestantismo, capitalismo y burocratización, la burocratización (y la
categorización, con la que está tan estrechamente relacionada) es un
instrumento de poder. Y lo que quizás es más importante aún, el hecho de que el
protestantismo sea una manifestación de la cognición del hemisferio izquierdo
está - aunque sus autodescripciones conscientes lo nieguen - en sí mismo
inevitablemente vinculado con la voluntad de poder, ya que esa es la aspiración
del hemisferio izquierdo. Burocratización y capitalismo, aunque no
necesariamente sean los mejores compañeros de cama, y en ocasiones estén tal
vez en conflicto, son cada uno manifestaciones de la voluntad de poder y cada
uno está vinculado al protestantismo. Weber sostuvo que la estructura cognitiva
del protestantismo estaba estrechamente asociada con el capitalismo: ambas
implican un énfasis exagerado en el interés individual y un desprecio de lo que
podría llamarse "comunión". El énfasis en la agencia individual se
manifiesta inevitablemente, como lo ha sugerido David Bakan, en la
autoprotección, la autoafirmación y la autoexpansión, mientras que la comunión
se manifiesta en el sentido de ser uno con los demás. "la agencia",
escribe, "se manifiesta en el aislamiento, la alienación y la soledad: la
comunión en el contacto, la apertura y la unión. La agencia se manifiesta en el
impulso de dominar: la comunión en la cooperación no-contractual".56 El éxito en términos materiales se
convirtió, bajo el protestantismo, en un signo de valor espiritual, en la
recompensa de Dios a sus fieles.
Tal como
reconocía Weber, el capitalismo moderno es antitradicional - desesperado, como
la burocratización, por acabar con el pasado. La tradición es simplemente la
sabiduría encarnada de las generaciones anteriores. Debe cambiar, ya que todas
las cosas sujetas al ámbito del hemisferio derecho cambian, se desarrollan y
evolucionan, pero debe hacerlo de manera orgánica: no es prudente rechazarlo o
desarraigarlo por completo y por principio. Pero para el hemisferio izquierdo,
la tradición representa un desafío a su osado plan para tomar el control, ahora,
en aras de la salvación tal como él lo concibe.
Al eliminar los
lugares sagrados y prescindir efectivamente de la dimensión de lo sagrado,
erosionó el poder de los príncipes de la Iglesia, pero ayudó a reforzar el
poder del estado laico. La capacidad de la religión para cristalizar
estructuras de poder y obediencia se alió pronto, bajo los reformadores, con el
poder del estado. "Los centros sagrados dieron paso a los centros de
atención", escribe Koerner, refiriéndose a la disposición física del
interior de las nuevas iglesias, donde el foco ya no se sitúa en el altar, sino
en el púlpito. La asamblea luterana, a pesar de su énfasis en la palabra,
"controlaba el campo visual con más rigor" de lo que la Iglesia
católica romana había hecho nunca.57 Su énfasis en el castigo por
apartarse de la ley moral, y su control panóptico del pueblo, se reflejan en la
posición destacada del púlpito, el lugar donde se difunde la ley moral, a
menudo situado a una altura de vértigo sobre las cabezas de las masas, cerca
del techo de la iglesia, muy por encima del altar, con gradas de asientos para las
jerarquías seculares en las galerías del siguiente nivel inferior, y cada nivel
situada muy por encima de las cabezas del pueblo obediente, colocado en orden
geométrico en la parte más baja.
Quiero señalar
que, en esta geometría de las iglesias de la Reforma, la disposición ordenada del
pueblo colocado en filas simétricas sobre suelos dispuestos como en papel
cuadriculado, (véase la figura 9.3) es muy reveladora del funcionamiento del
hemisferio izquierdo.58
Recordemos que,
para el hemisferio izquierdo, el espacio no es algo vivo, como lo es para el
hemisferio derecho, experimentado a través del cuerpo y articulado por inquietudes
personales, sino que es algo simétrico, medido y dispuesto de acuerdo con
medidas abstractas. Y esto es algo que quizá todos podemos reconocer por
experiencia personal: estar en una congregación sentados ordenadamente en
filas, donde uno se siente como un súbdito obediente, uno más de la masa,
mientras que estando de pie en medio de una multitud, como habría sido en las
iglesias anteriores a la Reforma, formamos parte de algo vivo, es decir, de esa
comunidad de seres humanos vivos, aquí y ahora: sintiéndonos uno con la
humanidad, no uno más de "la gente".
Fig.9.3 Sermón en el salón de la
comunidad reformada de Stein.
A esto se refiere Nietzsche, cuando
llama la atención sobre el hecho de que en las iglesias de la Reforma hay una
sola,
boca que
habla [la del predicador] y muchos oídos [la congregación]... De pie a una
distancia modesta detrás de ambos grupos, con un cierto semblante tenso de
supervisión, está el Estado, para recordar de vez en cuando que el propósito,
el objetivo y el modelo de este extraño procedimiento de hablar y escuchar es…
el procedimiento
de la religión de la Reforma.59
La atención se concentra en la inmovilidad
y la fijeza. Mientras que la Iglesia Romana alentó e incorporó el movimiento,
el caminar y el procesionar, las sillas de la nueva Iglesia son en todas partes
la característica más visible del interior de los templos de la Reforma,
imponiendo la inmovilidad y la sistematicidad, y (curiosamente, a pesar de su
retórica democrática) el orden social y la jerarquía.
Habiendo
repudiado la donación piadosa como parte de una falsa religión basada en obras,
la confesión luterana descubrió en las sillerías de la iglesia un nuevo,
lucrativo, y …continuo recurso. El deseo de la gente de distinguirse en este
mundo, sentándose por encima o por delante de su vecino financió una iglesia
que predicaba que tales distinciones no tenían importancia.60
Y Ernst Troeltsch lleva el punto más
allá, enfatizando la transferencia de poder al estado: "De este modo, el
objetivo que en el catolicismo se realizaba a través de un orden eclesiástico
directamente divino, en el luteranismo, en su forma puramente espiritualizada,
despojada de toda clase de órgano jerárquico o sacerdotal, se realizaba a
través del gobierno y la administración civil, a los cuales, sin embargo,
precisamente por esa razón, se les atribuyó una semi-divinidad".61
En lugar de, como en la antigua dispensa, todos eran iguales por
"debajo" de los ministros sacerdotales, que representaban el poder de
Dios, el pueblo de la Iglesia de la Reforma fue devuelto a las mezquinas
gradaciones de las diferencias seculares. Significativamente, uno puede ver en
la iconografía de los Reformadores representaciones de príncipes arrodillados,
no ya ante el sacerdote anónimo, sino ante un individuo humano en particular,
Lutero, donde previamente se habrían humillado ante el poder anónimo del
sacerdocio, que representa la Divinidad.62
Lo que deseo
destacar es la transición, dentro de la Reforma, de lo que inicialmente son
preocupaciones del hemisferio derecho a otros más propios del hemisferio
izquierdo: de cómo una llamada a la autenticidad y una reacción contra la
naturaleza indudablemente vacua y corrupta de algunas prácticas de la Iglesia
católica romana medieval, un intento por lo tanto de retornar de una forma de
re-presentación a la verdadera presencia del sentimiento religioso, se
convirtió rápidamente en un ulterior afianzamiento de la inautenticidad.
Por supuesto, la
Reforma no fue un fenómeno unitario: el asentamiento isabelino era muy
diferente de todo lo que había en la Ginebra de Calvino, y esta última también
difería de las circunstancias y creencias de los puritanos que se embarcaron
hacia Nueva Inglaterra. Pero a menudo hay elementos comunes, y cuando los observamos
estamos, en mi opinión, asistiendo al deslizamiento hacia el territorio del
hemisferio izquierdo. Estos elementos incluyen la preferencia por lo que es
claro y seguro sobre lo que es ambiguo o dudoso; la preferencia por lo que es
único, fijo, estático y sistematizado, sobre lo que es múltiple, fluido, móvil
y contingente; el énfasis en la palabra sobre la imagen, en el significado
literal del lenguaje sobre el significado metafórico, y la tendencia del
lenguaje a referirse a otros textos escritos o significados explícitos, en
lugar de, a través de las grietas en el lenguaje, si se puede decir así, llegar
a algo más allá, a lo Otro; la tendencia a la abstracción, junto con una
degradación del reino de lo físico; una preocupación por la re-presentación más
que por la presentación; en sus elementos más puritanos, un ataque a la música;
el intento deliberado de acabar con el pasado y la sabiduría implícita y
contextualmente modulada de una tradición, reemplazándola por un nuevo orden
racional, explícito, pero fundamentalmente secular; y un ataque a lo sagrado
que fue vehementemente extremo, y que implicó repetidos y violentos actos de
profanación.
En esencia, el principio cardinal del cristianismo, el
Verbo se hace Carne, se invierte, y la Carne se hace Palabra.
LOS COMIENZOS DE
LA ILUSTRACIÓN
" De las
opiniones de la filosofía, yo abrazo de mejor grado aquellas que son más
sólidas, es decir, más humanas", escribió Montaigne, pero:
a mi modo de
ver es bastante pueril cuando se alza sobre su pedestal, predicándonos que es
una barbaridad casar lo divino con lo terrenal, lo racional con lo irracional,
lo estricto con lo permisivo, lo honesto con lo deshonesto... De modo que bien
podemos encaramarnos en zancos, pero incluso con zancos, debemos caminar con
nuestras piernas! Y aún en el trono más elevado del mundo, seguimos sentados,
todavía, sobre nuestros traseros.63
En su clásico análisis de la
modernidad titulado, Cosmópolis, el
filósofo Stephen Toulmin, discípulo de Wittgenstein, veía dos fases distintas en
los orígenes de la Modernidad. La primera fue la de Erasmo, Rabelais, Shakespeare
y Montaigne, una fase tolerante, literaria y humanista, en la que los
horizontes se expandieron - tanto literal como metafóricamente, ya que ésta fue
la época de los exploradores, con la fascinación por otros pueblos y sus
costumbres, deleitándose en las diferencias. La segunda, una fase científica y
filosófica, cree que le dio la espalda a la fase anterior, en términos de más
rigidez y dogmatismo: "hay buenos precedentes para defender que en el
siglo XVII se vio una inversión de los valores del Renacimiento".64 Se
podría pensar, por ejemplo, en la versión ofrecida de la disputa de Galileo con
la Iglesia - una pieza de hagiografía que se ajusta al dogma de nuestra época,
en la que Galileo debía de ser el paladín de la razón frente a la intolerancia
irracional por parte de la Iglesia. Aunque de hecho, sus ideas no fueron
rechazadas ni por el Papa ni por sus cardenales, quienes le hicieron saber que
admiraban su trabajo y, de no haber sido por la personalidad de Galileo, no se
habría encontrado bajo arresto domiciliario, lo que le condujo a su
canonización en las crónicas de la ciencia. Tal como señala Toulmin, la Iglesia
terminó volviéndose menos tolerante, pero esto ocurrió durante la
Contrarreforma, una reacción a los excesos de la Reforma, en un momento en que,
como él mismo lo demuestra ampliamente, la filosofía y la ciencia también se
volvieron más inflexibles y doctrinarias.
Según Toulmin,
hubo un estrechamiento, no una expansión, de las inquietudes, a medida que se
pasaba del siglo XVI al XVII, del mundo de Pantagruel
al del Progreso del Peregrino, de
Shakespeare a Racine, de Montaigne a Descartes - un "estrechamiento en el
foco de las preocupaciones, y un cierre de los horizontes intelectuales". El
propio concepto de razón se hizo más estrecho, ya no respetaba el contexto,
como Aristóteles había insistido, cuando sostuvo que lo razonable en la
medicina clínica era diferente de lo que era lógico en la teoría geométrica.65
Una teoría universal, atemporal, se convirtió en el único tema verdadero de la
filosofía: las generalizaciones abstractas y las reglas de perfección
sustituyeron a la aceptación de la eventualidad de la diferencia. Toulmin
identifica durante este período un desplazamiento del modo oral recíproco al
modo escrito, fijo y unidireccional, de lo local y particular a lo general, de
lo concreto a lo abstracto, de lo práctico a lo teórico, de lo dependiente del
tiempo y transitorio a lo intemporal y permanente: en cada caso en el que ambos
hemisferios se habían mantenido previamente en equilibrio (hemisferio derecho
con izquierdo) solo el segundo se volvía aceptable.66 Pero, como
dijo Aristóteles, "lo blanco por largo tiempo no es por eso más blanco,
que lo blanco por un día".67
Algo también le
estaba sucediendo al propio yo. El siglo XVI fue la época de la autobiografía y
el autorretrato, de la voz de Montaigne y de las reflexiones autoconscientes de
Durero: de hecho, Montaigne, al tomarse a sí mismo como su propio sujeto,
estaba pensando conscientemente en un retrato.68 También fue el período en el que los
espejos se convirtieron en una parte común de la vida doméstica. Esta autoconsciencia
no equivale (todavía) a la objetivación del yo, sino al logro, más bien, de una
"distancia necesaria", que potencia la comprensión del yo como parte
de un mundo compartido con otros seres afines. "Pocos son más conscientes
del poder de la imaginación que yo soy", escribió Montaigne,
todo el mundo
siente su fuerza, pero a algunos les sobrecoge. Me causa una impresión tan
intensa que prefiero evitarla por completo antes que intentar resistirme... la
mera visión del dolor de otra persona me causa un verdadero dolor, y mi cuerpo
a menudo adopta las mismas sensaciones que la persona con la que estoy. Una tos
constante de otra persona me irrita los pulmones y la garganta. Estoy más
reacio a visitar a aquellos a quienes amo y que estoy obligado a cuidar, cuando
están enfermos, que a los que me importan menos y significan menos para mí.
Adopto su dolencia la que me preocupa, y la hago mía.69
Así que aquí le encontramos comentando,
más de 400 años antes de que se realizaran investigaciones, lo que ya sabemos
sobre la empatía y la mimesis. Y él era su propio sujeto experimental. Empático
como era, se veía a sí mismo con cierto distanciamiento.
Esta relación
óptima del yo con los demás, y la distancia optima de uno mismo para lograrla, aparece
plasmada en los textos de muchos autores del Renacimiento, pero conforme pasa el
tiempo, se puede notar que está bajo una tensión. Donne tiene algunos pasajes
fascinantes, tanto en sus poemas como en sus Meditaciones, sobre los ojos y la autoexploración; sobre el hecho
de verse uno mismo reflejado en los ojos de los demás. Al igual que la
novelista, Fanny Burney, que temblaba
más al ver la expresión de horror en los ojos de su cirujano mientras la operaba
de su pecho canceroso que con su propio dolor, Donne describe en su enfermedad
terminal, cómo él se conoce a sí mismo primero a través del rostro de su
médico:
Observo al
médico con la misma diligencia que él a mi enfermedad; veo sus temores, y tengo
miedo con él; lo aventajo, lo rebaso, en su temor, y cuanto más despacio actúa,
más me acelero yo; temo más, porque disimula su miedo, y lo veo con más
agudeza, ya que él no querría que yo lo viera.70
A medida que avanza la enfermedad,
escribe que "ellos me han
observado y auscultado, me han encausado en estos grilletes y recibido las
pruebas; han troceado mi propia anatomía, me han diseccionado, y han procedido
a leer en mí…".71 Muchos de sus poemas implican la
presunción de los ojos y el autoconocimiento. En ellos, Donne juega con un
sentido más literal, en el que se puede decir que ve su propia imagen en el ojo
de la amada, el sentido en el que Platón decía que uno veía allí a su alma: la
palabra "pupila" proviene del latín pupilla, muñeca, que se refiere a la diminuta
imagen invertida de uno mismo que se ve reflejada en el ojo del otro. En Hechicería en un retrato, Donne no solo
se ve a sí mismo "ardiendo" en el ojo de su amante, sino también “Mi
imagen ahogada en una lágrima transparente, / Cuando miro hacia abajo, la espío..." Él la reprende imaginariamente por evocar su
imagen para matarla, pero luego cede:
Pero ahora he bebido tus dulces lágrimas
de sal, Y
aunque viertas más, me iré; Mi
imagen desvanecida, desvanecerá mis temores A
que pueda ser dañado por ese arte; Aunque
me retengas…. Una
imagen más, todavía eso seré, alojada en tu propio corazón, libre
de toda maleficio.
Sus
poemas sugieren la precariedad de mantener a los hemisferios trabajando juntos.
Creo que a lo que se refería Eliot en su famosa formulación de la sensibilidad
unificada de los poetas metafísicos, así como a su posterior "disociación"
en el siglo XVII, era a la capacidad de reunir ambos mundos hemisféricos
divergentes, aunque creo que estaba equivocado al suponer que los poetas metafísicos
eran parte de la "unificación".72 La relación fue más compleja. Eliot compara en
otro momento el significado analítico de un poema con la carne que el ladrón
arroja al perro mientras asalta a la casa.73 La auto-observación de
Donne, ciertamente le hizo muy consciente de las formas en que la atención
se puede dividir:74 y él mismo nos anima a prestar atención de más
de una manera, burlando y analizando al mismo tiempo con una mitad de nuestra
mente, mientras que evocamos algo completamente asombroso en otro nivel muy
diferente. Así, en La Reliquia, un
poema en el que imagina que abren su tumba y "quien la excava" ve la
muestra de su amor, en un "brazalete de hilos brillantes alrededor de los
huesos", Donne nos engaña con juegos verbales y conceptuales sobre la
religión del amor, hasta que al final de la composición parece alejarse hacia
otro reino:
Pero ahora, por desgracia, ay de mi Toda medida, y todo lenguaje, debería
abandonar, ¿Debería decir qué fue una milagrosa gema?
Y con esto el
poema se interrumpe.
El hecho mismo de que Donne y sus contemporáneos
fueran tan conscientes de dos aspectos de la experiencia que debían unirse fue
una señal de que la "disociación" ya estaba establecida, aunque en
algunas partes de sus mejores poemas, Donne es capaz de lograr una síntesis. En
sus mejores poemas consigue mantener una conciencia de sí mismo cada vez mayor
y, al tiempo respetar la importancia de lo que debe permanecer implícito,
sutil, indirecto, incluso oculto, si no se quiere perder en su totalidad. Al
final, sus poemas demuestran, al igual que la música de J.S. Bach, que, en ese
momento de la historia, todavía era posible desgajar levemente partes del todo
sin perder la Gestalt - en el caso de Donne, sin embargo, a veces solo por un poco.
Y ellos eran
conscientes de ello. No es solo, tal como aparece en Hamlet que "los
tiempos están desquiciados” o como en el gran discurso de Ulises, en "Troilo
y Cresida" (Acto 1, escena 3): "Quitadle el rango, desafinad esa
cuerda, / Y ya veréis cuanta discordia surge..." Es en Donne, también:
Igual que la humanidad, así está el
entramado del mundo entero bastante fuera de armonía...
Y los hombres
confiesan libremente que este mundo está acabado, Mientras en los planetas, y en el firmamento Ellos buscan tantas cosas nuevas; ven que
este una vez más está desmenuzado en su Átomos. "Está todo en pedazos, toda la
coherencia se ha perdido; Toda provisión justa, y toda relación: Príncipe, súbdito, padre, hijo, son cosas
olvidadas, porque
cada uno de los hombres cree que ha de ser un Fénix, y que no puede haber Nadie de esa misma condición, de la que él
es, salvo él. Esta es la condición de los mundos ahora...
Si
bien Shakespeare y Donne habrían tenido inevitablemente en mente las convulsiones
políticas y religiosas de la época, seguramente intuyeron algo mucho más grande
que eso, un tipo diferente de juego de poder. Lamentan la pérdida de la
relación de la parte con el todo, del individuo con la comunidad, del contexto,
del cosmos al que pertenece cada alma - cada una de las cuales está ahora aislada.
Se ha perdido la armonía ("cada cosa se encuentra en mera oposición", en la frase de Ulises), el todo se ha
convertido en un montón de fragmentos y piezas ("desmenuzado de nuevo
hasta sus átomos"). Y, tal como Ulises nos recuerda, esto solo puede tener
un final;
Entonces cada cosa se convertirá en
poder, El poder en voluntad, la voluntad en
apetito, Y el apetito, en un lobo universal. (Así doblemente secundado con la voluntad y
el poder), Deben hacer forzosamente una presa
universal, Y al final se devorará a sí mismo.
Según
Peter Hacker "La revolución científica solo se aceleró a principios del
siglo XVII, una vez terminado el florecimiento del Renacimiento".75 Esto ciertamente encajaría con la publicación
del Diálogo por Galileo en 1632. Pero
el espíritu deriva del que había en el Renacimiento y del respeto por el mundo
natural. El cambio hacia la observación fenoménica condujo al florecimiento no
solo de las artes, sino también de las ciencias que por entonces, y esto es
relevante, aún no estaban diferenciadas de ellas.
La defensa por
parte de Francis Bacon del método empírico fue un factor importante en la
revolución científica. Sin duda, fue un investigador de muchas cosas (según
Aubrey, murió tratando de obtener el primer pollo congelado del mundo), aunque
algunos comentaristas recientes han confundido el espíritu con el que llevó a
cabo sus investigaciones. Es cierto que acuñó la frase "el conocimiento es
poder", que vista en retrospectiva, muestra signos de cosas menos felices
por venir, pero a menudo se olvida que el contexto en el que escribió esas
palabras era en realidad el de la presciencia de Dios sobre el mundo que había
creado, y por lo tanto, solo los seres humanos podían aplicarlo al conocimiento
que tenemos de nuestras propias creaciones (máquinas) - nunca a la Naturaleza
misma.76 Se ha hecho habitual la idea de que Bacon abogaba por poner
a la Naturaleza (personificada según la convención en una mujer) en el potro de
la tortura. Si bien hay algo en el lenguaje de Bacon que sugiere el forzamiento
de la naturaleza a renunciar a sus secretos a regañadientes, en ninguna parte
dice que se la debe torturar o ponerla en el potro de tortura, una idea que
parece provenir de un comentario casual de Leibniz en una carta a un colega, y
que fue perpetuada por Ernst Cassirer.77 Lo que Bacon dice, en otras
palabras, es que aprendemos más al restringir las condiciones bajo las
cuales hacemos nuestras observaciones, mediante experimentos cuidadosamente
diseñados, que lo que podemos aprender a partir de la observación casual de la
naturaleza sin ninguna restricción – lo que supone un reconocimiento de la
frase de Heráclito, "La
naturaleza ama ocultarse". Él
fue profundamente respetuoso con la Naturaleza, y escribió que "La naturaleza más que ser ordenada debe ser
obedecida... La sutileza de la Naturaleza es muchas veces mayor que la sutileza
de los sentidos y su comprensión".78
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que
Descartes, ciertamente, dijera, con un espíritu muy diferente, que la ciencia
nos convertirá en "los señores y amos de la naturaleza".79 Y
así desapareció el cuidadoso reconocimiento de Bacon de que, si bien es
esencial observar con atención la Naturaleza, ella es muchas veces más sutil
que nuestros sentidos o nuestra comprensión. Si Descartes hubiera observado esa
advertencia, nunca hubiera cometido el error fatal de creer "que puedo considerar
como regla general que todas las cosas que concebimos clara y distintamente son
todas verdaderas".80 Esa fue la falacia que hizo descarrilar
los próximos tres siglos del pensamiento Occidental.
CONCLUSIÓN
En esta revisión, necesariamente somera,
de un vasto tema, he tratado de centrarme en los elementos que indican cambios
en nuestra experiencia y comprensión del mundo que tienen un significado en
términos de la discriminación de los hemisferios. Una vez más, no se encuentra,
un patrón puramente aleatorio, que sugiera que no hay correlación con las
diferencias hemisféricas. Una vez más, creo, que en las primeras fases de este
movimiento (o como quiera que se lo considere) de la historia de las ideas que denominamos
Renacimiento, se observa un equilibrio fructífero en la relación de los
hemisferios. Esto contribuyó a dar lugar a los logros renacentistas por
excelencia, el de la perspectiva, tanto en la profundidad espacial como en el
tiempo histórico y personal, y el de la concepción del individuo. Sin embargo,
en su mayor parte, los cambios que ocurrieron en torno a este período sugieren
la relevancia del mundo del hemisferio derecho. Una de las características definitorias
del Renacimiento fue la apertura de los ojos a la experiencia, inicialmente una
experiencia casi exclusivamente personal, en lugar de a lo que se "sabía",
es decir, a las enseñanzas de la teoría escolástica y a las opiniones recibidas.
Hay un correspondiente respeto por la esencialidad de las cosas y las personas
individuales, en lugar de que sean vistas como elementos de una categoría. Hubo
una imitación fiel del mundo natural y una atención especial al mismo, y a lo
que otras personas en otros tiempos pudieron haber pensado o conocido, y esta
amplitud de intereses, así como la insistencia en la interconexión de las cosas
y la relevancia de un contexto lo más amplio posible, es lo que habla de nuevo
del mundo del hemisferio derecho. Esto también incluyó al cuerpo y al alma por
igual e inseparablemente como el contexto de todos los seres vivos. En su
respeto por el cuerpo como algo más que una cosa, y como parte integral de la
persona en su totalidad; en su rehabilitación de los sentidos, en su énfasis en
la profundidad espacial y en el tiempo como algo vivo, con el hombre
convirtiéndose en un "ser hacia la muerte"; en el reavivamiento de la
empatía en las artes, incluido el teatro, y una preocupación por el poder
expresivo del rostro humano en particular, en el retrato que domina las artes
visuales de la época; en el sentido del yo como individual, aunque integrado
por vínculos morales y emocionales con la sociedad; en la recién descubierta
expresividad de todas las artes; en el auge de la polifonía, con la importancia
de la melodía, la armonía y la relación de las partes con el todo; en el auge
del ingenio y el pathos, y el énfasis predominante en los vínculos entre
la sabiduría y la melancolía; en su atracción por los ejemplos, más que por las
categorías; en su capacidad de aceptar la coniunctio
opositorum, y saborear las emociones encontradas y la confluencia
de ideas muy dispares; en su énfasis en la importancia de lo que debe
permanecer implícito, en las habilidades innatas e intuidas (así como en el
artista como un ser semidivino), y en el mundo como algo que nunca es solo lo
que "parece" ser, sino que apunta más allá a algún Otro, un mundo
semitransparente, preñado de mitos y metáforas, en todos estos aspectos, me
parece que el Renacimiento comenzó con una enorme expansión de la forma de estar
del hemisferio derecho en el mundo, en el que inicialmente, se integra, el
trabajo del hemisferio izquierdo. Y es esto lo que explica la asombrosa
fertilidad y riqueza de este período, así como la notable amplitud de intereses,
hasta hoy celebradas bajo el concepto de hombre del Renacimiento.
Sin embargo, a
medida que el Renacimiento avanzaba, se hacía evidente, un desplazamiento gradual
del énfasis desde el modo de ser del hemisferio derecho hacia la visión del
hemisferio izquierdo, en la que aparece una individualidad más atomizada,
caracterizada por la ambición y la competitividad, que se hace más prominente;
y donde la originalidad pasa a significar no una posibilidad creativa, sino el
derecho al "libre pensamiento", la forma de deshacerse de los
grilletes del pasado y sus tradiciones, que ya no se consideran una fuente
inagotable de sabiduría, sino tiránicas, supersticiosas e irracionales -
y, por lo tanto, erróneas. Esto se
convierte en la base del movimiento arrogante que llegó a denominarse como la
Ilustración.
CAPITULO 10.
LA ILUSTRACIÓN
La Ilustración es, por supuesto, la edad
de la razón. Este término, tan evocador de claridad, simplicidad y armonía,
genera de entrada confusión, complejidad y contradicción. "Racional y racionalidad, razón y Razón, siguen siendo conceptos muy controvertidos, que
despiertan discrepancias en quienes los usan incluso sobre la naturaleza de su
desacuerdo", escribió el filósofo Max Black.1 Una
distinción principal subyace sobre todas las demás; es una distinción que ha
sido entendida y expresada a través del lenguaje desde la Antigüedad, y que por
lo tanto es probable que tenga un sustrato en el mundo vivo. Se trata de la
distinción entre, por un lado, el término griego nous (o noos), en latín intellectus, en alemán Vernunft, en español razón, (vinculada al sentido común - sensus communis, en el sentido
de Vico más que en él de Kant) y, por otra parte, el término griego logos/dianoia, en latín ratio,
en alemán Verstand, y en español
racionalidad. La primera de estas acepciones - flexible, resistente a una
formulación fija, está moldeada por la experiencia, e implica a todo ser
viviente - es afín al funcionamiento del hemisferio derecho; la segunda - más
rígida, enrarecida, mecánica, gobernada por leyes explícitas - está relacionada
con el hemisferio izquierdo.
La primera, la
que tiene significado en el hemisferio derecho, era tradicionalmente
considerada como una facultad superior. Hay varias razones para ello. Para
empezar, el edificio de la racionalidad (logos),
la clase de razón propia del hemisferio izquierdo, se vio debilitado por el
reconocimiento de que (contraviniendo el principio de coherencia) tanto una
cosa como su contraria podían ser ambas verdaderas. Este problema ataca la raíz
misma del logos. A pesar de que es constitutivo de la ciencia y de gran
parte de la filosofía, por estar basada en la argumentación y la aportación de
pruebas, no puede constituirse - ni fundamentarse - en sí misma según sus
propios principios de demostración y argumentación. El valor de la
racionalidad, así como las premisas de las que pueda partir, tienen que ser
intuidas: ninguna de ellas puede derivarse de la racionalidad misma. Todo lo
que la racionalidad puede hacer es proporcionar una coherencia interna una vez
que el sistema está en marcha. Derivar premisas más profundas sólo pospone aún
más la cuestión última, y conduce a una regresión infinita; al final se vuelve
a un acto de fe intuitivo, regido por la razón (nous). El logos representa, al igual que el hemisferio izquierdo, un sistema
cerrado que no puede salir fuera de sí mismo para llegar a lo que sea que
existe fuera de él. Según Platón, nous (la
razón en contraposición a la racionalidad) se caracteriza por la intuición, y
según Aristóteles es nous el que
capta los principios primordiales a través de la inducción. Así pues, la
primacía de la razón (hemisferio derecho) se debe al hecho de que la
racionalidad (hemisferio izquierdo) se fundamenta en ella. Una vez más el
hemisferio derecho es anterior al izquierdo.
Comúnmente se ha
sostenido que Kant invirtió estas prioridades. A primera vista, esto parecería
ser así, ya que para él Verstand (la racionalidad)
juega un papel constitutivo, y por tanto primario, mientras que Vernunft (la razón) desempeña un papel
regulador, una vez que Verstand ha
hecho su trabajo. Según esta formulación, la racionalidad vendría primero, y la
razón actúa después sobre lo que la racionalidad ofrece, para decidir cómo
utilizar e interpretar estos productos de la racionalidad. Sin embargo, no creo
que la formulación de Kant represente tanto una inversión como una ampliación.
Había algo que faltaba en la concepción clásica anterior en la cual la razón es
el fundamento de la racionalidad, y era la necesidad de que la racionalidad
devuelva de nuevo a la razón los frutos de sus operaciones. En efecto, la razón
es necesaria para dar una base intuitiva e inductiva a la racionalidad, pero la
racionalidad necesita a su vez someter al final sus actuaciones al juicio de la
razón (para que ejerza el papel regulador que menciona Kant). Así pues, no es
que A (razón) -> B (racionalidad), sino que A (razón) -> B (racionalidad)
–> A (razón) de nuevo. Esto refleja el proceso que he sugerido que permite
que los hemisferios trabajen co-operativamente: el hemisferio derecho entrega
algo al hemisferio izquierdo, que luego el hemisferio izquierdo despliega y
devuelve al hemisferio derecho en una forma mejorada. La posición clásica,
pre-kantiana, se centró en la primera parte del proceso: A (razón) -> B
(racionalidad), por lo que la razón es el fundamento de la racionalidad. Mi
lectura de Kant es que fue su percepción de la importancia de la segunda parte
de esta disposición tripartita, es decir, que B (racionalidad) -> A (razón),
o lo que es lo mismo, que los productos de la racionalidad deben estar sujetos
a la razón, lo que ha llevado a percibirlo como una inversión, aunque sería
mejor verlo como una extensión de la formulación original.
La razón depende
de ver las cosas en su contexto, una facultad del hemisferio derecho, mientras
que la racionalidad es un rasgo típicamente del hemisferio izquierdo en el
sentido de que es independiente del contexto, y ejemplifica la
intercambiabilidad que se deriva de la abstracción y la categorización.
Cualquier secuencia puramente racional podría en teoría ser abstraída del
contexto de una mente individual e "insertarse" en cualquier otra
mente tal cual; al estar basada en reglas, podría ser enseñada en el sentido
estricto de esa palabra, mientras que lo razonable (la razón) no puede en este
sentido ser enseñado, sino que tiene que surgir a partir de la experiencia de
cada individuo, y está encarnada en esa persona junto con todos sus
sentimientos, creencias, valores y juicios. La racionalidad puede ser una parte
importante de la razón, pero sólo una parte. La razón (lo razonable) trata de
mantener en equilibrio elementos a veces incompatibles, una capacidad del
hemisferio derecho que había sido muy apreciada entre los eruditos humanistas
del Renacimiento. La racionalidad impone a la vida un "lo uno, o lo
otro" lo que dista mucho de ser razonable.
La Ilustración
es, a pesar de su amor a la unidad, un fenómeno de lo más contradictorio: se
podría decir con justicia que fue el mejor y el peor de los tiempos. Los más
altos logros de la Ilustración, aquellos por los que la cultura del siglo XVIII
es ampliamente admirada, expresan la armonía y el equilibrio, a menudo
acompañados de una aceptación irónica, pero tolerante, de la fragilidad humana,
que creo, marcan un punto álgido en la cooperación entre los hemisferios
derecho e izquierdo, en mis términos el hemisferio izquierdo entregando de
vuelta sus resultados al hemisferio derecho. Pero en los fundamentos del
pensamiento de la Ilustración hay preceptos que están destinados a conducir finalmente
a una perspectiva menos flexible y humana, la del hemisferio izquierdo únicamente.
Pensemos, no en la razón, sino en la metáfora. La
comprensión metafórica mantiene una estrecha relación con la razón, lo que
parece paradójico sólo porque hemos heredado una visión de la metáfora de la
Ilustración: a saber, que o bien es indirectamente literal, y puede reducirse
al lenguaje literal "propiamente” dicho, o bien es un adorno puramente
fantasioso, y por lo tanto irrelevante para el significado y el pensamiento
racional, al que de hecho amenaza con perturbar. Se considera un recurso
lingüístico, no un vehículo de pensamiento. Lo que comparten la visión
literalista y la visión anti-literalista es que, en última instancia, la
metáfora no tiene nada que ver directamente con la verdad. O bien es
simplemente otra forma de enunciar la verdad literal o bien socava cualquier
pretensión de la verdad. Pero como Lakoff y Johnson han demostrado, "la metáfora es fundamentalmente una
cuestión de pensamiento, no sólo de palabras".2 La
pérdida de la metáfora es una pérdida de contenido cognitivo.3 El
pensamiento no puede estar separado de nuestra existencia corporal, de la cual
surgen todas las metáforas.
DESCARTES Y LA
LOCURA
El filósofo más influyente de la
Ilustración, René Descartes, es famoso por intentar demostrar precisamente lo
contrario. Consideraba que el cuerpo, los sentidos y la imaginación podían
conducir, no sólo al error, sino al reino de la locura. En las Meditaciones acerca de la Primera Filosofía, se refiere a los
"locos" que confían en sus sentidos y acaban imaginando "que sus
cabezas están hechas de barro, o que son calabazas, o hechas de cristal".4
Hay una profunda
ironía en esto. Los síntomas que describe son característicos de los delirios
que ocurren en la esquizofrenia.5 Pero la esquizofrenia no se
caracteriza en absoluto por la confianza en los sentidos - sino más bien por
una desconfianza irracional hacia ellos. Implica en muchos casos una
incapacidad total para confiar en la realidad de la existencia encarnada en el
mundo del "sentido común" que compartimos con los otros, y conduce a
una visión deshumanizada de los otros, en la que comienzan a perder su
identidad, experimentada intuitivamente como seres humanos y pasan a verse como
máquinas desvitalizadas. El propio cuerpo deja de ser el vehículo a través del
cual se experimenta la realidad, y pasa a ser visto como un objeto más, a veces
un objeto perturbadoramente extraño, en un mundo que es validado sólo por la
cognición. Se sabe que algunas personas que padecen esquizofrenia se ven a sí
mismas, por ejemplo, como máquinas copiadoras, o que contemplan la posibilidad
de cortarse sus muñecas para averiguar si contienen aceite de motor.
"Ha perdido
la razón" es una antigua expresión para referirse a la locura. Pero un
exceso de racionalidad es la base de otro tipo de locura, la de la
esquizofrenia. Tal como Louis Sass argumenta en su libro Locura y Modernismo y en The Paradoxes of Delusion,6 (“Las
paradojas del delirio”) y tal como ha subrayado también Giovanni Stanghellini,
en Disembodied Spirits and Deanimated Bodies,7 (“Espíritus sin cuerpo y cuerpos sin
alma”), la esquizofrenia no se caracteriza por un desprecio romántico por el
pensamiento racional y una regresión al cuerpo y a los sentidos, a un reino más
primitivo, sin conciencia de sí mismo y emotivo, sino por una condición
excesivamente, desvinculada, hiperracional, reflexivamente autoconsciente,
desencarnada y alienada.
Louis Sass ha
demostrado, mediante sus comparaciones de la crítica de Wittgenstein a la
filosofía, con los detallados relatos de Daniel Paul Schreber sobre su propia
enfermedad psicótica (Schreber fue el único sujeto del estudio de Freud sobre
la esquizofrenia), que existen grandes similitudes entre la esquizofrenia y el
estado mental que se produce cuando uno hace un esfuerzo consciente por
distanciarse de sí mismo y su entorno, absteniéndose de la acción e interacción
normal con él, dejando en suspenso suposiciones y sentimientos normales sobre dicho
entorno, sometiéndolo todo a un escrutinio desvinculado - un ejercicio que en
los que no están mentalmente enfermos está confinado normalmente a los
filósofos. La creencia de que de este esfuerzo dará lugar a una comprensión más
profunda de la realidad ignora el hecho de que la naturaleza de la atención que
prestamos a cualquier cosa altera lo que allí encontramos. Y adoptar una
postura que normalmente sólo se encuentra en pacientes con esquizofrenia no es
obviamente una buena receta para encontrar una verdad superior.8
Sin embargo, la
visión cartesiana del mundo hace precisamente eso. En alusión a un famoso
pasaje de las Meditaciones acerca de la Primera filosofía, en
la que Descartes describe el hecho de mirar por la ventana y ver pasar a
quienes sabe que son personas, y verlos como si fueran meras máquinas, llevando
sombreros y abrigos, el filósofo David Levin comenta:
¿Qué mayor
síntoma de locura puede haber que asomarse por la ventana y ver (lo que, por lo
que se sabe, podrían ser) máquinas, en lugar de personas reales? Lo que quiero
decir es que esto, este tipo de visión, es a lo que conduce la racionalidad que él ha
abrazado. No es por mera casualidad, ni por un capricho momentáneo, sino por la
lógica inexorable de la racionalidad con la que se compromete…Sólo un filósofo
podría, o querría, hablar de esta manera [con tal escepticismo sobre la
existencia de otras personas]. En la "vida real", fuera del ejercicio
del estudio, tal manera de hablar - tal manera de mirar a otras personas - sería considerada
como locura, un síntoma sutil de paranoia.9
Descartes
sostenía que no había "absolutamente
ninguna conexión (al menos que yo pueda entender)" entre "esa
curiosa sacudida en el estómago que yo llamo hambre" y el deseo de comer.10
Incluso el dolor era un misterio:
"¿porqué", se pregunta, "esa curiosa sensación de dolor debería
dar lugar a una angustia mental particular?"11 Todo esto me
parece que muestra una extraordinaria falta de comprensión intuitiva. De hecho,
si hay alguna manera que pueda ser entendida intuitivamente la relación entre
el cuerpo y la experiencia subjetiva es justo así, a través de sensaciones como
el dolor y el hambre. Pero Descartes ni siquiera estaba seguro de tener un
cuerpo en realidad:
Puedo hacer
una conjetura probable de que el cuerpo existe. Pero esto será sólo una
probabilidad; y a pesar de una realizar una indagación cuidadosa y exhaustiva,
todavía no veo cómo la idea distintiva que tengo en mi imaginación de la
naturaleza corpórea puede proporcionar alguna base para tener que inferir de
ella que existe algún cuerpo.12
La racionalidad de Descartes le llevó no
sólo a dudar de la existencia de los demás, sino a ver el conocimiento de su
propio cuerpo como algo creado por el intelecto, en lugar de ser evidente a
través de la intuición: "Incluso los cuerpos no son percibidos
estrictamente por los sentidos o por la facultad de la imaginación, sino sólo
por el intelecto, y.... esta percepción no se deriva de que sean tocados o
vistos, sino de que sean entendidos".13 Así, mediante una
inversión asombrosa, la racionalidad se convierte no sólo en constitutiva de la
razón, sino también de la intuición y del cuerpo. Sin embargo, la razón no sólo
está enraizada en el cuerpo, en nuestros cuerpos, sino en el reino
físico e instintivo que compartimos con los animales. Tal como escriben Lakoff
y Johnson:
La razón es
evolutiva, en el sentido de que la razón abstracta se basa y utiliza formas de
inferencia perceptiva y motriz presentes en los animales
"inferiores"... Por lo tanto, la razón no es, una esencia que nos
separa del resto de los animales, sino que nos sitúa en un continuo con
ellos.... La razón no es completamente consciente, sino principalmente
inconsciente. La razón no es puramente literal, sino en gran medida metafórica
e imaginativa.
La razón no es desapasionada, sino emocionalmente comprometida... Dado que la
razón está moldeada por el cuerpo, no es radicalmente libre, porque los
posibles sistemas conceptuales humanos y las posibles formas de razón son
limitados. Además, una vez que hemos aprendido un sistema conceptual, es
instanciado neuralmente en nuestro cerebro y no somos libres de pensar
cualquier cosa.14
La
base misma del pensamiento abstracto, tanto en sus conceptos como en la
manipulación de esos mismos conceptos, radica en metáforas procedentes del
cuerpo: "La razón es imaginativa en el sentido de que las formas de
inferencia corporales se esquematizan en modos abstractos de inferencia
mediante metáforas".15
Descartes fue uno
de los primeros y más grandes ejemplos de la prominencia del hemisferio
izquierdo en la filosofía de la Ilustración. Si recordamos la literatura neuropsicológica
sobre la apreciación del tiempo, que ha constituido una parte significativa de
mi análisis de las diferencias entre el hemisferio derecho e izquierdo, y que creo
que arroja luz sobre el proceso de razonamiento en las primeras paradojas
griegas, uno se sorprende por la visión del tiempo sostenida por Descartes.
Según Charles Sherover, Descartes tenía "problemas con la idea misma de la
continuidad temporal, epitome de su convicción de que cada momento es una
especie de punto atomista real, de algún modo irreducible y encerrado en sí
mismo en la estructura del universo, desprovisto de cualquier continuidad
sustentadora con cualquier otro momento".16
Se pueden resumir
varios aspectos de la postura filosófica de Descartes. Desvinculado del cuerpo,
de sus fastidiosas emociones y de sus insinuaciones de mortalidad, el aspiraba
a ser “un espectador más que un actor en todas las comedias" que el
mundo despliega.17 Descartes
lo ve todo, pero ha dejado de comprometerse corporal o afectivamente con el
mundo, y experimenta el mundo como una representación. Eso tiene sus
recompensas para Descartes, pero también tiene algunas consecuencias
profundamente negativas, no sólo para nosotros, sino para él. Es cierto que le
permite alcanzar sus preciadas metas de certidumbre y fijeza, pero lo logra a
expensas del contenido. Por otra parte, la objetivación es, sin duda, un medio
de dominación y control, pero que tiene éxito mediante una estrategia de la que
el propio ego no puede escapar. Aquí está Levin:
La
posibilidad del ego de dominar, someter y controlar requiere, a su vez, que se
dé prioridad a la objetivación - reificación - ya que la objetivación es el
modo en que el mundo es traído ante nosotros en forma de representación, y así
estar disponible a nuestra dominación tecnológica, y sometido a nuestra
dominación. Pero el último giro irónico en la lógica de este proceso de
objetivación es que escapa a nuestro control, y nosotros mismos nos convertimos
en sus víctimas, reducidos simultáneamente a estar disponibles como meros
objetos y reducidos a ser una subjetividad puramente interna a la que ya no se
le reconoce disfrutando de ninguna verdad, ni ninguna realidad.18
Cada
una de estas facetas del predicamento de Descartes recapitula la fenomenología
de la esquizofrenia. La sensación de ser un observador pasivo de la vida, en
lugar de un actor en ella, está relacionado con el fenómeno de la pasividad que
es una característica primordial de esta condición. Muchos de los cuadros de
enfermos de esquizofrenia muestran un ojo flotando en la pintura, que lo
observa todo, desvinculado de la escena que se observa.
Podría decirse
que la falta de compromiso afectivo es el sello distintivo de la esquizofrenia.
La sensación de que el mundo es simplemente una representación ("una
actuación") es muy común, y surge de la incapacidad de confiar en los
propios sentidos, potenciado por el sentimiento de irrealidad que la falta de
compromiso trae consigo - así nada es lo que parece ser. Tal incapacidad para aceptar
la naturaleza evidente de la experiencia sensorial conduce a un vaciamiento de
significado. Hay una combinación característica de omnipotencia e impotencia,
de ser todo lo que existe y, sin embargo, nada en absoluto, lo que también se
deriva de una falta de entreidad con lo que es, con el mundo compartido
de la experiencia común.
Mi propósito aquí no es descalificar a Descartes, sino
poner de manifiesto los vínculos entre su actividad filosófica y la experiencia
de la esquizofrenia, que, como ha demostrado John Cutting, parece ser un estado
en él que el afectado depende excesivamente (de un funcionamiento anormal) del
hemisferio izquierdo.19 Yo diría que en todas sus preferencias
principales - el divorcio del cuerpo, la desvinculación del sentimiento humano,
la separación del pensamiento de la acción en el mundo, la preocupación por la
claridad y la fijeza, el triunfo de la representación sobre lo que está
presente en la experiencia sensorial, en su reducción del tiempo a una sucesión
de momentos atomísticos y en su tendencia a reducir lo vivo a algo
desvitalizado y mecánico - la filosofía de Descartes pertenece al mundo tal
como la interpreta el hemisferio izquierdo.
DESVITALIZACIÓN Y
NECESIDAD DE CERTEZA
Tal como vio el filósofo alemán Johann
Georg Hamann, uno de los primeros críticos de la Ilustración, esta concepción cartesiana
del mundo conduciría a la desvitalización y, en términos sociales, a la
burocratización. La inmediatez con la que el desapego antinatural induce al
aburrimiento puede verse en la descripción que el novelista Alberto Moravia
hace del aburrimiento, en su novela titulada con ese mismo nombre:
El
aburrimiento consiste para mí en una especie de insuficiencia, de incapacidad o de falta de realidad...sin embargo, el
aburrimiento podría describirse como una enfermedad que afecta a los objetos
externos y que consiste en un proceso de marchitamiento; una pérdida casi
instantánea de vitalidad.... La sensación de aburrimiento se origina para mí en
un sentido de lo absurdo de una realidad que es insuficiente, o de alguna
manera incapaz, de convencerme de su propia existencia efectiva... 20
El
concepto de aburrimiento surgió en el siglo XVIII. Patricia Spacks, en su obra
explicativa sobre el tema, lo relaciona con "la monotonía por falta de
compromiso".21 (Según Isaías Berlín, "como Vauvenargues, que
se quejaba amargamente de la espantosa vacuidad de la vida o.... Madame de
Popeliniére, quien manifestó su deseo de arrojarse por la ventana porque sentía
que la vida no tenía sentido ni propósito.")22 Yo asociaría el
surgimiento de la noción de aburrimiento con una visión esencialmente pasiva de
la experiencia; una visión que contempla la vitalidad como algo mediado por la
novedad, una fuerza estimulante que nos llega desde fuera, algo así como la
fuente de alimentación que llega a un ordenador, y en relación a la cual somos
receptores pasivos (que es como el hemisferio izquierdo se encuentra en
relación a lo que le llega desde el hemisferio derecho). Se podría contrastar
esto con la visión de la vitalidad, tal y como llegaron a verla los románticos,
que era el resultado de la imaginación que hacía que surgiera algo entre
nosotros y lo que sea que existe 'ahí fuera', y en el que actuamos dando forma
a nuestra propia experiencia (que es como el hemisferio derecho experimenta lo
que sea que se encuentre fuera del cerebro).23 La conexión con el hemisferio izquierdo es de
nuevo evidente en la relación entre el aburrimiento y la experiencia del tiempo:
que ya no es algo vivido, sino estático, eterno, e inmutable. El aburrimiento
es "una característica típicamente moderna de nuestra experiencia del
tiempo subjetivo", escribe Antón Zijderveld,24 una idea ampliada por Martin Waugh:
"Cuando estamos aburridos, nuestra actitud hacia el tiempo está alterada, tal
como ocurre en ciertos estados oníricos. El tiempo parece interminable, no hay
distinción entre pasado, presente y futuro. Parece que sólo hay un presente sin
fin".25 Esto recuerda extrañamente al reino de las Formas
ideales de Platón.
En su libro, Las Raíces del Romanticismo, Isaías
Berlín expone en que consistió la Ilustración la cual más tarde sería puesta en
tela de juicio por el Romanticismo. Él se refiere a "las tres
proposiciones…. sobre las que descansaba toda la tradición Occidental": a
saber, "que todas las preguntas genuinas pueden ser respondidas, que si
una pregunta no puede ser respondida, no es una pregunta"; "que todas
las respuestas son cognoscibles, que pueden ser desveladas por procedimientos
que pueden ser aprendidos y enseñados a otras personas"; y "que todas
las respuestas deben ser compatibles entre sí".26 Se podría
decir que estos principios son los fundamentos del pensamiento de la
Ilustración. Cuando Berlín se refiere a la "tradición occidental",
está hablando de la tradición filosófica occidental, es decir, a la parte de la
cultura occidental que se ocupa de manera explícita de la resolución de
nuestras “preguntas" y de sus "respuestas". Aunque los filósofos
en Occidente se habían comportado desde la época de Platón como si estos
principios, las tres proposiciones de Berlín, fueran verdaderas, hasta la época
de la Ilustración, había suficiente expresión implícita de la sabiduría
cultural, a través de las manifestaciones de la poesía, el teatro, la pintura
y, sobre todo, del ritual religioso - en los cuales se percibía fácilmente que
estaba lejos de ser cierto que todas las preguntas pueden ser respondidas, o
que todas las respuestas pueden enseñarse, y que todas las respuestas son
compatibles entre sí – y que estos principios, si bien eran importantes en la
filosofía, no habían llegado a dar forma a la cultura en sí misma. Pero con la
elevada auto-conciencia de la Ilustración, estas tres proposiciones, obviamente
falsas, llegaron a dominar no sólo la filosofía académica, sino el quehacer de
la vida misma, o, dicho de otro modo, en lo que se conoció como la era de les
philosophes, todos nos convertimos en filósofos malgré nous (a pesar
nuestro).
La necesidad de
la Ilustración de certeza y "transmisibilidad" creó un problema para
las artes, que son intrínsecamente ambiguas e inciertas, y donde el genio
creativo no es "transmisible". Habiendo una consecuente degradación
de la imaginación en favor de la fantasía, y una desconfianza hacia la
metáfora, que como hemos señalado, se equiparaba con la mentira. Existen
continuidades evidentes entre la Reforma y la Ilustración. Compartían las
mismas marcas de dominación del hemisferio izquierdo: el destierro del asombro;
el triunfo de lo explícito y, con ello, la desconfianza de la metáfora; la
alienación del mundo encarnado de la propia carne, y la consiguiente
cerebralización de la vida y la experiencia. La apuesta del hemisferio derecho
por la razón, en la que los opuestos podían
estar en equilibrio, se transformó rápidamente en un movimiento hacia la
racionalidad del hemisferio izquierdo, en el que uno de los dos opuestos debe
excluir, incluso aniquilar, al otro. El impulso hacia la armonía fue
reemplazado por el impulso hacia la unicidad y la pureza.
Si nos fijamos en
los Discursos, de Reynolds, por
ejemplo, un libro de gran influencia en su época, basado en una serie de
conferencias pronunciadas ante la Royal Academy de Londres entre 1769 y 1791,
se le encuentra criticando a grandes figuras del arte Renacentista, como
Bernini, por plasmar emociones contrapuestas, algo que antes había sido, y más
tarde volvería a ser, considerado un signo de genialidad. (Afortunadamente,
Reynolds, cuyos escritos fueron un blanco constante de críticas por parte de Blake,
no se atuvo a sus preceptos en sus propias creaciones pictóricas). Donde la
razón respeta lo implícito, lo ambiguo, lo no resuelto, la racionalidad exige
lo explícito, lo claro y lo completo.
El énfasis en la "luz" durante la
"Ilustración" sugiere no sólo claridad y precisión, sino por
supuesto, el destierro de emociones que son más oscuras, y
"negativas". El optimismo de la Ilustración se basa en la creencia de
que el hombre puede controlar su destino. En consecuencia, se resta importancia
a la muerte. A partir de 1681, con la revisión de Nahum Tate, El Rey Lear estuvo durante 150 años
siendo interpretado, aunque cueste creerlo, con un final feliz, y otras
tragedias de Shakespeare se representaron con resoluciones cómicas. Es difícil
no ver en esto un grado de negación, especialmente cuando uno recuerda a otras
sociedades en las que el arte tenía que ser obligatoriamente optimista. Esto
concuerda con el hecho de que el hemisferio izquierdo ve las cosas literalmente
como más livianas, y es más propenso a emociones "positivas". (Pongo
entre comillas, los términos "positivo" y "negativo", en
relación con las emociones, porque aunque en el lenguaje se han naturalizado
hasta tal punto que ya resulta difícil ver el sesgo inherente a dichos
términos, sugieren, como es típico en el hemisferio izquierdo, que sus
emociones favoritas son más valiosas, más productivas, incluso más
sustanciales, que las otras. Literalmente sugieren que un conjunto de emociones
se basa en la ausencia de las otras -las “negativas" implicando la
negación, o lo "no dicho", a algo más que tiene existencia previa o
primaria. Sin embargo, está lejos de ser verdad, que las emociones
"negativas", como la tristeza, sean negativas en cualquier sentido;
de hecho, la incapacidad de estar triste significaría un grado de
desvinculación del mundo manifiestamente sufriente que roza lo psicopático.)
CLARIDAD ENGAÑOSA
En esta época, la visión de las cosas se asemejó más al modelo de la cámara
fotográfica; y la perspectiva se acercó más a un proceso desvinculado que
inicialmente había evitado ser en el Renacimiento. En Occidente la visión de
las cosas se convirtió en un proceso cada vez más alienante a medida que
progresaba en autoconciencia. Tal vez esto ya se preveía en el Renacimiento:
pues en la tumba de uno de los primeros fabricantes de lentes, que murió en
1317 y está enterrado en Santa María Maggiore en Roma, están escritas estas
palabras: "Que Dios le perdone sus pecados".27 No deben
subestimarse las consecuencias morales del descubrimiento de la óptica (aunque
es probable que sea un efecto de la alienación occidental, más que una causa,
ya que, según Joseph Needham, la óptica estaba "particularmente bien
desarrollada en la China antigua y medieval").28 Escribiendo
sobre el efecto insidioso de la metáfora de la "reflexión" en nuestro
comprensión del entendimiento, un filósofo moderno escribe: "El origen del
giro hacia la idea de la reflexión en la filosofía moderna se encuentra en la
óptica moderna. La óptica moderna es el análogo de la concepción moderna del
intelecto como fuente de conocimiento ‘reflexivo’29” De
hecho, aunque los descubrimientos de la óptica fueron hechos por los griegos,
se perdieron más tarde, y su poder para cambiar la forma de "ver" el
mundo dio un gran salto adelante con la Ilustración. La palabra
"reflexión" comenzó a utilizarse por primera vez para referirse a
procesos de pensamiento en el siglo XVII. En 1690, Locke la definió como "
la atención que la mente presta a sus propias operaciones, y a la manera en que
se realizan", con lo que ya se considera la reflexión como un proceso de
autorreflexión.30 Y tan pronto como en 1725, Vico se refería a,
"la barbarie de la reflexión".31 Ya
estamos habituados a la idea de que las vistas de algo – incluso las más pintorescas
- sean como una presa a la que se persigue y "captura" con la cámara,
y puede resultar sorprendente saber que ya se hablaba de esta manera en el
siglo XVIII. Según Thomas Gray, ya los primeros turistas “capturaban panoramas
cada diez pasos”, o “captaban la diversidad de los paisajes".32
Igualmente, los famosos ensayos de William Gilpin sobre lugares pintorescos
aconsejaban como "primera fuente de diversión para el viajero interesado
en sitios pintorescos, la persecución de su objetivo - la expectación ante
nuevas escenas que continuamente surgen y se presentan ante su vista".33
La propia idea de lo pintoresco - la naturaleza como
una pintura - revela el convencimiento de que la naturaleza requiere ser mejorada
por la mano y el ojo humano. La Naturaleza sufrió a partir de entonces bajo la
Ilustración lo mismo que antes había sufrido la metáfora: de haber sido algo
venerado porque abría una vía de salida del ámbito de lo artificial hacia una
realidad más profunda, la naturaleza pintoresca se convirtió en el perfecto
engaño de Locke, en tan solo una hermosa falsedad. Ante esto, la respuesta de
la mente de la Ilustración no fue buscar más allá, para encontrar una
Naturaleza que trascienda lo pintoresco, sino hacer lo contrario,
retirarse y redefinir la Naturaleza en términos del comportamiento civilizado.
Así, cuando la Srta. Elton, en la novela de Jane Austen, Emma, describe con entusiasmo su propuesta de una fiesta campestre
en los terrenos de la casa del Sr. Knightley, enseguida la ponen en su sitio
con firmeza: "No habrá ninguna reunión, ni desfile – como si fuera una especie
de fiesta gitana", dice abiertamente la Sra. Elton:
"Vamos a
pasear por los jardines, recogeremos fresas nosotros mismos, y nos sentaremos
bajo los árboles; - y cualquier otra cosa que quiera usted ofrecernos, se
servirá al aire libre – en una mesa extendida a la sombra, ya sabe. Todo lo más
natural y sencillo posible. ¿No es esa su idea?"
"En
absoluto. Mi idea de lo sencillo y lo natural sería poner la mesa en el
comedor. En mi opinión, la naturalidad y sencillez de caballeros y damas, acompañados
de sus sirvientes y muebles, se respeta mejor comiendo dentro de casa. Cuando se
cansen ustedes de comer fresas en el jardín, habrá carne fría en la casa".
La
naturaleza debía ser tratada con desconfianza: observada, tal vez, como un
padre podría observar con indulgencia a un niño revoltoso, que necesita tanta
instrucción en buenos modales - para comer carne fría. La naturaleza se pliega al
artificio, no el artificio a la naturaleza.
El poderoso ojo
que todo lo vigila y todo lo ve alcanzó su apoteosis en el panóptico de Jeremy Bentham. Se
trataba, reveladoramente, de un diseño carcelario que permitía a los reclusos
estar bajo vigilancia continua, sin que ellos mismos supieran que estaban
siendo vigilados, un proyecto del que Bentham estaba tan entusiasmado que
dedicó a ello gran parte de su tiempo y de su fortuna personal. Se hizo conocido
a través de los escritos sobre la sociedad moderna de Michel Foucault, con las
obvias correlaciones en el mundo actual de la vigilancia tecnológica, por lo
que se podría decir que el sueño de Bentham, o pesadilla, fue algo
premonitorio.
Bentham, padre
del utilitarismo, fue un personaje excéntrico. De alguna manera prefigura a los
adultos infantilizados para los que Dickens tenía un ojo tan agudo. Tiene
muchas de las características que sugerirían un grado leve de autismo, y más
específicamente, déficits en las funciones del hemisferio derecho. Era
socialmente torpe: según J. S. Mill, "probablemente nunca habló con
mujeres, excepto con su cocinera y su sirvienta", y según el biógrafo de
Mill, Packe, "cortejaba a las mujeres con una torpe jocosidad".34
Tenía una forma de hablar peculiarmente pedante, y se refería a sus
paseos matutinos como "circungiramientos antejentaculares". Con los
objetos inanimados estaba más a gusto, y les ponía apodos cariñosos: su bastón era
Dapple, y su tetera, por una insurrección pícara de su muy reprimido
inconsciente, era Dick*. (N: palabra malsonante en inglés con la que se hace
referencia de manera popular al miembro viril), Mill escribió sobre él que
no tuvo ni
experiencia interna ni externa... Nunca conoció bienestar ni adversidad, pasión
o saciedad... No conocía el abatimiento, ni la pesadumbre del corazón. Nunca
sintió la vida como una carga dolorosa y fatigosa. Fue un niño hasta el final….
No se sabía, ni podemos saber, cuánto de la naturaleza humana dormía en él.
Otras épocas y otras naciones eran para él un espacio en blanco a efectos de
instrucción. Los medía con un solo criterio; su conocimiento de los hechos, y
su capacidad para adoptar conceptos correctos desde la utilidad, y fusionar
todos los demás objetivos en ello…. Conociendo tan poco de los sentimientos
humanos, sabía aún menos de las influencias por las que esos sentimientos se
forman: se le escapaba de su entendimiento todo el funcionamiento más sutil
tanto de la mente sobre sí misma, como de las cosas externas sobre la mente; y probablemente
nadie que haya intentado alguna vez establecer una norma para toda conducta
humana, en una época tan instruida, partió de una concepción más limitada que
él sobre las fuerzas que influyen o deberían influir en el comportamiento humano.35
La descripción recuerda extrañamente a
la que Balzac hizo de Fontenelle, otro filósofo de la Ilustración. (ver
capítulo 11)
Como sugiere
Mill, Bentham deseaba "establecer una norma" a toda conducta humana: y
se veía a sí mismo como un legislador de todo lo que hasta entonces no había
sido legislado.36 Era un crítico vehemente de la sabiduría
intuitiva. "Su aversión de por vida a la religión organizada - a la que llamaba "The Jug", abreviatura de juggernaut“*
(n.t: monstruosidad)*, escribe Huw Richards, "fue rápidamente
complementada con un desprecio por la tradición del derecho consuetudinario
británico propugnada por Blackstone. Consideraba ambas como el producto de la
superstición, de la sumisión y el culto a los antepasados, más que de la lógica
y las necesidades humanas reales".37 Sus grandes proyectos
fueron los de clasificación; y de hecho fue él quien inventó los términos: internacional,
codificar y maximizar. A pesar de estas tendencias a legislar para la
"Sociedad", Bentham sostenía, en consonancia con su temperamento
personal y con el mundo tal como lo ve el hemisferio izquierdo, que "la
comunidad es un cuerpo ficticio".38
Las preferencias
del hemisferio izquierdo que él muestra tan obviamente en algunas cosas se
evidenciaron más sutilmente en otras. De manera bastante conmovedora, parece
haber atesorado toda su vida el recuerdo de un momento de su juventud cuando
una joven de Bowood, donde residía su mecenas Lord Lansdowne, le ofreció una
flor, y él a la edad de 80 años decidió escribirla para recordárselo:
"hasta el final de su vida no podía oír hablar de Bowood sin que se le
llenaran los ojos de lágrimas". Sin embargo, en tales ocasiones exclamaba,
en consonancia con la mirada optimista y orientada hacia el futuro del
hemisferio izquierdo: "Llevadme hacia adelante, os lo ruego, hacia el
futuro - no me dejéis que regrese al pasado".39
Se podría
anticipar que Bentham no considerase favorablemente la poesía, y en esto hablaría
en nombre de varias voces, desde mediados del siglo XVII hasta mediados del
siglo XVIII. "En la prosa", escribió, y me gustaría suponer
que aquí había al menos un poco de humor burlón, "es en donde todas las líneas, excepto la última, llegan al margen – en la
poesía es donde algunas de ellas no lo alcanzan."40
Sin embargo, en otra parte, tengo que admitirlo, escribió con toda
seriedad aparente que,
dejando a un
lado los prejuicios, el juego de alfileres, tiene el mismo valor que las artes
y las ciencias de la música y la poesía. Si el juego de alfileres proporciona
más placer, es más valioso que cualquiera de ellos. Todo el mundo puede jugar
al juego
de alfileres: mientras que la poesía y la música sólo las disfrutan unos pocos.
El juego de alfileres es siempre inocente: ojalá se pudiera afirmar lo mismo de
la poesía. De hecho, entre la poesía y la verdad existe una oposición natural:
la falsa moral y la naturaleza ficticia.41
El
arte es por su naturaleza, implícito y ambiguo. También está encarnado: produce
creaciones encarnadas que nos hablan a través de los sentidos, aunque su medio
sea el lenguaje, y tenga efectos sobre nosotros físicamente como seres
encarnados en el mundo vivo. La Ilustración se interesaba principalmente por el
intelecto, por todo lo que "trasciende" (desde el punto de vista de
la Ilustración) las limitaciones de lo contingente, de lo físico, de lo encarnado
y de lo único. El arte en la Ilustración es, por lo tanto, una especie de
oxímoron. Las dos formas de arte menos vulnerables a la explicitud son la
música y la arquitectura - no porque sean afines a ella, sino precisamente por
lo contrario, porque son tan inherentemente implícitas (aunque uno pueda
preguntarse de qué “trata” un poema o una pintura, la pregunta se vuelve
insustancial cuando se aplica a la música o a la arquitectura).
Probablemente por
esta razón música y arquitectura son las artes que mejor sobrevivieron en este
período, siendo las menos disponibles a ser secuestradas por el mundo de la
explicitación. La música de Haydn es una de las expresiones más completas del
espíritu de la Ilustración en el arte. En ella hay una sensación de tensión
entre los opuestos mantenidos maravillosamente en equilibrio, una ligereza y
placer en la simetría, un sentido del decoro, de que todo está en su sitio.
Pero también contiene elementos desconcertantes y misteriosos que sugieren un
mundo mucho más allá del mero orden de salón.42 Mozart muestra con tanta claridad elementos de
oscuridad y turbación que se puede dudar de que sea realmente un compositor de
la Ilustración, tanto es así que prefigura el Romanticismo, particularmente en
sus obras tardías; pero esto, también, hace más poderosa su contención, y su
gusto por las emociones agridulces, y, en sus óperas en particular, por una
combinación de ironía y compasión, de modo que nunca se sitúa por encima de sus
personajes, sino que reconoce una vulnerabilidad compartida (como muchos grandes
artistas de todas las épocas - Chaucer, por ejemplo, en su relato de Troilo-). Esta fue también la mejor
época de la arquitectura civil europea, aunque esa arquitectura se derivase en
gran medida de los principios de los arquitectos italianos del Renacimiento,
sobre todo de Palladio. Aquí, entonces, está la mejor cara del arte de la
Ilustración.
La poesía fue más
fácilmente subvertida en esta época de prosa consumada. La poesía era una forma
de mentira halagadora: Lord Chesterfield recomendó a su hijo que arrancara un
par de hojas de un libro de poesía latina y se las llevará a la "casa de
la necesidad", donde, una vez que las hubiera leído, podría "arrojarlas
como sacrificio a Cloacina"
(la diosa de las cloacas);43 lo
que llevó a Keats a escribir de él que, "no me bañaría en el mismo río con
lord C., aunque tuviera la ventaja de la corriente".44 La
creencia de la Ilustración era que había un conjunto finito de posibles ideas o
pensamientos verdaderos, que existían en abstracto y que posteriormente se plasmaban
en el lenguaje. De este modo, eran ciertas y conocidas, si bien podían adquirir
un nuevo aspecto vistiéndolas con nuevos ropajes. La poesía adornaba las ideas
con un ropaje decoroso que nos permitían deleitarnos con lo conocido, pero no
aportaba nuevas experiencias. Esto era lo que estaba detrás de la famosa frase
de Pope en alabanza a la inteligencia de la poesía: "Lo que fue pensado
muchas veces, pero nunca tan bien expresado", y continuaba: "La
expresión es el vestido del pensamiento..."45 Mas tarde, esto sirvió
de base para el ataque de Wordsworth y Coleridge contra la poesía augusta en el
Prefacio de Las Baladas Líricas, puesto
que consideraban la poesía como obra de la imaginación, siendo genuinamente
creativa, en el sentido de que daba vida a nuevas experiencias – y no como el
producto de fantasías, que simplemente recombinan lo que ya conocemos de una
manera nueva. Este punto de vista concuerda con la percepción de Scheler sobre
la naturaleza de la poesía, la cual cito en detalle porque no conozco una
exposición mejor de este punto crucial:
Por esta
razón poetas, y todos los creadores del lenguaje que tienen el "poder dado
por Dios de contar lo que padecen"[Goethe, Elegía de Marienbad], cumplen
una función mucho más elevada que la de dar una expresión noble y bella a sus
experiencias y, hacerlas así reconocibles para el lector, por referencia a su
propia experiencia pasada en esa materia. Pues al crear nuevas formas de
expresión, los poetas se elevan por encima de la red de ideas imperantes en la
que nuestra experiencia está confinada, por el lenguaje ordinario; y nos
permiten al resto de nosotros ver, por primera vez, en nuestra propia experiencia, algo que puede
responder a estas nuevas y más ricas formas de expresión, y al hacerlo, en
realidad, expanden el alcance de nuestra posible autoconciencia. Ellas logran una verdadera ampliación del reino de la
mente y hacen nuevos descubrimientos, por así decirlo, dentro de ese reino. Son
ellas los que abren nuevos ramales y canales en nuestra aprehensión de la
corriente y así nos muestran por primera vez lo que estamos
experimentando. Esa es, de hecho, la misión de todo verdadero arte: no
reproducir lo que ya está dado (lo que sería superfluo), ni crear algo con el
puro juego de la fantasía subjetiva (lo cual sólo puede ser transitorio y debe
ser necesariamente una cuestión de completa indiferencia para otras personas),
sino abrirse paso en el mundo externo y el alma, para ver y
comunicar esas realidades objetivas en él, que las reglas y convenciones han
ocultado hasta ahora. La historia del arte puede ser vista, por lo tanto, como
una serie de expediciones hacia el mundo intuible, interior y exterior, para
someterlo a nuestra comprensión; y todo ello para una clase de comprensión que
ninguna ciencia podría proporcionar jamás. Una emoción, por ejemplo, que ahora
todo el mundo puede percibir en sí mismo, debe haber sido arrancada por algún
"poeta" de la temible inarticulación de nuestra vida interior para
que esta percepción clara de ella sea posible: así como en el comercio de cosas
que alguna vez fueron lujos (como el té, el café, la pimienta, la sal, etc.)
son hoy en día artículos de uso cotidiano y generalizado.46
La poesía de Dryden y Pope
pertenecen a la mejor parte de la Ilustración – es generosa, no dogmática, de
espíritu irónico; y en otra parte he escrito sobre la negativa idiosincrásica
de Sam Johnson a ajustarse a sus propios preceptos.47 Pero pocos
sugerirían que la poesía del periodo augusto se preocupa, al menos
conscientemente, más por presentar la experiencia auténtica, que por
representarla de manera agradable, proyectándola bajo una luz determinada; con
ello no amplia el reino de la mente, ni hace nuevos descubrimientos, sino que
se dedica a cuidar sus jardines y recortar sus setos de la manera más pulcra y
elegante posible. Por supuesto, los grandes artistas siempre se rebelarán
contra las limitaciones que impone el entorno, y que sin embargo son la
condición de su maestría, tal como bien dijo Goethe.48 Pero estas
son las excepciones. Cuando Reynolds se enfrenta al genio tosco de Miguel
Ángel, o Johnson al genio aún más tosco de Shakespeare (o a la majestuosidad de
las Tierras Altas escocesas), y son capaces de reconocerlo, da la impresión que
tienen éxito sólo por su voluntad de deshacerse de todo el bagaje teórico de la
Ilustración ante la enormidad de la experiencia.
SIMETRÍA E INMOVILIDAD
El pareado heroico clásico, con su
marcada cesura, permite igualar la simetría - de hecho, la igualdad es esencial
para la simetría; y este movimiento interrumpido, simétricamente
autorreferencial, puede a veces utilizarse para lograr un efecto
deliberadamente penetrante:
¡He aquí tú, la gran ANA! a quien tres reinos obedecen Que a veces aconsejas - y otras tomas té.49
Este movimiento, en constante retorno sobre
sí mismo y pausado, contrasta con el flujo anterior, abierto, turbulento como
un río, de la sintaxis de Milton, siempre insinuando algo más y más allá, un
fluir que más tarde sería recuperado y transformado a su vez por Wordsworth; al
igual que la forma siempre cambiante, creciente y fluida de la música de Bach
contrasta con la perfección autocontenida de la forma clásica en Haydn. Pero
esta constante contención en cada línea tanto del movimiento como del sentido,
con su estructura cerrada, estática y ensimismada, en la que la rima y la
paronomasia controlan los desvíos del espíritu y devuelven todo pulcramente a
la simetría, se elude en muchos de los mejores versos de Dryden, como el final
de su elegía por la muerte de un amigo, "Adiós, tardíamente, ¡a quien traté tan poco!"; con su
alejandrino final, casi sonámbulo más allá de la rígida estructura del poema:
Salud y adiós de nuevo; adiós, joven
poeta, Pero por poco tiempo, Marcelo de nuestra
lengua; Ciñen laurel y hiedra a tus sienes de poeta, Más hado y noche lúgubre te envuelven en su
manto.50
O la
maravillosa frescura de su despedida del siglo diecisiete:
Todo, todo de una sola pieza; Tu persecución tenía una Bestia a la
Vista; Tus guerras no trajeron nada consigo; Tus Amantes fueron todos falsos. Es bueno que la vieja edad haya
terminado, Y es hora de empezar una Nueva.51
La
simetría es un concepto intrigante. En abstracto es indudablemente atractivo a
un nivel muy profundo. La palabra en sí misma, significa igual medida, y constituye
una característica de todas las figuras ideales típicas, de los "sólidos
regulares" amados por los griegos. En matemáticas el término se refiere no
sólo a la simetría en torno a un eje, sino a cualquier procedimiento que se
pueda realizar sobre un objeto y dejarlo sin cambios. Significa también
independencia de la contingencia - es decir, universalidad: si una ley
obedece a la simetría, es de aplicación universal. La mecánica newtoniana
obedece a la simetría. Todos estos significados lo alían con el reino de la inmovilidad,
de los universales, de las formas simples e ideales: es decir, el hemisferio
izquierdo. Extrañamente, sin embargo, la simetría no aparece en el mundo
fenoménico, aunque haya una aproximación en los seres vivos, que sin embargo, al
igual que el cerebro, al examinarlos más de cerca no son verdaderamente
simétricos, y están en constante movimiento y cambio. Y, aunque a menudo se
afirma que los animales encuentran atractiva la simetría en la pareja, los
humanos no parecen, de hecho, compartir tales preferencias.52 Incluso
en los casos en los que la simetría se considera como más saludable, todavía
se sigue experimentando como menos atractiva.53 De hecho, la simetría en los rostros de seres
vivos, raya en lo extraño, al sugerir algo mecánico e irreal, una percepción
que se encuentra detrás de "la temible simetría" del tigre de Blake.
Y, tal como cabría esperar, en los retratos de la Ilustración, "los
rostros generalmente están representados de manera más simétrica que en
cualquier otro estilo occidental", según F. D. Martin. "Esa es una de
las razones por las que los retratos, como dice Wilde, "una vez vistos, ya
nunca se recuerdan"”.54
La simetría - en
la poesía, en la música, en la arquitectura, en la prosa y en el pensamiento-
fue quizás el principio estético que, en última instancia, guío la Ilustración.
Existe una relación entre la simetría y otras dos importantes cualidades de la
Ilustración, ambas aliadas a las preferencias del hemisferio izquierdo: la
inmovilidad y la igualdad.
La relación entre
el hemisferio izquierdo y la igualdad es una consecuencia de su método
categórico. Cuando se trata de personas o cosas individuales, cuando se
respetan las contingencias de la situación en la que se encuentran y por las
que se modifican, cuando se acepta que las cosas o personas mismas y el
contexto están continuamente sujetos a cambio, nunca hay dos entidades que sean
iguales en ningún aspecto. (Cassirer comenta que en árabe hay entre cinco y
seis mil términos para "camello", una categoría para la que nosotros
tenemos solo una.)55 Sin embargo, una vez que los elementos se
clasifican y se introducen en categorías, se vuelven iguales: al menos desde
el punto de vista de quien clasifica, cada miembro de la categoría puede
ser sustituido por cualquier otro miembro de la categoría. En este sentido, el
sistema de categorización lleva incorporado un impulso de igualación. Sin
embargo, las propias categorías se organizan en una taxonomía jerárquica, lo
que significa que, mientras que las variaciones individuales de los seres vivos
se aplanan, las diferencias entre categorías se convierten en el lugar
donde reside la desigualdad.
Lo mismo ocurre con el hemisferio izquierdo y la inmovilidad.
Debido a que el hemisferio izquierdo trata con cosas que son conocidas, ellas
tienen que tener un cierto grado de fijeza: si se respeta su naturaleza en
constante cambio, no se pueden conocer. Para el hemisferio izquierdo, una cosa
una vez conocida no cambia, aunque puede moverse, o ser movida,
atomísticamente, según la voluntad, y de hecho hay que hacer que se
muevan para encajar en las categorizaciones de la voluntad del hemisferio
izquierdo. Así, donde prevalece el mundo del hemisferio izquierdo, el cambio
continuo y las diferencias individuales de los seres vivos reales son
reemplazados por la inmovilidad y la igualdad, igual que una mariposa
ensartada, inmóvil, se transforme en un espécimen en el estante del
coleccionista. Al mismo tiempo, sin embargo, el hemisferio izquierdo logra, a
través de este proceso, el poder de manipular, lo que yo afirmaría que siempre
ha sido su motivación. El poder conduce inevitablemente a la desigualdad:
algunas categorías de cosas son más útiles, y por lo tanto más valoradas, que
otras. Así que las diferencias inherentes a las cosas o seres individuales
reales se pierden, y se sustituyen por las derivadas del propio sistema. Del
mismo modo, aunque la cosa en sí ya no cambie, la manipulación conduce
inevitablemente al cambio: la recalcitrancia de lo particular se somete al lecho de Procusto de la categoría que
representa. Así, se pierde la naturaleza cambiante y evolutiva de las cosas o
seres individuales, y se sustituyen por los cambios exigidos por el sistema. Y
el cambio y la diferencia, proscritos a nivel individual, regresan por la
puerta trasera.
LA BÚSQUEDA DE LA
IGUALDAD
La Revolución Francesa y la Revolución de Estados Unidos son dos de los
legados más importantes y duraderos de la Ilustración. Y como dice Berlin, no
tienen casi nada que ver con el Romanticismo:
. ... los
principios en cuyo nombre se libró la Revolución Francesa eran principios
universales de razón, de orden, de justicia, para nada relacionados con el
sentido de singularidad, de profunda introspección emocional, al sentido de las
diferencias entre las cosas, de las distinciones más que las similitudes, con
las que se suele asociar el movimiento Romántico.56
(Sin embargo, como espero mostrar más
adelante, hay una vía que lleva directamente desde la Ilustración al
Romanticismo - otro caso en el que hay una suave transición de la agenda
de un hemisferio a la agenda (en realidad bastante opuesta) del otro
hemisferio, algo que he argumentado en el caso de la Reforma). La Revolución de
Estados Unidos, con sus famosas reivindicaciones del derecho individual a perseguir
la felicidad, expresa la creencia del hemisferio izquierdo de que cualquier
tipo de bien - la felicidad, por ejemplo – es susceptible de ser perseguido por
la voluntad, ayudada por la racionalidad. Y con ello ilustra la naturaleza
paradójica de la racionalidad: que si bien la mente racional debe perseguir "el
bien", las cosas más valiosas no pueden ser objeto de su búsqueda (la
búsqueda de la felicidad no ha conducido en general a la felicidad). Tales
cosas valiosas sólo pueden llegar como efectos secundarios de algo más.
El hemisferio izquierdo
malinterpreta la importancia de lo implícito. Por lo tanto, tiene un problema con
ciertos objetivos lógicamente deseables que simplemente no pueden ser perseguidos
directamente, porque la búsqueda directa altera su naturaleza y rehúye de ese
enfoque: por lo tanto, la persecución directa de la libertad, la igualdad y la
fraternidad - a pesar de ser grandes ideales - resulta problemática. Es bien
conocido que la Revolución Francesa defendió la libertad, la igualdad y la
fraternidad. El problema de traerlas a primer plano como conceptos y de
buscarlos explícitamente, al estilo del hemisferio izquierdo, en lugar de
permitir que emerjan como acompañamiento necesario de una cierta disposición
tolerante hacia el mundo, al estilo del hemisferio derecho, es que solo pueden
ser entidades negativas una vez que se convierten en competencia del hemisferio
izquierdo. Esto se debe a que el hemisferio izquierdo, a pesar de que se
considera a sí mismo como generador de hechos, sólo puede decir
"no" o no decir "no" a lo que le viene dado por el
hemisferio derecho (de la misma manera que el hemisferio derecho a su vez
sólo puede decir "no" o no decir "no" a lo
"Otro"; es decir, a lo que sea que exista aparte de nosotros mismos:
véase el capítulo 5). Por lo tanto, puesto que no hay ninguna igualdad en
el carácter dado de las cosas tal como se presentan al hemisferio derecho, la igualdad
se convierte, para el hemisferio izquierdo, en una necesidad y un impulso para
derribar cualquier cosa que no se corresponda con dicha "igualdad" -
el sentido esencialmente negativo con el que se buscaba la igualdad a través
del caos y la carnicería en la Revolución Francesa. Tampoco hay ninguna libertad
en lo que es dado al hemisferio derecho, que presenta el mundo como una red
viva de interdependencias que requieren respuestas y conllevan responsabilidad
– y que no es el nihilismo exultante de la "libertad", en el sentido
de deshacerse de todas las limitaciones. La libertad del hemisferio izquierdo
es, como es lógico, un concepto abstracto, no lo que la experiencia nos enseña
al vivir. A esto se refería Edmund Burke en su discurso en 1775 sobre la
conciliación con América, cuando decía que "la libertad abstracta, como
otras meras abstracciones, no se puede encontrar".57 La versión
de la libertad del hemisferio izquierdo es un mero concepto, no la libertad que
solo puede experimentarse a través de la pertenencia, dentro de una complejidad
de limitaciones. En cambio, al tener que hacer algo activamente (aunque
lo único que puede hacer es decir "no"), está obligado a proceder por
negación: a erosionar y desmantelar las estructuras comunitarias tradicionales que
habían evolucionado de forma natural y en las que se podía alcanzar esa
experiencia de libertad, considerándolas como impedimentos para su propia
versión de una sociedad libre y sin restricciones. La fraternidad
también reside en las relaciones que se forjan en las comunidades familiares y
sociales que son posibles gracias a la evolución del lóbulo frontal derecho (no
la "Sociedad", como un constructo conceptual del hemisferio
izquierdo). La versión del hemisferio izquierdo de esto es una especie de
asociación laboral (una gesellschaft,
en términos de Tönnies, en contraposición a gemeinschaft)58
y un prestación burocrática de lo que se denomina
"asistencia social", que al mismo tiempo erosiona la red de vínculos
y responsabilidades privadas y personales en las comunidades, aquellas en las
que son posibles los sentimientos fraternales y las experiencias reales del
cuidado.
La Revolución de
Estados Unidos es un asunto bastante diferente; por un lado, carecía especialmente
de "jacobinos". Su planteamiento no fue hacer todo lo posible por
alcanzar la libertad mediante un esfuerzo de voluntad (el modelo francés), sino
hacer lo menos posible: un planteamiento de laissez-faire
que se aproxima al concepto de libertad negativa de Berlín - con el menor
número posible de restricciones. Y como tal, disfrutó, a diferencia de la
Revolución Francesa, del apoyo de Burke. Sea cual fuera su retórica, su
objetivo era la reducción de las restricciones formales para la sociedad, al
tiempo que se maximizaba la comunalidad, en gran medida en interés del
bienestar económico. La democracia, tal como la veía Jefferson, con su
estructura esencialmente local, agraria, comunitaria, y orgánica, estaba en
armonía con los ideales del hemisferio derecho. Pero con el tiempo fue barrida
a gran escala por la fuerza mecánica y desarraigadora del capitalismo, un
producto del hemisferio izquierdo durante la Ilustración. Lo que Tocqueville vio proféticamente fue
que la carencia, de lo que yo vería como valores del hemisferio derecho
incorporados en el tejido social, conduciría con el tiempo a un proceso en el
que nos convertiríamos, a pesar de nosotros mismos, en sujetos de la burocracia
y de la servidumbre al Estado: "Será una sociedad que tratará de mantener
a sus ciudadanos en una "perpetua infancia"; buscará preservar su
felicidad, pero optará por ser el único agente y árbitro de esa
felicidad". La sociedad, dice, desarrollará un nuevo tipo de servidumbre
que,
recubrirá la
superficie de la sociedad con una red de pequeñas y complicadas reglas, a
través de las cuales las mentes más originales y los caracteres más enérgicos
no pueden penetrar... no tiraniza, sino que comprime, enerva, extingue y aturde
a un pueblo, hasta que cada nación queda reducida a no ser nada más que un
rebaño de animales timoratos e industriosos, de los cuales el gobierno es el
pastor.59
Se trata, como
dice John Passmore, de "la perfección benthamita o fabiana que se hace
manifiesta".60
El hecho de que esta dislocación entre el ideal y la
realidad haya tendido a producirse allí donde las sociedades se han
identificado de forma más estridente con las ideas de la Ilustración (las
"democracias populares" del mundo) se explica a un cierto nivel,
quizás en la paradoja de Elster por la que la racionalidad contiene las
semillas de su propia destrucción. En otro nivel, es una expresión de la
realidad de que el hemisferio izquierdo no puede traer algo a la vida: sólo
puede decir "no" o no decir "no", a lo que es dado por el
hemisferio derecho. Una vez más, se trata de la percepción de Blake de que:
"La Energía es la única vida, y proviene del Cuerpo; y la Razón es la circunferencia exterior o límite de la Energía".
La expresión más evidente de la fuerza necesariamente
negativa del proyecto del hemisferio izquierdo, es la forma en que los ideales
de libertad, justicia y fraternidad condujeron a la intolerante, injusta y nada
fraternal, guillotina. Todo lo que es esencialmente sacramental, todo lo que no
está basado en la racionalidad, sino en los vínculos de reverencia o de asombro
(el territorio del hemisferio derecho), se convierten en enemigo del hemisferio
izquierdo, y constituyen una barrera a su supremacía; y así el hemisferio
izquierdo se empeña en su destrucción. No cabe duda de que, como en la Reforma,
hubo abusos de poder, y en el caso tanto de sacerdotes como de monarcas, éstos
se justificaron apelando a la autoridad divina, un estado de cosas intolerable.
Pero, igual que en la Reforma, el objetivo perseguido no fue el abuso, sino los
elementos de los que se había abusado para cometerlos- no la idolatría, sino
las imágenes, no los sacerdotes corruptos, sino lo sacerdotal y lo sagrado. La enorme
vehemencia de los ataques contra sacerdotes y reyes durante la Revolución
Francesa sugiere no sólo una incomprensión, sino un miedo a su condición de metáforas
y a los valores no utilitarios del hemisferio derecho que simbolizan
metafóricamente.
La destrucción del poder sacerdotal de la Iglesia fue
un objetivo de la Revolución Francesa, igual que lo había sido en la Reforma.
La Reforma, sin embargo, no había sido abierta o explícitamente, laica: había
pretendido reemplazar una religión corrupta por otra purificada. Al mismo
tiempo, su efecto había sido transferir el poder de la base sacerdotal de la
Iglesia Católica al Estado, una parte esencial del implacable proceso de
secularización, en el sentido más amplio - con ello me refiero a la
representación de la experiencia humana en términos puramente racionalistas,
necesariamente excluyentes de lo Otro, y a la insistencia en que todas las
cuestiones relativas a la moralidad y al bienestar humano pueden y deben
resolverse en esos términos - lo que yo vería como la agenda del hemisferio
izquierdo. La Revolución Francesa, por contraste, se oponía abiertamente a la
Iglesia, pero su ataque más audaz fue contra la naturaleza sacramental,
necesariamente metafórica, de la realeza (y por extensión de la aristocracia,
cuya autoridad estaba recíprocamente relacionada con la de la monarquía). En la
época de la Reforma, las estatus de los santos habían sido a veces arrastradas
a las plazas públicas y allí decapitadas por el verdugo de la ciudad. Esto no
sólo anticipa por sí mismo la Revolución Francesa, y enfatiza la continuidad
entre el regicidio y la abolición de lo sacramental, sino que también promulga
poderosamente otras dos tendencias del hemisferio izquierdo que caracterizan
tanto a la Reforma como a la Ilustración, y a las que ahora vamos a referirnos.
Tomemos como ejemplo la impactante
imagen de Villeneuve reproducida en la figura 10.1. En su libro, The Body in Pieces: The Fragment as a
Metaphor of Modernity, (“El cuerpo
en pedazos: el fragmento como metáfora de la modernidad”), Linda Nochlin
comenta que "la imaginería - y la promulgación - de la destrucción, el
desmembramiento y la fragmentación siguieron siendo poderosos elementos de la
ideología revolucionaria al menos hasta la caída de Robespierre en 1794 e incluso
después".61 Se
recordará de entrada, que la fragmentación es una característica primordial de
la percepción del hemisferio izquierdo (véase el capítulo 2). Nochlin comenta
sobre tales representaciones de la decapitación del monarca, que son
"una imagen de castración con un poder
y una capacidad de sugestión sin precedentes".62
fig. 10.1 Materia de
reflexión para juglares con corona, Villeneuve, 1793
Ya sea o no así,
este grabado combina a la perfección los aspectos más relevantes del triunfo
del hemisferio izquierdo al que representa. El hecho más obvio, es que
representa a la mano derecha, la herramienta del hemisferio izquierdo, tomando
el poder definitivo sobre lo sacramental (nótese la referencia irreverente de
Villeneuve a los jongleurs couronnées*,
(juglares con corona) como si el elemento religioso de la realeza fuera
simplemente un juego de manos). No sólo es una exhibición de la fragmentación,
con su afinidad por las preferencias del hemisferio izquierdo, sino específicamente
la separación de la cabeza del resto del cuerpo, una metáfora que podría
decirse que toca los mismos cimientos del mundo del hemisferio izquierdo, con
su tendencia a rechazar lo físico y refugiarse en un mundo abstraído y cerebralizado,
desconectado lo más posible de las demandas del cuerpo.63 Además, al
mismo tiempo que esta cabeza en particular se reduce tan obviamente a un objeto
inanimado, a una "cosa" en la mano del verdugo, parece, sin embargo,
extrañamente viva, casi con una sonrisa de desprecio hacia su verdugo. Hay que
recordar que los objetos inanimados son el territorio particular del hemisferio
izquierdo, mientras que todo lo que está vivo pertenece al hemisferio derecho.
La naturaleza casi viva de la cabeza, que sin embargo es claramente una imagen
del triunfo de la muerte, representa con una fuerza impactante el triunfo del
hemisferio izquierdo. (Me referiré más adelante a la fascinación por lo
"siniestro", que se deriva de la pérdida de certeza en la distinción
entre lo vivo y lo puramente mecánico).
Una vez más, esta imagen parodia el sacramento más
central del mundo cuya abolición está celebrando, el de la transubstanciación
del pan y el vino en el cuerpo y la sangre viva de Cristo. El rey era una
metáfora de la presencia divina, por cuya autoridad gobernaba; la ostensio* (manifestación) de la cabeza real
parodia aquí la ostensio del sacramento, del cuerpo vivo, acompañado por las
palabras hoc est enim corpus meum, "porque éste es mi cuerpo" -
palabras que en su forma confusa, hocus pocus, se convirtieron en una abreviatura de
todo lo que fue rechazado del mundo sacramental (convirtiéndose para la mente
de la Ilustración, en no más que en un mundo de juglares). Obsérvese también las gotas de sangre que caen de la
cabeza como para confirmar la parodia, sangre que será recogida,
"bebida" por muchos, no como un sacramento para el pueblo de Dios,
sino con un utilitarismo brutal, como un alimento para "el pueblo"
que ayudará a fertilizar - el texto debajo de la imagen, expresa el deseo de
que esta "sangre impura" haga fructificar los campos cultivados. Una
vez más el reino sacramental del hemisferio derecho está subyugado al
funcionalismo y la utilidad del hemisferio izquierdo.
Como ha argumentado David Freedberg en El poder de las imágenes, la necesidad
de mutilar una imagen es un indicador de que se cree en su poder.64 Koerner señala que la iconoclasia, al otorgar
tanto poder misterioso a las imágenes, se acercaba a la idolatría que
condenaba.65 Y de nuevo, refiriéndose a la forma de tratar a las
estatuas ante los tribunales de la ciudad, como delincuentes vivos, “al
castigar y preservar de manera similar ídolos, ¿no los invistieron los
iconoclastas de Münster, con la misma personificación aparente que aborrecían?
¿Qué grado de materialidad adquiría la efigie de un santo cuando, como a veces
ocurría, era decapitada por el verdugo del pueblo?"66 ¿O es,
como dice Koerner, que atacaban a la representación misma, la madera que
representaba a un santo, ahora representando a la propia representación? Yo
diría que no. La imagen de madera del santo no simboliza la re-presentación,
sino la comprensión metafórica, y fue eso - la comprensión metafórica -
lo que se presentó ante el tribunal, y fue procesado y ejecutado.
Lo mismo ocurrió, también, en la época de la
Ilustración, donde no eran santos de madera, sino reyes y duques los que fueron
decapitados. Al igual que la estatua tampoco tenía por qué ser madera o Dios,
el rey no tenía que ser ni una simple persona, como todos los demás, ni un ser
sobrehumano. Eso no agota las posibilidades. Actúa como una metáfora de lo que
reverenciamos, de lo divino en lo humano. Esta esencia metafórica de la realeza
depende de que las cualidades accidentales del individuo se sumerjan en la
singularidad de su papel, igual que se espera que la particularidad del actor quede
diluida en el papel que interpreta; con la salvedad que el actor se limita a representar
a un rey, mientras que la persona real es un rey de verdad (se trata de
nuevo, de la distinción entre representación y metáfora). El ataque a la
realeza en nombre del utilitarismo depende de mostrar al individuo como
"sólo una persona" sin las cualidades que ostenta el rey en términos metafóricos,
la implicación es que esto invalida su naturaleza real.
Por tanto, aunque la Ilustración pretendía
aparentemente iluminar nuestras tinieblas, también tenía su propio lado oscuro.
Es "un desorden mental", escribió Descartes, "que se valore más la oscuridad que la
luz".67 Descartes era bastante aficionado a tachar de
locos a quienes veían las cosas de manera diferente a la suya. Dominado por el
hemisferio izquierdo, su mundo es uno de comedia y luz - él fue, después de
todo, el espectador de todas las comedias que el mundo mostraba. Pero aquí
también hay locura, que, como he sugerido, se aproxima a la locura de la
esquizofrenia. Los sucesores de la Ilustración, los románticos, que según
argumentaré, pertenecían a un mundo más dominado por el hemisferio derecho,
vieron, en lugar de comedia y luz, tragedia y oscuridad, y su
"locura" se aproxima más a la de la melancolía y la depresión. Pero la
oscuridad tampoco iba a ser desterrada por decreto de la Ilustración.
Cada vez es más evidente para los historiadores y
teóricos sociales de los últimos cien años que la Ilustración, a pesar de su
optimismo sobre sí misma, no fue sólo un período de progreso sin complicaciones
tanto del entendimiento humano, como de la sociedad y la política en general.
La apelación a la razón puede llevar a la amabilidad y a la luz, pero también
puede utilizarse para vigilar y controlar, para constreñir y reprimir, de
acuerdo con mi opinión de que el objetivo del hemisferio izquierdo es el poder.
Con el tiempo, el lado oscuro de la Ilustración se hizo demasiado obvio como
para ocultarse.
LO SINIESTRO
Lo siniestro fue visto por Freud como la represión de algo que no debía ser
visto, que no debía salir a la luz. Mi argumento en capítulos anteriores ha
sido que el surgimiento del hombre occidental moderno va asociado a una
acentuación de la diferencia entre los hemisferios, en otras palabras, a la
evolución de una mente más, y no menos, "bicameral". La mayor
acentuación de esta diferencia en la Ilustración, a través de la búsqueda de un
distanciamiento objetivo y científico - independiente en la medida de lo
posible de los efectos "confusos" de todo lo que sea personal o
intuitivo, o de lo que no puede hacerse explícito y defenderse racionalmente -
llevó a un afianzamiento de esta separación. Al igual que las voces de los
dioses, que pasaron de ser una parte integrada naturalmente en el mundo tal y
como se experimentaba, a convertirse en algo ajeno a los griegos de la
Antigüedad, así también durante la Ilustración pasaron a ser vistos como
ajenos, los impulsos del hemisferio derecho, excluidos del mundo del discurso
racionalizador del hemisferio izquierdo. Creo que este es el origen del
surgimiento de la experiencia de lo "siniestro", el lado más oscuro
del Siglo de las Luces.
En su absorbente estudio del fenómeno titulado, El
termómetro femenino: La cultura del siglo XVIII y la invención de lo
inquietante, Terry Castle explora los elementos de lo fantasmagórico, lo
grotesco, la farsa carnavalesca, los ensueños alucinatorios, la paranoia y las
pesadillas fantasiosas que acompañaron a la Ilustración.68 Lo siniestro
tiene un elemento importante que es común en los lugares(loci) clásicos.
Citando el famoso ensayo de Freud de 1919, "Lo Siniestro", Castle se refiere a,
dobles,
muñecas danzarinas y autómatas, figuras de cera, alter egos y "yoes
espejo", emanaciones espectrales, partes del cuerpo escindidas ("una
cabeza arrancada, una mano cortada por la muñeca, unos pies que bailan
solos"), la fantasía espantosa de ser enterrado vivo, los presagios, la
precognición, el deja vu…69
Yo
diría que estos fenómenos están relacionados con las experiencias de los
sujetos con esquizofrenia - los seres vivos percibidos como mecanismos, o como
simulacros de seres vivos, el cuerpo vivo convertido en un conjunto de piezas
ensambladas que se mueven aparentemente de forma independiente, el yo despojado
de su ipseidad intuitiva, ya no evidentemente único, sino posiblemente copiado,
reproducido, o sutilmente alterado; y que, en consecuencia, dichos fenómenos
ejemplifican el funcionamiento desconectado del hemisferio izquierdo, tratando
de dar sentido en sus propios términos a lo que le viene dado del hemisferio
derecho, del que se ha enajenado. De hecho, podría decirse que la experiencia
de lo siniestro es la experiencia definitoria de la esquizofrenia, tal y como
la describieron por primera vez Kraepelin y Bleuler - lo que en la terminología
psiquiátrica actual se conoce como "ideas delirantes", en el que el
mundo que se experimenta está alterado extrañamente de una manera difícil de
definir, y aparece vagamente siniestro y amenazador.
De hecho, Freud
estaba citando la formulación de Schelling cuando sostenía que lo siniestro, es
lo que debería haber permanecido oculto, pero que ha sido sacado a la luz; en
lo siniestro, veía la evidencia de una experiencia pasada que había sido
reprimida, un oscuro secreto que es arrastrado a la luz de la conciencia. Freud
enfatiza que el efecto de lo siniestro no procede automáticamente de la idea de
lo sobrenatural en sí mismo. Los niños imaginan que sus muñecas están vivas,
por ejemplo, y en los cuentos de hadas ocurren sucesos fantásticos, pero no hay
nada siniestro en ningún sentido. En Hamlet aparece un espectro, pero
por más sombrío y terrible que parezca, no tiene la cualidad de lo siniestro.
En todos estos casos hay un contexto que se reconoce que se aparta de la
realidad cotidiana. Como dice Freud, es cuando el narrador rechaza la
posibilidad de se produzcan acontecimientos sobrenaturales y "pretende
moverse en el mundo de la realidad común" cuando ocurre lo siniestro.
Representa la posibilidad, aterradora para la mente racional del hemisferio
izquierdo, de que puedan realmente existir fenómenos más allá de lo que podemos
entender y controlar. Lo siniestro toma su fuerza del contexto en el que
aparece. Los fenómenos del hemisferio derecho parecen siniestros una vez que
aparecen en el contexto del mundo del hemisferio izquierdo, de lo racional, lo
mecanicista, lo innegable, lo humanamente controlado. Es notable que, en
algunos relatos sobre lo siniestro, hay un intento de tranquilizar al
hemisferio izquierdo revelando finalmente, tras haber experimentado la emoción
de lo siniestro, que después de todo hay una explicación racional, quizás
científica, de los fenómenos. Tal es el final, por ejemplo, de uno de los más célebres
de los primeros relatos sobre lo siniestro, la novela de Ann Radcliffe, Los misterios de Udolfo. En esto se parece
a los actuales presentadores de fantasmagorías, que revelan al final del
espectáculo, ante exclamaciones de admiración por su ingenio, los aparatos de
luces, pantallas, "linternas mágicas", etc., responsables de sus
efectos.
Frankenstein, subtitulado El Prometeo Moderno, la novela de Mary
Shelley, en la que el hemisferio izquierdo reconstruye un ser vivo - un hombre
- a partir de partes muertas y las dota de vida, termina, como sabemos, de
manera poco complaciente. Pero ese era el mensaje del Romanticismo, no de la
Ilustración. En la Ilustración, se pensaba que lo vivo era la suma de sus
partes: y, si era así, las partes podían ensamblarse para hacer que los vivos
volvieran a vivir. Para el Romanticismo, no sólo lo vivo no era reducible a lo
mecánico - el mundo del hemisferio derecho irreductible al del izquierdo - sino
que incluso el mundo inanimado llegaba a ser visto como algo vivo, es decir, la
reintegración del reino del hemisferio izquierdo en el derecho.
CAPITULO 11.
EL ROMANTICISMO Y LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
¿Qué es el Romanticismo? A juzgar por
los intentos que se han hecho para definirlo, es algo más que un poco
enigmático. De hecho, Isaías Berlín dedica todo el primer capítulo de Las Raíces del Romanticismo, uno de los
mejores estudios del tema, a las ideas mutuamente incompatibles que se han
propuesto como constitutivas de su esencia. Si él llega a una conclusión es
que, aunque la Ilustración podría resumirse en el contenido cognitivo de un
número relativamente pequeño de creencias, el Romanticismo nunca podría, porque
su preocupación es en relación a toda una actitud hacia el mundo, que implica a
las personas que adoptan esa actitud, así como a las creencias que podría
tener. En otras palabras, no se trata de un qué, sino de un cómo.
La manera en que la
Ilustración dio paso al Romanticismo es, también, una especie de enigma para
los historiadores de las ideas, como lo demuestra Berlin. La trillada expresión
"la Revolución Romántica" evoca una imagen de algo parecido a la agitación
política que se produjo en aquel momento con la Revolución Francesa; por lo
tanto, uno esperaría ver a respetados terratenientes y escuderos del intelecto
enfrentándose con algún equivalente de las masas sublevadas a sus puertas -
como si revolucionarios armados surgieran de la cabeza de Zeus. Pero de hecho,
lo que uno encuentra es una transición casi invisible y sin interrupciones, y ni
siquiera creo que haya sido una revolución en el sentido de que la gente
reaccionara conscientemente contra una forma de ver el mundo que considerara
deficiente. En vez de eso, se parece más a una Evolución Romántica que a
una Revolución - en la que las semillas del Romanticismo estaban ahí en la
sustancia de la Ilustración. ¿Cómo sucedió esto?
La respuesta, me
parece, es que el Romanticismo es más inclusivo. Lo mejor de los valores de la
Ilustración no fue negado, sino que fue aufgehoben,
por el Romanticismo, y perduró no sólo en los periodos subsiguientes, sino de
hecho hasta el día de hoy - junto con algunas de las ideas más simplistas y
dañinas de la Ilustración. La simplicidad es un objetivo loable, pero no hay
que hacer las cosas más simples de lo que son. Como siempre, fue el choque de
la teoría con la experiencia lo que mostró las grietas en el edificio del
racionalismo. Si estoy en lo cierto en mi suposición de que el hemisferio
derecho está lidiando con una experiencia, que es múltiple en su naturaleza, en
principio incognoscible en su totalidad, cambiante, infinita, llena de
diferencias individuales, mientras que el hemisferio izquierdo sólo ve una
versión o representación de esa experiencia, en la que, por el contrario, el
mundo es simple, conocible, coherente, seguro, fijo, y por lo tanto, finalmente
finito, generalizado a través de la experiencia, un mundo que podemos dominar -
en otras palabras, el mundo de la Ilustración - se puede deducir que el hemisferio
izquierdo es un sistema cerrado en sí mismo, (autopropulsado, bootstrapping). Sin embargo, no puede blindarse
completamente de la experiencia, o no ha podido hacerlo hasta ahora (el tema
del último capítulo de este libro). Por lo tanto, su debilidad queda al
descubierto en cuanto se presta atención a aquellos elementos dentro del
sistema que apuntan a algo más allá de él.
Dado que la base del pensamiento de la Ilustración era que todas las
verdades son coherentes, compatibles entre sí, no se contradicen y, en última
instancia reconciliables, su punto débil está allí donde se encontraban esas
incompatibilidades; ya que de hecho, en general nos sentimos, y siempre nos
hemos sentido, libres de ver de otra forma el mundo allí donde se ponían de
relieve aspectos irreconciliables. Uno de estos puntos débiles apareció con la
incipiente toma de conciencia de que, como generalización, las diferencias son
tan importantes como las generalidades. Montesquieu era consciente de que la
creencia de que "el hombre es diferente en cualquier lugar" es tan relevante
y verdadera como la afirmación de que "el hombre es el mismo en todas partes". Esta percepción,
que la generalización es la ruta hacia la verdad, y que todas las
generalizaciones deben ser compatibles, conduce desde las premisas del propio
sistema directamente a una paradoja. La idea de la diferencia individual es
central en el Romanticismo, pero no es sólo esto lo que hace que el punto de
vista de Montesquieu tienda hacia el Romanticismo: su misma aceptación de que
una cosa y su opuesta pueden ser ciertas es en sí misma una aceptación
romántica. El tránsito desde la Ilustración al Romanticismo por lo tanto no va,
desde A, a no-A, sino desde un
mundo en el que necesariamente, "A y no-A, no pueden ser ambos verdaderos,
al mismo tiempo”, a otro mundo donde es necesariamente verdad que, "A y
no-A, pueden ser ambos verdaderos", (en términos filosóficos esto se
convierte en la tesis, antítesis de Hegel -> síntesis). Así, algunos elementos
(por ejemplo, un cierto tipo de idealismo) se encuentran tanto en la
Ilustración como en el Romanticismo, que es cómo se produce la continuidad: por
poner un ejemplo, puede considerarse a la propia Revolución Francesa como una
manifestación del espíritu Romántico, mientras que al mismo tiempo, como dice
Berlin, los principios en nombre de los cuales se luchó eran los de la
Ilustración, en contradicción con la idea central del Romanticismo. La
progresión de la Ilustración al Romanticismo puede considerarse como algo
continuo (flecha superior) o como algo antagónico (flecha inferior),
dependiendo de dónde se ponga el énfasis:
En este capítulo
desarrollaré la idea de que el Romanticismo es una manifestación del predominio
del hemisferio derecho en nuestra manera de ver el mundo. Hay que recordar el
hecho de que el hemisferio derecho es más inclusivo, y puede igualmente
utilizar lo que el hemisferio izquierdo utiliza, así como su propio enfoque
preferido, mientras que el hemisferio izquierdo no tiene ese grado de
flexibilidad o reciprocidad.
Mientras que, para la Ilustración, y para el
funcionamiento lógico del hemisferio izquierdo, los opuestos dan lugar a una
batalla que debe ser ganada por "la Verdad", para los Románticos, y
para el hemisferio derecho, es la confluencia de los opuestos en una unión
fructífera lo que conforma la base no sólo de todo lo que encontramos bello,
sino de la verdad misma. Esto fue perfectamente expresado por Hölderlin. El vio
que tanto la esencia de la belleza como el fundamento de toda filosofía
residían en, das Eine in sich selber
unterschiedne, "lo uno diferenciándose en sí mismo". Según
Hölderlin, esta profunda intuición de Heráclito, "sólo la podía tener un
griego, pues es la esencia de la belleza, y antes de descubrir esto, no existía
la filosofía".1
¿Cuáles fueron los puntos desencadenantes de la
necesidad de dar un paso adelante, los puntos débiles del sistema del
hemisferio izquierdo?
Es cierto que existía la cuestión de cómo una cosa y
su opuesta ambas podían ser posibles. Pero había otras, muchas otras. Para
empezar, la razón misma proclamaba el hecho de que la propia razón era
insuficiente. La percepción de Montesquieu se anticipa a la afirmación de Blake
de que "generalizar es ser un idiota", siendo ella misma una
generalización. Llamando así la atención, a la manera gódeliana, sobre el hecho
de que todo sistema lógico conduce a conclusiones que no se pueden acomodar
dentro de él. Un matemático anterior, Pascal, había llegado a una conclusión
similar, a pesar de que no fuese compatible con la filosofía de la Ilustración.
"El último logro de la razón”, escribió, “es reconocer que hay infinidad
de cosas que la superan. Es realmente endeble si no puede llegar tan lejos como
para entender eso".2 Aunque ya esto había sido un conocimiento
común antes de la Ilustración, para aquellos que Pascal llamaba, "esprits fins", o mentes sutiles.3
"Me parece que la filosofía nunca tiene mejor mano que jugar", como
escribió Montaigne, "que cuando lucha contra nuestra presunción y nuestra
vanidad; cuando de buena fe reconoce su debilidad, su ignorancia y su
incapacidad para llegar a conclusiones".4
Además estaba el hecho de que la teoría fuera incompatible
con la experiencia. En figuras, como Rousseau y el pintor David creo que se puede
apreciar una evolución gradual desde los ideales de la Ilustración hasta los
del Romanticismo (la flecha superior en el diagrama de arriba). Pero en muchas
otras figuras de este periodo de transición, hay simplemente una disyunción
entre lo que explícitamente consideraban como verdad y lo que implícitamente
deben haber creído, a partir de sus acciones y juicios. Así como Reynolds,
cuando se enfrentó al genio indómito de Miguel Ángel, fue lo suficientemente
magnánimo como para dejar aparte los preceptos que había esbozado durante años
en sus conferencias, Johnson abandonó las ideas preconcebidas de la
Ilustración, a las que se refirió como "las insignificantes cavilaciones
de mentes mezquinas", cuando se encontró con la realidad de la grandeza de
Shakespeare. ¿Cómo conciliar el flagrante desprecio de Shakespeare por las
unidades clásicas, su tendencia, como ocurre en la vida misma, a mezclar
comedia y tragedia, su rechazo a crear prototipos representativos, para crear
en su lugar individuos de carne y hueso ("sus relatos, requerirían a Romanos
o a reyes, pero él sólo piensa en los hombres")5 De hecho, Pope
ya había llegado a la conclusión de que sus "personajes son tanto
la Naturaleza en sí misma, que "es una especie de injuria llamarlos por un
nombre tan ajeno como copias de ella" - en otras palabras, que se hallaban
presentes, no re-presentados. Y continúa: "Cada personaje de Shakespeare
es tan individual como los que hay en la vida misma".6 Johnson allanó el camino al juicio de Carlyle
cuando dijo, que las obras de Shakespeare, al igual que las fuerzas de la
naturaleza, "emergen de forma inconsciente desde las
profundidades desconocidas de su interior; como el roble emerge desde el seno
de la Tierra", Carlyle se refiere al significado oculto y necesariamente
implícito de Shakespeare, "como raíces, como savia y fuerzas que obran
desde el subsuelo.... El discurso es grande; pero el silencio es aún mayor."7
Así como el Renacimiento se revitalizó con
su retorno al mundo de la Antigüedad griega y romana, así también el mundo
posterior a la Ilustración se revitalizó con su retorno al Renacimiento,
particularmente por el redescubrimiento de Shakespeare, un elemento vital en la
evolución del Romanticismo, no sólo, en Inglaterra, sino en Alemania y Francia.
Evidenció algo tan poderoso que simplemente barrió los principios de la
Ilustración que le precedían, como inauténticos, e insostenibles frente a la
experiencia. No fue sólo su grandeza, su imprevisibilidad, su fidelidad a la
naturaleza lo que lo encumbró. En Shakespeare, la tragedia ya no es el
resultado de un defecto o error fatal: una y otra vez se encuentra un choque
entre dos maneras de estar en el mundo o de mirar al mundo, ninguna de las
cuales tiene que ser errónea. En Shakespeare la tragedia es de hecho el
resultado de la confluencia de opuestos. Y el brillante ensayo de Maurice
Morgann de 1777 enfatiza la importancia, de la dependencia contextual de las
características personales para la individualidad, luchando por expresar el
concepto de Gestalt casi doscientos años antes de su llegada.8
CUERPO Y ALMA
En caso de que parezca que estoy
haciendo un planteamiento sobre el arte más que sobre la vida, tomemos un
ejemplo de la vida real. El gran filósofo e intelectual de la Ilustración,
Nicolás Chamfort, habiendo declarado, con una superioridad típica de la Ilustración
ante la existencia encarnada, que el amor tal como existía entonces, no era más
que "l'échange de deux fantaisies et le contact de deux épidermes",9
*(el intercambio de dos caprichos y el contacto de dos
epidermis),se vio obligado a abandonar
la Corte tras una infeliz aventura amorosa con una bailarina muy bella, pero ya
comprometida.10 Y lo que es más triste aún, en teoría apasionado
entusiasta de la Revolución, se desilusionó rápidamente con la realidad. Perseguido
por los jacobinos a los que había apoyado ardientemente, terminó disparándose
en la cara y apuñalándose en el cuello, y, al no conseguir suicidarse, vivió
sus últimos días en un estado agónico.
Para la mente
Romántica, por el contrario, la teoría no era algo abstraído de la experiencia
y separado de ella (basado en la representación), sino que estaba presente en
el acto de la percepción. Por lo tanto, no se trataba de "aplicar" la
teoría a la vida, ya que los fenómenos mismos eran la fuente de la
"teoría". El hecho y la teoría, como lo particular y lo universal, no
eran opuestos. Según Goethe, "no sólo están conectados íntimamente, sino
que...se interpenetran entre sí...lo particular representa lo universal, ‘no
como un sueño o una sombra, sino como una manifestación momentáneamente
viva de lo inescrutable’".11 Lo particular metaforiza lo universal.
Goethe deploraba la tendencia que tenemos, para intentar encontrar una realidad
detrás de la particularidad del fenómeno arquetípico, igual que los niños que
se asoman por detrás de un espejo para ver lo que hay ahí.12
La descripción
del amor que hace Chamfort ilustra otra debilidad del pensamiento de la
Ilustración que allanó el camino hacia el Romanticismo. Se trata del problema
de lo explícito, y de todo aquello que necesariamente huye de ello, como si le
fuera la vida. El autoconocimiento había sido la meta de la sabiduría humana
desde la antigüedad. Sin embargo, Goethe escribió sabiamente que "somos, y
debemos ser, oscuros para nosotros mismos, vueltos hacia afuera, y trabajando
en el mundo que nos rodea".13 Nos vemos a nosotros mismos, y por tanto
llegamos a conocernos, sólo indirectamente, a través de nuestro
compromiso con el mundo en general.14
Su observación sugiere una consecuencia en el proyecto de la
Ilustración que se deriva de ello, de nuevo a la manera gódeliana, pero que no
puede estar contenido en él. La búsqueda de certeza y claridad de la
Ilustración no podía detenerse en los límites del yo: ¿Acaso no era la
conciencia del yo la garante de un comportamiento racional e inteligente? Tal como lo expresó Pope, "el
verdadero tema de estudio de la humanidad es el Hombre"; y, como gran
poeta que fue, se puede decir que tuvo éxito en expresar admirablemente su
punta de vista personal sobre el tema. Pero el foco de la atención objetiva no
puede aplicarse al hombre mismo. No da lugar al autoconocimiento, porque la elevada
autoconciencia que implica lo desconecta a uno de gran parte de la experiencia,
alterando crucialmente la naturaleza de aquello que se atiende, y subvirtiendo
así su propósito mismo como instrumento de conocimiento. Algunas cosas han de permanecer
oscuras para no forzarlas a traicionar su propia naturaleza: sólo se las conoce,
y se las puede expresar, indirectamente.
Una de ellas es nuestra
existencia encarnada. No fue sólo Chamfort, por supuesto. Los filósofos han
tenido, en su mayor parte, una relación antagónica y poco comprensiva con el
cuerpo – forma parte del oficio. Kant describía el matrimonio
como un acuerdo entre dos personas en cuanto al "uso recíproco de los
órganos sexuales del otro"; 15 cabe señalar también, que Kant
permaneció soltero, y murió probablemente virgen,16 o Descartes que describió la risa como aquello
que,
resulta
cuando la sangre procedente de la cavidad derecha del corazón a través de la vena
arterial central hace que los pulmones se hinchen de forma repentina y
repetidamente, forzando al aire que contienen a precipitarse a través de la
tráquea, donde forma un sonido inarticulado y explosivo. Al expulsar el aire,
los pulmones se hinchan tanto que empujan contra los músculos del diafragma, el
pecho y la garganta, provocando así el movimiento de los músculos faciales con
los que estos órganos están conectados. Y es precisamente esta expresión
facial, junto con el sonido inarticulado y explosivo, lo que llamamos
"risa".17
Bueno,
eso no es lo que yo llamo risa - aunque es difícil no reírse. Pero lo que llama
la atención aquí no es sólo la sensación de disgusto, la actitud
deliberadamente desapegada y mecánica adoptada por Descartes en esta anatomía
de la hilaridad. Es que sus aires de autosuficiencia no se ven en modo alguno
inhibidos por el hecho de que en realidad no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
Su descripción anatómica es una completa obra de fantasía. Pero había que poner
la risa en su sitio, porque la risa es espontánea, intuitiva e involuntaria, y
representaba el triunfo del cuerpo. Esto me recuerda la anécdota de Voltaire,
cuando le preguntaron si alguna vez se había reído, respondiendo: "je
n'ai jamais fait ha! ha! ha!".18
(n.t: Yo nunca lo he hecho, ja,
ja, ja) *
El problema aquí
no es el reconocimiento del papel que juega en nuestras vidas, el cuerpo -
Montaigne y Erasmo lo habían dicho con gran tacto, afecto y humor, sino la
insistencia en detenerse ahí, la negativa a ver a través de él. La
apreciación de Spinoza de que "cuanto más capaz es el cuerpo de ser
afectado de muchas formas, y de afectar de muchas maneras a los cuerpos ajenos,
más capaz de pensar es la mente",19 sitúa al cuerpo en su justa
relación con nuestras "partes más elevadas", de la misma manera que
Wittgenstein lo haría más tarde cuando escribió que “el cuerpo humano es la
mejor imagen del alma humana".20 Después de todo, la filosofía
misma está arraigada en el cuerpo: según los autores de Philosophy in the
Flesh (Filosofía en la carne), "las personas reales disponen de mentes
encarnadas cuyos sistemas conceptuales emergen, son conformados y adquieren
significado a través de cuerpos humanos vivos. Las estructuras neurales de
nuestro cerebro producen sistemas conceptuales y estructuras lingüísticas que
no pueden ser adecuadamente explicadas mediante sistemas formales que sólo
manipulan símbolos".21
Aquí no hay nada de reduccionismo, como tampoco es reduccionismo cuando
Diderot afirma con maravillosa franqueza que, “il y a un peu de testicule au
fond de nos sentiments les plus sublimes et de notre tendresse la plus épurée".22
(“n.t: Hay un pequeño testículo en
el fondo de nuestros sentimientos más sublimes y de nuestra ternura más
refinada”)*. Más bien al contrario, es una advertencia para no dejarse llevar
demasiado por las virtudes de la abstracción.
La fusión del
cuerpo con la mente, o más propiamente con el espíritu o el alma, nunca fue tan
intensamente sentida como por los Románticos. "Oh Humana Imaginación, oh Cuerpo Divino", escribió
Blake.23 Wordsworth llevó al máximo los sentidos para expresar esta
unión tan viva. "No conozco ningún libro o sistema de filosofía moral
escrito con suficiente fuerza para fundirse con nuestros afectos, para
incorporarse a la sangre y a los jugos vitales de nuestras mentes",24 y escribía sobre la relativa debilidad de la
filosofía en comparación con la poesía: "estos razonamientos escuetos y
desnudos son impotentes frente a nuestros hábitos, no pueden darles forma; por
la misma causa son igualmente impotentes para controlar nuestros juicios con
respecto al valor de hombres y cosas".24 No puedo imaginar que nadie antes que
él hubiera pensado en hablar de la "sangre
y los jugos vitales de la mente." En el Prefacio a las Baladas Líricas, su manifiesto
poético, Wordsworth escribió que la personificación de ideas abstractas, como
las que eran comunes en los versos augustos, son "un recurso mecánico del
estilo", un mecanismo que "los escritores de la métrica parecen
reivindicar por prescripción". Por el contrario, él deseaba mantener a sus
lectores "en compañía de la carne y el hueso":
La poesía no
derrama lágrimas "como las que lloran los ángeles", sino lágrimas
naturales y humanas; no puede jactarse de ninguna hondura celestial que
distinga sus jugos vitales de los de la prosa; la misma sangre humana circula por
las venas de ambos.25
Hay
aquí un contraste con su compañero de toda la vida y también poeta, Coleridge.
Carlyle ofrece un divertido retrato de Coleridge, al contar que sus invitados caían
dormidos alrededor de la mesa mientras él teorizaba sobre la interminable y
fascinante relación entre "sum-m-mject"
y "om-m-mject"* (n.t: sujeto y objeto)*; posiblemente
debido, justo a la abstracción de su formulación, que Coleridge nunca consiguió
encontrar una manera de trascender esta polaridad.26 Por el
contrario, Wordsworth no necesitaba hablar acerca de ello, porque
expresaba en la trama misma de su poesía, la unión del sujeto y el objeto, la
encarnación del mundo de las imágenes en el cuerpo vivo. Esto es algo que tiene
que ver con el propio ritmo de sus frases, y sus efectos en nuestra estructura física,
incluso en la respiración y el pulso. A veces él se refiere a esta síntesis en
la propia poesía – al hablar de "un mundo sólido y real / de imágenes a mi
alrededor",27 está tanto en el sentido como en el ritmo de
algunos de sus versos más famosos: "sentidas en la sangre, y sentidas
recorriendo el corazón", "han pendido de los latidos de mi
corazón", "y todo ese poderoso corazón yace inmóvil". Y,
en la expresión más sorprendente de su visión de que la Naturaleza era una presencia
viva, de carne y hueso, afirma con su característica franqueza que la respiración
de la Naturaleza era tan real para él, que sentía su aliento con tanta
intensidad en la constitución de su ser, que a veces lo confundía con el jadeo
de su perro.28
Paradójicamente,
también podría decirse que también en la Ilustración surgió fluidamente una
apreciación de la naturaleza corpórea de nuestra experiencia y comprensión del
mundo. Esto se debe a que la Ilustración había buscado en el mundo clásico sus
modelos de razón, orden y justicia; y uno de los efectos secundarios del
retorno a la antigüedad que caracterizó al neoclasicismo, y al gran viaje en el que se manifestó, no
fue sólo la revelación de las formas palpablemente bellas de la escultura
clásica, sino el redescubrimiento del seductor y cálido Sur.
Eichendorff decía
que el Romanticismo era la nostalgia de los protestantes por la tradición católica.29
Hay muchos niveles de lectura en esta observación. En un nivel podría indicar
la nostalgia de un pueblo, alejado conscientemente de su cultura tradicional, hacia
un mundo en el que la cultura tradicional aún persistía irreflexivamente. A
diferencia de la historia vista como un reino intelectual, como una acumulación
de ideas sobre cuestiones socioculturales, la tradición es la encarnación
de una cultura: no es una idea del pasado, sino el propio pasado
encarnado. Y esto ya no estaba disponible para aquellos que habían abandonado
la tradición. En otro nivel, la observación de Eichendorff podría ser vista
como una expresión de amor del frío Norte por la sensualidad corporal del Sur.
Y el pasado, el Sur y el cuerpo están unidos inextricablemente en el
Romanticismo, como atestiguan algunos de los poemas más famosos de Goethe, en particular
sus Römische Elegien (Elegías
romanas, originalmente titulado Erótica
Romana). Pero, más que todo esto, se podría ver la observación de
Eichendorff sobre la nostalgia de los protestantes por la tradición católica,
como el reconocimiento de un movimiento, que de hecho es lo que creo que
significa el surgimiento del Romanticismo, para restablecer el desequilibrio de
los hemisferios, y reducir el predominio del lado izquierdo. El hemisferio
izquierdo está más estrechamente asociado con la voluntad consciente, y puede
ser visto como el brazo administrativo de los lóbulos frontales en su
importante logro de la autoconciencia. Por lo tanto, cualquier movimiento de
este tipo, se encuentra con una paradoja desde el principio: cómo tener éxito
en el intento autoconsciente de alcanzar un estado de (relativa) falta de autoconsciencia.
Este es el tema del famoso y notable ensayo de Kleist titulado "Sobre el Teatro de Marionetas",
tema al que volveré al final de este libro.
La añoranza por
la inocente inconsciencia del pasado, tanto histórico como personal, es un tema central del
Romanticismo, que de nuevo se aleja del mundo del hemisferio izquierdo para
acercarse al del derecho. Y no sólo por la asociación del hemisferio izquierdo
con una excesiva autoconciencia. La memoria personal y emocional se almacena
preferentemente en el hemisferio derecho, y la infancia también se asocia con
una mayor dependencia del hemisferio derecho. El hemisferio derecho es
particularmente importante en la experiencia de la infancia y es incluso
preponderante en el desarrollo del lenguaje en la primera infancia;
30 muchos gestos con las manos que se producen desde áreas del habla del
hemisferio derecho, que se abandonan en la primera infancia, a medida que el
lenguaje se desplaza hacia el hemisferio izquierdo. Es con el hemisferio
derecho con el que rememoramos recuerdos de la infancia31 y
recuerdos autobiográficos de cualquier tipo.32 Como se mencionó en
el Capítulo 2, el hemisferio derecho está más desarrollado hasta el segundo año
de vida.33 Y dada la relativa naturaleza de "cerebro
dividido" del niño, el hemisferio derecho se manifiesta con una
despreocupación peculiar, que le permite sentirse a salvo de ser abrumado, tal como
más tarde le ocurrirá, al hemisferio izquierdo. El hemisferio derecho es más
activo en los niños hasta los cuatro años de edad, 34 y la
inteligencia en todo el espectro de facultades cognitivas de los niños (y
probablemente en los adultos) está relacionada principalmente con el
funcionamiento del hemisferio derecho.35 En la niñez, la experiencia
está relativamente exenta de re-presentación: la experiencia tiene "la gloria y la frescura de un sueño",
como lo expresó Wordsworth.36
Esto no era sólo una visión romántica, sino que estaba detrás de las
evocaciones de la propia infancia por parte de, por ejemplo, Vaughan en El Retiro y de Traherne en sus Siglos.37 La infancia representa la inocencia, no en un
sentido moral, sino en el sentido de ofrecer lo que los fenomenólogos
consideran la inmediatez pre-conceptual de la experiencia (el mundo antes de
que el hemisferio izquierdo lo atenúe con la familiaridad). Fue esta auténtica
"presencia" del mundo lo que la poesía romántica pretendía recuperar.
La aceptación Romántica de que no existe un simple
"hecho material" - una realidad que existe independientemente de
nosotros y de nuestra actitud hacia ella - puso en primer plano la cuestión
absolutamente crucial de nuestra disposición hacia la realidad, la relación en
la que uno se encuentra con ella. Este énfasis en la disposición hacia lo que
sea que exista, más que a la primacía de la cosa en sí misma, aisladamente o
por abstracción, explica la plétora, por lo demás desconcertante, de descripciones
a menudo contradictorios sobre lo que "defendía" el Romanticismo– lo
que Berlin describe como el paso de lo que se dice o se hace, al espíritu con
el que se dice o se hace. ¿Cómo fue que la Revolución Francesa, comprometida en
nombre de la razón, el orden, la justicia, la fraternidad y la libertad, fuese
tan irrazonable, turbulenta, injusta, no-fraternal e intolerante? Por la misma
razón que otros proyectos grandiosos originados en la racionalización del
hemisferio izquierdo han acabado por traicionar sus ideales. Todo esto estaba
en consonancia con la preocupación del hemisferio izquierdo, por lo que es
una cosa y no por la manera en que esa cosa es (el "qué" en
lugar del "cómo"), las ideas, los conceptos, y los actos se
cosificaban con pulcritud (las conocidas figuras estatuarias de la Razón, la
Justicia, la Libertad, etc.), y se descuidaba la forma en que se actualizan en
el confuso contexto humano del mundo vivo. Los fines vienen a justificar los
medios.
"Mi pensamiento no está
separado de los objetos", escribió Goethe:
Los elementos
del objeto, la percepción del objeto, confluyen en mi pensamiento y se impregnan
plenamente de él.... Mi percepción en sí misma es un pensamiento, y mi
pensamiento una percepción. El hombre se conoce a sí mismo sólo en la medida en
que conoce el mundo; solo tiene conciencia de sí mismo dentro del mundo, y
conciencia del mundo sólo dentro de sí mismo. Cada nuevo objeto, visto
claramente, abre en nosotros un nuevo órgano de percepción.38
Esta última frase, quizás un tanto
críptica, sugiere que para que experimentemos
verdaderamente algo tiene que entrar en nosotros y alterarnos, y debe
haber algo en nosotros que responda específicamente a ello como algo único.39
Una consecuencia de esto, como reconoció Thomas Kuhn, será que aquellos
fenómenos con los que no tenemos ninguna afinidad, y que en cierto modo no
estamos preparados para ver, a menudo no se ven en absoluto.40 La
teoría, en el sentido convencional del término, puede restringir la capacidad
de ver las cosas, y el único remedio es ser consciente de ello.
Así pues, la
comprensión no es un proceso explicativo discursivo, sino un momento de
conexión, en el que vemos a través de nuestra experiencia - un aperçu o
insight.41 Todo ver es "ver como"; no es que se añada una
cognición a la percepción, sino que cada acto de ver, en el sentido de permitir
que algo se "presente" para nosotros, es en sí mismo necesariamente
un acto de comprensión.42
A menudo se
plantea una exigencia extremadamente extraña que nunca se satisface, ni
siquiera por parte de quienes la formulan: es decir, que los datos empíricos
deben ser presentados sin ningún contexto teórico, dejando al lector, o al
estudiante, a su propia suerte para juzgarlos [la exigencia clásica de la
ciencia de la Ilustración]. Esta exigencia parece extraña porque es inútil
simplemente para mirar algo. Cada acto de mirar se convierte en observación,
cada acto de observación en reflexión, cada acto de reflexión en la elaboración
de asociaciones; así es evidente que teorizamos cada vez que miramos
atentamente al mundo.43
La teoría, en este sentido, según
Goethe, no es una abstracción sistematizada a posteriori, y separada de la
experiencia, sino una visión que ve algo en su contexto (en la
"elaboración de asociaciones") y que ve a través de ello.
La realidad no
era, como Goethe y los Románticos llegaron a ver, el estado de cosas fijo e
inmutable que asume el hemisferio izquierdo. "El fenómeno nunca debe ser
considerado como terminado o completo", escribió Goethe, "sino más
bien como algo que evoluciona, crece y, en muchos aspectos, como algo aún por
determinar".44 Interesantemente, a la luz del último capítulo,
señalé que "Vernunft [la razón] se ocupa de lo que está llegando a ser,
Verstand [la racionalidad] de lo que ya ha llegado a ser... (la razón)
se regocija en todo lo que evoluciona; la racionalidad quiere mantenerlo todo
estático, para poder utilizarlo".45 Tal vez la
percepción más profunda del Romanticismo fue que formamos parte de un mundo
cambiante, y que el mundo evoca en nosotros facultades, dimensiones y
características, igual que nosotros traemos a la existencia aspectos del
mundo,.
Esto no era una idea o una teoría, para los Románticos,
sino una realidad encarnada. Se puede ver en las pinturas y sentirlo en la
poesía de la época. Está relacionado con el sentido de profundidad que se
transmite por doquier en su arte.
PROFUNDIDAD
El gran arte de este periodo es el
paisajismo, y la principal influencia en el arte del paisajismo de la época fue
indudablemente Claude Lorrain. A pesar de haber fallecido mucho antes del
nacimiento del Romanticismo, parece haber prefigurado la visión de los Románticos;
se puede ver en él - en contraste con su compatriota más cartesiano,
contemporáneo y amigo, Nicolás Poussin - una vía directa desde el Renacimiento
al Romanticismo, una especie de autopista del hemisferio derecho que la
Ilustración dejó intacta. Claude Lorrain artesano intuitivo de gran habilidad
más que un intelectual, pero no obstante un genio de la imaginación, parece
haber visto mejor que nadie la importancia de la relación entre dos de las
preocupaciones definitorias del Renacimiento: la mirada retrospectiva al pasado
Clásico y la observación de la naturaleza. En sus cuadros, uno siente que la
mente está profundamente comprometida con el mundo, que el espíritu humano se extiende
casi ilimitadamente por la propia magnitud de las extensiones del espacio y
tiempo. Constable le consideraba "el paisajista más completo que el mundo
haya visto".46 Turner lo idolatraba y reinventaba obsesivamente
su estilo; su mayor ambición era pintar algo digno de comparación al Puerto
con el Embarque de la Reina de Saba,
y que pudiera ser colgado junto a esta obra en la National Gallery de Londres - una aspiración que, por cierto, se
hizo realidad.47 Keats se inspiró para escribir algunos de sus
mejores versos en una de las pinturas de Claude, la que llegó a conocerse como El Castillo Encantado.48
Los temas de las
pinturas de Claude no son las diminutas figuras cuyas historias constituyen su
pretexto, sino la profundidad, espacial y temporal, de nuestra relación con el
mundo, de la que el color, la luz y la textura actúan como metáforas visuales.
En los cuadros de Claude hay una profunda perspectiva, realzada a veces por
edificios de ángulos pronunciados que a menudo forman parte del primer plano,
en particular en sus escenas portuarias, y por una extraordinaria capacidad de
utilizar las variaciones de luz y color para evocar no sólo la distancia como
tal, sino una sucesión o progresión de distancias, de manera cada una de da
lugar a la siguiente, por la que el espectador se ve inexorablemente envuelto
en la escena imaginada.
La luz suele ser
también gradual, no la luz plena y supuestamente "reveladora" de la
ilustración, sino la penumbra del amanecer o del atardecer. Las primeras poesías
Romántica se manifiestan en escenarios similares – en la Oda al Atardecer de William Collins, con sus "aldeas pardas y
sus capiteles en penumbra", la apertura crepuscular de La Elegía de Gray, los sonetos
de William Lisle Bowles, o los
Pensamientos Nocturnos de Young - pero también en su transición por las
estaciones del año en, la Oda al Otoño
de Keats, el "Viento del Oeste, aliento del ser del Otoño", de
Shelley y así sucesivamente. En términos de los hemisferios, los estados de
penumbra y de transición tienen multitud de afinidades con la complejidad, la transitoriedad,
la carga emocional, los estados oníricos, lo implícito y lo inconsciente, más
que con la claridad, la simplicidad, la fijeza, el distanciamiento, la
conciencia explícita y plena. La perspectiva temporal es también inmensa así:
por ejemplo, en los edificios del Paisaje con Ascanio asaeteando al ciervo
de Silvia o en el Puerto con el
Embarque de la Reina de Saba, (láminas 7 y 8) ya tienen lo que parecen ser
siglos, si no milenios, de haber sufrido desgaste.
Lamina 7. Puerto
con el embarque de la Reina de Saba. Claude de Lorrain
Lamina 8. Paisaje con Ascanio asaeteando
el ciervo de Silvia. Claude de Lorrain,
La evocación de
la profundidad es, tanto el medio por el cual nos sentimos atraídos hacia una estrecha
relación con algo remoto (en lugar de simplemente observarlo, lo que sería el
efecto de algo plano), como, al mismo tiempo e inseparablemente, la
incontestable evidencia de la separación con respecto a ello. La distancia
temporal y espacial no sólo expande el alma, sino que inevitablemente la
introduce en un estado de conciencia de separación y pérdida - la condición
primigenia de los Románticos en este proceso, el espacio actúa a menudo como
metáfora del tiempo. Esto se aprecia en las tempranas obras del Romanticismo,
por ejemplo, en las obras de Thomas Gray. Su "Oda a una perspectiva lejana de Eton College", donde había pasado sus días escolares, no es tanto una
perspectiva distante en el espacio, sino en el tiempo, que aquí actúa como metáfora
– una visión del pasado. Su posición elevada le permite mirar hacia abajo a su
antiguo yo ("Mirad, en el valle de los años transcurridos"), mientras
percibe la falta de conciencia de sí mismos, en los colegiales en contraste con
su propio doloroso conocimiento de lo que está por venir ("¡Ay, sin tener en cuenta su destino,
las pequeñas víctimas juegan!"). La posición elevada no sólo
representa la distancia, sino un mayor grado de autoconciencia. Del mismo modo,
los famosos versos retrospectivos de Wordsworth en la "Abadía de
Tintern" - "Han pasado cinco años; cinco veranos con la lentitud de
cinco largos inviernos..."- están escritos desde un lugar privilegiado en
el valle por encima de la abadía desde donde el poeta alcanza a contemplar,
Estas hileras de setos vivos, apenas
setos, líneas suaves de
concupiscente madera silvestre: esas granjas bucólicas, verdes hasta la misma puerta; y guirnaldas
de humo ¡Elevándose, en silencio, de entre los
árboles!
que representan no sólo recuerdos
personales, sino también los de su cultura, memorias de una inocencia
inconsciente, la pérdida de la inocencia cultural que conlleva formar parte de
un mundo que es demasiado consciente de sí mismo, la pérdida que Gray había
evocado en la "Elegía en un cementerio rural".
En el comienzo
del Libro VII de su extenso poema autobiográfico titulado El Preludio, Wordsworth describe una feria rural que tiene lugar en
un valle bajo sus pies, mientras él permanece sentado en la ladera de
Helvellyn, y le llegan las voces de la gente del campo, riendo y hablando. Una
vez más, su posición elevada es una imagen de la propia conciencia, un nivel de
conciencia de sí mismo que ya no puede perder, separado para siempre de los
placeres sencillos de la vida rustica, por su conciencia de que el verdadero
placer pertenece únicamente a los que no son conscientes de sí mismos. La
evocación del eco de las voces ascendiendo hasta lo alto de su asiento,
transmiten perfectamente la combinación de cercanía y distancia, de algo recuperado,
pero también perdido para siempre. ¿Cómo ser simplemente irreflexivo allí
abajo, y al mismo tiempo estar en condiciones de apreciar la sencillez?
Hay aquí una
condición ambigua, en la que uno se ve transportado a otro mundo, como en los
lienzos de Claude, y del que, sin embargo estamos excluidos. La misma distancia
que conecta también desgarra. La amargura y la dulzura son aspectos de la misma
experiencia, y emergen en la misma medida y al mismo tiempo en los mismos
términos. Es esta condición ambigua la que da lugar a la mezcla de emociones, a
la "melancolía placentera" de los románticos - no, como parece ser
asumido a menudo (las sombras de Séneca), a un placer autocomplaciente en el
dolor por su propio interés. Este error surge del pensamiento de lo "uno u
lo otro" (tiene que ser placer o ser dolor), unido al análisis secuencial
(si ambos están presentes, uno debe dar lugar al otro, presumiblemente el dolor
al placer). Se excluye la opción de que ambas emociones puedan ser causadas al
mismo tiempo por el mismo fenómeno.
Algo similar
parece subyacer a un malentendido común sobre lo sublime, otro fenómeno central
del Romanticismo. Las vastas distancias evocadas por la profundidad visual, los
grandes objetos y perspectivas, adquieren una gran importancia, debido a su
poder metafórico para expresar un sentido de inefabilidad, que se experimenta
tanto física y emocionalmente como conceptualmente. Diez años antes de que
Burke escribiera su famosa Indagación filosófica sobre el origen de nuestras
ideas acerca de lo sublime y lo bello, su contemporáneo menos conocido,
John Baillie escribió que "toda persona, que está viendo un objeto
grandioso le invade algo que, por así decirlo, le amplía su propio Ser y lo
expande hasta una especie deiInmensidad".49 Lo que
quiero destacar aquí es la manifestación clara de que, contemplado
correctamente lo sublime, expande y amplia, no empequeñece, el ser de quien lo
contempla. Pero la misma profundidad que nos une es también la evidencia de la
separación. En la medida en que nos unimos con algo más grande que nosotros
mismos, sentimos la expansión del alma a la que se refiere Baillie; en la
medida en que somos conscientes de la separación, sentimos nuestra pequeñez.
Esto es intrínseco a la experiencia del asombro.
La irrupción en el
pensamiento Romántico de la conexión esencial de las cosas les permitió ver que
aquellos que están maravillados por algo grandioso - ya sea Dios, la
inmensidad, o la belleza y complejidad de la naturaleza - no están apartados de
ello; sienten algo que es lo Otro, ciertamente, pero también algo de lo que
participan. Debido a la conexión empática o a la entreidad - de la cual la
profundidad aquí es una metáfora – participamos en el carácter de lo Otro y sentimos
la distancia de ello. Los románticos entendieron que el sentimiento de reverencia
no es un encogimiento, sino en realidad, una exaltación de la misma verdad: un
sentido de pertenencia a algo más grande que uno mismo, que para los Románticos
era el mundo fenoménico, y lo que se podía ver a través de ello.
Lo profundo y la
altura se convierten en símbolos de la profundidad: el elemento esencial de lo
sublime no es simplemente algo grande, sino de algo que se desconoce sus
límites, como la cima de una montaña oculta entre las nubes. "La idea de profundidad" escribe
Berlin, "es algo con lo que los
filósofos rara vez tratan. Sin embargo", continúa,
es un concepto perfectamente susceptible
de ser tratado y, de hecho, una de las categorías más importantes que
utilizamos. Cuando decimos que una obra es profunda, más allá de que se trate
obviamente de una metáfora, supongo que de pozos, que son hondos y profundos -
cuando decimos que alguien es un escritor profundo, o que un cuadro o una pieza
musical es profunda, no está muy claro lo que queremos decir, pero ciertamente
no queremos cambiar esa descripción por algún otro término, como
"bello" o "importante" o "construido de acuerdo con
reglas" o incluso "inmortal”.... Según los románticos - y ésta es una
de sus principales contribuciones al entendimiento en general - lo que entienden
por profundidad, aunque no lo discutan con ese nombre, es lo inagotable,
inabarcable.... No hay duda de que, aunque intente describir en qué consiste…. la
profundidad, tan pronto como empiezo a explicarlo, queda claro que por mucho
que hable, se abren nuevos abismos. No importa lo que diga, siempre tengo que
dejar tres puntos suspensivos al final.... Me veo obligado en mi discusión,
obligado en la descripción, a utilizar un lenguaje que es, en principio, no
sólo hoy sino por siempre, inadecuado para su propósito.... No hay ninguna
fórmula que por deducción conduzca a todas [las "perspectivas"
abiertas por dicha profundidad].50
En el capítulo sobre el Renacimiento hice hincapié en la perspectiva más
amplia y profunda tanto del tiempo como del espacio, que caracterizaba a dicha
época. Si se observan los grabados de la arquitectura de la antigua Roma que
aparecen en el influyente Speculum Romanae
Magnificentiae (Espejo de la magnificencia de Roma)
del francés Antonio Lafréri, un grabador que trabajó en Roma a mediados del
siglo XVI (figura 11.1) se ve en ellos una línea ininterrumpida que los conecta
directamente con el espíritu, no sólo de los estudios arquitectónicos de Claude
en el siguiente siglo, sino con obras icónicas del Romanticismo temprano doscientos
años posteriores, como la serie de Piranesi, Vedute di Roma, los grabados de Barbault, Vues des Plus Beaux Restes des Antiquités Romaines, e incluso los Carceri
d'Invenzione, tan en consonancia con el espíritu de Horace Walpole y de
Quincey. Doscientos cincuenta años después, Ducros lo pinta con una mirada
notablemente similar (fig.11.2).
figura.11.1 El
Coliseo, de Antonio Lafreri, hacia 1550.
Fig.11.2 El Coliseo, de Louis Ducros,
finales del siglo XVIII.
Y existe una clara relación entre los paisajes de Claude y los de los
paisajistas Románticos como Richard Wilson en Inglaterra o Thomas Cole en
América. (lamina 9)
Lamina 9. El
Último de los Mohicanos-T. Cole
Paradójicamente,
no fue la Ilustración, sino el Romanticismo, el movimiento que reveló la
belleza y el poder de la luz. En Claude, los Románticos encontraron su ejemplo.
Los estudios de las nubes de Constable y los resplandecientes y delicados paisajes
de Turner, tan estudiados por los impresionistas, son esencialmente
celebraciones de luz y color. Y sin embargo, es un profundo error, como sucede
a menudo, verlos como proto-abstractos, es decir abstractos en todo menos en el
nombre.
Lo abstracto está
por definición desvinculado – abstraído - del mundo. No contienen luz: la luz,
como la profundidad y la textura, existe sólo en la experiencia, no en el reino
del pensamiento. Una pintura como la
Conflagración de Bierstadt ilustra
muy bien esta idea (lamina 10). De algún modo es lo más
cercano a lo abstracto, que se puede imaginar, e incluso alcanza una sublimidad
a través de la luz, la profundidad y el color que en sus paisajes más
convencionales a veces se pierden, por sus trazos demasiado explícitos respecto
al espectador.
Es notable que en
los momentos en que, según mi visión, ha habido un período de
"liberación" del hemisferio derecho - el Renacimiento y el
Romanticismo – haya habido un interés por una visión a largo plazo, y por una
visión elevada de la vida: la visión que aporta la distancia. Esto podría estar
relacionado con el hecho de que el hemisferio derecho tiene una visión
generalmente más amplia, lo cual se sabe que es el caso, pero podría ser más
que eso. Si uno es consciente de la singularidad de las personas y las cosas
individuales, y al mismo tiempo está comprometido afectivamente con ellas,
inevitablemente se ve obligado a enfrentarse a la separación y la pérdida.
Lamina 10. la Conflagración. Albert Bierstadt
Esto se expresa metafóricamente en una evocación de la
distancia en el espacio y en el tiempo, y por lo tanto con paisajes vistos
desde arriba, y desde lejos, tanto en la pintura como en la poesía. Una
relación afectiva con "lo Otro" a través de la distancia de tiempo y
espacio nos permite entendernos a nosotros mismos como parte de un mundo
tridimensional - no sólo tridimensional en el sentido espacial, sino también
con profundidad temporal y emocional, un mundo en el que caminamos hacia la
muerte inexorablemente. El hecho de verse a uno mismo en otros lugares, y en otros
tiempos, y aun así no apartarse del abismo que se abre en medio, una
característica tan importante del mundo de los Románticos, con su capacidad de
fusionar la separación con la conexión, está presente en la famosa imagen de
Donne de las agujas de una brújula, y
de las almas de los amantes extendidas
entre ellas, como la lámina de oro de un joyero de "oro tañida hasta la
delgadez aérea": ese poema también trata no sólo del amor y de las
separaciones de los amantes, sino de la separación definitiva de la muerte (que
según Donne no es una separación).
MELANCOLÍA Y ANHELO
Tanto en el Renacimiento como en el Romanticismo, hay una fascinación por
el pasado, incluyendo el pasado clásico (pensemos en el soneto Ozymandias de Shelley), en contraste con
el acento que puso la Ilustración en el futuro. Incluso el lamento por la juventud
perdida, que parece formar parte de la quintaesencia del romanticismo, está
presente en el Renacimiento una y otra vez, como en la obra de Sir Walter Raleigh:
Cual sueños sin
realidad, así han acabado mis alegrías, y el retorno al pasado son todos mis días de
diversión; Mi amor confundido, y la fantasía totalmente
perdida, de todo lo que pasó, sólo queda la pena....
O en la
"Elegía" de Chidiock Tichborne:
La primavera ha pasado, y sin embargo no
hay brotes, el fruto ha caído, y sin embargo las
hojas están verdes, mi juventud se ha ido, y sin embargo soy
joven, he visto el mundo y, sin embargo, no fui
visto, mi hilo está cortado, y antes no fue
hilado, y ahora vivo, y pero mi vida ha
terminado.
Del
mismo modo, se hace énfasis en lo individual o único, más que en lo general, y más
en lo fugaz que en lo fijo e inmutable. A las sensibilidades post-románticas, esto
les ha parecido ligado a la cultura y tal vez autoindulgente. De hecho, sin
embargo, es sólo en un mundo donde las cosas son intercambiables o permanecen
inalterables - el ámbito de las ideas o representaciones, el del hemisferio
izquierdo – donde uno podría permitirse el lujo de adoptar cualquier otro punto
de vista.
Al igual que en
el Renacimiento se enfatizó el carácter no causal de la melancolía, para que no
corriera el riesgo de ser confundida, y reducida a una reacción a
circunstancias concretas, así también se la vuelve a subrayar en el
Romanticismo. Heine comienza su poema Lorelei, ‘Ich weiß
nicht, was soll es bedeuten, / Daß ich so traurig bin’;* (No sé lo que puede significar/ que esté tan
afligido) y así también, se lamenta Lermontov, en su poema: "¿‘Chto
zhe mne tak bol’no i tak trudno? / Zhdu l’ chevo? Zhalyeyu li o chyom?’* (Qué es lo que me duele y me atormenta?
¿Acaso estoy esperando, o sufriendo, por algo?”. Y en cada caso la belleza
del amplio escenario natural que rodea al poeta - en el caso de Heine, el
apacible fluir del Rhin y la puesta de sol en la cima de las montañas, en el de
Lermontov, la solemne maravilla del firmamento sobre la estepa, durmiendo en su
quietud azul - contrasta con esa tristeza tan difícil de desentrañar. Más
tarde, Tennyson escribiría: "Lágrimas, lágrimas vanas /no sé lo que
significan /Lágrimas que emanan de las profundidades de alguna desesperación
divina..." Tal como dejan claro los comentarios de Tennyson sobre la
composición de este poema, no era una expresión de aflicción, sino de nostalgia.51
Y lo asociaba con la distancia temporal y espacial: "Ahora siempre está conmigo; es la distancia
lo que me cautiva en los paisajes, en los cuadros y en el pasado, y no el día inmediato
en el que me muevo."52 Ya de niño le atormentaba lo que
él llamaba la pasión del pasado.53 La distancia produce algo que no
está ni en el sujeto ni en el objeto, sino en lo que surge entre ambos, y es
intrínsecamente melancólico. Hazlitt escribió:
Cuando era
niño, vivía con vistas a una cordillera de colinas elevadas, cuyas azules cimas
se confundían con el sol del poniente tentando a menudo mis ojos anhelantes y
mis pies errantes. Por fin puse en marcha mi propósito, y al acercarme, en
lugar de una atmosfera resplandeciente entretejida con formas fantásticas, me encontré
con enormes montones de tierra descolorida.... La distancia en el tiempo tiene
el mismo efecto que la distancia del lugar.... No es la pequeña,
resplandeciente, y casi borrosa mancha en la lejanía, lo que atrae nuestra
atención y "suspira en los latidos de nuestros corazones": es el
intervalo que nos separa de ella, y del cual es el límite tembloroso, lo que
estimula todo ese torbellino y poderoso estremecimiento en el pecho. Dentro de
esa gran brecha de nuestro ser "se agolpan suaves deseos" e infinitos
pesares.54
No
es en el hecho rotundamente obvio de la melancolía Romántica en lo que deseo centrarme,
sino en el significado, en términos hemisféricos, de esa condición. En el
capítulo sobre el Renacimiento - ya he mencionado la diferencia entre desear y
anhelar. El primero es un impulso, el segundo una atracción. El deseo es una
pulsión, como la que experimenta o posiblemente encarna el hemisferio
izquierdo, en el que uno se ve impelido, por decirlo así, "desde
atrás", hacia algo que es inerte, y de lo que uno está aislado, algo que
no participa en el proceso salvo por el hecho de su existencia. En el anhelo,
uno es atraído "desde adelante" hacia algo de lo que ya no está
separado por completo, y que ejerce una influencia a través de esa
"separación dentro de la unidad". La primera es como una fuerza
hidráulica (como el modelo de las pulsiones de Freud), una presión mecánica; la
segunda es más como un campo magnético, una atracción eléctrica (como sugeriría
el modelo de los arquetipos de Jung). La primera es unidireccional; la segunda
es bidireccional - hay una "entreidad". La primera es lineal; la
segunda, como sugiere el concepto de "campo magnético" es holística,
de forma redondeada. El primero tiene una visión clara de su objetivo; el
segundo intuye lo "Otro". El primero es una fuerza simple, en tanto
que no es mixta - se desea o no se desea.
El anhelo, por el contrario, está lleno de emociones combinadas. Pensemos en
los objetivos típicos del anhelo: el hogar, a veces combinado con la muerte,
como en el poema de Eichendorff, "Aus der Heimat hinter den Blitzen rot”
*, (Desde mi patria, tras los resplandores rojizos), tan maravillosamente
musicalizado por Schumann, que, en su dolorosa ambigüedad, demuestra cuán
agridulce es el anhelo. O se anhela a la persona amada, como en casi todos los
poemas de Heine: "Im wunderschönen Monat Mai . . . Da hab’ ich ihr gestanden / Mein Sehnen und Verlangen“*; (En el
hermoso mes de mayo ... Allí le confesé /
mi anhelo y mi deseo); o por ejemplo
en el poema de Goethe "Nur wer die Sehnsucht kennt, / weiss was ich
leide!’*(Solo quien conoce el anhelo
/ sabe lo que sufro) - O por las sombras en el principio del Renacimiento -
por el ideal eterno de la feminidad, "das Ewig-Weibliche"* (el eterno femenino), como lo
describió Goethe, que ‘zieht uns hinan’ (“nos atrae hacia delante y
hacia arriba" - en alemán la idea de anziehen incluye la idea de
atraer algo a "casa", como se suele decir), O por el cálido Sur, de
Goethe como en el ‘Kennst du das Land, wo die Zitronen blühn?* (¿Conoces la tierra donde florecen los
limoneros?). O por la infancia, o el pasado, en prácticamente todos los
poetas, desde Wordsworth hasta Hardy, y más allá. Pero, en última instancia, se
anhela algo que no tiene nombre. Es un movimiento de fe en un estado de
incertidumbre: como dijo Shelley, "La devoción por algo lejano /desde la
esfera de nuestro pesar".
Aunque el término
no fue acuñado hasta el siglo XVIII, la nostalgia no es un invento de entonces.
En el Simposio de Platón la nostalgia
es la base de la fábula que narra Aristófanes sobre los orígenes del amor, de
la criatura dividida que anhela reencontrarse con su otra mitad. Y en el otro
extremo del espectro temporal, aparece en el retrato que hace Bellow de Allan
Bloom, el Ravelstein original que da título a su novela, quien "pensaba –
no, veía - que cada alma estaba buscando a su particular otredad, anhelando su
complemento". También es el sentimiento central en la poesía oriental.
"La nostalgia del pasado es una clave para entender la poesía
japonesa", escribe Donald Keene.55 Durante más de mil años,
casi todos los poemas cortos en japonés consistieron en evocación de las
estaciones,
Ya sea
directa o veladamente como lo revelan fenómenos característicos, como la
niebla, la neblina, la bruma, etc…. la luna, a menos que sea calificada con
otra palabra estacional, era siempre la luna en otoño…. Los poetas japoneses
han sido inusualmente sensibles a los cambios que acompañan a las
estaciones.... A los poemas que hablan del verano o del invierno…solo se les
concedía la mitad del espacio que se les daba a los poemas de primavera y de
otoño [véase el romanticismo inglés].... el estado de ánimo es más a menudo
agridulce que trágico o alegre. Rara vez hay una sugerencia de la felicidad del
amor; los poetas escribían más a menudo sobre el amor no correspondido, la
incomparecencia de la persona amada a la cita prometida, o incluso la
aceptación de la muerte como la única resolución de un idilio desgraciado, como
si la alegría fuera algo indecoroso.56
Por
lo demás, la empatía con la naturaleza no sólo afloró en la Alemania e
Inglaterra del siglo XVIII , algo que, en cualquier caso - queda claro en la
poesía Renacentista; sino que ya era un elemento destacado en la sensibilidad
del Japón del siglo X, por ejemplo, en la importante antología de los poetas, Kokinshú.57
En otras palabras, muchas de los rasgos del Romanticismo son de hecho
potencialmente universales, son parte de la estructura de la mente y el cerebro
humanos, y no son sólo aspectos de un síndrome ligado a una cultura. En otras
culturas, lo que calificamos de romántico se considera el punto de vista
"natural", mientras que para el mundo del hemisferio izquierdo con su
mecanicismo y materialismo racionalista aparece como un síndrome ligado a la
cultura.
Keene llama la
atención sobre el lugar que ocupa la niebla, la bruma, la neblina y la luz de
la luna en la poesía japonesa. También los Románticos sentían predilección por
lo que sólo se puede discernir parcialmente – por los bocetos inacabados, por
la penumbra del amanecer, por las escenas del crepúsculo o a la luz de la luna,
por la música que se escucha a lo lejos, por las montañas cuyas cimas permanecen
ocultas por la niebla que viene y se va. En el capítulo dos me referí a la
constatación sistemática de que siempre que una imagen se presenta de forma
fugaz o degradada, de modo que sólo se dispone de información parcial, se
manifiesta una superioridad del hemisferio derecho.58 Una forma de entender el Romanticismo
es verlo como el cortejo, por todos los medios posibles, del mundo tal y como
es dado por el hemisferio derecho.
Otra forma de
verlo es que, durante el proceso para completar, o intentarlo, la percepción fragmentaria
a través de la imaginación, uno se convierte en parte, en creador de lo que
percibe. Y lo que es más importante, sólo en parte: si la cosa se diera
en su totalidad, de modo que no jugáramos ningún papel, o fuera totalmente
nuestra invención, no habría ninguna entreidad, nada que compartir. Como
sugirió Wordsworth, nosotros “creamos a medias" y percibimos a
medias el mundo que habitamos.59 Este proceso recíproco y en evolución entre el
mundo y nuestras mentes sugiere una vez más el papel del hemisferio derecho:
"algo siempre a punto de
ser".
Más aún, se
podría decir que lo sublime está más verdaderamente presente cuando es sólo
parcialmente visible que cuando es explícito, y está sometido a la clara luz de
la conciencia: son nuestras re-presentaciones de la belleza natural – así como de
lo erótico, o lo divino - las que son limitantes, de modo que, por otra
"paradoja" (como lo vería el hemisferio izquierdo), la información
limitada es menos limitante, más capaz de permitirnos su presencia.
Sin embargo, no se trata de "razones"
distintas que casualmente coinciden para que tales imágenes medio percibidas
sean susceptibles de reclutar al hemisferio derecho: son todos ellas aspectos
inseparables de un mismo "mundo", el mundo coherente del hemisferio
derecho, al igual que de su opuesto - la claridad de la información, el
distanciamiento del observador respecto a lo observado, y el triunfo de lo
re-presentado sobre lo presente - no son "hechos" inconexos, sino
todos ellos aspectos del mundo coherente del hemisferio izquierdo.
EL PROBLEMA DE LA
CLARIDAD Y LA EXPLICITUD
La luz del día está asociada a la conciencia plena, y por lo tanto tiene
una afinidad con los procesos explícitos más conscientes del hemisferio
izquierdo: de ahí el elogio de Diderot a Richardson, quien con la sutileza
psicológica de sus novelas "ilumina con su antorcha las profundidades de
la caverna",60 a través de su voluntad de explorar los confines
menos explícitos de la mente afectiva e inconsciente. Los románticos
percibieron que se podía aprender más en la penumbra que en la luz. Si es
cierto que a la sabiduría sólo se puede acceder por caminos indirectos y
ocultos, esto puede tener nuevamente, algo más que una aplicación romántica:
Homero hizo de la noche el momento de cualquier proceso creativo,61
Hegel creía que (por más de una razón) el búho de Minerva, la diosa de la sabiduría, volaba sólo al anochecer,62
Heidegger era "un infatigable caminante por lugares sin iluminar".63
Ciertamente Kant y Bentham, con sus paseos diarios en los que uno podría poner
en hora su reloj, o Fontenelle, que nunca caminaba si podía evitarlo, habrían
pensado que era muy extraño que, De
Quincey pasara meses de su vida caminando de noche por las calles de
Londres y Edimburgo iluminadas tan solo con farolas de gas, o por senderos
iluminados por la luna, de Dartmoor y el distrito de Lake. De hecho, caminar de
noche por las colinas de Quantock, fue parte del comportamiento altamente
sospechoso que llevó al secretario de Interior de Pitt, el Duque de Portland, a poner bajo vigilancia a
Wordsworth y Coleridge, en 1797 (el agente del gobierno encargado de seguirlos
en sus paseos pensó que los había descubierto, cuando escuchó a Coleridge
referirse a cierto "spy nozy", es decir a Spinoza).64
"La vista", escribe el neurobiólogo Semir
Zeki, "resulta ser el mecanismo más eficiente para adquirir conocimientos
y amplía nuestra capacidad de hacerlo casi infinitamente".65
Así es, pero las mismas cualidades que hicieron de este eficiente mecanismo el
instrumento de la Ilustración lo hicieron sospechoso para los románticos.
Herder, en su Escultura, uno de los
primeros tratados románticos importantes sobre arte, escribió que "la
verdad viva y encarnada del espacio tridimensional de ángulos, formas y volúmenes,
no es algo que podamos aprender a través de la vista", ya que una
escultura grandiosa es,
una verdad físicamente presente, tangible. Las hermosas líneas que varían constantemente su curso que nunca se
rompen con fuerza o se contorsionan, sino que se enroscan en torno al cuerpo con
belleza y esplendor; que nunca descansan, sino siempre avanzando.... La vista
destruye la hermosa escultura en lugar de crearla; la transforma en ángulos planos
y superficies, y rara vez no transforma la hermosa plenitud, profundidad y
volumen de la escultura en un mero juego de espejos.... Consideremos al amante
del arte sumido en la contemplación, con su titubeante deambular alrededor de
una escultura. ¿Qué no haría para transformar su vista en tacto, para hacer de
su mirada una forma de tacto que se sienta en la oscuridad?66
"Miles
de puntos visuales no son suficientes" para evitar que la forma viva sea
reducida por la vista, cuando no es ayudada por los otros sentidos, a un
diagrama bidimensional, lo que Herder llama un "polígono lamentable".
Este destino sólo se evita cuando el "ojo del espectador se convierte en
su mano".67 Esta sinestesia, por la que el ojo, ya no es la
herramienta aislada del intelecto, pone en contacto la totalidad del
cuerpo del espectador con la totalidad del cuerpo contemplado, esta surge
a menudo, desafiando al lenguaje, a medida que se desarrolla la sensibilidad en
el romanticismo, y es memorablemente expresada por Goethe en sus Elegías
Romanas, cuando escribe, estando acostado en la cama con su amante en Roma:
¿Y acaso no
aprendo observando las formas de su seno gracioso, y
mi mano por las caderas se mueve? Solo
entonces, comprendo los mármoles: pues pienso y comparo, veo
con ojos que sienten, siento con manos que ven.
El arte entra en una proximidad íntima
con la forma humana viviente, que respira: su amante, una obra de arte, la obra
de arte, su amante. Y la obra de arte no sólo se convierte en una criatura
viva, sino que sólo puede ser apreciada por todo el ser encarnado, por una
especie de amor que participa de eros.68 El erotismo de Goethe aquí, aunque juguetón,
no está fuera de lugar. Uno de los primeros y más grandes historiadores del
arte, J. J. Winckelmann, célebre por su contribución al afianzamiento del gusto
neoclásico, se sintió no obstante deslumbrado en sus encuentros con las
esculturas griegas, como lo había estado Reynolds con Miguel Ángel. Confrontado
ante el genio de las esculturas griegas, se apasiona con un éxtasis a medio
camino entre lo erótico y lo divino. El
Apolo de Belvedere se convierte para él "en una bella y juvenil
encarnación de la deidad [que] despertaba ternura y amor, capaz de transportar al
alma a un dulce sueño de éxtasis, el estado de dicha humana buscado por todas
las religiones…"69 En esta "imagen del
dios más bello", escribe Winckelmann, los "músculos son
imperceptibles, como el vidrio fundido soplado en ondulaciones apenas visibles
y más apreciables al tacto que a la vista".70
A medida que su
arrebatadora descripción alcanza su punto álgido, la imaginación de Winckelmann se remonta al mito
de Pigmalión, hacia la estatua que fue tan querida que cobró vida: "Mi pecho parece expandirse de veneración y
agitarse como aquellos que he visto henchirse por el espíritu de la profecía, y
me siento transportado a Delos, a las arboledas de Licia, a los lugares que
Apolo honró con su presencia - ya que mi figura parece cobrar vida y
movimiento, como la hermosura de Pigmalión….."71 En una
inversión de la tendencia de la Ilustración de reducir lo vivo a lo inanimado (al
considerarlo bajo la visión del hemisferio izquierdo), aquí lo inanimado es
traído a la vida (devuelto al mundo del hemisferio derecho). Y,
significativamente, el proceso es recíproco, no unidireccional. Winckelmann da
vida a la estatua, pero la estatua le da a Winckelmann un renovado sentido de
vida - tanto es así que su expresión aquí es ambigua: ¿es "mi figura"
aquí la de Apolo, o la del propio Winckelmann? Alude repetidamente a la imagen
de Pigmalión, en relación a los "grandes artistas griegos" que
buscaban "superar la dura objetividad de la materia y, si hubiera sido
posible, dotarla de vida".72 El ensayo de Herder se titula en
realidad, Escultura: Algunas observaciones sobre la forma a partir del sueño
creador de Pigmalión.
Hegel elogió a
Winckelmann por haber trascendido las estrechas preocupaciones del mundo del
arte de su tiempo y haber "logrado abrir en el campo del arte un nuevo
medio y toda una nueva forma de ver las cosas para el espíritu humano".73
Herder también vio la descripción de Winckelmann del Apolo como un intento
heroico de superar la dominación de la vista y de entrar en una relación más
profunda con la forma escultórica, como lo haría un amante con su amada.74
Elogia a Winckelmann por hacer del objeto de su admiración una presencia viva a
través de su sensibilidad al movimiento que está implícito en todos sus
contornos. La esencia de la escultura reside en esa "bella línea
elíptica" que rodea toda la forma, una línea que, como la línea de belleza
de Hogarth, no puede ser grabada en una superficie plana - algo más parecido a
"un fino alambre" que se enrolla alrededor de un objeto y se curva a
través del espacio tridimensional, de modo que el objeto se constituye como un
todo integral.75
Conforme el
pensamiento de la Ilustración comienza a retraerse, hay, como señala Hall, una
percepción renovada del estatus especial del lado izquierdo. Winckelmann, en su
famoso pasaje en él que describe la antigua escultura de Laocoonte, el sacerdote
troyano que con sus dos hijos, fue asesinado por serpientes marinas en un acto
de castigo divino, escribe: "El lado izquierdo, en el que la serpiente inyecta
su veneno con un golpe furioso, es donde, debido a su proximidad al corazón, Laocoonte parece sufrir
más intensamente, y esta parte del cuerpo puede calificarse de auténtica maravilla
del arte".76
Todas las
cualidades y valores que Herder y Winckelmann evocan en su descripción de las
esculturas, desconocido, por supuesto, para ellos, se basan en el mundo
fenomenológico del hemisferio derecho. Herder señala la importancia de una
continuidad ininterrumpida, que descarta como inadecuada a cualquier mera focalización
en las partes; una evolución sin descanso, que desafía la inmovilidad; una
insistencia en la profundidad, el volumen, la plenitud y la compleja curvatura
de las superficies vivas, trascendiendo la planitud rectilínea del plano único
de visión; un compromiso con la obra de arte, imaginado mediante el
reclutamiento inmediato de la Einfühlung
(empatía, literalmente: "sentir con") mediada por la mano, en lugar
de la frialdad desapegada de la mirada del ojo. Tanto Herder como Winckelmann,
a pesar de su clasicismo (y Goethe, también, a pesar del suyo), intuyen con
fuerza que estos valores están en el núcleo de nuestra reacción al arte del
Mundo Antiguo. Porque no se trata sólo en la escultura: con la obvia excepción
de las cuestiones de la mano y el ojo, estos mismos valores podrían aplicarse
a, por ejemplo, la poesía de Homero. Y tampoco se limitan sólo al Mundo Antiguo,
también se podría decir lo mismo de los versos de Milton, o de la música de J.
S. Bach. Aunque surjan en el contexto de una respuesta romántica a la
escultura, lo que se revela no es ni puramente escultórico, ni puramente romántico,
sino que se da allí donde el arte es una presencia viva. Y, más tarde, en la Elegías Romanas, como para demostrar este punto, Goethe llega incluso a acercar
la composición poética, lo más sinestésicamente posible, al quehacer del eros
escultórico - tan alejada, podría pensarse, del quehacer escultórico –
relatando, cómo suavemente con sus dedos en la espalda de su amada, va contando
el pulso de los hexámetros, mientras ella vencida por el sueño, yace
descansando en sus brazos.77
El problema de la
vista, como señala Herder, es su tendencia a responder a nuestro acercamiento a
la obra con el frío desaire de una superficie plana, una imagen, una representación,
en lugar de con la palpable inmediatez de la cosa en sí, tal como se "nos
presenta" a nosotros - la "verdad físicamente presente y
tangible". Debido a esta tendencia a extraer la vida de la obra original
encarnada y a sustituirlo por un producto de la mente, le llevó a Wordsworth a hablar
de, "la tiranía del ojo",
Cuando lo que es en cada etapa de la
vida el más despótico de nuestros sentidos, ganó tal fuerza en mí, que a menudo mantuvo mi
mente por completo presa...78
Está aquí hablando de la pérdida, de lo
que Heidegger llama autenticidad: lo que una vez fue una fuente de asombro se
convierte en parte de lo cotidiano. Esto es también lo que creo que Blake tenía
en mente cuando escribió:
Las tenues ventanas del alma de esta Vida
distorsionan los Cielos de polo a polo Y te llevan a creer una mentira cuando se ve con el ojo, y no a través de
él.79
Necesitamos mirar a través del ojo,
a través de la imagen, más allá de la superficie: existe una tendencia fatal a
que el ojo reemplace la profundidad de la realidad - una profundidad que
implica vitalidad, corporeidad y resonancia empática con el mundo - por una re-presentación
plana, es decir, una imagen. Al hacerlo así, lo sublime se convierte en algo
meramente pintoresco.
En el arte tiene
que haber un cierto equilibrio entre la facticidad de los medios y el algo que
se ve a través de esos medios, lo que he denominado en forma abreviada semi-transparencia.
Un énfasis demasiado grande en el sonido y en la percepción de las palabras
como "cosas" separadas de su significado, o inversamente un énfasis
excesivo en el significado como algo separado del sonido y la percepción de las
palabras en las que existe, destruye la poesía. Lo mismo sucede con la pintura:
pero ahí es mayor la tendencia a la "re-presentación", por la
dependencia del ojo. Nos precipitamos hacia el "significado" de su
temática, demasiado rápido (no se trata de una razón para rechazar la
representación en el arte, un tema muy diferente - sólo a estar en guardia ante
la sustitución de la representación por el todo, la forma y la esencia juntos).
Una vez más, en este caso la distancia hace que se vea de forma imprecisa, lo
que permite que afloren otros aspectos del cuadro - su "música”. "Hay
una impresión", escribió Delacroix, "que resulta de una determinada
disposición de los colores, de los efectos de luz, de las sombras, etc… es lo
que se podría llamar la música del cuadro. Antes incluso de saber lo que
representa una imagen, entras en una catedral, y te encuentras a una distancia
demasiado grande del cuadro para saber lo que representa, y a menudo te quedas
embelesado por su armonía mágica..."80
Los románticos fueron
conscientes en todo momento de la dificultad inherente a permanecer en la
presencia en vez de sustituirla por la representación. La verdad de esta
percepción, obvia en el arte, debe aplicarse a nuestra aprehensión de la
realidad en general y, por lo tanto, también al ámbito de la ciencia. Goethe,
cuyos escritos científicos son fascinantes y poco conocidos hoy en día,
advirtió contra la tendencia a reducir directamente la observación a un
concepto, perdiendo así el poder del objeto con toda su novedad a ayudarnos a
romper las defensas, de otro modo inexpugnables, de nuestros sistemas
conceptuales. El escribía que el estudioso de la naturaleza "debe elaborar
un método de acuerdo con la observación, pero debe tener cuidado de no reducir
la observación a un mero concepto, de sustituir este concepto por las palabras
y de proceder a tratar estas palabras como si fuesen objetos".81
En general, el lenguaje es la vía por la que ocurre esa conceptualización:
"qué difícil es abstenerse de reemplazar la cosa por su signo; mantener el
objeto (wesen) vivo ante nosotros en lugar de matarlo con la
palabra".82
El lenguaje, una
función principalmente del hemisferio izquierdo, tiende, como dijo Nietzsche, a
"volver ordinario lo extraordinario"; la moneda corriente del
vocabulario convierte la vibrante multiplicidad de la experiencia en las mismas
pocas y gastadas monedas.83 Sin embargo, la poesía, en su
explotación del lenguaje no literal y de la connotación, se sirve de la
facultad del hemisferio derecho para la metáfora, el matiz y un amplio y
complejo campo de asociaciones para revertir esta tendencia. "La
poesía", según la famosa formulación de Shelley, "levanta el velo de
la belleza oculta del mundo y trata los objetos familiares como si no lo
fueran... Crea de nuevo el universo, después de que haya sido aniquilado en
nuestras mentes por la recurrencia de impresiones desdibujadas por la
reiteración".84
Sin embargo, la
poesía, como otras manifestaciones de la imaginación, presenta la típica
resistencia del hemisferio derecho a un enfoque explícito. Wordsworth habla
conmovedoramente al recordar los momentos de inspiración de su infancia:
"los lugares ocultos de mi poder /parecen abiertos; si me acerco, entonces
se cierran".85 El hemisferio derecho tiene que utilizar
subterfugios y rodeos para alcanzar sus fines. La explicación que da Berlin de
por qué el Romanticismo descansa en lo que él llama símbolos, pero yo llamaría
metáforas, transmite perfectamente el dominio que el hemisferio izquierdo
ejerce sobre los medios de comunicación del lado derecho:
Deseo
transmitir algo inmaterial y tengo que utilizar medios materiales para ello.
Tengo que transmitir algo que es inexpresable y tengo que utilizar la
expresión. Tengo que transmitir, tal vez, algo inconsciente y tengo que
utilizar medios conscientes. Sé de antemano que no tendré éxito, y por lo tanto
todo lo que puedo hacer es acercarme cada vez más por una aproximación
asintótica; lo hago lo mejor que puedo, pero es una lucha agónica en la que estoy
comprometido durante toda mi vida, si soy un artista o por supuesto para los
románticos alemanes, o para cualquier tipo de intelectual autoconsciente. 86
Al hacerlo, estaban redimiendo la falta
de autenticidad de lo familiar.
El efecto amortiguador de lo familiar - lo
inauténtico, en términos fenomenológicos - es la trampa del hemisferio
izquierdo. Para salir de ello se requiere la intervención de la imaginación -
no el de la fantasía que hace tan solo que las cosas sean novedosas, sino el de
la imaginación que realmente las hace nuevas, vivas una vez más. Una cualidad
definitoria del proceso artístico, quizás su razón de ser, es su
implacable oposición a lo inauténtico. Sin embargo, hay una distinción
absoluta, incluso una antítesis, entre dos formas de responder a la experiencia
de lo inauténtico. En una de ellas, lo inauténtico es visto como aquello que es
demasiado familiar, en el sentido del hemisferio izquierdo, es decir,
presentado con demasiada frecuencia, por lo tanto, de hecho, nada más que una
re-presentación (en otras palabras, un recurso agotado). En la otra forma, la
falta de autenticidad se percibe como resultado precisamente de una pérdida de
familiaridad, en el sentido del hemisferio derecho, es decir, de no estar nunca
presente en absoluto - ya no estamos "en casa" con ello, sino que nos
hemos alienado de ello. En uno de los casos, la cosa en sí se percibe como
agotada y necesita ser reemplazada; en la otra, el problema no radica en la
cosa misma, que apenas hemos empezado a explorar, sino en nosotros mismos y en
nuestra capacidad para verla como lo que realmente es. Como resultado, las
respuestas son diferentes a todos los niveles. En el primer caso, la solución
se considera que reside en el intento consciente de producir algo novedoso,
algo nunca visto antes, de inventar, de "ser original". En la
segunda, la solución, por el contrario, es hacer que lo cotidiano se nos
aparezca de nuevo, que sea visto de nuevo como es en sí mismo, por lo tanto,
descubrir en lugar de inventar, ver lo que estaba ahí todo el tiempo, en lugar
de poner algo nuevo en su lugar, original en el sentido de que nos lleva de
vuelta al origen, al fundamento del ser. Esta es la distinción entre la
fantasía, que presenta algo novedoso en lugar de la cosa demasiado familiar,
y la imaginación, que despeja todo lo que hay entre nosotros y la cosa no
familiar, para que la veamos en sí misma, nueva, tal como es.
Wordsworth, el más original de los poetas, fue objeto de burlas por el
insistente retorno de su mirada a lo que ya había visto cientos de veces antes,
en un intento de verlo por primera vez. Es en este contexto donde se puede
apreciar el aforismo de Steiner que "la originalidad es antitética a la
novedad".87
WORDSWORTH Y EL PODER REDENTOR DE LA
NATURALEZA
A través de su especial empleo del lenguaje, en particular de conectores
lingüísticos, preposiciones y conjunciones, para transmitir la experiencia de
"entreidad", su empleo de las dobles negaciones para presentar a la
mente a la vez una cosa y su opuesto y, lo que es más importante, para permitir
que algo surja dolorosamente, a partir de una ausencia o vacío casi luminoso, Wordsworth da lugar a formulaciones
poéticas que a menudo son la contraparte de las posiciones que creo que
Heidegger se esforzó arduamente por expresar en su prosa discursiva.88 (Heidegger
gravitó más y más en su obra tardía hacia la poesía de Hölderlin para ilustrar
su significado; pero creo que si hubiera estado familiarizado con Wordsworth
podría haber encontrado en él algo muy valioso.)
La mirada retrospectiva hacia un reino que se ha
perdido está en el centro de la poesía de Wordsworth y, gran parte de su obra
trata de cómo subsanar esta pérdida. La totalidad de El Preludio, el tour de force
autobiográfico que, en mi opinión,
contiene gran parte de su mejor obra, es en cierto modo un ejercicio de
retrospección. Al igual que Tennyson después de él, Wordsworth parece sentir
una inclinación natural hacia el pasado: todos sus primeros poemas de juventud versan
sobre la memoria. Escribía, "Mi alma echa la vista atrás", otro poema
se centra en el "recuerdo de los placeres pasados", y en un tercero
escribía: "porque sólo entonces, cuando la memoria se acalla, estoy en
reposo".89 Sería perdonable pensar que estos eran pensamientos
propios de la edad, pues todos ellos provienen de poemas que escribió antes de
cumplir los dieciocho años de edad.
Sin embargo, a medida que madura, y ciertamente ya en la época de el Preludio
1805, comienza a contemplar la memoria ya no como algo inerte y unidireccional,
sino como algo que vive, y que a veces tiene el poder de revivificarnos
en el presente. En El Preludio se
refiere a tales momentos como "manchas en el tiempo... que con distinta
preeminencia retienen /un poder vivificante, por el que nuestras mentes/son
nutridas e invisiblemente reparadas".90
La extraordinaria cualidad reparadora de la relación
entre Wordsworth y la naturaleza está implícita en cierto modo, e incluso a
veces explícitamente, relacionada con la relación sustentadora y reconfortante
entre madre e hijo; y es más que pasajero, el interés de que en esto, como en
prácticamente todos los demás aspectos del logro de Wordsworth, dependa del
hemisferio derecho, a través del funcionamiento de lo que en términos
psicoanalíticos se conoce como el "sustrato reconfortante" materno.91
Uno de estas "manchas en el tiempo" ocurrió cuando, con sólo cinco
años de edad, y apenas capaz de sujetar la brida de su caballo, estaba
cabalgando por unas colinas solitarias. Separado de su compañero, se perdió y
se encontró junto a una horca. Su mirada se posó en el lugar donde todavía se
veía el nombre del homicida grabado en el suelo:
Inmediatamente
abandoné el lugar y, remontando el páramo desolado, vi una charca desnuda que se extendía bajo
las colinas, la atalaya en la cima, y más próxima, una muchacha con un cántaro en la cabeza que parecía avanzar, con pasos
trabajosos, contra el
viento poderoso. Era, en verdad, escena muy común: más yo necesitaría colores y palabras que ignora el ser
humano para pincelar el visionario desamparo, mientras buscaba a mi guía perdido, del que se invistió ese momento, la
charca desnuda, la atalaya coronando la cúspide
solitaria, la mujer, con sus ropajes revueltos y
agitados por el intenso viento…92
Continúa describiendo cómo ha cambiado
el recuerdo de esta escena, que ha dado un resplandor a su posterior
experiencia de estas solitarias colinas, y continúa:
¡Oh! Misterio del hombre, de que
profundidad ¡proceden tus honores! Aun perdido, veo en la simple infancia algo de la base sobre la que se sostiene tu grandeza, por
esto siento, que lo que has de dar debes darlo de ti
mismo, o nunca podrás recibir. Los días pasados vuelven a mi desde el alborear de la vida: escondites
secretos de mi poder; parecen abiertos; me acerco, y entonces se
cierran; ahora veo a través de destellos, cuando
llegue el tiempo, acaso apenas vea nada, y quisiera dar, mientras pueda, si consienten las palabras, vida y aún sustancia a lo que siento: entronando,
tal es mi esperanza, el espíritu del pasado para su regeneración futura…93
Ese poder visionario, tan reparador, es
algo que no puede controlar y ni siquiera es predecible. Wordsworth se esfuerza
por señalar cuán ordinaria, incluso desoladora, es la escena que aporta ese
poder. Y que con la edad sucede con menos frecuencia.
Cuando esto
ocurre, no es sólo que suceda de forma imprevista. Ni siquiera es que el
intento de hacerlo realidad sea contraproducente: "Me acerco, y entonces se cierra". Es que Wordsworth
necesita mirar directamente hacia otro lado. En el famoso pasaje del
Libro I del Preludio, cuando describe
los pájaros que anidan en un peñasco (“¡Oh! cuando me quedé suspendido /sobre
el nido del cuervo, por trenzados de hierba/y exiguas grietas de media pulgada,
en la roca escurridiza/apenas sostenido"), o del Libro V, donde "el
muchacho de Winander" llama a los búhos al otro lado del lago, ("en
aquel silencio, mientras estaba colgado/escuchando, una suave sacudida de leve
sorpresa/ha llevado lejos de su corazón la voz/de torrentes de montaña"),
la visión sucede mientras Wordsworth está atento a otra cosa - más que eso,
mientras sus sentidos están a la expectativa, pero enfocados en algo distinto a
la escena que toca en el corazón.94 La visión viene como un
subproducto. De Quincey cuenta una anécdota que le ocurrió a Wordsworth,
durante la Guerra de la Independencia, una noche saliendo al encuentro del
carruaje del correo procedente de Keswick que le traería noticias muy
esperadas. Mientras permanecía tumbado en el camino para poner su oído y captar
el lejano estruendo que indicaría la llegada del correo, su vista se fijó
casualmente en una estrella brillante que resplandecía entre la cima de Seat
Sandal y Helvellyn, y le impactó de repente, "con un patetismo y un
sentido de lo infinito, que en otras circunstancias no me habrían arrebatado".95
La visión llega gracias a un esfuerzo realizado y luego relajado. Así
Wordsworth describe en el comienzo del Libro XII del Preludio cómo la inspiración requiere tanto del esfuerzo por el
cual la mente "aspira, se aferra, lucha, desea, anhela" como de la
quietud de la mente que "le permite recibirla, cuando no es buscada"
- a pesar del empeño, sólo llega si no es buscada.96 Es un poco como
el proceso de la memoria misma, en el que nos esforzamos por recordar, por
ejemplo, un nombre, que sólo nos llega de forma imprevista, cuando desviamos la
atención. Es como si el esfuerzo abriera las ventanas del alma, pero la
intención explícita oscureciera la visión de Wordsworth, como si cayera en el
punto ciego en el centro del campo de visión. Sólo cuando nuestras intenciones
están en otra cosa podemos ver las cosas como realmente son.
Creo que lo que
Wordsworth está haciendo aquí es hablar de la relación entre los dos
hemisferios. La atención focalizada es competencia del hemisferio izquierdo, y
un aumento de la tensión, del miedo o de la excitación en realidad inhibe la
propagación del reclutamiento neuronal de una manera que favorece este tipo de
atención muy focalizada del hemisferio izquierdo. Sin embargo, mientras que el
hemisferio izquierdo está centrado en su presa, como el perro de Eliot por su
carne, el hemisferio derecho queda realmente liberado, y su atención también se
potencia, para ver la escena de nuevo, más auténtica, no recubierta por la
familiaridad que el hemisferio izquierdo normalmente traería a escena. El
hemisferio izquierdo lo habría pre-digerido, por así decirlo, convirtiéndola en
otra escena pintoresca de montañas, lagos o cielos estrellados. Es necesario el
esfuerzo inicial de la atención atenta, pero, una vez hecho su trabajo, debe
dar paso a una receptividad abierta, a una especie de pasividad activa.
Intervienen una
combinación de factores en juego que apuntan a que el hemisferio derecho es el
mediador del poder revivificante al que él alude, además de la naturaleza
involuntaria de la experiencia, de su carácter recíproco y de su paradójico
vacío aparente. El sentimiento de culpa y sobrecogimiento que flota sobre
muchas de las escenas de las "manchas en el tiempo" sugiere una
asociación con el hemisferio derecho del que parece depender nuestro sentido
religioso. De manera similar, se sabe que el significado último que impregna esas
manchas en el tiempo se da en algunos tipos de convulsiones específicamente del
lóbulo temporal-derecho, y por lo tanto puede tener un origen en esta región
del cerebro. Otros factores que también sugieren esta asociación incluyen la
importancia de grandes masas visuales y de sus formas ("formas enormes y poderosas que parecen no vivir
/como hombres vivos se desplazan lentamente por mi mente /durante el día y eran
el problema de mis sueños"), y el hecho de que estas experiencias
estén tan asociadas con la infancia, en la que, como he mencionado, el
hemisferio derecho juega un papel particularmente importante en todas las
formas de comprensión.
¿Cómo recuperar
esto en la edad adulta? La respuesta de Wordsworth se encuentra en la obra que
produjo a lo largo de toda su vida: en y a través de la poesía, con su
dependencia de la metáfora y el significado implícito permite al hemisferio
derecho eludir los procesos ordinarios del lenguaje cotidiano que
inevitablemente nos devuelven a lo familiar y reducen lo numinoso a lo
cotidiano. Siempre hay una paradoja involucrada, en el sentido de que se está
tratando de recrear la falta de autoconciencia que permite la experiencia de lo
numinoso, siendo la condición de tal falta de autoconciencia la de que no puede
ser recreada conscientemente. Al volver a visitar el yo de su infancia e
intentar darle vida, se centra intensamente en un ser cuya importancia esencial
para el poeta es que era completamente inconsciente de sí mismo.
En la oda de la Abadía de Tintern, la
referencia constante al tema del retorno, las iteraciones cuidadosamente
colocadas ("Y de nuevo escucho…una vez más de nuevo/ vuelvo a contemplar...
el día ha llegado en que vuelvo a reposar"), el movimiento del verso
mismo, serpenteando y volviendo, como el río que imagina,
Cuán a menudo, en espíritu, me he vuelto
hacia ti, ¡O selvático Wye! Que merodeas a través de
los bosques, ¡Cuántas veces mi espíritu se ha vuelto
hacia ti!97
Todo evoca un
sentido de cambio dentro de la inmutabilidad, como el río que siempre está en
movimiento, pero siempre es el mismo, como las brújulas de Donne que siempre
giran en torno al mismo lugar y regresan.
AUTOCONSCIENCIA Y REPRESENTACIÓN
Hay una falta de autoconciencia en Wordsworth que es esencial para su
genio, y que le permitió escribir tanto sus mejores como sus peores versos.
Esta es una característica que comparte tanto con Blake como con Keats (y más
tarde con Hopkins y Hardy). Estos tres genios románticos, poetas muy diferentes
y muy singulares como son, comparten lo que John Bayley, al describir a Keats,
denomina como alguien sin "ninguna duda" sobre sí mismo, algo que más
tarde retomó Christopher Ricks en Keats
and Embarrassment (Keats y la turbación).98 Esta confianza o
falta de duda, sobre sí mismo explica su combinación de grandeza y a veces de
insensatez que confluye en ellos: se vuelven vulnerables para convertirse en el
conducto de algo más grande que ellos mismos. El funcionamiento explícito y
autoconsciente del hemisferio izquierdo se opone constantemente a esta
condición y, por lo tanto, necesita ser acallado.
Los propios títulos de las principales obras de Blake,
Cantos de inocencia y experiencia y El matrimonio del cielo y el infierno,
aluden a la realidad de que, en el mundo vivo del hemisferio derecho, los
opuestos no están "en oposición". No obstante, la poesía visionaria
de Blake dramatiza de diversas formas una batalla entre dos poderosas fuerzas
que adoptan diferentes aspectos: el poder unívoco limitante, mensurador y
mecánico, de lo que Blake llamó ratio,
el Dios de Newton, y el poder liberador y multidimensional de la
imaginación creativa, el Dios de
Milton. Esta oposición persiste a pesar de la unificación de los
opuestos en el hemisferio derecho, por la misma razón por la que en una
sociedad tolerante no pueden necesariamente lograrse la cooperación de los
intolerantes que la socavarían, y que en última instancia puede encontrarse en
la paradójica situación de tener que ser intolerante con ellos. Comenté
anteriormente que cuando Prometeo
Encadenado de Esquilo, "al hacer lo correcto sin saberlo",
muestra a la mente conociéndose a sí misma sin darse cuenta de ello.
Inconscientemente da voz a la profecía del hemisferio derecho sobre a dónde
llevaría la revuelta del hemisferio izquierdo. Blake también da voz, sin ser
consciente de ello, a la batalla del cerebro para evitar la dominación del
hemisferio izquierdo. Por ejemplo, en "No hay Religión Natural', escribe:
Conclusión. Si no fuera por el carácter
poético o profético, el filosófico y experimental pronto estaría en la razón de
todas las cosas, y se quedaría quietos, sin poder hacer otra cosa que repetir
la misma ronda aburrida una y otra vez [para salir fuera de lo conocido se
necesita el hemisferio derecho: el hemisferio izquierdo sólo puede repetir lo
conocido]. Aplicación. Aquel que ve el Infinito, en todas las cosas ve a Dios [mira hacia el
exterior, hacia a lo siempre emergente, con el hemisferio derecho]. Aquel que
solo ve la razón, [quien mira al mundo autodefinido que el hemisferio izquierdo
ha traído a la existencia] solamente se ve a sí mismo [el hemisferio izquierdo
es auto-reflexivo]. Por lo tanto, Dios se vuelve como nosotros, para que podamos ser como él [a través
del hemisferio derecho nos da acceso a la imaginación/metáfora, el puente por
el que lo divino llega a nosotros, y nos libera de nosotros mismos].
También
Blake se veía a sí mismo inspirado por el retorno de una gran figura de la
época pre-augusta, en su caso no sería Shakespeare o Miguel Ángel (aunque sin
duda estaba en deuda con ambos), sino por el espíritu de Milton, el cual, con su
característica especificidad y una maravillosa negativa a dejarse desconcertar,
creía que había entrado en su cuerpo a través del empeine de su pie izquierdo:
Entonces lo vi por primera vez en el cenit como una estrella fugaz Descendiendo perpendicularmente, veloz como la golondrina o el vencejo:
Y sobre mi pie izquierdo cayendo sobre el
tarso, penetró por ahí...99
- alcanzando así, literalmente acceso
directo al hemisferio derecho. Y tan sorprendido quedó por la experiencia que,
afortunadamente, ilustró el suceso (lamina 11).
Lamina 11. Frontispicio del poema Milton
de W. Blake.
De hecho, el Romanticismo
manifiesta, de muchas maneras, su afinidad con todo lo que sabemos por la
literatura neuropsicológica sobre el funcionamiento del hemisferio derecho.
Esto puede verse en sus preferencias por lo individual en vez de lo general,
por lo que es único sobre lo que es típico ("típico" siendo el
significado más común de la palabra "clásico "), por su aprehensión
de la "coseidad" de las cosas - su forma particular de ser la
última realitas entis,*( realidad del ser), la
forma final de la cosa exactamente como es, o puede ser ella y sólo ella -
sobre el énfasis en la "que-eidad" de las cosas; en su apreciación del
todo, como algo diferente de la suma de las partes analizadas por el hemisferio
izquierdo en el momento en que aparecen en la propia conciencia; en su preferencia
por la metáfora sobre el símil (un rasgo evidente en el contraste entre la
poesía Romántica y la Augusta), en lo que se expresa indirectamente sobre lo
literal; en su énfasis en el cuerpo y los sentidos; en su énfasis en lo
personal más que en lo impersonal; en su pasión por todo lo que es sentido como
vivo, y en su percepción de la relación entre lo que Wordsworth llamó la
"vida de la mente" y el reino de lo divino (Blake: "todo lo vivo
es sagrado"); en su acento en la implicación más que en la imparcialidad
desinteresada; en su preferencia por la entreidad que se siente en un mundo
tridimensional, más que por ver lo distante como ajeno, situado en otro plano;
en su afinidad por la melancolía y la tristeza, más que por el optimismo y la
alegría; y en su atracción por lo que es provisional, incierto, cambiante,
evolutivo, parcialmente oculto, oscuro, implícito y esencialmente
incognoscible, en lugar de lo que es definitivo, seguro, fijo, evolucionado,
evidente, claro, luminoso y conocido.
Y a medida que
avanzaba el siglo XIX, se observa un panorama ambivalente, una fase de
transición. Hay una diferencia entre el inspirado Tennyson que escribía,
No escuchaba ningún sonido donde me
encontraba salvo el discurrir del riachuelo desde el
prado precipitándose hacia mi oscuro bosque; o el rumor de las grandes olas del mar que a
veces se agitaban en el gris oscuro del amanecer; Más miré, alrededor, y en torno a la casa vi
corrida
la cortina blanca de la muerte; sentí que un horror me invadía, que me erizaba la piel y me cortaba el
aliento, sabía que la cortina blanca de la muerte
solo significaba un sueño, y sin embargo, me estremecí y pensé como un
tonto en el sueño de la muerte…100
y el Tennyson del país de las hadas.
Pero, con algunas excepciones, los pintores fueron más rápidos que los poetas
en sucumbir a la fantasía o al academicismo.
Hopkins es un
caso de particular interés: casi todo en él sugiere un predominio del
hemisferio derecho. Era un sacerdote, que sufría de depresiones. Tenía una
fascinación por la estoidad de las cosas, lo cual, siguiendo a Duns Scoto,
llamaba haeccitas (a veces haeceitas):
Cada cosa mortal hace una cosa y la
misma: Despliega ese ser que dentro de cada uno
mora; Su mismidad— es lo que es; mi yo dice y
expresa, Exclamando, lo que hago es lo que soy: para
eso yo vine.101
En sus "Comentarios sobre los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de
Loyola", Hopkins se refiere a,
ese sabor a mí mismo, a mí y a yo por
encima y en todas las cosas, que es más distintivo que el sabor de la cerveza o
el alumbre, más distintivo que el olor de la hoja de nogal o el alcanfor, y que
es incomunicable por cualquier medio a otro hombre (como cuando era niño que
solía preguntarme a mí mismo: ¿Como será, ser otro?) … buscando en la
naturaleza saboreo el yo en una sola copa, la de mi propio ser.102
Esto
recuerda a Heidegger, capturando la propia "esencia" de las cosas a
través del olor.103 Hopkins acuñó el término, inscape*(n.t: la propia naturaleza interior) para aludir a esta
cualidad única de una cosa, persona, lugar o evento, y el término, instress para aludir a la energía que la
sustentaba, algo parecido al auténtico dasein.
Él era un apasionado observador de las
cosas tal como son: "La luz de la luna colgada y tendida sobre las copas
de los árboles como una telaraña azul", "gotas de lluvia que penden de
barandillas, etc., y de las que solo se ve el borde iluminado inferior, como
uñas (de los dedos)", "el suave aspecto calcáreo y más sombrío en el
centro de los cúmulos de nubes en una noche de luna tenue y oculta".104
Estaba tan cautivado por el sonido y la percepción de las palabras, por su
"estoidad", su tintineo y su tacto, que, aunque nunca dice cosas sin sentido,
a veces está a punto de hacerlo. Estaba extremadamente pendiente de los
significados de las palabras según su etimología, de nuevo como Heidegger, y
como a través de ellas se revelaban importantes conexiones.105
Sentía un gran amor por todo lo que es salvaje, y que no ha sido tocado por la humanidad: "¿Qué sería del mundo, una vez
despojado /de lo húmedo y de lo salvaje?".106 Tenía un sentido muy desarrollado de asombro y
de culpa ("pobre, y torturado, Gerard Manley Hopkins", como lo
llamaba Robert Graves, tan solo para desestimarlo).107 Se dio cuenta
de la importancia del salto de la intuición, en oposición a la línea
ininterrumpida de la racionalidad: "es una suerte que no haya un camino de
rosas hacia la poesía", escribió, "no se puede llegar al Parnaso si
no es volando hacia allí".108 Veía que el fundamento de la belleza era la igualdad
dentro de la diferencia, y la diferencia dentro de la igualdad; y subrayaba la
importancia de la relación entre las cosas más que de las cosas en sí.109
Y dependía de inspiraciones repentinas, por las que le llegaron muchos de sus
más grandes poemas: "Pronto tendré algunos sonetos para enviaros, cinco o
más. Cuatro de ellos me vinieron como inspiraciones no solicitadas y en contra
de mi voluntad...".110
La inspiración es algo que no podemos controlar, hacia
lo que tenemos que mostrar lo que Wordsworth llamó una "sabia
pasividad".111 A medida que avanzaba el siglo XIX, esta falta
de control encajaba mal con el espíritu de seguridad de sí mismo generado por
la Revolución Industrial, y esa falta de previsibilidad no casaba con la
necesidad, según la ética protestante, de obtener "resultados" como
recompensa al esfuerzo. La imaginación era algo en lo que no se podía confiar:
era transitoria, se desvanecía en el momento en que se revelaba a la conciencia
(tal como dice el conocido dicho de Shelley, "la mente creando es una
brasa desvaneciéndose "), recalcitrante a la voluntad. En respuesta a ello,
"lo fantasioso", un producto de la fantasía activa, más que de la
imaginación receptiva, comenzó a invadir el reino de la imaginación propiamente
dicha. Está ahí, por ejemplo, en la medievalización autoconsciente de los victorianos.
Esta "re-presentación" de algo que antes había estado
"presente" sugiere que una vez más el territorio del hemisferio
derecho estaba siendo colonizado por el izquierdo. Se ve en términos visuales,
en la extraordinaria atención al detalle a expensas de la composición general,
en la pérdida del sentido del conjunto (la visión del hemisferio izquierdo que
reemplaza a la del derecho), que se observa en los prerrafaelitas, y en cierta
medida en la pintura victoriana en general, que alcanza una especie de
apoteosis en los cuadros obsesivamente detallados del esquizofrénico Richard
Dadd. Tal como señaló Peter Conrad, del juicio de Henry James, justo o no,
sobre Middlemarch, según el cual era
"un tesoro de detalles, pero... un conjunto indiferente", recoge un
rasgo central del arte y la literatura victoriana.112
LA SEGUNDA REFORMA
En la primera parte del libro, me referí a los llamados filósofos
"idealistas" alemanes de finales del siglo XVIII y principios del
XIX, y por lo tanto de la época romántica, y a su visión de que había que
combinar la razón con la imaginación, la construcción de sistemas con la
percepción de la individualidad, la coherencia con la contradicción, el
análisis con el sentido de la totalidad. Y lo que llama la atención es el grado
de entusiasmo y de participación activa en la ciencia que mostraron ellos.
Goethe es un ejemplo notable: de hecho, el creía que su trabajo científico era
más importante que su poesía. Con su descubrimiento en 1784 del hueso
intermaxilar en el cráneo del feto humano, un remanente vestigial de un hueso
que se encuentra en el cráneo de los simios y que se creía que faltaba en los
humanos, demostró para su propia satisfacción, mucho antes de Darwin, que todos
los seres vivos estaban emparentados y que sus formas evolucionaban a partir
del mismo tronco.
Aunque eran principalmente filósofos y poetas, veían
el mundo como una unidad viva, en la que lo metafísico y lo material no estaban
separados, y en el que, sin embargo, los diferentes contextos exigían enfoques
igualmente diferentes. En una exploración del espíritu de la época de Goethe,
un historiador escribe, con palabras que recuerdan a Nietzsche hablando sobre
Apolo y Dioniso:
Porque
incluso la racionalidad no puede prescindir de la imaginación, pero tampoco la
imaginación de la racionalidad. El matrimonio de ambos es, sin embargo, de un
tipo tan peculiar, que mantienen una lucha a vida o muerte, y sin embargo, sólo
juntos son capaces de realizar sus mayores hazañas, en la forma superior de
conceptualizar que estamos acostumbrados a llamar razón.113
Pero
este matrimonio no iba a durar. Una especie de segunda Reforma estaba ya en
camino. Podría decirse que la Reforma del siglo XVI supuso un alejamiento de la
capacidad de entender la metáfora, su encarnación, el reino que sirve de puente
entre este mundo y el otro, entre la materia y el espíritu, para ir hacia una
forma de pensar literalista - un alejamiento de la imaginación, considerada
ahora como traicionera, y un acercamiento al racionalismo. A mediados del siglo
XIX surgió en Alemania un nuevo movimiento intelectual que, como reconoció uno
de sus protagonistas, Ludwig Feuerbach, tenía sus raíces en la Reforma. Este
movimiento también tenía dificultades con la idea de que los reinos de la
materia y del espíritu se interpenetraran entre sí: para que una cosa no fuera
totalmente incorpórea, tan sólo una idea, tenía que ser totalmente material.
Desapareció la comprensión de la naturaleza compleja, a menudo aparentemente
paradójica, de la realidad, la aceptación de la coniunctio oppositorum: estábamos de
vuelta al reino de "lo uno u lo otro", donde también se abrazaba una
especie de literalismo y se desconfiaba de la imaginación. Esta filosofía,
conocida como materialismo, se basaba explícitamente en la idea de que la
ciencia es la única base para conocer y comprender el mundo.
Los orígenes de
este materialismo científico, o "positivismo", se encuentran en la
Ilustración francesa. Auguste Comte había afirmado que la ciencia no era sólo
nuestra única fuente de conocimiento genuino sobre el mundo, sino que era la
única manera de entender el lugar que ocupa la humanidad en el mundo, y la
única visión creíble del mundo en su totalidad. Para él, las sociedades y
culturas atravesaban tres etapas: una fase teológica, en la que dominaban las
perspectivas religiosas, que daba paso a una etapa de análisis filosófico,
inevitablemente determinado por supuestos metafísicos, que a su vez daba paso a
una etapa científica "positiva", en la que dichos supuestos se descartaban,
y se lograba un conocimiento "objetivo". Según Richard Olson, a lo
largo de los primeros años del siglo XIX, todas las principales tradiciones de
las ciencias naturales se esforzaron por extender sus ideas, métodos, prácticas
y actitudes a cuestiones sociales y políticas de interés contemporáneo.114
Pero tal y como Aristóteles había advertido, cada tipo de conocimiento tenía su
propio contexto: y no se puede dar por supuesto que lo que es racional para el
geómetra lo sea para el médico o para el político. Pero el hemisferio izquierdo
no respeta el contexto. Los deseos de Comte se hicieron realidad, y las
estrategias analíticas asociadas con la mecánica condujeron en general a la
presunción de que la sociedad podía ser tratada como un agregado de unidades
individuales - no como una sociedad de hecho, sino como el prototipo de las "masas"
– lo que dejó al bienestar de la sociedad reducido a una suma de placeres y sufrimientos
individuales.
Feuerbach fue el
más destacado del grupo apóstata conocido como los jóvenes hegelianos. Donde
Hegel se había esforzado por preservar la unidad última del espíritu y la materia
(hemisferio derecho), sin que ninguno de los dos se colapsara en el otro,
Feuerbach y sus compañeros materialistas sólo vieron las alternativas (del
hemisferio izquierdo): la materia o el ideal. Al rechazar el ideal como una
representación vacía, se vieron obligados a aceptar sólo la materia. Sin
embargo, en un sorprendente paralelismo con la Reforma, su primer impulso fue
hacia la autenticidad. Los jóvenes hegelianos deseaban rescatar el reino
de la experiencia sensorial, lo que se puede ver y tocar, de lo que veían como
una sujeción al reino de los conceptos e ideas, y de forma más general rescatar
la experiencia de cualquier representación de la experiencia, y a la religión
de la mera teología. Es cierto, la experiencia no era lo mismo que las ideas
sobre la experiencia. Pero al igual que los ideólogos de la Reforma, terminaron
destruyendo el puente entre ambos mundos y reduciendo la complejidad de la
existencia a algo simple y claro. Mientras que en la Reforma ese algo había
sido la palabra, en este caso fue la materia.
La realidad era aquello
de lo que la ciencia podía ocuparse, y sólo eso era real. Karl Vogt
proclamó que el pensamiento, una secreción del cerebro, podía ser cambiado,
como otras secreciones corporales, mediante la dieta: "ya que las creencias
son sólo una propiedad de los átomos del cuerpo, un cambio en las creencias
depende sólo de la forma en que los átomos del cuerpo sean sustituidos".115
Parecía no haber notado que esto también se aplicaba a la creencia en el
materialismo. ¿Cómo íbamos a decidir qué disposición de los átomos era la que
había que adoptar, suponiendo que fuese algo que se podía hacer con cualquier
disposición de átomos? Pero estas preguntas no fueron contestadas. Al abrir una
brecha entre el reino de la experiencia sensorial y el reino de las ideas, todo
el reino de las ideas se volvió sospechoso. Las ideas eran las que nos llevaban
a creer en la existencia real de cosas, que no podíamos ver con nuestros ojos,
ni tocar con nuestras manos - como Dios - cuando en realidad era, según esa
lógica, solo invenciones nuestras. Y lo que es peor, al atribuirles una
existencia independiente, nos sumían en un estado de indignidad y humillación.
La negación de lo
divino era tan importante para ellos como la elevación de la materia. Esto era
en sí mismo, por supuesto, una idea; y, si podía afirmarse que era cierta,
también lo era la idea de su verdad. Había mucho de prometeico en los
materialistas. Cuando uno de ellos, Ludwig Büchner, salió de un período de
crisis personal, lo hizo con la siguiente proclamación: "Ya no reconozco
ninguna autoridad humana sobre mí".116 Atención, ninguna
autoridad humana. La negativa a reconocer autoridad alguna estaba, en el
centro mismo del materialismo, en otro paralelismo con la Reforma: pero estos
reformadores, como los anteriores, tuvieron que reconocer alguna suerte
de autoridad, aunque fuera la autoridad de la razón (que es algo que en sí
mismo sólo podemos intuir). De modo que también los materialistas tuvieron que recurrir
a una autoridad sobrehumana: y esta nueva divinidad fue la ciencia. Tanto el
materialismo científico como el materialismo dialéctico de Engels y Marx
surgieron de la visión de que la ciencia era la única autoridad.
En 1848, la
revolución se extendió por toda Europa, y sus repercusiones se dejaron sentir
con más fuerza en Francia y Alemania. "Para los materialistas científicos,
y hasta cierto punto también para Marx, la oposición a la autoridad sin
fundamento era su deber, y la ciencia natural fue su justificación."117
Hablando en 1853, Lyon Playfair, uno de los más acérrimos predicadores del
materialismo científico en la Gran Bretaña del siglo XIX, declaró que "la
ciencia es una religión y sus filósofos son los sacerdotes de la
naturaleza": T. H. Huxley, apodado el "bulldog" de Darwin,
describió sus charlas como sermones laicos.118 Esto fue parte de un
amplio cambio por el cual, según Gaukroger, a principios del siglo XIX el sentimiento
de Occidente de su propia superioridad cambió sin problemas de la religión a la
ciencia119. Al hacerlo, cambió una religión por otra; pero estos
"sacerdotes de la naturaleza" no honraban tanto a la naturaleza en sí
misma, como a la capacidad humana de controlar a la naturaleza, y de hacerla
asequible únicamente mediante el racionalismo: el hemisferio izquierdo
reflexionando sobre sí mismo. Es interesante que Marx considerara a Prometeo,
opuesto como era a "todos los dioses divinos y terrenales que no reconocen
la autoconciencia humana como la divinidad más elevada... el más eminente santo
y mártir del calendario filosófico".120 Es un hecho incómodo
que también Hitler escribiera más tarde que el ario es "el Prometeo de la
humanidad, de cuya brillante frente ha brotado en todo tiempo la chispa divina
del genio, encendiendo una y otra vez ese fuego del conocimiento que iluminó la
noche oscura de silenciosos misterios e hizo así que el hombre ascendiera por
la senda del dominio sobre los demás seres de esta tierra".121
Al borrar el pasado, parece que se perdió el sentido de la arrogancia, que los
griegos habían entendido como el núcleo de toda tragedia.
Por el contrario,
en el mundo antiguo, según Kerényi, "la vulnerabilidad era un atributo de
los dioses, al igual que es característica de la existencia humana".122
(El núcleo del mythos del cristianismo, en realidad, es la
vulnerabilidad de lo divino, el sufrimiento de Dios junto a su creación.) Pero
esta aceptación no es posible para el hemisferio izquierdo prometeico.
"Prometeo, fundador del sacrificio, era un tramposo y un ladrón",
escribe, "y estos rasgos estaban en el fondo de todas las historias que
tratan de él". Bajo su tutela, los hombres se convirtieron en ladrones de
la divinidad que los circunda, "cuya temeridad les acarrea desgracias inconmensurables
e imprevisibles".123
La despreocupación
del hemisferio izquierdo por el contexto tiene dos consecuencias importantes,
cada una de las cuales hace que su versión de la realidad sea más peligrosa y
al mismo tiempo, más difícil de resistir. No tiene en cuenta la conveniencia de
aplicar o no aplicar el cientificismo a un campo de la experiencia humana y no
a otro - la percepción de Aristóteles - ya que para entender esto se
necesitaría una percepción del contexto y de lo que es razonable, siendo ambos,
desde el punto de vista del hemisferio izquierdo, intrusiones innecesarias por
parte del hemisferio derecho en su naturaleza absoluta y no contingente, la
fuente de su poder absoluto. Al mismo tiempo, la ciencia predicaba que estaba
exenta de historización o contextualización algo que se había utilizado para
socavar el cristianismo en el siglo XIX,124 una forma de permitir a
la ciencia criticar todas las demás interpretaciones del mundo y de la
experiencia humana, al tiempo que se hacía inmune a la crítica. Esta doctrina
de la infalibilidad de la ciencia es también el resultado de la incapacidad de
la Ilustración para entender la naturaleza contextual de todo pensamiento, lo
que Dewey llamó, "el dogma de la inmaculada concepción de los sistemas
filosóficos".125 Nada de esto habría sido posible si la ciencia
no hubiese creado su propio mythos, que en el siglo
XX se convertiría en el mythos dominante de
nuestra cultura. Sin embargo, los rasgos clave del mismo ya estaban presentes a
mediados del siglo XIX.
En primer lugar
estaba el mito de la unidad de la ciencia - la visión del hemisferio izquierdo
de que existe un único camino lógico para llegar al conocimiento,
independientemente del contexto; mientras que en realidad, la ciencia es, para
citar de nuevo a Gaukroger, "un conjunto disperso de disciplinas con
diferentes temáticas y diferentes métodos, relacionados entre sí de diversas
maneras, cada una de las cuales funciona para algunos propósitos pero no para
otros".126 Luego estaba el mito de la soberanía del método
científico - del progreso planificado e implacable del hemisferio izquierdo
siguiendo un camino secuencial hacia el conocimiento. De hecho, sabemos que,
aunque el método científico juega un papel importante, los mayores avances de
la ciencia son a menudo el resultado de observaciones fortuitas, de obsesiones
de personalidades concretas y de intuiciones que podrían ser inhibidas negativamente
por una estructura, método o visión del mundo demasiado rígida.127
Los avances tecnológicos también han sido menos frecuentemente consecuencias
previsibles de un método sistemático que como resultado de intentos de resolver
empíricamente un problema local, por parte de aficionados o hábiles artesanos y
muchos han sido francamente subproductos serendípicos de un intento de lograr
algo muy diferente. Y hay cosas que están simplemente más allá del conocimiento
científico, por lo que es un error categorial suponer que pueden ser entendidas
de esta manera. La arrogancia del hemisferio izquierdo se ve ofendido por esta
idea, y cuando el gran fisiólogo alemán Emil DuBois-Reymond, el descubridor del
potencial de acción neuronal, llamó la atención sobre los límites propios de la
comprensión científica con su declaración: ignorabimus ("[hay
cosas que] nosotros nunca sabremos"), la reacción fue - y sigue siendo -
de gran indignación.
Luego está el mito de la ciencia como algo que está
por encima de la moralidad, extrañamente unido a una aceptación acrítica de la
idea de que la ciencia es el único fundamento seguro de la decencia y la moralidad
– de nuevo, el hemisferio izquierdo en su negación característica, y ya sabemos
que a pesar de sus muchos éxitos en aliviar el sufrimiento humano, tiene un
historial que dista mucho de ser intachable a este respecto, tanto en sus
métodos de investigación, como por las consecuencias tal vez no intencionadas,
pero no por ello menos previsibles, de sus actuaciones y, a veces, de sus
propios objetivos (en colaboración con regímenes corruptos),siendo a veces
manifiestamente perjudiciales. Y, en otra negación aún más, está el mito de su
valiente lucha contra las fuerzas del dogma, generalmente centrado en la
Iglesia, un mito condensado en relatos groseramente simplificados, diseñados
para transmitir el mensaje de que la ciencia en sí misma no tiene prejuicios.128
LA REVOLUCIÓN
INDUSTRIAL
Pero fue la Revolución Industrial la que permitió al hemisferio izquierdo acometer
su asalto más audaz hasta ahora, contra el mundo del hemisferio derecho - o
quizás se debería decir que el asalto más audaz del hemisferio izquierdo fue
la Revolución Industrial. Ni que decir tiene que este movimiento tiene
consecuencias profundas para el tema de este libro, y subraya las
características definitorias del mundo moderno, que serán el tema de los
siguientes y últimos capítulos.
Es notable que cuando el hemisferio izquierdo da un
paso adelante, lo hace de una manera absoluta e intolerante - en consonancia
con su manera competitiva y segura de sí misma, y convencido de su rectitud
incuestionable (la claridad de la verdad) -
quitándose de encima cualquier oposición: la Reforma, la Revolución de Cromwell,
la Revolución Francesa, el auge del materialismo científico (cuando encontró
oposición, fue más como consecuencia del tono peculiarmente agresivo de sus
proponentes que por lo que afirmaban). La Revolución Industrial, abriéndose
paso a través del paisaje y arrasando la historia cultural, no es una
excepción. Sin embargo, la osadía de su movimiento ha ido todavía más allá.
Si el hemisferio derecho proporciona "lo
Otro" - la experiencia de lo que sea que existe aparte de nosotros mismos
- esto no es lo mismo que el mundo de entidades concretas que hay
"ahí fuera" (es ciertamente más que eso), pero si abarca la mayor
parte de lo que consideraríamos como cosas que realmente existen, al menos
antes de que llegamos a pensar en ellas, en contraposición a los conceptos que
tenemos de ellas, las abstracciones y construcciones que inevitablemente
hacemos a partir de ellas, a través de una reflexión consciente, que es la
contribución del hemisferio izquierdo. Pero, ¿y si el hemisferio izquierdo
fuera capaz de externalizar y concretar su propio funcionamiento - de modo que
el reino de las cosas realmente existentes aparte de la mente, consistiera en
gran medida en sus propias proyecciones? Entonces, la primacía ontológica de la
experiencia del hemisferio derecho se vería superada, ya que lo que se estaría ofreciendo
- no es "lo Otro", sino lo que ya es el mundo tal y como lo
procesa el hemisferio izquierdo. Haciendo difícil, y quizás con el
tiempo imposible, que el hemisferio derecho escapara de la sala de los espejos,
para alcanzar algo que realmente fuera "lo Otro", más allá de la
mente humana.
En esencia, este fue el logro de la Revolución
Industrial. No se trata sólo de que este movimiento fuera, obviamente, de forma
colosal, la apuesta más descarada del hombre por dominar el mundo natural, la
codiciosa agenda a largo plazo del hemisferio izquierdo. También supuso la
creación de un mundo a imagen y semejanza del hemisferio izquierdo. La
producción mecánica de bienes aseguraba un mundo en el que los miembros de una
clase no eran sólo parecidos, a pesar de su fastidiosa autenticidad como
individuos, sino verdaderamente idénticos: miembros iguales e intercambiables
de su categoría. Estarían libres de las "imperfecciones" que se
derivan de estar hechos por manos vivas. Las sutiles variaciones de formas que
resultan de los procesos naturales serían sustituidas por formas invariantes,
así como por formas en gran medida "típicas", es decir, por las
formas que reconoce el hemisferio izquierdo: círculos perfectos, formas
rectilíneas como la línea recta, el rectángulo, el cubo, el cilindro.
(Delacroix escribió que "valdría la
pena investigar si las líneas rectas existen tan sólo en nuestro cerebro"; tal y como ha señalado Leonard Shlain, las
líneas rectas no existen en ninguna parte del mundo natural, excepto quizás en
el horizonte, donde termina el mundo natural.)129 Tales formas
regulares no son producidas por procesos naturales y son contrarias al cuerpo,
que es después de todo una fuente de variación, cambio y evolución constante de
la forma, tanto en sí mismo como en todo lo que llega a crear. Así, en la
medida de lo posible, la evidencia del cuerpo es eliminada en lo que se hace. Sobre
todo se fabricarían herramientas, mecanismos, el tipo de objetos inanimados de
los que se ocupa preferentemente el hemisferio izquierdo, y se fabricarían
máquinas que hacen máquinas, parodias auto propagables de la vida carentes de
todas las cualidades de lo vivo. Sus productos serían seguros, perfectos a su
manera, familiares en el sentido "icónico" (preferido por el
hemisferio izquierdo), no en el sentido de esas "cosas especiales que
tienen valor para mí" (preferido por el derecho): entidades idénticas, de
formas rectilíneas, infinitamente reproducibles, de naturaleza mecanicista,
determinadas, fijas, fabricadas por el hombre.
¿Es exagerado decir que esto llevaría a una situación
en la que el mundo experimentado pre-reflexivamente, el mundo que el hemisferio
derecho debe entregar, se convirtiera simplemente en "el mundo tal y como
lo procesa el hemisferio izquierdo"? No lo creo. Yo sostendría que la
combinación de entornos urbanos que son cada vez más como cuadriculas, de
superficies rectilíneas y formas hechas por máquinas, en las que apenas se tiene en cuenta
el mundo natural; el aumento universal en la proporción de población que vive
en esos entornos, y que vive en ellos en un mayor grado de aislamiento; el
asalto sin precedentes al mundo natural, no sólo a través de la explotación, el
expolio y la contaminación, sino también, de manera más sutil, a través de una
excesiva "gestión" de uno u otro tipo de dicho mundo natural, unida a
un aumento de la virtualidad de la vida, tanto en la naturaleza del trabajo que
se hace como en la omnipresencia del tiempo de ocio en la televisión e
Internet, donde ambos han creado una réplica en gran medida insustancial de la
"vida" tal y como la procesa el hemisferio izquierdo - todo esto se
ha logrado en gran medida con este objetivo, si estoy en lo cierto de que es un
objetivo, en un período de tiempo casi increíblemente corto. Heisenberg, en la
década de 1950, escribió que la tecnología ya no aparece,
como el
producto del esfuerzo humano consciente para ampliar el poder material, sino
más bien como el desarrollo biológico de la humanidad en el que las estructuras innatas del organismo
humano se trasplantan en una medida cada vez mayor al entorno del hombre.130
Apenas
podía creer lo que leía cuando me encontré con este pasaje, porque expresa
precisamente mi afirmación de que las estructuras innatas del hemisferio
izquierdo están, a través de la tecnología, encarnándose en el mundo que se ha
llegado a dominar.
Pero el
hemisferio izquierdo parece estar insatisfecho con esto, porque todavía sigue
dejando abiertas las posibles salidas del laberinto, de la sala de los espejos.
Ya que a través del hecho de nuestra naturaleza corpórea, a través del arte y
la religión, el hemisferio derecho todavía podría ser capaz de volver a resurgir.
Así que ahora tenemos que echar un vistazo no sólo a la evolución del mundo de
las cosas, sino al mundo de las ideas en el siglo XX, para ver cómo el
hemisferio izquierdo ha cerrado efectivamente las vías de escape. Aquí es donde
entra en juego la "asimetría en la interacción" a la que aludí al
final de la Parte I, donde la situación, que hasta ahora evidenciaba una serie
de oscilaciones cada vez más violentas entre los hemisferios, se descontrola, y
da lugar a un posible triunfo final del mundo del hemisferio izquierdo.
CAPÍTULO 12.
EL MUNDO MODERNO Y EL MUNDO POSMODERNO
LA “DESMUNDANIZACIÓN" DEL MUNDO
El comentario de Virginia Woolf, a
menudo citado, de que "en diciembre de 1910 o alrededor de esa fecha, el
carácter de la humanidad cambió" es memorable por su divertida especificidad.
Es habitual referir esa especificidad con la polémica exposición de Roger Fry,
titulada, "Manet y los Post-impresionistas", que se había inaugurado
en noviembre de 1910 en las Grafton Galleries en Londres. Sin embargo, el
cambio al que se refería distaba mucho de ser específico: en realidad, lo
abarcaba todo. "Todas las relaciones humanas han cambiado", continuó,
"las relaciones entre amos y sirvientes, maridos y esposas, padres e
hijos. Y cuando las relaciones humanas cambian, se produce al mismo tiempo un
cambio en la religión, en la conducta, en la política y la literatura".1
Bastante amplio, entonces: de modo que ni siquiera se le puede atribuir el
mérito a Roger Fry de ello.
La especificidad
de la fecha que ella propone como el comienzo de la era moderna, de la era del modern-ismo
- pues es a esa conciencia autoproclamada de cambio radical a lo que ella se
refiere – pretende sugerir no tanto la celeridad de una transición, como la
brusquedad de la disyunción, entre lo que había sucedido anteriormente y lo que
iba a venir después. Tal como espero mostrar más adelante, esa disyunción no
fue tan grande como podría parecer. El cambio ya estaba en proceso desde hacía
tiempo: lo que fue repentino fue la revelación de las consecuencias. Fue más un
corrimiento de tierras tras años de erosión que una avalancha tras una nevada
inesperada.
Sin embargo, los
cambios fueron, con toda razón, cambios que afectaron todos los aspectos de la
vida: como ella dice, no sólo al arte, sino a las formas en que concebimos el
mundo en el que vivimos, en cómo nos relacionamos entre nosotros, e incluso en
cómo nos vemos en relación con el cosmos en general. La Modernidad estuvo
marcada por un proceso de desintegración social que claramente derivaba de los
efectos de la Revolución Industrial, pero cuyas raíces también podían
encontrarse en la concepción que Comte tenía de la sociedad como una agregación
de individuos esencialmente atomizada. El cambio de la vida rural a la urbana,
consecuencia de la realidad de la expansión industrial y la búsqueda por parte
de la Ilustración de una sociedad ideal libre de los grilletes del pasado,
condujo a una ruptura de los órdenes sociales tradicionales y a la pérdida del
sentido de pertenencia, con efectos de largo alcance en la vida de la mente.
Los avances del materialismo científico, por un lado, y de la burocracia, por
otro, ayudaron a generar lo que Weber llamó el mundo desencantado. El
capitalismo y el consumismo, como formas de concebir las relaciones humanas,
basadas en poco más que en la utilidad, la codicia y la competitividad,
llegaron a suplantar a las relaciones basadas en los vínculos de conexión y en
la continuidad cultural. El Estado, representante de las fuerzas organizadoras,
categorizadoras y subyugadoras del conformismo sistemático, empezaba a
mostrarse como una presencia prepotente incluso en las democracias. Y había indicios
preocupantes de que la combinación de una adulación del poder y la fuerza
material con el deseo, y el poder para subyugar (a través del avance
tecnológico), llevarían al abandono de cualquier forma de democracia, y al
surgimiento del totalitarismo.
Los efectos de la
abstracción, la burocratización y la desarticulación social sobre la identidad
personal han sido temas de la sociología desde Max Weber y Emile Durkheim, y
sus efectos sobre la conciencia en la modernidad han sido explorados en obras
como Un mundo sin hogar, de Peter
Berger.2 El pensamiento racionalista, técnico y burocrático
dominante había vaciado de sentido a la vida al destruir lo que Berger llama el
"dosel sagrado" de los significados que reflejan las creencias
colectivas sobre la vida, la muerte y el mundo en el que vivimos. La anomia
resultante, o pérdida de toda orientación, la desaparición de cualquier
estructura de valores compartida, conducen a una suerte de angustia
existencial.
En el libro que
dedicó a este tema, Modernidad e identidad
del yo,3 Anthony Giddens describe la alteración característica
del espacio y del tiempo que induce la globalización en sí misma, que es a su
vez una consecuencia inevitable del capitalismo industrial, destruyendo el
sentido de pertenencia y, en última instancia, la identidad individual. Él habla
de lo que denomina "mecanismos de desarraigo", cuyo efecto es separar
las cosas de su contexto, y a nosotros mismos de la singularidad de cada lugar,
lo que él llama locale, (localidad). Las cosas y experiencias reales se
sustituyen por fichas simbólicas; los sistemas de "expertos"
sustituyen el saber hacer y las habilidades locales por un proceso centralizado
que depende de reglas. El resultado es una abstracción y virtualización de la
vida. Él la ve una forma peligrosa de retroalimentación positiva, en la que las
posiciones teóricas, una vez promulgadas, dictan la realidad que tiene lugar, y
que luego se nos retroalimentan a través de los medios de comunicación, que configuran,
tanto como reflejan, la realidad. Los medios de comunicación también promueven
la fragmentación mediante una yuxtaposición aleatoria de elementos de
información, además de permitir la "intrusión de eventos distantes en la
conciencia cotidiana", otro aspecto de la descontextualización de la vida
moderna que contribuye a la pérdida del sentido de la experiencia del mundo.4
La mente "sin
hogar": ya que el apego a un lugar está muy arraigado en nosotros. En
términos neurológicos, las raíces evolutivas de un sistema emocional integrado,
implicado en la formación de lazos sociales residen en los apegos más ancestrales
y primitivos de los animales con el lugar.5 Algunos animales mantienen
un vínculo igual de estrecho con los lugares donde anidan como con sus madres.6
la palabra inglesa belonging (pertenencia) viene de la misma palabra del
inglés antiguo langian, que forma la raíz de longing (anhelo). Significa un
apego emocional intenso a "mi sitio", ese en el que estoy "en
casa", e implica un sentido de permanencia. En los últimos cien años esto
ha sido cada vez más amenazado por al menos tres de los rasgos definitorios de
la modernidad: por la movilidad, que supone una población en cambio permanente,
que no tiene necesariamente un arraigo previo con el lugar en el que se
encuentra; por un ritmo extremo de transformación del entorno físico,
alimentado por el consumo, la necesidad de facilidades del transporte, y por la
explotación del mundo natural, la transformación de la agricultura heredada de
una cultura ancestral a un negocio, y el aumento de la urbanización, todo lo
cual hace que el escenario familiar se convierta rápidamente en algo ajeno a nuestra
realidad; además, la fragmentación de los lazos sociales dentro de las
comunidades, por un sinnúmero de razones, descritas de una forma devastadora y
meticulosa en la obra, Solo en la bolera de Robert Putnam, nos hace
sentir como si cada vez menos perteneciéramos a algún lugar.7
De este modo, todos
nuestros vínculos, la red de relaciones que dan sentido a la vida, se ven trastocados.
Las continuidades del espacio y del tiempo están relacionadas: la pérdida del
sentido del lugar amenaza la identidad, ya sea personal o cultural, con el paso
del tiempo - el sentido de un lugar donde no sólo nacimos y moriremos, sino
donde lo hicieron nuestros antepasados y lo harán los hijos de nuestros hijos.
Las continuidades temporales se interrumpen a medida que las tradiciones que
las encarnan se alteran o son descartadas, y las formas de pensar y de
comportarse ya no cambia gradualmente y a un ritmo que la cultura puede
absorber, sino de manera radical, rápida y con el objetivo implícito, y a veces
explícito, de borrar el pasado. Y, tal como manifiesta Putnam, el sentido de
comunidad - el apego último, la conexión con los demás - también se debilita
radicalmente.
Por tanto, los
cambios que caracterizan al modernismo, a la cultura de la modernidad, son
mucho más profundos y amplios que su manifestación en el arte. Representan,
creo, un mundo cada vez más dominado por el hemisferio izquierdo, y cada vez
más antagónico a lo que el hemisferio derecho podría ofrecer.
En su exposición de
la revolución científica del siglo XVII, Toulmin ve una relación entre el
conflicto social, religioso y político, por un lado, y el hambre de certeza que
exhibían la ciencia y la filosofía de la época. Aunque hace la suposición
quizás comprensible de que lo primero fue la causa de lo segundo, él mismo no
puede evitar observar la evidencia de que en mayor medida, fue lo segundo la
causa de lo primero. Porque el periodo humanista anterior había estado igual de
asolado por las incertidumbres tanto en la esfera social como en la religión y
la política, pero entre sus pensadores y escritores había prevalecido una
actitud diferente hacia la búsqueda de certeza. Fue el ansía de certeza en el
período posterior, lo que en mi opinión representó un cambio hacia valores,
prioridades y modos de ser del hemisferio izquierdo, lo que condujo a un
endurecimiento de las posiciones en todos los bandos, a las respectivas
intransigencias tanto del cientificismo como de la Contrarreforma, y por tanto
al conflicto.
Cuando llegamos
al siglo XX, Toulmin identifica, creo que con razón, una demanda aún mayor de
certeza:
Las ideas de
"racionalidad estricta", modeladas sobre la lógica formal, y de un
"método" universal para desarrollar nuevas ideas en cualquier campo
de las ciencias naturales, fueron adoptadas en las décadas de 1920 y 1930 con
un entusiasmo aún mayor, y de forma aún más extrema, de lo que había sido el caso a mediados del siglo XVII…. El programa
del Círculo de Viena fue…. aún más formal, exacto y riguroso que los de
Descartes o Leibniz. Liberada de toda representación, contenido y emoción irrelevantes,
los vanguardistas, la avant garde de mediados del siglo XX superaron con creces a los racionalistas del
siglo XVII.8
Y aquí también vuelve hacer, mutatis mutandis, la misma suposición:
que la demanda de certeza fue una respuesta al malestar en Europa ocasionado
por el fascismo y el estalinismo. Yo tengo muchas dudas de esto. Por un lado,
los cambios intelectuales pueden verse mucho antes del ascenso del
totalitarismo. ¿Y si el fascismo y el estalinismo fueran facetas del mismo
mundo mental que el modernismo, ambas expresiones de la estructura profunda del
mundo del hemisferio izquierdo?
EL MODERNISMO Y
EL HEMISFERIO IZQUIERDO
Volveré sobre esta cuestión a su debido tiempo. Pero antes, veamos si hay pruebas
más directas de una creciente dominación de la cultura por las formas de
concebir el mundo del hemisferio izquierdo. ¿Qué cabría encontrar en ese caso?
Permítanme recapitular brevemente. En los casos en que
el hemisferio derecho está dañado, vemos una gama de problemas clínicamente
similares a los que se encuentran en la esquizofrenia. En ambos grupos, los
sujetos tienen dificultades para entender el contexto y, por lo tanto, tienen
problemas con la pragmática y con la apreciación de los "elementos del
discurso" de la comunicación. Tienen problemas similares en la comprensión
del tono, la interpretación de las expresiones faciales, la expresión e
interpretación de las emociones y la comprensión de los supuestos que subyacen
al punto de vista de la otra persona. Tienen problemas similares con la
percepción de la Gestalt y con el entendimiento y la comprensión de las
totalidades. Tienen problemas similares con el procesamiento intuitivo y
déficits similares en la comprensión de la metáfora. Ambos grupos exhiben
problemas para entender la narrativa, y ambos tienden a perder el sentido del
flujo natural del tiempo, que se sustituye por una sucesión de momentos
estáticos.9 Ambos grupos, refieren experimentar en su percepción
visual, el fenómeno asociado que se conoce com Zeitraffer (lapso) (algo que a veces se puede ver plasmado en obras
de arte de sujetos esquizofrénicos). Ambos parecen tener un sentido deficiente
de la realidad o de la sustancialidad de la experiencia ("todo es una
actuación teatral"), así como de la singularidad de un evento, objeto o
persona. Tal vez lo más significativo es que tienen una falta similar de lo que
podría llamarse sentido común. En ambos casos se produce una pérdida de la
función estabilizadora, y creadora de marcos de coherencia que desempeña el
hemisferio derecho en los individuos normales. Ambos grupos muestran una disminución
del procesamiento pre-atencional y un aumento en la atención estrechamente
focalizada, que es particularista, excesivamente intelectualizadora y con un
enfoque inapropiadamente deliberado. Ambos se basan en un análisis fragmentario
y descontextualizado, en lugar de recurrir a un modo de aprehensión intuitivo,
espontáneo o global. Ambos tienden a esquematizar - por ejemplo, a hacer un examen
del comportamiento de los demás, como lo haría un visitante de otra cultura, con
el objetivo de descubrir las "reglas" que explican su comportamiento.
Lo vivo se convierte en algo parecido a máquinas: como confirmación de la
primacía de visión del mundo del hemisferio izquierdo, un paciente
esquizofrénico descrito por Sass comentaba que "el mundo consistía en
herramientas, y... todo lo que miramos tenía alguna utilidad".10
También hay pruebas a partir de las neuroimágenes, de que los esquizofrénicos
muestran patrones anormales de activación cerebral, a menudo mostrando una
excesiva activación del hemisferio izquierdo en situaciones en las que uno
esperaría una mayor activación del hemisferio derecho. Esto abarca toda una
gama de actividades: por ejemplo, el sentido del olfato parece estar
anormalmente lateralizado. Hay una disminución en la activación esperada del
hemisferio derecho en las conexiones límbicas con el rinencéfalo (el cerebro
olfativo) y la corteza orbitofrontal derecha, y un aumento en la actividad del
hemisferio izquierdo durante el proceso de olfatear.11 Cuando uno
considera cuán crítico es el sentido del olfato en el vínculo entre la madre y
el bebé, y en todo tipo de vínculo social, y el papel que desempeña en enraizar
nuestro mundo con la intuición y el cuerpo, se aprecia que por muy pequeña que
sea esta pieza del rompecabezas, no es insignificante.12 El
hemisferio derecho no funciona normalmente, y el hemisferio izquierdo toma su
lugar. Y, así resulta que los fármacos que ayudan a estabilizar la
esquizofrenia actúan reduciendo la actividad dopaminérgica, una forma de
neurotransmisión de la que el hemisferio izquierdo depende en mayor medida que
el derecho.13
Existen, pues, notables similitudes entre los
individuos con esquizofrenia y aquellos cuyo hemisferio derecho no funciona
normalmente. Esto no es sorprendente, ya que existen una serie de pruebas que
sugieren que tal desequilibrio a favor del hemisferio izquierdo se produce en
la esquizofrenia.14 Si eso es lo que sucede en los individuos,
¿podría una cultura dominada por los modos de aprehensión del hemisferio
izquierdo comenzar a exhibir estas mismas características?
Por extraño que parezca, hay pruebas sorprendentes y
sustanciales de que eso precisamente es lo que está pasando.
MODERNISMO Y
ESQUIZOFRENIA: FENOMENOLOGÍA DEL NÚCLEO
El influyente psicólogo Louis Sass ha
escrito ampliamente sobre la cultura del modernismo, su arte, sus escritos y su
filosofía, en relación con la fenomenología de la esquizofrenia. En Las
paradojas del delirio: Wittgenstein, Schreber y la mente esquizofrénica.15
Sass considera los paralelismos entre el papel de la observación introspectiva
y desapegada en la filosofía, tal y como la discutió Wittgenstein, y los testimonios
de Daniel Paul Schreber, un juez provincial alemán que en la mediana edad
desarrolló síntomas psicóticos que recopiló en sus Memorias de un enfermo de nervios.16 La importancia del
trabajo de Sass es que demuestra cómo la naturaleza de la atención altera lo
que se observa; y específicamente, que cuando dejamos de actuar, de
involucrarnos, de ser espontáneos e intuitivos, y en su lugar nos volvemos
pasivos, desconectados, ensimismados y contemplamos fijamente al mundo que nos
rodea de una manera "objetiva", este mundo se vuelve extraño, ajeno,
espantoso - y curiosamente similar al mundo mental de los esquizofrénicos. Sass
explora la idea de que "la locura... es el punto final de la trayectoria
(que) sigue la conciencia cuando se separa del cuerpo y las pasiones, y del
mundo social y práctico, y se vuelve sobre sí misma".17 Para
Sass, como para Wittgenstein, existe una estrecha relación entre filosofía y
locura. La "predilección del filósofo por la abstracción y la alienación -
por el desapego del cuerpo, del mundo y de la comunidad"18
puede producir un tipo de visión y de experiencia que es, en un sentido
literal, patológico.
En palabras del propio
Wittgenstein, “la mirada fija está
estrechamente ligada con todo el rompecabezas del solipsismo".19
El exceso de conciencia en sí mismo nos aliena del mundo y nos lleva a la
creencia de que sólo nosotros, o nuestros procesos de pensamiento, son reales. No
es casualidad, si esto parece recordarnos, curiosamente a la constatación de
Descartes de que la única verdad fiable era que sus propios procesos de
pensamiento garantizaban que, al menos, él si existía. El observador
desapegado, inmóvil, e impasible siente que el mundo pierde realidad, se
convierte en meramente "cosas que se ven". La atención se centra en
el campo de la conciencia misma, no en el mundo más allá, y parece que
experimentamos la experiencia. En sus, Investigaciones Filosóficas, Wittgenstein observa que cuando este
tipo de atención fija toma el control, los demás parecen carecer de conciencia,
ser autómatas en lugar de mentes (tal como Descartes también había encontrado).
Esta es una experiencia común en la esquizofrenia y una experiencia central de
Schreber. Hay una falta de visión a través de, a lo que sea que hay más
allá.
La implicación
invierte este proceso. La propia "anti-filosofía" de Wittgenstein se
considera como un intento de restaurar la cordura a la mente filosófica
atrapada en la hiper-conciencia del pensamiento metafísico. El señala que
cuando actuamos o interactuamos - incluso, tal vez, si lo único que hacemos es pasear
por nuestro entorno en lugar de quedarnos sentados con la mirada fija en algo -
estamos obligados a tener en cuenta la "alteridad" de las cosas. Como
dice Sass, "el peso mismo del objeto, la resistencia que ofrece a la mano,
atestiguan su existencia como algo independiente de la voluntad o de la
conciencia"; mover un objeto "confirma la experiencia propia de
actividad y eficacia".20 Esto recuerda la reacción de Johnson
al idealismo de Berkeley al golpear una piedra y decir: "Lo refuto
así".
En su obra
pionera titulada, Locura y modernismo,
Sass traza una multitud de paralelismos bien argumentados entre las
experiencias de los esquizofrénicos y la concepción del mundo del modernismo y
el posmodernismo.21 Su propósito no es emitir un juicio de valor,
sino simplemente señalar los paralelismos, en literatura, artes visuales y el
discurso crítico sobre el arte de esta época, con todos los aspectos de la
fenomenología central de la esquizofrenia. Su argumento es convincente y
esclarecedor, pero tiene un significado fascinante más amplio. Lo que Sass
detecta en la cultura moderna e identifica con la esquizofrenia puede ser, de
hecho, la excesiva dependencia del hemisferio izquierdo en Occidente, que creo
que se ha acelerado en los últimos cien años. De hecho, el propio Sass discute
esta posibilidad (junto con varias otras) en un apéndice llamado
"Consideraciones Neurobiológicas".
Aunque la
fenomenología de la esquizofrenia consta de una serie de síntomas y
experiencias, éstas se refieren a un grupo de perturbaciones centrales en la
relación entre el yo y el mundo. Tal vez la más importante sea lo que Sass
denomina hiperconsciencia. Elementos del yo y de la experiencia que normalmente
permanecen, y necesitan permanecer, intuitivos, inconscientes, se
convierten en objetos de una atención distanciada y alienante; y los niveles de
conciencia se multiplican, de modo que hay una conciencia de la propia
conciencia, y así sucesivamente. El resultado de esto es una especie de
parálisis, en la que incluso las acciones cotidianas "automáticas",
como mover las piernas para caminar, pueden llegar a ser problemáticas.
"Ya no estoy seguro de mis propios movimientos”, dice un paciente.
"Es muy difícil describir esto, pero a veces ni siquiera me siento seguro para
realizar acciones tan sencillas como sentarse. No es tanto pensar qué hacer, es
el hecho de hacerlo lo que se me atasca..." Otro dice: "La gente hace
cosas sin más, pero yo tengo que observar primero para ver cómo se hacen las
cosas…" Y otro: "Tengo que hacer todo paso a paso, ya nada es
automático ahora. Todo tengo que considerarlo..."22 Esto va
acompañado de una incapacidad para confiar en el propio cuerpo o en las
intuiciones. Todo es arrastrado hacia el foco de la conciencia. Ulrich, el antihéroe de la novela de Robert Musil, El hombre sin atributos, describe el esfuerzo tremendo de ser
consciente de "los saltos que da la atención, del esfuerzo de los músculos
oculares, de los movimientos pendulares de la psique", de lo que está
ocurriendo en cada momento, tanto como del simple hecho de mantener el cuerpo
vertical en la calle. Esto hace pensar en la identificación que hace el
psicólogo Chris Frith de la principal anormalidad de la esquizofrenia como
"una conciencia de los procesos automáticos que normalmente se llevarían a
cabo por debajo del nivel de conciencia".23
Asociado con esto
está lo que Sass llama una pérdida de "ipseidad", en otras palabras,
una pérdida del sentido pre-reflexivo y enraizado del yo.24 El yo
tiene que construirse a posteriori, "después del hecho", a partir de
los productos de la observación, y su existencia misma queda en entredicho.
Esto da lugar a una reflexividad, por la cual la atención se centra en el yo y
su cuerpo, de modo que partes del yo llegan a parecer extrañas. Hay una pérdida
del sentido pre-reflexivo del cuerpo como algo vivo y vivido, una pérdida de la
experiencia física y emocional inmediata que nos arraiga en el mundo, ya que
los estados corporales y los sentimientos caen bajo el punto de mira de la
conciencia, y se ven privados de su habitual e irresistible inmediatez e
intimidad. Las emociones pierden su direccionalidad normal hacia la
acción, hacia otros seres, surgidas de un pasado personal y en dirección hacia
un futuro personal, en un mundo coherente con otros seres.
Hay un vaivén
entre dos posiciones aparentemente opuestas que en realidad son aspectos de la
misma posición: omnipotencia e impotencia. O bien no existe el yo, o bien todo
lo que el ojo observador ve es de hecho parte del yo, con el corolario de que
no hay otro mundo aparte del yo. Ya sea que no exista el yo, o que todo sea
incluido en el yo, el resultado es el mismo, ya que ambas condiciones carecen
del sentido normal que tenemos de nosotros mismos, definido por la conciencia
de que existe algo aparte de nosotros mismos. Esta posición se asocia, en la
esquizofrenia, a una subjetivización de la experiencia: una retirada del mundo
exterior y un giro de la atención hacia el interior, hacia un reino de
fantasía. El mundo llega a carecer de aquellas características que sugieren una
realidad que existe aparte de nuestra voluntad - la incognoscibilidad
última de los aspectos del mundo que exceden nuestra comprensión, y la
recalcitrancia de un ámbito separado de nuestra fantasía. Al mismo tiempo, el
mundo y las demás personas que lo habitan son objetivadas, convirtiéndose en
objetos. En un término tomado de Heidegger, Sass ve una "desmundanización"
del mundo: una pérdida del sentido del contexto general que da coherencia al
mundo, que se vuelve fragmentado y carente de significado.
Aunque puede
haber algunas variaciones en los términos utilizados, hay muy poca
controversia, en los trabajos de Louis Sass, con los de Giovanni Stanghellini,
Josef Parnas, Dan Zahavi y otros, de que estos fenómenos están claramente
interrelacionados: la hiperconsciencia, la pérdida de la ipseidad y la
"desmundanización" - son fundamentales en la experiencia de los
sujetos con esquizofrenia.25
LA RELACIÓN ENTRE
LA ESQUIZOFRENIA Y EL ARTE MODERNISTA
He mencionado la relación entre tales experiencias y la condición del
filósofo introspectivo: pero al igual que en la Ilustración, el aumento de la
autoconciencia trajo a la luz de la razón aquello que tenía que seguir siendo intuitivo,
con el resultado de que todos nos convertimos en filósofos malgré nous, la relación entre la
esquizofrenia y el pensamiento moderno ha ido más allá de la filosofía
propiamente dicha, hasta la cultura en general. Sass identifica los mismos
fenómenos que caracterizan a la esquizofrenia en la cultura en general. "Yo solía hacer frente a todo esto
internamente, pero mi parte intelectual se convirtió en la totalidad de
mí", dice un paciente. Compárese con Kafka, que habla en nombre de
la conciencia moderna alienada, señalando en su diario como la introspección,
"no me permitirá que ninguna idea
se hunda tranquilamente en el reposo, sino que deberá perseguir cada idea conscientemente,
hasta convertirse la conciencia misma en una idea, que a su vez será perseguida
por otra renovada introspección".26 El proceso da lugar
a un efecto de sala de espejos en el que el esfuerzo de introspección se
objetiva a sí mismo. Toda espontaneidad se pierde. Aparecen la desorganización
y la fragmentación a medida que el exceso de autoconciencia altera la
coherencia de la experiencia. Las consideraciones autoconscientes y auto
reflexivas de la vida intelectual moderna inducen un estado de inercia alienada
ampliamente reconocible. Lo que llamamos realidad se vuelve extraño y
aterrador.
La mirada disgregadora que Wittgenstein observó es una
característica de la esquizofrenia. "Las personas en el espectro de la
esquizofrenia", escribe Sass en otra parte, "a menudo parecen moverse
sobre un campo de estímulos, en el sentido de que caen en una especie de mirada
fija, penetrante y sobre enfocada que disuelve las gestalts más
comúnmente reconocidas en favor de sus partes constitutivas".27
Pero también es una característica del modernismo y, de todos nosotros, tiene
el efecto de deliberadamente provocar el mundo fragmentado del hemisferio
izquierdo. Según Susan Sontag, es el modo en el que el arte modernista invita
activamente al espectador. "El arte tradicional invita a mirar",
escribió. "[El arte modernista] propicia una mirada fija".28
La mirada fija no es conocida por tender puentes con los demás, ni con el mundo
en general, sino que sugiere alienación, o una necesidad de control o un
sentimiento de impotencia aterrorizada.
El efecto de la hiperconcienciación es producir una
huida del cuerpo y de sus emociones concomitantes. Los esquizofrénicos
describen un vaciamiento de significados, cada palabra es "una envoltura
vaciada de contenido", como dice un paciente, con un pensamiento que se
vuelve tan abstracto que alcanza una especie de vacuidad inefable. Pueden
sentirse completamente vacíos de emoción, excepto por un sentimiento penetrante
de ansiedad o náusea ante la mera existencia de las cosas. Las ideas o acciones
extrañas, chocantes y dolorosas son acogidas de buen grado como una forma de
tratar de aliviar este estado de aislamiento adormecido. Lo mismo sucede en el
modernismo: Sass lo compara con Antonin Artaud (quien sufrió esquizofrenia):
"Ni siquiera puedo encontrar algo que corresponda a los
sentimientos", y sostiene que el "teatro de la crueldad", que
Artaud creó, fue una respuesta a esta condición desvitalizada. "Quería un
teatro", confesó a Anaïs Nin, "que fuese como un tratamiento de
choque, que galvanizara, que conmocionara a la gente para que sintiera".29
Estos sentimientos recuerdan a las explicaciones dadas por los pacientes que se
autolesionan para aliviar el entumecimiento por la ausencia de sentimientos. El
paciente anestesiado sobre una mesa en el comienzo de, la canción de amor de
J. Alfred Prufrock, parece profético del estado anestesiado del modernismo,
en el que todo lo físico y lo emocional está amputado.
Sass señala una deshumanización, una desaparición del
yo activo, en el modernismo. En su lugar hay una cierta fragmentación y
pasivización, una pérdida de la unidad del yo y de su capacidad de acción
efectiva: o bien un subjetivismo impersonal, como el que se encuentra en Las Olas de Virginia Woolf, una
"subjetividad sin sujeto", como él la denomina; o por el contrario el
objetivismo más extremo, que rechaza toda empatía, despojando al mundo de todo valor,
como en "La habitación Secreta" de Robbe-Grillet. Este
"relato" consiste en una serie de descripciones estáticas del cadáver
de una mujer. Su distanciamiento frío y clínico expresa mejor que cualquier
arte puramente abstracto el triunfo de la alienación sobre el sentimiento
natural humano, y de hecho, sobre el cuerpo y todo lo que éste implica. Se
podría decir que el cadáver apuñalado representa aquí el cuerpo en general, y la
suerte que correrá a manos del modernismo. Su descripción en términos geométricos
de la carne y de las heridas ensangrentadas de la mujer, la manera fragmentada
y la interrupción de la secuencia temporal, contribuyen a crear un sentido de
irrealidad, a pesar de que el manifiesto de Robbe-Grillet es describir lo que
"simplemente es". El Ser no es tan simple.
Sass compara con minuciosidad el relato de
Robbe-Grillet y algunos otros con el característico discurso esquizofrénico.
Los paralelismos incluyen la falta de una línea narrativa cohesiva, la
disolución del carácter, el abandono de la estructura espacio-temporal
convencional, la pérdida de relaciones causales comprensibles y la interrupción
de la relación simbólico-referencial o - como yo diría, el importantísimo
sentido de la metáfora. Lo más interesante es que los esquizofrénicos enfatizan
los aspectos estáticos del mundo, y minimizan los aspectos emocionales y
dinámicos, evocando un universo más dominado por objetos que por los procesos y
las acciones. Esto es paralelo a las preferencias del hemisferio izquierdo por
las cosas inanimadas, por la inmovilidad, sobre lo que está vivo y evoluciona.
En el modernismo, la interrupción de la narrativa, mediante
dispositivos formales que desvían la atención de la temporalidad inherente al
lenguaje, vacían la acción e intención humanas del significado que tienen en un
mundo ante el cual reaccionamos, y que reacciona ante nosotros. Según
Heidegger, el "cuidado" sólo es posible dentro de la temporalidad, en
la que nos dirigimos hacia nuestro propio futuro y el de los demás que
comparten nuestra mortalidad, un cuidado que se basa en un pasado coherente.
Todo esto, unido a la enajenación forzada provocada por la toma de conciencia
de lo que debe permanecer latente, da lugar a un distanciamiento e ironía que
es contrario al pathos, patetismo, a un desentendimiento subversivo y a
un espíritu de burla hacia la vida y el arte. He aquí a Walter Benjamín:
El arte de
contar historias está llegando a su fin.... Es como si nos estuvieran arrebatando
algo que nos parecía inalienable, lo más seguro entre nuestras posesiones: la
capacidad de intercambiar experiencias. Una de las razones de este fenómeno es
obvia: la experiencia ha perdido valor. Y parece que sigue cayendo en el
abismo.30
Si tuviéramos que
resumir estos rasgos del modernismo, probablemente podrían reducirse a los
siguientes: un exceso de conciencia y un exceso de explicitación en relación a
lo que necesita permanecer intuitivo e implícito; la despersonalización y
alienación del cuerpo y de los sentimientos empáticos; la ruptura del contexto;
la fragmentación de la experiencia; y la pérdida de la "entreidad".
De hecho cada uno de estos aspectos está implícito hasta cierto punto en cada
uno de los otros; y hay una razón simple para ello. Son aspectos de un único
mundo: no sólo el mundo de la esquizofrenia, sino, como puede quedar claro a
estas alturas, el mundo según el hemisferio izquierdo.
El problema de la
alternancia inestable entre el subjetivismo y el objetivismo que Sass
identifica en el modernismo (y que ambas son polaridades en desacuerdo con un
mundo en el que todavía existe lo que yo llamo entreidad) se asocia a una
desrealización y a una "desmundanización del mundo", tal como ocurre
en la esquizofrenia. O el mundo es despojado de su sustancialidad, de su
"otredad", de su status ontológico como entidad independiente del
sujeto que la percibe; o alternativamente es visto como algo ajeno, desprovisto
de resonancia o significado humano. En cualquiera de los dos casos, el ego es
pasivizado. Por un lado, es poco más que un observador impotente de las
experiencias internas, sensaciones, e imágenes, etc. (desrealización); por el
otro, se transforma en una entidad similar a una máquina en un mundo de objetos
estáticos y neutros (desmundanización). En lugar de un único punto de vista
habitado y coherente, surge un perspectivismo o relativismo obvio, una
incertidumbre y una multiplicidad de puntos de vista. Esto tiene el efecto, por
un lado, de llamar la atención sobre la existencia de una perspectiva concreta,
mostrando así un reconocimiento de su limitación, o alternativamente, intentar
trascender tales límites habitando una variedad de perspectivas. Esto va ligado
con la creencia de que no hay un mundo verdadero, porque todo es, como dijo
Nietzsche, "una apariencia cuyo
origen reside en nuestra perspectiva".31 Aunque esto es algo
que Nietzsche reconoció en la mente moderna, no lo acogió con agrado: de hecho,
temía sus consecuencias, y habló de ese "gran chupasangres, que es el escepticismo arácnido" y
advirtiendo que nuestra excesiva autoconciencia nos destruirá.32
Somos los "donjuanes de la cognición", decía, cuyo "conocimiento
se vengará de nosotros, como la ignorancia se vengó en nosotros en la Edad
Media".33
En el modernismo existe lo que Sass llama una
autoreferencialidad estética, es decir, la obra de arte se convierte en
"una forma de drama en la que la conciencia se observa a sí misma en
acción" (Valéry);34 o bien vaciándose de conexiones externas o
de contenido representativo, de modo que los elementos formales se convierten de
por sí en el contenido; o bien explotando las convenciones representativas o
narrativas de manera autoconsciente y sin contexto, de modo que ellas mismos se
convierten en el centro de la obra. En otras palabras, hay un desplazamiento
del plano de atención hacia la superficie, ya sea del lienzo - la famosa
"planitud" de la pintura modernista de Greenberg - o del soporte
escrito, hacia la mecánica del proceso de creación, como el verfremdungseffekt,* (el efecto alienante) en el que ya no
suspendemos nuestra incredulidad, sino que la incredulidad se nos impone. (Los
esquizofrénicos experimentan, precisamente, una pérdida de profundidad visual.
Un paciente describe el mundo externo como "como una transparencia
bidimensional, algo así como el dibujo o el plano de un arquitecto"). La
atención se centra en el medio, no en el mundo más allá de ese medio, que en
realidad se niega. Los tropos autorreflexivos de la literatura y la crítica
posmodernista concentran la atención en el lenguaje y socavan la posibilidad de
una existencia más allá del lenguaje. Como Erich Heller dice sobre el retrato que
hace Nietzsche del "último filósofo"; "Ya nada le habla -
excepto su propio discurso; y, privado de cualquier autoridad desde un universo
divinamente ordenado, es sólo sobre el discurso, que su discurso puede hablar
con cierta seguridad filosófica".35
AUTOREFERENCIALIDAD Y PÉRDIDA DE SENTIDO
En última instancia, se produce nada
menos que un vaciamiento del sentido. El influyente neurocientífico
contemporáneo Michael Gazzaniga se ha referido al hemisferio izquierdo como
"el intérprete", sede de la autoconsciencia, de la volición
consciente y de la racionalidad, consideradas desde la Ilustración como
cualidades definitorias de los seres humanos.36 Sin embargo, un
intérprete no es un creador, sino un facilitador, y debe participar en la
mediación entre las partes. Cuanto
más dependemos únicamente del hemisferio izquierdo, más autoconscientes nos
volvemos; los elementos intuitivos, inconscientes y no verbales de la
experiencia quedan relativamente descartados, y el intérprete comienza a
interpretarse - a sí mismo. El mundo que traduce a palabras para nosotros es el
mundo que han creado las mismas palabras (los bloques de construcción del
hemisferio izquierdo). De ahí el "discurso sobre el discurso" de
Nietzsche. Se trata de una condición aislada y encerrada en sí misma: "ya
nada le habla". El hemisferio izquierdo, al aislarse de los procedimientos
del hemisferio derecho, ha perdido el acceso al mundo que existe más allá de
las palabras, al mundo "más allá" de nosotros mismos. No es sólo que
ya no vea a través de la superficie bidimensional del lienzo para acceder al
mundo que hay detrás, o a través de la ventana al mundo más allá del cristal,
sino que se enfoca en el plano que tiene delante de sus ojos: ya no ve mediante
la representación del mundo que constituye la "experiencia" del hemisferio
izquierdo, a un mundo que es "Otro" que él mismo. El hombre mismo sigue
formando parte de la escena de la era moderna, como dice Heidegger.
La tarea del
intérprete es buscar el significado. Pero ese significado sólo puede llegar al
mundo representacional si se permite una entreidad con el mundo que representa
- ya que las palabras necesitan sus referentes del mundo real para que tengan
significado. En constante búsqueda de un sentido, pero sin encontrarlo, se siente
oprimido, al igual que el esquizofrénico, por una sensación de falta de sentido
sin resolver e irresoluble, sin un foco, una sensación de que "algo está
pasando". Todo, parece tener un sentido tal y como es, pero nunca está
claro cuál es ese sentido. Cuanto más se miran fijamente las cosas, más se las
carga de significado. Ese hombre cruzando las piernas, esa mujer con esa blusa
- nada puede ser casual. Tiene un significado específico, pretenden transmitir
algo; pero a mí no se me permite conocer el secreto, que todos los demás
parecen entender. Obsérvese que el foco de la paranoia es una pérdida de la
entreidad normal - algo que debería ser transmitido por los demás a mí mismo, y
que se me está ocultando. El mundo llega a aparecer amenazante, perturbador, oscuro.
Cuando no se entiende el significado implícito, el resultado es la paranoia,
como Wittgenstein conjeturaba: "¿Nos
podríamos imaginar a un hombre que, sin haber conocido nunca la música, se nos
acerque y al oír a alguien tocar una pieza brillante de Chopin, se convenciera de
que se trata de un lenguaje cuyo significado queremos ocultarle?".37
Y puede parecer
paradójico que la otra cosa que ocurre cuando uno se obsesiona con aspectos de
su entorno y los mira fijamente, sea precisamente lo contrario a esta carga
excesiva de significado: que se pierda todo su significado. Pierden su lugar en
el orden de las cosas, lo que les da su sentido, y se vuelven extrañas. La
mirada fija puede tanto cargar algo de significado o vaciarlo de él completamente,
pero no son tan opuestos como parecen: desligadas del contexto que normalmente
daría a las cosas su sentido implícito - no teniendo ya "resonancia"
en nosotros - significan todo o nada, lo que queramos atribuirles, del mismo
modo que el sujeto se siente omnipotente o impotente. En una de las primeras
escenas de su novela, el tedio (La
Noia), Alberto Moravia
describe su mirada fija en un vaso hasta que ya no parece tener un propósito o
un contexto, ya no es algo con lo que, como él mismo dice, "sienta que tengo
algún tipo de relación", y se convierte en,
un objeto
absurdo - y de ese mismo absurdo surge el tedio.... El tedio para mí consiste
en una especie de insuficiencia, incapacidad o falta de realidad... pero
también, el tedio puede definirse como una enfermedad que afecta a los objetos
externos y que consiste en un proceso de marchitamiento; una pérdida casi
instantánea de vitalidad... La sensación de tedio se origina en mí, del absurdo
de una realidad que es insuficiente, o de alguna manera incapaz, de convencerme
de su propia existencia efectiva...38
La
desvitalización conduce al tedio, y este, a su vez, al sensacionalismo. La
sociedad de grandes estímulos en la que vivimos se representa a través de la
publicidad como una sociedad llena de dinamismo y vitalidad, pero, como bien
saben los publicistas, su condición es la del hastío, y su respuesta a ese
hastío. Desde el auge del capitalismo en el siglo XVIII, cuando, según Patricia
Spacks, el hastío como tal comenzó, con
un "apetito por lo nuevo y lo diferente, por experiencias frescas y
emociones novedosas" y ha estado en el corazón de la exitosa sociedad burguesa,
con su necesidad sobre todo de conseguir y gastar dinero.39 El uso
de la palabra "aburrimiento" y los testimonios sobre dicha
experiencia han aumentado drásticamente durante el siglo XX.40 Ha
infestado los lugares de deseo y debilitado aún más la vitalidad: en 1990, el
23% de los franceses y el 31% de las francesas ya declaraban aburrirse mientras
hacían el amor - "l'atrophie du désir (la atrofia del deseo)."41
Hay un círculo vicioso entre los sentimientos de aburrimiento, vacío e
inquietud, por un lado, y la burda estimulación y el sensacionalismo, por el
otro: de hecho, Wordsworth lo señala en el
Prefacio a las Baladas Líricas. Así, Anton van Zijderveld, en su excelente
estudio sobre el cliché, señala que "se puede observar que cuando reina el
aburrimiento, el discurso se vuelve burdo e hiperbólico, la música estridente y
frenética, las ideas frívolas y fantasiosas, las emociones desmedidas y
descaradas, las acciones extrañas e insensatas".42 El arte
modernista desde el dadaísmo hasta nuestros días, tiene su cuota de obras de
arte que ilustran el punto de vista de Zijderveld. Scheler habla de nuestra
"cultura" del entretenimiento como una colección de "cosas
extremadamente alegres, vistas por personas extremadamente tristes que no saben
qué hacer con ellas".43 Zijderveld relaciona el fenómeno con la
publicidad y las exigencias de un mercado de masas. Por supuesto que tiene
razón. Pero, al igual que Scheler, yo prefiero mirar un poco más allá de tales
formulaciones en términos socioeconómicos, aunque sean claramente válidos a su
manera.
Yo relacionaría
tanto el aburrimiento como la sensación de desvitalización, y la demanda
asociada de estimulación, con las necesidades de un hemisferio izquierdo
"desconectado".44 Desvinculado de los efectos de
enraizamiento del hemisferio derecho, que podría conducirlo fuera de sí mismo y
de vuelta a lo que he llamado "lo Otro", no puede encontrar nada
excepto lo que ya conoce. Lo nuevo vendría de la imaginación, que nos reconecta
con todo lo que existe aparte de nosotros mismos: a todo lo que está abierto el
hemisferio izquierdo cuando actúa solo es a lo novedoso (El Shock de lo Nuevo realmente debería haber sido titulado, si no
fuera ambiguo, El Shock de la Novedad).
El sensacionalismo burdo es su especialidad. El hemisferio izquierdo, con su
orientación hacia lo inerte y lo mecánico, parece desesperado por devolvernos a
la vida, como si quisiera reanimar el cadáver de Frankenstein. Cuando el
artista experimental austríaco Herman Nitsch crucifica a un cordero muerto, nos
recuerda que estamos perdiendo el tiempo.
En el libro de Erich Fromm, Sobre la desobediencia, describe al hombre moderno como homo consumens: preocupado por las cosas
más que por las personas, por las posesiones más que por la vida, por el
capital más que por el trabajo. Ve a este hombre obsesionado por las
estructuras de las cosas, y lo llama el "hombre organización" prosperando,
si es que esa es la palabra correcta, tanto bajo la burocracia del comunismo
como bajo la del capitalismo. Existe una estrecha relación entre la mentalidad
que da lugar a la organización burocrática y la mentalidad del capitalismo.
Tanto el socialismo como el capitalismo son esencialmente sistemas
materialistas, tan sólo que con diferentes maneras de abordar el mundo sin vida
de la materia y de decidir cómo repartir el botín. En ese sentido, se podría
decir que la antipatía entre ambos
sistemas representa poco más que una pelea de corral entre dos perros por un
hueso. Estas preferencias - por las cosas más que por las personas, por el
estatus o la propiedad más que por la vida, y así sucesivamente - se alinean
con las tendencias del hemisferio izquierdo, y lo que quiero explorar ahora es
la estrecha relación que existe entre la preocupación por lo material y un
impulso simultáneo hacia la abstracción.
REPRESENTACIÓN:
CUANDO LAS COSAS SON REEMPLAZADAS POR CONCEPTOS, Y LOS CONCEPTOS SE CONVIERTEN EN COSAS
Una vez que ya no podemos mantener
juntos lo que el hemisferio izquierdo llama - porque los separa - espíritu y
materia, las cosas se vuelven simultáneamente más abstractas y más puramente
"como-cosas"(cosificadas): el divorcio cartesiano. Si se piensa en
una obra arquetípica de arte modernista, como el urinario de Duchamp o la pila
de ladrillos de Carl André, uno se queda impresionado por el hecho de que, como
obra de arte, cada una es al mismo tiempo inusualmente concreta e inusualmente
abstracta. Esos aspectos simplemente no se cohesionan entre sí, o se
interpenetran, como ocurriría en lo que yo consideraría una verdadera obra de
arte. De nuevo recuerda a la esquizofrenia. Cuando a un paciente esquizofrénico
se le pide que describa a qué se parece una determinada mancha de Rorschach,
puede describir las características literales de la mancha - la propia
disposición y calidad de los trazos en la página - o declarar que representa
algún concepto vago como "maternidad" o "democracia".45
Ha sido un tema
que tratamos en la primera parte del libro, que el hemisferio izquierdo se
preocupa por la abstracción, pero también tiene una preferencia por las cosas
inanimadas, en particular si tienen alguna utilidad para nosotros. No se
trata de una paradoja: los materialistas, como sugerí antes, no son personas
que sobrevaloran la materia, sino que la infravaloran. La ven solo en el ámbito
del valor más bajo de la jerarquía de Scheler: el de la utilidad y la sensación.
La abstracción cosifica, el concepto se convierte en una cosa de "ahí
fuera". El mundo de nuestro tiempo se ha convertido en una
"imagen del mundo", según Heidegger: no una imagen nueva del mundo,
sino más bien "el hecho de que el mundo se convierta en imagen es lo que
distingue la esencia de la era moderna".46
En su libro, The Philosopher's
Gaze: Modernity in the Shadow of the Enlightenment (La mirada del
filósofo: La modernidad en la sombra de la Ilustración), el filósofo, D.
M. Levin escribe que la re-presentación, que es el papel del hemisferio
izquierdo, es el estado característico de la modernidad. El proceso de
re-presentación de una cosa no sólo nos aleja de ella, y la sustituye por una
abstracción, por un símbolo de la cosa en sí; sino que también la objetiviza y
la cosifica, para poder controlarla. Lo que se nos "presenta" no se
acepta como presencia sino que, escribe él,
está sometido
a una cierta demora, a un cierto aplazamiento, a una cierta postergación, para
que el sujeto ego-lógico pueda darse a sí mismo lo que está presenciando, en otras palabras, para que pueda
convertirse el mismo en dador de lo que recibe. De esta manera, el sujeto ejerce el máximo
control epistémico. Podríamos decir que el emblema de tal actitud - el
correlato en el ámbito de la visión - es la mirada fija.47
Tal como él señala, es todavía peor que
el último
giro irónico en la lógica de este proceso de objetivación es que escapa a
nuestro control, y nosotros mismos nos convertimos en sus víctimas, reducidos
simultáneamente a seres-disponibles como meros objetos y reducidos a ser una
subjetividad puramente interna que ya no es reconocida como disfrutando de
ninguna verdad, o de ninguna realidad.48
Lamina 14. El
telescopio. R. Magritte
del mar, el cielo y las nubes, parecen
estar en la superficie del cristal, y más allá de la ventana abierta sólo hay
una negrura vacía (pero si se observa con más atención, la esquina superior de
la hoja de la derecha revela que lo representado se está convirtiendo en la
realidad).
Todo ese proceso
recuerda la maravillosa imagen que usan Borges y Casares, en su relato corto
titulado, Del rigor en la ciencia, donde se habla de un mapa tan grande
que está a una escala 1:1, de modo que tiene la misma extensión que el
territorio que "abarca", tanto metafórica como literalmente.49
El relato se basa en una idea que aparece en Silvia y Bruno de Lewis Carroll, en donde se habla de un mapa que
tiene "la escala de una milla por milla". Como comenta uno de los
personajes de Carroll, señalando las dificultades prácticas con este mapa,
"ahora utilizamos el propio país, como mapa, y les aseguro que funciona
casi igual de bien".
La relación
normal de la realidad con la representación se ha invertido. Al principio de
este libro, resumí el papel del hemisferio izquierdo como proveedor de un mapa
del mundo. Ese mapa ahora amenaza con reemplazar la realidad.
Mi aseveración es
que el mundo moderno es el intento del hemisferio izquierdo de tomar el control
de todo lo que conoce, de modo que sea el dador de sí mismo de lo que ve. Si es
el intérprete de Gazzaniga, es, en última instancia, de forma autorreferencial,
su propio intérprete (un papel hasta ahora, según William Cowper,
reservado a Dios).
En última
instancia, este proceso de re-presentación afecta a nuestro sentido de la
propia identidad. Una vez más, es Borges, quien demuestra ser buen conocedor de
ello, ya que en gran parte de sus escritos de una u otra forma, explora sin
saberlo, la relación entre los mundos de los dos hemisferios:
Al otro, al
que le llaman Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por las calles
de Buenos Aires y me demoro un momento, quizás mecánicamente, para mirar el
arco de un zaguán o la reja de un portón; sé de Borges por el correo y veo su
nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los
relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, el sabor del café y
la prosa de Stevenson; él otro comparte estas preferencias, pero de un modo
vanidoso que las convierte en los atributos de un actor.... Además estoy
destinado a perecer, definitivamente, y sólo algún instante de mí mismo podrá
sobrevivir en él. Poco a poco, le voy entregando todo a él, aunque soy muy
consciente de su perversa costumbre de falsear y magnificar las cosas. Spinoza
sabía que todas las cosas anhelan perseverar en su ser; la piedra quiere ser
eternamente una piedra y el tigre un tigre.... Hace años intenté liberarme de
él y pasé de las mitologías de los arrabales a los juegos con el tiempo y el
infinito, pero esos juegos pertenecen ahora a Borges y tendré que imaginar
otras cosas. Así mi vida es una huida y lo pierdo todo y todo pertenece al
olvido, o a él. No sé quién
de los dos ha escrito esta página.50
El
aburrimiento y la ansiedad son manifestaciones diferentes de la misma condición
subyacente.51 Kafka decía que sus sentimientos más profundos hacia
otras personas eran la indiferencia y el miedo. Según Elías Canetti, eso lo
convierte en un representante del hombre moderno.52 Se podría pensar
que esto tiene mucho que ver con el carácter particular de Kafka, y no hay duda
de que Kafka tenía una personalidad un tanto esquizoide - tales personalidades
carecen de calidez, tienen dificultades para comprometerse con el mundo o con
otras personas, y tienden a combinar la indiferencia con un estado de ansiedad
crónica. De hecho, un número notable de las principales figuras del modernismo
presentaban rasgos esquizoides o esquizotípicos: Nietzsche, de Nerval, Jarry,
Strindberg, De Chirico, Dalí, Wittgenstein, Kafka, Bartok, Stravinski, Webern,
Stockhausen y Beckett, estos son sólo algunos de los que me vienen a la mente.
(En contraste, un número notable de artistas románticos - y de hecho artistas
de todas las épocas, aparte de la época
moderna - presentaban rasgos opuestos relacionados con desórdenes
afectivos como la melancolía o el trastorno bipolar (maníaco-depresivo).53
Sin embargo, el punto de Canetti es que la indiferencia y el miedo de Kafka son
parte de la condición moderna. Fromm describe al hombre moderno como solitario,
aburrido, ansioso y pasivo.54 Esta combinación de ansiedad o de miedo con
aburrimiento e indiferencia también es notablemente similar a la gama emocional
del sujeto esquizofrénico, donde la apatía y la indiferencia varían
principalmente debido a la paranoia. Tanto la esquizofrenia como la condición
moderna, sugiero, tratan con el mismo problema: un hemisferio izquierdo sin
ningún control.
EL AUMENTO DE ENFERMEDADES
CARACTERIZADAS POR DÉFICITS
DEL HEMISFERIO
DERECHO
Una línea de pensamiento apunta que, si hay un cambio en la manera en que
nosotros, como cultura, miramos el mundo - un cambio en el mundo mental que
todos compartimos, reforzado por las señales constantes del entorno, ya sean
intelectuales, sociales o materiales - eso podría hacer más común la manifestación
de síndromes psicopatológicos que también implican tales cambios. En pocas
palabras, si una cultura comienza a reproducir aspectos del déficit del
hemisferio derecho, entonces aquellos individuos que tienen una propensión
subyacente a depender excesivamente del hemisferio izquierdo estarán menos
motivados a corregirla y, además, les resultará más difícil hacerlo. Por lo
tanto, la tendencia se verá reforzada. Aunque debemos ser cautelosos en la
interpretación de las pruebas, no deja de ser interesante el hecho de que la
esquizofrenia haya aumentado a la par que la industrialización y la modernidad.
En Inglaterra, la esquizofrenia era muy poco
frecuente, si es que existía, antes del siglo XVIII, pero su prevalencia
aumentó drásticamente con la industrialización.55 Tendencias
similares pueden observarse en Irlanda, Italia, Estados Unidos y otros países.56
Sin embargo, incluso a finales del siglo XIX la esquizofrenia parece haber sido
relativamente rara en comparación con la primera mitad del siglo XX, en la que
aumentó considerablemente.57 No obstante, los estudios sobre la
prevalencia de la esquizofrenia plantean problemas considerables,58
y por cuestiones metodológicas, no está claro si las tasas de esquizofrenia
siguen aumentando en la actualidad, si han alcanzado una meseta o si incluso
están disminuyendo - en ese punto, se puede encontrar que los estudios apoyan
casi cualquier conclusión. Pero lo que está más allá de toda duda razonable, ya
que ha sido establecido por repetidas investigaciones a lo largo de al menos
medio siglo, es que la esquizofrenia aumentó al mismo ritmo que la industrialización; que la modalidad de esquizofrenia
en los países occidentales es más grave y tiene unas consecuencias claramente
peores; y que, tal como confirman investigaciones recientes, la prevalencia por
país aumenta en proporción al nivel de "desarrollo" que ha alcanzado
cada país; lo que en la práctica se corresponde con su nivel de
occidentalización.59 Las descripciones de la melancolía, o del
trastorno maníaco-depresivo (ahora llamado bipolar), son fácilmente
reconocibles en los relatos del antiguo Egipto, Grecia y Roma, pero no hay tales
descripciones de la esquizofrenia.
Las investigaciones parecen confirmar que la
esquizofrenia puede verse reforzada o propiciada, por la propia naturaleza del
entorno, en su sentido más amplio - tanto físico como psicosocial. Después de verificar
todos los factores de desviación, se comprueba que la salud mental es mejor en
general en poblaciones rurales que en no rurales y se deteriora a la par que
aumenta la densidad de población.60 Vivir en la ciudad está asociado
con tasas más altas de depresión, claramente, pero aún más con las tasas de
esquizofrenia, en cuya génesis y manifestación, es el factor ambiental más determinante.61
El riesgo relativo de desarrollar esquizofrenia en un entorno urbano en lugar
de en uno rural es casi el doble, y las evidencias sugieren que es más probable
que el entorno urbano cause psicosis que el hecho que individuos de alto riesgo
emigren a las zonas urbanas.62 El concepto de "derrota
social" se ha propuesto como una explicación de los altos niveles de
esquizofrenia en poblaciones inmigrantes, especialmente en las procedentes de
las Antillas hacia Gran Bretaña.63 Es un hecho reconocido que los
entornos urbanos son más competitivos. Esto es en parte un reflejo de la
cultura capitalista, que siempre se ha manifestado con más fuerza en las
ciudades por una serie de razones obvias. También se debe a que se ha perdido aquella
clase de orden social que valoraría a un individuo por algo más que por su
poder adquisitivo. Se trata de una cultura, si es que este término sigue siendo
adecuada para ello, de "ganadores" y "perdedores".
Si estoy en lo cierto al constatar que el mundo del
hemisferio izquierdo ha pasado a predominar, mientras que el del hemisferio
derecho está retrocediendo en importancia, es posible que enfermedades que reflejen
tal desequilibrio también pueden haberse vuelto más frecuentes. ¿Es así?
La anorexia nerviosa es, por su naturaleza un ataque
al cuerpo, a la encarnación del ser - y su prevalencia ha aumentado durante el
siglo XX. Buscando explicaciones en términos del entorno social, se ha
atribuido en la prensa popular al énfasis en el glamour de la delgadez. Si bien
esto puede haber jugado un papel importante en el desencadenamiento de
episodios de este trastorno en algunos casos (más típicamente de la bulimia
nerviosa), esto implica una interpretación errónea de la naturaleza del trastorno.
Los casos de lo que se denomina "anorexia santa" se remontan a siglos
atrás, aunque no se daban con la frecuencia que lo vemos ahora, y un ejemplo
clásico lo encontramos en Santa Catalina de Siena; y el impulso en tales casos
parece ser un deseo de purificación y mortificación del cuerpo. Aunque la
anorexia está aumentando rápidamente en Sudáfrica, sigue siendo rara en el
África occidental actual, aunque incluso allí existan casos. Cuando se pide a las
personas en esta situación que expliquen su motivación, atribuyen su anorexia a
un deseo espiritual de purificación y expiación, es decir, de renuncia al
cuerpo.64 Los enfermos en la actualidad en Occidente hablan a menudo
en términos similares, aunque no suelen utilizar un lenguaje tan abiertamente
religioso: hablan de purificación, de odio al cuerpo, de un deseo de
"desaparecer" en última instancia. La imagen corporal, que depende
del lóbulo parietal derecho, está muy distorsionada, hasta un grado psicótico,
de modo que pacientes al borde de la muerte por inanición pueden seguir
viéndose obesos. A menudo se pierde el sentido del yo - de quién es uno mismo.
La anorexia también se asocia en muchos casos con otras formas de autolesión
deliberadas, como hacerse quemaduras o cortes, una afección que también está
aumentando en Occidente, y que es la forma más flagrante de ataque al cuerpo.
Tanto la anorexia como episodios de autolesión se utilizan para adormecer los
sentimientos, aunque a veces también se utiliza la autolesión para recuperar la
sensación de estar vivo, la experiencia de alguien en el cuerpo, en un
estado de disociación total de los sentimientos y de la existencia física.
En base a su psicopatología, con sus distorsiones de
la imagen corporal, los ataques deliberados al cuerpo mediante la inanición y
otros métodos, la pérdida de la identidad propia, el entumecimiento de los
sentimientos, el deseo de perfección, y la necesidad de liberarse de las
contradicciones y ambigüedades de la existencia encarnada, cabría esperar que este
trastorno se asocie con una dependencia excesiva del hemisferio izquierdo a
expensas del derecho. Y esto es exactamente lo que la investigación sugiere -
no sólo con estudios de imagen y EEG, sino también a partir de estudios de
lesiones y pruebas de función cognitiva.65 Particularmente llamativo
es el caso de una paciente con un largo historial de anorexia nerviosa que tuvo
una recuperación total y prácticamente instantánea después sufrir un ictus en
el hemisferio izquierdo que la afectó a la función motora y sensorial del lado
derecho de su cuerpo. Antes del ictus, ella escribía, "la anorexia controla mi vida, influyendo en las cosas que hago o dejo
de hacer…. en cuanto a las relaciones, he perdido el interés por ellas. Sólo estoy
interesada en la anorexia". Después del ictus, relata "No tengo
sentimientos de culpa. Ya no cuento las calorías. Estoy relajada al comer y con
la comida. Ahora puedo salir a comer en restaurantes".66
El trastorno de personalidad múltiple es otro desorden
disociativo, con rasgos de sugestionabilidad hipnótica. También es un trastorno
característicamente moderno, que irrumpió en nuestra cultura popular en la
década de 1950, y que se incorporó por primera vez en 1980, al DSM (Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), aunque a finales del
siglo XIX despertó gran interés un pequeño número de informes de casos de lo
que se conocía como "doble personalidad".67 También
implica claramente, aunque de forma inconsciente, una flagrante abdicación de cualquier
responsabilidad ("no fui yo - fue mi otra mitad!'). Y es probable que
también sea un síndrome de déficit del hemisferio derecho. Ramachandran describe a un paciente
con un accidente cerebrovascular en el hemisferio derecho que se encontraba
"a medio camino entre la anosognosia [negación de su discapacidad, que ya hemos
visto es característico del hemisferio izquierdo] y el síndrome del trastorno
de personalidad múltiple" como resultado de dos lesiones, una que le afectaba
al lóbulo frontal derecho y la otra al giro cingulado derecho.68 Los
estudios de EEG respaldan la idea de una disfunción del hemisferio derecho unida
a una hiperactivación relativa del hemisferio izquierdo en el trastorno de
personalidad múltiple.69 La hiperactivación del hemisferio izquierdo
encaja con el hecho de que los pacientes con trastornos de personalidad
múltiple presentan síntomas de primer grado de esquizofrenia, y relatan sentirse
víctimas pasivas de fuerzas que los controlan, ya que la esquizofrenia es otra
condición en la que hay un fallo en la integración de los procesos del
hemisferio izquierdo y del derecho, con un hemisferio derecho disfuncional y un
hemisferio izquierdo hiperactivo, lo que da lugar a la sensación de estar bajo un
control ajeno.70 Aunque el examen de pacientes epilépticos con dos
personalidades distintas ha llevado a la proposición de que las personalidades
múltiples podrían representar las diferentes personalidades de los dos
hemisferios, es evidente que este modelo claramente no puede dar cuenta de la
mayoría de los pacientes que tienen no sólo personalidades duales, sino
literalmente "múltiples", en algunos casos más de cien.71 Por
tanto, tienen que ser capaces de disociar una multitud de partes diferentes
dentro del "todo" fragmentado de su yo - un proceso que por su
naturaleza sugiere un papel clave del hemisferio izquierdo.
La anorexia nerviosa, el trastorno de personalidad
múltiple y las autolesiones deliberadas tienen en común la
"disociación": hay una sensación de sentirse aislado - y a menudo un
deseo de aislarse - de los sentimientos y de la propia existencia encarnada,
una pérdida de profundidad de las emociones y de la capacidad de empatía, una
fragmentación del sentido del yo; y estos rasgos también caracterizan lo que se
conoce como trastorno de personalidad "límite"(borderline). Una vez
más, esta puede ser una condición cuya prevalencia está aumentando. Aunque en
retrospectiva, es posible ver elementos de este cuadro clínico en descripciones
de comportamientos que se remontan a la antigua Grecia, esta condición no se
describió por primera vez hasta 1938.72 Sin embargo, ha crecido en
el espacio de 70 años hasta convertirse en "uno de los diagnósticos psiquiátricos más comunes".73
Y aquí también hay evidencias de una disfunción del hemisferio derecho, con
muchas regiones de este hemisferio que aparecen con poca actividad.74
Incluso hay evidencias de alteraciones en la asimetría estructural del cerebro
en el trastorno límite de la personalidad, con una fuerte desviación hacia la
izquierda en la región parietal, especialmente marcada en aquellos pacientes
que muestran estados claramente disociativos.75
Luego está el autismo, una condición que ha aumentado
enormemente su prevalencia durante los últimos cincuenta años. Aunque puede ser
que parte del aumento se deba a un mayor conocimiento de la afección, es poco
probable que esto explique su gran aumento. El autismo y el síndrome de
Asperger, que a menudo se le considera un tipo de autismo con alta capacidad
intelectual, fueron descritos por primera vez en 1943 y 1944, respectivamente.
Las investigaciones fueron independientes, a pesar de la proximidad temporal: cuando
Asperger escribió su artículo desconocía el de Kanner, en él que describía los
primeros casos de autismo clásico. Desde entonces, las tasas de crecimiento no
han dejado de subir y siguen haciéndolo. Una vez más, ambas condiciones están
marcadas por características clínicas que sugieren claramente una hipofunción
del hemisferio derecho, y el cuadro resultante es el de dominancia del
hemisferio izquierdo. En el autismo existe una incapacidad para darse cuenta de
lo que piensa otra persona (falta de "teoría de la mente"); una falta
de inteligencia social - es decir, dificultad
para evaluar los rasgos no verbales de la comunicación, como el tono, el humor,
la ironía; incapacidad para detectar el engaño, y dificultad para entender los
significados implícitos; falta de empatía; falta de imaginación; atracción por
lo mecánico; tendencia a tratar a las personas y a las partes del cuerpo como
objetos inanimados; una alienación de sí mismo (los niños autistas a menudo no
desarrollan la perspectiva en primera persona y hablan de sí mismos como
"él" o "ella"); incapacidad para establecer contacto visual
o mantener una mirada mutua; y una obsesión por los detalles.76 Todas estas características son reconocibles
como signos de predominancia del hemisferio izquierdo.
Por supuesto, no estoy sugiriendo que los déficits a
nivel neurológico, en cualquiera de estas condiciones, incluyendo la
esquizofrenia, se limiten al hemisferio derecho solamente, o que el patrón de
los déficits del hemisferio derecho en cada condición sea el mismo -
manifiestamente no es el caso. Uno de los muchos factores que podrían diferenciar
el cuadro clínico sería ver qué áreas del hemisferio derecho están funcionando
anormalmente, y de qué manera, así como lo que está sucediendo en el hemisferio
izquierdo al mismo tiempo: el cerebro es un sistema dinámico, y un cambio en una
región cualquiera provoca cambios en otros lugares. Pero si observamos el
cuadro clínico en cada una de estas condiciones y nos preguntamos qué aspectos
del mundo fenomenológico del enfermo están distorsionados o ausentes, y de qué
manera, y lo correlacionamos con los hallazgos a nivel neurológico, creo que
los déficits revelan un patrón repetido de hipofunción del hemisferio derecho
normal, y una dependencia exagerada de las prestaciones del izquierdo.
LA NATURALEZA AUTOPERPETUANTE DEL MUNDO
DEL HEMISFERIO IZQUIERDO
El desarrollo de una cultura tecnológica de masas, la urbanización,
mecanización y alienación del mundo natural, junto con la erosión de las unidades
sociales más pequeñas y un aumento sin precedentes de la movilidad, han multiplicado
las enfermedades mentales, al mismo tiempo que han convertido a la persona "solitaria"
o al outsider en el representante de la era moderna. Su aprehensión de
la vida se ha vuelto fragmentaria, y la maraña de informaciones dispares y
experiencias sustitutivas, sacadas de contexto, con las que estamos inundados,
intensifica la sensación de fragmentación. La creciente virtualidad y el
distanciamiento de otras vidas humanas tienden a inducir la sensación de un
entorno ajeno, quizás hostil. El aislamiento social conduce a respuestas
exageradas de miedo, violencia y agresión,77 y la violencia y la
agresión a menudo conducen, a su vez, al aislamiento. Las estructuras que
solían proporcionar el contexto del que se infería el sentido de la vida han
sido considerablemente erosionadas, y las "filtraciones" de un
contexto a otro produce yuxtaposiciones extrañas, a veces surrealistas, que
alteran la naturaleza de nuestra atención a ellas, facilitando la ironía, la
distancia y el cinismo a expensas de la empatía. De esta manera, la experiencia
vital en los siglos XX y XXI reproduce muchas de las experiencias hasta ahora
limitadas a las personas con esquizofrenia. Al mismo tiempo, las personas con
rasgos esquizoides o esquizotípicos se sienten atraídas y son consideradas
especialmente aptas para el trabajo en los ámbitos de la ciencia, la tecnología
y la administración, los cuales han ejercido una enorme influencia durante los
últimos cien años en la configuración del mundo en el que vivimos, y hoy en
día, si acaso, aún tienen más peso.
Así, una cultura con prominentes características "esquizoides"
atrae hacia posiciones de poder a individuos que la ayudarán cada vez más a
seguir por el mismo camino. Y la creciente dominación de la vida tanto por la
tecnología como por la burocracia contribuye a erosionar modos de atención más
integradores a personas y cosas que podrían ayudarnos a resistir los avances de
dicha tecnología y burocracia, al igual que erosionan las estructuras sociales
y culturales que habrían facilitado otros modos de ser, de modo que de esta
manera contribuyen a su autorreplicación.
EL PROBLEMA DEL
ARTE EN EL MUNDO MODERNO
Comenté al principio de este capítulo
que la separación entre el Modernismo y lo que le precedió no fue tan grande
como podría parecer. El movimiento conocido como esteticismo, que surgió a
finales del siglo XIX, ha sido visto como el último florecimiento del
Romanticismo. Se ha pensado que el Romanticismo, por entonces ya decadente y languidecido,
expiró finalmente y, fue reemplazado por la ironía distanciadora y contra-romántica
del movimiento Dadaísta y del Absurdismo, así como por los comienzos del
modernismo en Rusia y Francia. Esto sugiere una revolución: una idea o un
conjunto de ideas caducas encarnadas en una cultura son derrocadas por el nuevo
y más vigoroso crecimiento de un movimiento opuesto. Sugerí que este no fue el
caso en la Reforma, la Ilustración o la “revolución” Romántica, sino que en
cada caso no hubo una discontinuidad, sino una continuidad, en la que se
produjo un deslizamiento en el equilibrio entre los hemisferios.
El esteticismo
fue una prolongación de la autoconciencia del arte victoriano y un precursor de
la autoconciencia del modernismo. Conceptualizó "lo imaginativo”, como la
Ilustración había cultivado la fantasía, “Phansie”, en lugar de la imaginación. El hemisferio
izquierdo "crea" algo novedoso al recombinar de maneras diferentes lo
que ya conoce, y no como ocurre en la imaginación, que permite que algo que
creíamos conocer se revele realmente como si fuese la primera vez. Sería como
esos libros infantiles con las páginas divididas en tres partes, en los que se
puede inventar un nuevo animal juntando la cabeza de un camello, el cuerpo de
una foca y las patas de una cabra. Produce, mediante los fiables artificios de la
inversión o la yuxtaposición aleatoria, la novedad de lo artificial, de lo
bizarro, de lo antinatural y de lo oscuramente amenazante: Gerard de Nerval,
con su pelo verde, paseando una langosta con una cuerda; el perverso mundo
autocomplaciente de À Rebours ('Contra
Natura') de Huysman; o el conde de Lautréamont en Los Cantos de Maldoror (de "mal d'aurore", o
"mal de aurora") hablando del "encuentro fortuito de una máquina
de coser y un paraguas sobre una mesa de disección".
El credo del
"arte por el arte" defendido por los estetas, si bien suena como una
elevación del valor del arte, en el sentido de que niega que deba tener un
propósito ulterior más allá de sí mismo - hasta aquí, todo bien - es también
una devaluación del arte, en el sentido de que margina su relación con la vida.
En otras palabras, sacrifica la entreidad del arte con la vida, permitiendo en
cambio que el arte se convierta en algo autorreflexivo. Hay una diferencia
entre la empresa vana de crear "arte por amor al arte", y que el
arte, no obstante, deba ser juzgado únicamente "como arte", no con
otro propósito. En el proceso de creación, el plano de atención del artista
necesita estar en algún lugar más allá, a través de la propia obra de arte, no
sólo en su condición de arte, de lo contrario se convierte en menos que arte.
Al contemplar la obra de arte, nosotros también somos llevados más allá de la
obra de arte, precisamente porque el artista no estaba enfocado en el arte como
tal, sino en algo más allá de él; y eso es parte de su grandeza, por la que, aunque
parezca paradójico, llegamos a juzgar la obra de arte únicamente por sus
méritos como obra de arte - y no, en otras palabras, por algún otro propósito
ulterior para el que se esté utilizando el arte. Llegamos a ver no la
obra de arte, sino el mundo según la obra de arte, como dice
Merleau-Ponty, lo que requiere que no sea ni opaco ni totalmente transparente,
sino "semitransparente". Por poner un par de ejemplos: cuando Duccio, pintó la Virgen con el Niño, no estaba produciendo "arte
por el arte" ni tampoco Degas, al pintar L’Absinthe (La Absenta), su famoso retrato de
bebedores de absenta en un café de París. Si cualquiera de los dos se hubiera
centrado en la superficie de la tabla, o en el lienzo, en sí mismo, y en el
"puro" tema de la estética, no podrían haber creado las grandes obras
que estas pinturas representan. Duccio se sentía embargado por un espíritu de devoción a su motivo divino; Degas
por la compasión que le infundía la escena humana que tenía ante él. Sin
embargo, no es necesario compartir las creencias religiosas de Duccio para apreciar su obra de arte; y de
hecho, vista como una "obra de arte", más que como un objeto de
devoción, esas creencias se vuelven ciertamente no irrelevantes, sino
secundarias. La obra podría haber sido el producto de una piedad sincera o,
alternativamente, de una manipulación puramente estética y, sin embargo, ser
una obra de arte mediocre. Del mismo modo, el planteamiento social de La Absenta no es irrelevante, pero no
puede constituir por sí mismo la base de un juicio sobre su valor artístico.
Parece que si bien las obras no pueden ser creadas en nombre del arte,
deben ser juzgadas en nombre del arte, y no por algún propósito
ulterior. El plano del foco de atención para el creador y el espectador es
diferente; se nos permite ver a los artistas y su obra de una manera que ellos
no pueden verse a sí mismos. Dicho de esa manera, no es tan diferente de
cualquier relación humana: yo podría ver a la Madre Teresa de una manera que me preocuparía si creyera que
es también la forma en que ella se ve a sí misma.
A medida que, con
el avance del modernismo, el arte se volvió cada vez más consciente de sí
mismo, se encontró con más problemas. Alienación, fragmentación,
descontextualización: los rasgos definitorios del mundo moderno fueron tan
problemáticos para el arte como lo fueron para la sociedad, ya que el arte, al
igual que la sociedad, infiere su significado y su poder, a partir de la
conexión, la cohesión, y el contexto. Se podría decir que el dilema del arte en
la época moderna era cómo responder a este desafío. Y su problema se vuelve más
intratable debido a un tipo de desarraigo diferente– no a la mera separación
del lugar, o incluso de la historia – sino que se enfrenta a la inevitable y
consiguiente ruptura con las raíces de cualquier significado con respecto a
valores y experiencias compartidas, el vasto reino implícito de donde la
imaginación extrae su poder. Una vez que esta ruptura ha ocurrido, no puede ser
remediada por un esfuerzo consciente de la voluntad, de la misma manera que una
flor arrancada de una planta no puede crecer de nuevo al ser fijada de nuevo al
tallo.
Muchos artistas
vieron que el mundo moderno se hallaba fragmentado, inconexo,
descontextualizado y enajenado, un mundo donde lo implícito e intuitivo se
había perdido. Pero el propio arte no puede tener éxito si también se haya
fragmentado, inconexo, descontextualizado o enajenado, ni tampoco si se vuelve
explícito y discursivo - si se vuelca sobre su propia difícil situación.
He argumentado que una obra de arte se parece más a un ser vivo que a una cosa.
Que nuestro encuentro con ese ser importe y signifique algo depende del hecho de
que es un ser vivo en sí mismo completo y coherente, y forma parte de un
contexto más amplio en el que nosotros también estamos involucrados y
comprometidos. Si se experimenta como fragmentado, incoherente,
descontextualizado y ajeno, deja de tener vida. También se vuelve meramente
opaco - el ojo descansa en el plano equivocado, el plano de la obra en sí, en
lugar de pasar a través de ella. La obra de arte ya no consigue hacernos ver el
mundo de nuevo, como había sugerido Merleau-Ponty, sino que se interpone como
foco de nuestra atención.
En respuesta a
este dilema, el arte modernista ha seguido una tendencia divergente. La
reacción de una corriente influida por la experiencia de un mundo visto por el
hemisferio izquierdo fue adoptar las características de ese mundo en la obra
misma. Al hacerlo, se arriesgaba constantemente a caer en la trivialidad, y
sólo por casualidad a veces la evadía. Fue reclutada por la campaña del
hemisferio izquierdo. Otros artistas (y creo que han sido la minoría, al menos
en las artes visuales y la música), incluyendo figuras tan diversas como Egon
Schiele, Marc Chagall y Stanley Spencer, han lidiado con este dilema y se han
visto impulsados a soluciones verdaderamente imaginativas e intuitivas, creando
a menudo obras idiosincrásicas de gran poder. Muchos grandes artistas como
Picasso o Matisse, Stravinsky o Schoenberg, se movieron incómodamente entre
estas posiciones, y a veces sus intuiciones los conducen (como sucedía con los
grandes artistas de la época de la
Ilustración) a borrar gloriosamente los preceptos del propio modernismo.
Pocos artistas de
la época han escapado por completo del problema; muchos no lo han hecho en
absoluto. Pero este hecho está oscurecido, creo, por dos tendencias en la
crítica del modernismo (ambas tendencias modernistas). La primera es la
disposición a aceptar un manifiesto o mensaje explícito (de nuevo, como en la
Ilustración) como sustituto de la experiencia imaginativa: se trata a menudo de
un mensaje aparentemente codificado, lo que halaga al decodificador. Parece que
vemos el arte, como si no fuese más que un texto. La otra tendencia la
complementa: en ausencia de un mensaje, tendemos a "mirar fijamente"
la obra hasta que se carga de significado. Es algo así como las
proyecciones que hacemos en una mancha de Rorschach. Confundimos nuestro
solitario monólogo con un diálogo. Tristán Tzara, uno de los fundadores del
dadaísmo, se mostró partidario de esta idea cuando proclamó, al principio del
modernismo, que el arte se había convertido en "un asunto privado - el
artista lo produce para sí mismo" - y que cualquier juicio se había vuelto
completamente subjetivo.78
El campo del
modernismo es muy amplio: el término se ha aplicado a una variedad
desconcertante de grupos, camarillas y movimientos diferentes dentro de la
poesía, la novela, el teatro, el cine, las artes visuales, la arquitectura y la
música, y también se ha aplicado a la política y a la sociología. Sin embargo,
hay ciertas características comunes. Se podría empezar por considerar como
moderna, la visión autoconsciente de sí mismo, en el sentido de no estar basado
en el pasado llevándolo en una nueva dirección, sino de borrarlo por completo. De
ahí, que sus inicios estuvieran marcados por una serie de manifiestos
explícitos que demandaban un nuevo y grandioso comienzo que implicaba la
destrucción de lo que había habido antes, y una ruptura del modelo como un fin
en sí mismo. Se tenía la sensación de que también el hombre era capaz de ser
remodelado por la transformación de la sociedad y el arte según un ideal
teórico, ser remodelado en una nueva imagen. Había una glorificación del poder
de la ciencia y la tecnología, una exaltación - como en la Ilustración, pero
más estridente - por el triunfo del hombre sobre la naturaleza, ahora asegurado
por el poderío industrial. Una creencia inquebrantable en el futuro estaba complementada
con un desprecio inflexible por el pasado. Sobre todo había una creencia – y más
que eso, una embriagadora auto-exaltación - en el puro poder de la voluntad
humana, en nuestro poder para dar forma a nuestro destino. No es por accidente,
creo, que la era del modernismo también vio el surgimiento de las ideologías
totalitarias en Rusia, Alemania e Italia.
El nazismo es
"el epítome mismo de lo moderno", escribe el historiador del
modernismo, Modris Eksteins; "el modernismo del nazismo era
inconfundible... el extremismo político estaba al mismo nivel que el
aventurismo cultural en la era moderna". El señala que nunca ha sido
puesto en duda los estrechos lazos entre el futurismo de Marinetti y el
fascismo de Mussolini; y, continúa, hay una fascinación por el despliegue del
poder demoníaco, por la "destrucción sin miramientos del pasado".79
La Revolución Cultural y el totalitarismo son aliados espirituales.
El "profundo
parentesco" entre modernismo y fascismo se explora ampliamente con tacto y
sutileza, en el libro Modernismo y
fascismo, de Roger Griffin.80 "La guerra es la única
higiene del mundo",81 proclamaron los Futuristas. Las
resonancias de esto son desafortunadas, pero no creo que sean insignificantes. En
el corazón de la empresa modernista yacen una admiración por lo que es poderoso
en lugar de bello, un sentido de objetividad alienada en lugar del compromiso o
la empatía, y un atropellamiento casi dogmático de todos los tabúes. Los
futuristas propugnaron una cultura de juventud y violencia: "No queremos
tener nada que ver con el pasado", clamaban. Su llamamiento a la novedad,
"por atrevida y violenta que sea",82 se sitúa
incómodamente cerca de la omnipresente preocupación modernista (y del
posmodernismo), desde sus inicios hasta nuestros días, con una rareza que a
veces roza lo perverso, y una fascinación por la inquietud amoral de la vida
urbana moderna. Tal vez no se quiera llegar tan lejos como Paul Virilio, cuando
establece una relación directa entre los expresionistas alemanes (que sí que
reivindicaban el asesinato) e Ilse Koch, la "bestia de Buchenwald",
que usó la piel de presos judíos para hacer art
brut (el poeta ruso Mayakovsky también pedía que se usaran cráneos en
ceniceros). No todo el arte modernista, evidentemente, conduce a los baños de
sangre de Herman Nitsch o a las mutilaciones de Rudolf Schwarzkogler. Pero
seguramente se puede estar de acuerdo con Virilio en que la re-presentación de
la realidad sin anclaje a modo de arte, por muy dislocada o perturbadora que
sea - una extensión del credo esteticista, del arte por el arte - es endémica
en el modernismo, y forma parte de un fracaso mucho más profundo de la
compasión y una erosión de la piedad.83 De hecho, la piedad puede
ser el único tabú que le quedaba al modernismo, después de lo que Ortega llamó
la "prohibición de todo
patetismo" en el arte moderno.84
Al mismo tiempo,
obviamente y de forma inquietante, los movimientos totalitarios no han tenido
ninguna de las características que facilitarían un buen arte. Si hay alguna
verdad en que el arte modernista participa de la misma naturaleza que el
leninismo, el fascismo o el estalinismo, es evidente que hay un problema ahí.
Se dice que Lenin dijo: "No soy bueno para el arte, el arte para mí es
algo así como un apéndice intelectual inservible. Y cuando su uso como
propaganda, que necesitamos en este momento, finalice lo eliminaremos, por
inútil - recorte, tras recorte".85 Esta fue la época en la que,
según escribió Nadezhda Mandelstam, a los que tenían voz se les "cortaba
la lengua... y se les obligaba a glorificar al tirano con el muñón que les quedaba".86
Según Martin Sixsmith, el suicidio fue "un desenlace asombrosamente
común" para poetas y escritores en los años posteriores a 1917 (por
ejemplo, Mayakovsky, y Esenin): "el Kremlin estaba empeñado en eliminar la
originalidad - la imaginación ya no era necesaria ni bienvenida".87
Más tarde, nazis y estalinistas desalentaron la imaginación, por considerarla
decadente e inútil, y, como en el caso del leninismo, ensalzaron el arte sólo
cuando podía tener un propósito político más allá del arte.
A medida que el
modernismo avanza, la alienación a través de lo impactante y lo novedoso se
convierte en una defensa contra el aburrimiento y la falta de autenticidad de dicha
modernidad. La inautenticidad contra la que reaccionó el modernismo no está en
duda. Pero hay, como sugerí en el capítulo 7, dos direcciones en las que, en
tales circunstancias, se podría ir. En una se puede ver el problema como una
pérdida eventual de la autenticidad del mundo del hemisferio derecho y
tratar de re-conectar al hemisferio derecho, limpiando pacientemente las
adherencias de familiaridad que recubren al objeto de estudio; o uno puede ver
el mundo del hemisferio derecho como intrínsecamente inauténtico y
tratar de borrarlo por completo. Lo renovado (para lograr ver de nuevo lo que a
uno le resultaba familiar, como si fuera la primera vez - el paciente proceso
del Romanticismo) o lo novedoso (trastocar deliberadamente la representación de
la realidad en un intento de "impactar" con algo que se sienta como extraño)
son conceptos contrarios. La advertencia de Viktor Shklovsky, en su ensayo
"El arte como artificio", que al "hacer las cosas extrañas"
podría representar cualquiera de las dos direcciones. Normalmente se ha
interpretado como la segunda, pero no creo que fuera eso lo que tenía en mente,
como sugeriría su admiración por Tolstoi - y por las novelas de Sterne. El
menciona como Tolstoi "describe un objeto como si lo viera por primera vez,
un acontecimiento como si sucediera por primera vez”, y quería recuperar esa
autenticidad. De hecho, aunque su ensayo fue tomado como manifiesto por los
formalistas, está claro que de lo que estaba hablando no es en absoluto de
sensacionalismo, de estrategias para hacer algo chocante o distorsiones
extrañas, de hecho, todo lo contrario. Y escribe que "habituarse",
devora las
obras, la ropa, los muebles, la propia esposa, y el miedo a la guerra.... el
arte existe para recuperar la sensación de vivir; existe para hacer que sintamos
las cosas, para que las piedras sean pétreas. El propósito del arte es transmitir la impresión de las cosas tal y
como son percibidas y no como son conocidas...88.
Como se desprende
de los ejemplos de la tangencialidad del tacto, de la metáfora y del punto de
vista sutilmente invertido que escoge en este ensayo, su creencia es que por
medio de lo implícito, y por un carácter indirecto que roza en lo
no-direccional, se puede hacer que algo, que lo explícito había amortiguado
hasta la inautenticidad total, vuelva a cobrar vida: como algo "percibido
y no como…. conocido". Por lo tanto, yo haría una distinción
importante entre Shklovsky y la mayoría de los que abrazaron el eslogan de
"hacerlo todo nuevo". Pero no iba a prevalecer el discernimiento más
sutil de Shklovsky, que representaba el intento del hemisferio derecho de
devolver la autenticidad a lo que ya se había agotado por una excesiva
familiaridad.
La consigna
de Steiner, de que la "originalidad es la antítesis de lo novedoso",
pone el dedo en la llaga en un enorme problema para la naturaleza voluntarista
y autoconsciente del arte modernista, y también para el arte a partir del
modernismo. Porque no existe ninguna polaridad entre tradición y originalidad.
De hecho, la originalidad en el artista (y no como celebridad o como showman)
sólo puede existir dentro de una tradición, no por la razón simplista de que
deba tener algo con lo que "contrastar" para ser original, sino
porque las raíces de cualquier obra de arte tienen que ser intuitivas,
implícitas, seguir saliendo del cuerpo y de la imaginación, no comenzando en un
esfuerzo cerebral individualista (aunque esto quizás más tarde pueda ser
aprovechado). La tradición se incorpora – aufgehoben
- a toda la personalidad del artista y es por eso que es nueva, en
lugar de novedosa debido a un esfuerzo de voluntad. Existe el temor de que sin
novedad sólo haya banalidad; pero la contrapartida es que es precisamente el
afán por lo novedoso lo que conduce a la banalidad. Confundimos la originalidad
con lo novedoso. Nadie ha decidido nunca no enamorarse porque ya se haya hecho
antes, o porque sus expresiones sean banales. Ambas cosas son tan antiguas como
las montañas y completamente nuevas en cada caso de un amor genuino. Los textos
espirituales presentan el mismo problema, aunque pueden usarse con trivialidad,
significan algo totalmente diferente desde el interior de una experiencia. El
lenguaje hace que lo poco común sea común. No se puede nunca crear una experiencia
a partir de algo que no conocemos – tan sólo liberar algo en nosotros que ya
está ahí.
En los inicios
del modernismo se percibe una desconexión de maneras sutiles. Por ejemplo, las
pinturas de, De Chirico son sin
duda visionarias, pero la luz que anteriormente nos había puesto en contacto
con el mundo se vuelve en sus pinturas áspera, mordaz, dando lugar a un
contraste anormalmente agudo; las sombras son irracionales, las superficies se
aplanan, los objetos se yuxtaponen sin mantener una relación, produciendo un
efecto amenazador y desconcertante (figura 12.1).
figura 12. Primavera en Turín de Giorgio de
Chirico,1914
La perspectiva, que había sido utilizada
como forma de involucrarse, aquí se convierte en el concomitante de una
geometricidad de ángulos pronunciados que parece ajena. La perspectiva se ve
cada vez más trastocada deliberadamente, y la profundidad del campo pintado es
reemplazado por la superficie del lienzo. (laminas 12 y 13)
Lamina 12. Gran
desnudo reclinado de H. Matisse(1935)
Lamina 13. La Musa de Picasso (1935)
Cuando Kazimir
Malevich exhibió en 1913 su cuadrado negro, luego en 1915 su círculo negro, y
en 1917 su cuadrado blanco ("Blanco sobre blanco") estaba, por
supuesto, haciendo una declaración – si bien utilizar el arte para "hacer
una declaración" es en sí mismo otro aspecto de la dominación del
hemisferio izquierdo. Pero también, al elegir esas figuras geométricas básicas,
especialmente en blanco y negro, adoptó lo que ahora sabemos que son
preferencias del hemisferio izquierdo. A su vez, el cubismo reemplazó la
suavidad sutil de las superficies vivas con texturas, (justamente lo que
necesitamos que interpreten nuestras regiones temporoparietales derechas), por
superficies dislocadas, abstractas, compuestas de formas rectilíneas,
representadas desde una multitud de puntos de vista (que por lo tanto no pueden
ser interiorizadas), que se entrecruzan aleatoriamente, y destruyen el sentido
de profundidad. La exigencia de que todas las superficies de un objeto sean
representadas en un solo plano remite directamente a la tendencia del
hemisferio izquierdo a representar esquemáticamente: hay un énfasis deliberado
en la fragmentación y simplificación en formas regulares de cilindros, cubos o
esferas que son las que prefiere el hemisferio izquierdo. Visto desde un punto
de vista neuropsicológico, el arte modernista parece imitar al mundo tal y como
lo percibiría alguien cuyo hemisferio derecho estuviera inactivado: en otras
palabras, hace realidad el mundo del hemisferio izquierdo.
Incluso está
presente desde sus inicios, el fenómeno zeitraffer,
analizado en el Capítulo 2, que es consecuencia de la ruptura del flujo
integrado del movimiento en el tiempo y el espacio tal como lo percibe el
hemisferio derecho. El Manifiesto técnico
de la pintura futurista publicado en 1910 declara: "debido a la persistencia de una imagen en la
retina, los objetos en movimiento se multiplican sin cesar".89 El
hecho de que esta afirmación no fuera cierta (siempre que el hemisferio derecho
esté intacto) no impidió que se aceptara como evidente. Y se convirtió en el
cometido de la pintura reproducir esta disfunción. Del mismo modo, en la novela
se vio alterado el flujo narrativo, que reproduce la forma en que el hemisferio
derecho percibe la continuidad del tiempo y su comprensión del significado de
las acciones humanas; el flujo del tiempo fue reemplazado por escenas estáticas
y secuencias dislocadas, tendiendo a trastocar el carácter de los personajes y sus
significativas acciones, reproduciendo el mundo tal y como lo experimentan las
personas con déficits en el hemisferio derecho. La “libertad” respecto al
contexto, que sólo el hemisferio derecho puede proporcionar, es intrínseca al
carácter del arte modernista. Por encima de todo, el arte en la era modernista
se vuelve teórico, conceptual - incluso cuando en algunos casos, la teoría o el
concepto aparente es que debe ser intuitivo.
Uno esperaría que
el rostro y el cuerpo humano, ambos altamente dependientes del hemisferio
derecho para su apreciación y expresión, sufrieran de manera característica. Se
recordará que los sujetos con lesiones cerebrales en el hemisferio derecho no
pueden calibrar la relación adecuada de lo que se considera como
"partes" del cuerpo; sufren un deterioro de la propiocepción - de la
conciencia irreflexiva de dónde está cada "parte"; y pierden el
sentido de "pertenencia" intuitiva, de tal modo que el cuerpo parece
estar impulsado por una fuerza ajena, o alternativamente ser un objeto
inanimado. El lado izquierdo, particularmente la mano izquierda, puede ser
repudiado.90 En un ensayo titulado Reflexiones simples sobre el cuerpo, Paul Valéry escribió que el cuerpo
a veces se carga
de una manera súbita de energías impulsivas que lo instan a "actuar"
en respuesta a algún misterio interior, y otras veces parece convertirse en el
peso más aplastante e inamovible…. La cosa en sí misma es informe: todo lo que
sabemos de ella a través de la vista son las pocas partes móviles que caen en
el campo visual del espacio que constituye este Mi Cuerpo, un extraño espacio
asimétrico en el que las distancias son relaciones excepcionales. No tengo ni
idea de las relaciones espaciales entre 'Mi Frente' y 'Mi Pie', entre 'Mi
Rodilla' y 'Mi Espalda'... Esto da lugar a extraños descubrimientos. Mi mano
derecha generalmente no es consciente de la izquierda. Tomar una mano con la
otra es tomar un objeto que no soy yo. Estas rarezas deben jugar un papel en el
sueño y, si existen cosas como los sueños, deben proporcionarles infinitas combinaciones.... [El cuerpo] no tiene pasado [énfasis en el original].91
Aquí, además de mostrar un fallo en la percepción de la relación de las
partes del cuerpo, un deterioro de la propiocepción (sólo puede ser consciente
de la posición de las "partes" de su cuerpo si puede verlas), una
sensación de que el cuerpo actúa de una manera extraña, y la sensación de que
su mano izquierda no es la suya, Valéry confirma la visión del hemisferio
izquierdo al insistir en que "el cuerpo no tiene pasado" - una noción
bastante extraña y contraintuitiva que, sin embargo, indica la ausencia de la
sensación del tiempo vivido del hemisferio izquierdo; sugiriendo que la vida
inconsciente de los sueños puede no existir en absoluto; y declarando que el
cuerpo es asimétrico (lo cual es cierto desde el punto de vista del hemisferio
izquierdo, menos cierto, si es que es cierto, desde el derecho). Y, aunque
cueste creerlo, éste es el menos objetivado de los tres
"cuerpos" que, según Valéry, poseemos: es el que experimentamos - los
otros dos, son el cuerpo "que los otros ven"; y el cuerpo que conoce
la ciencia. Esto mismo vemos en la representación visual del cuerpo en el arte
de la época. Las figuras están distorsionadas y dislocadas: los rostros se
vuelven apenas reconocibles como tales, con una alteración deliberada de la
capacidad para la expresión sutil. La desvitalización del cuerpo alcanza su
apoteosis más perturbadora en las marionetas extrañamente distorsionadas y
desmembradas de Hans Bellmer, aunque es ya obvia en artistas convencionales
como Picasso. (figura 12.2)
Lamina 12-2.
Mujer en un sillón rojo, de P. Picasso, 1932
La lista de los principales
movimientos del modernismo podría considerarse, desde el punto de vista
neuropsicológico, como un catálogo de los modos de aprehensión del hemisferio
izquierdo. No se trata de un juicio de valor sobre las obras de arte
individuales producidas, algunas de las cuales son extraordinariamente
poderosas, incluso hermosas - sino simplemente una reflexión sobre el proceso
que ha afectado a nuestra visión del mundo durante el período de la modernidad.
Algunos de estos estilos, como el del Cubismo,
ya las he mencionado. El Puntillismo
reduce las figuras Gestálticas a una acumulación de partículas
discretas, y la continuidad de líneas y superficies a una serie de puntos
discretos (anticipando así a la reproducción mecánica y digital, aunque el
puntillismo llama la atención sobre las disyunciones, mientras que la
tecnología pretende ocultarlas): así es como el hemisferio izquierdo representa
el flujo continuo. El dadaísmo y sus
ramificaciones, el absurdismo y el surrealismo, expresan el valor de la
disyunción total, la yuxtaposición aleatoria y el vaciamiento del sentido: y como
se recordará, el hemisferio izquierdo tiene ventaja en el procesamiento de
estos fenómenos no-gestálticos y sin sentido. La pintura abstracta
favorece igualmente el procesamiento del hemisferio izquierdo. El collage representa el concepto de
totalidad como compuesto por piezas independientes. El minimalismo enfatiza las formas simples que son las preferidas por
el hemisferio izquierdo. El funcionalismo
predica que la utilidad es la consideración primordial en la forma. Uno de sus
más famosos partidarios, Le Corbusier, redujo el rico concepto de
"hogar" al de une machine á
habiter. * (una maquina viviente) Otro de ellos, Mies van der Rohe, declaró
el rechazo rotundo a todos los colores autóctonos: sólo se admitirían los colores
abstractos y universales. El modernismo en general rechazó abiertamente las
especificidades únicas de tiempo y lugar, y la preocupación por el contexto en
los diferentes pueblos en diferentes momentos y con diferentes propósitos, a
favor de las universalidades atemporales. Las formas abstractas del arte y de
la escultura modernista también se resisten a cualquier forma de
contextualización. El futurismo declara
la preferencia del hemisferio izquierdo por el futuro sobre el pasado. Quizás
sobre todo sea el fervor revolucionario y la oposición a cualquier tipo de
autoridad por principio lo que confirme que estamos en el mundo del hemisferio
izquierdo.
MÚSICA MODERNISTA
El aforismo de Walter Pater de que todo arte aspiraba a la condición de la
música aludía al hecho de que la música es la menos explícita de todas las
artes (y la más directamente sintonizada con nuestra naturaleza encarnada). En
cambio, en el siglo XX, el arte ha aspirado a la condición del lenguaje, el
medio más explícito y abstracto del que disponemos. Lo que escribe el artista
sobre su creación, ya sea pintor, escultor, o artista plástico, es tan
importante como el objeto mismo, y a menudo se expone junto a la obra de arte,
como si guiara el discernimiento del espectador - como si de hecho la obra no
pudiera hablar por sí misma. El material escrito a menudo se interpone (como,
por cierto, ocurre en las pinturas de los esquizofrénicos) en el marco de la
propia obra de arte, como nunca había ocurrido antes, excepto durante la
Reforma, y en un grado mayor. De manera similar, las interpretaciones de música
contemporánea van precedidas por un texto escrito por el compositor en el que
explica sus intenciones, aspiraciones y experiencias durante la composición.
La música es la más físicamente persuasiva de las
artes. La tensión en los intervalos entre tonos sucesivos (melodía), los tonos
coincidentes (armonía) y los acentos (ritmo) son inmediata e involuntariamente
transmitidas en forma de relajación y tensión del tono muscular en la
estructura física, y tienen efectos manifiestamente directos sobre la
respiración y la frecuencia cardíaca. Sus orígenes se encuentran en la danza y
el canto. También tiene efectos directos sobre el bienestar físico y mental:
por ejemplo, alivia la ansiedad, la depresión y el dolor en pacientes con
enfermedades físicas.92 Bajo ciertas circunstancias puede ser
esencial para mantener la salud. Así en un monasterio benedictino en el sur de
Francia,
cuando se
redujo el canto a mediados de la década de 1960 como parte de los esfuerzos de
modernización asociados al Concilio Vaticano II. Los resultados no pudieron
haber sido más desastrosos. Los monjes que se mantenían bien con sólo unas
cuatro horas de sueño por la noche, siempre y cuando se les permitieran los
cantos. Ahora se encontraban apáticos y exhaustos, fácilmente irritables y
susceptibles a enfermar. Se llamó a varios médicos, pero ninguno pudo aliviar
la aflicción de la comunidad monástica. El alivio les llegó finalmente, pero
sólo cuando Alfred Tomatis convenció al abad para que restableciera el canto.
Como él mismo recordaba: "Fui llamado por el Abad en febrero, y descubrí
que setenta de los noventa monjes estaban derrumbados en sus celdas como trapos
de cocina mojados... Reintroduje el canto inmediatamente. En noviembre, casi
todos habían vuelto a sus actividades normales, es decir, a sus oraciones, a
sus pocas horas de sueño y al legendario horario de trabajo benedictino".
El factor decisivo, al parecer, había sido una simple cuestión de sonido.93
Sin
embargo, desde el siglo XX la música ha aspirado y alcanzado un elevado nivel
de abstracción.94 Su atractivo se ha convertido en gran medida en
algo cerebral y altamente autoconsciente, con una estructura que puede ser tan
compleja que resulte imperceptible desde dentro de la experiencia de la obra, o
por el contrario, caótica, o incluso aleatoria. Como dijo Schöenberg: "No es lo importante como suene la música".95 También hay que decir que Schöenberg,
empezó componiendo música en la que el sonido era, obviamente, lo importante.
La línea melódica ha sido abandonada en gran parte de la música de vanguardia,
y sus estructuras armónicas son difíciles de apreciar intuitivamente, aunque
sean apreciables conceptualmente. Si bien el hemisferio izquierdo analítico
puede contribuir a la experiencia de la música, se aplica aquí el mismo
principio que en cualquier otra situación: los resultados del trabajo del
hemisferio izquierdo necesitan ser devueltos al hemisferio derecho donde pueden
vivir. En esto no hay diferencia con el proceso de la interpretación musical,
que puede representar horas de esforzado análisis, y un trabajo paso a paso
entre bastidores, todo lo cual tiene que ser olvidado cuando se transmuta en la
obra viva una vez más. Para que las matemáticas funcionen en la música, como
ocurre, por ejemplo en la música de J. S. Bach, es necesario incorporarlas al
marco de la vida, en una palabra, es necesario encarnarlas. La música es, de
todas las artes, la que más depende del hemisferio derecho; y de todos los
aspectos de la música, sólo el ritmo es apreciado por el hemisferio izquierdo
en la misma medida, y puede que no sea casual que, mientras que la música
clásica contemporánea se han convertido en el coto privado de unos pocos
aficionados (de una manera que nunca antes había sucedido en las nuevas músicas
en otros tiempos), la música popular de nuestra época se ha visto dominada por,
y casi reducida a, el ritmo y poco más.
En 1878, Nietzsche veía los comienzos de este proceso, y escribió
proféticamente:
Nuestros
oídos se han vuelto cada vez más intelectuales. Así, ahora podemos soportar un
volumen mucho mayor, un "ruido" mucho mayor, porque estamos mucho
mejor entrenados que nuestros antepasados para escuchar la lógica que hay en ellos.
De hecho, todos nuestros sentidos se han embotado un poco porque siempre
buscamos la lógica, lo que "significa", y ya no lo que
"es"... nuestro oído se ha embrutecido. Además, el lado desagradable del
mundo, originalmente hostil a los sentidos, ha sido conquistado por la
música…Del mismo modo, algunos pintores han hecho al ojo más intelectual, y han
ido mucho más allá de lo que antes se llamaba el gusto por la forma y el color.
Aquí, también, ese lado del mundo que originalmente se consideraba desagradable
ha sido conquistado por la comprensión artística. ¿Cuál es la consecuencia de
esto? Cuanto más son capaces de pensar, el ojo y el oído, más alcanzan esa línea
fronteriza donde se vuelven asensuales. La alegría se transfiere al cerebro; los propios órganos sensoriales se
vuelven opacos y débiles. Cada vez más, lo simbólico reemplaza a lo que existe.96
"Lo
simbólico reemplaza a lo que existe": seguramente la expresión perfecta
del triunfo de la teoría y la abstracción sobre la experiencia y lo corpóreo, del
triunfo de la re-presentación sobre la "presencia", es decir, del
hemisferio izquierdo, situado en el centro de la música y del resto de las artes.
Y continúa diciendo que "la gran
mayoría, cada año es más incapaz de comprender lo que significa, incluso en la
forma sensual de la fealdad... por tanto aprende, a buscar con creciente placer
lo que es intrínsecamente desagradable y repulsivo, es decir, lo groseramente
sensual".
El problema del
modernismo, como señala Sass, es la excesiva autoconciencia. La cuestión de qué
estilo adoptar, y con ello la necesidad de tomar una decisión consciente de ser
alguien, nunca antes visto u oído, comenzó a ser más y más opresivo desde los
últimos románticos en adelante - los compositores no sólo se sentían atraídos
intuitivamente a imitar algo que habían oído en otros lugares, como en el
pasado, sino que deliberadamente se inventaban a sí mismos y a su arte, en
lugar de descubrirlo. Esto tuvo como resultado, quizás inevitablemente, la
decisión de abandonar el sentido intuitivo de la armonía, la melodía y la
tonalidad.
Puede parecer
injustificable hablar de un sentido intuitivo de la armonía, la melodía o la tonalidad,
ya que hoy en día se cree de forma generalizada que están puramente
determinados culturalmente, con la implicación de que se pueden reformular a
voluntad. Pero no es así, en absoluto. La música, por supuesto, evoluciona, y
lo que conforma una armonía, por ejemplo, ha cambiado lentamente con el paso
del tiempo. Los acordes de séptima
dominante se consideraban como disonancias hasta el siglo XIX, e incluso
la tercera mayor fue
considerada antiguamente disonante - en organum,
por lo tanto, hasta el siglo XIV -. (Esto es en sí mismo fascinante, porque
muestra que la "melancólica"
tercera menor fue aceptada
antes que la más
"optimista” tercera mayor). Pero por lo general existe una inteligibilidad
intercultural. La música de Mongolia, por ejemplo, no suena armónicamente
incomprensible, y ciertamente no es desagradable, para el oído occidental. La
aceptabilidad y el significado emocional de la música no están limitados por la
cultura. De hecho, son casi universales.97 Por ejemplo, los noruegos
culturalmente adaptados en una tradición musical Occidental establecen las
mismas asociaciones entre determinadas emociones y determinados intervalos
musicales que las que se hacen en la música de la antigua India - una tradición
musical radicalmente diferente.98 Esto estaría de acuerdo con la
experiencia de la mayoría de las personas occidentales con la música india, a
pesar de su reconocida complejidad y de basarse en principios musicales
diferentes a los nuestros.
Estudios con
adultos de diferentes culturas y generaciones, y de niños en su fase preverbal e
incluso estudios en animales y aves, muestran una notable concordancia en lo
que se percibe como armonios y placentero, y en lo que se percibe como
disonante y desagradable.99
Específicamente existen preferencias naturales universales a nivel
fisiológico por la armonía frente a lo disonante.100 La armonía
causa cambios en el sistema nervioso autónomo, con una ralentización del
corazón.101 La disonancia activa áreas del cerebro asociadas con
estímulos nocivos, y la armonía activa áreas asociadas con experiencias
placenteras.102 Bebés de tan solo cuatro meses de vida prefieren los
sonidos armónicos a los disonantes, y ya asocian la clave menor con la
tristeza.103 En términos de hemisferios, el hemisferio derecho es
más sensible a la armonía, está más involucrado en su procesamiento y es más
sensible a las distinciones entre consonancia y disonancia.104 Y hay
un vínculo específico del hemisferio derecho con el procesamiento de la
consonancia, y un vínculo del hemisferio izquierdo con el procesamiento de la
disonancia.105
La apreciación de
la armonía es inherentemente compleja. Es el último aspecto de la musicalidad
que llega a desarrollarse, comienza alrededor de los seis años, y alcanza su
madurez sólo a partir de la pubertad. La armonía en la música es análoga a la
perspectiva en la pintura. Cada uno de ellas produce lo que se experimenta como
"profundidad": y ambas son dependientes del hemisferio derecho. Se
desarrollaron al mismo tiempo en el Renacimiento; y, de manera similar,
declinaron juntas con el modernismo, de manera que la armonía se volvió más
precaria a medida que pintores como Picasso comenzaron a desorientar
deliberadamente al espectador a través de la manipulación de la perspectiva.
La música de Bach
está llena de discordancias, y uno tendría que estar musicalmente sordo para no
apreciarlas - en ambos sentidos de la palabra "apreciar", porque esos
momentos son especialmente para ser disfrutados, al igual que las maravillosas
disonancias y las "falsas relaciones" pasajeras en la música de Byrd
y sus contemporáneos, por ejemplo. Pero se introducen para que se resuelvan. El
mismo condimento que añade sabor a un plato lo hace incomible si llega a
predominar en exceso. Las discordancias fugaces tan frecuentes en Bach son
integradas, aufgehoben, en una
consonancia más amplia a medida que avanzan y se resuelven. El contexto es una
vez más absolutamente determinante - de hecho, en ningún lugar el contexto es
más importante que en la música, ya que la música es puro contexto, incluso si
el contexto es el silencio. Así pues tanto en la armonía como en cualquier otra
situación, la relación entre la expectativa y el retraso en la realización,
están en el centro del gran arte; el arte está en conseguir el equilibrio
adecuado, algo que Bach ejemplifica consumadamente.
El conjunto de todo
el rango armónico abarca una gama tan enormemente sutil de emotividades que
cualquier variación insignificante desencadenan enormes diferencias en el
significado. En cambio no podemos hacer las mismas discriminaciones sutiles de
timbre emocional entre las discordancias, porque el sistema nervioso humano, y
el sistema nervioso de los mamíferos del cual deriva, perciben la discordancia
como algo angustioso, de modo que todo amenaza con convertirse rápidamente en
mera angustia, y toda la diversidad emocional se reduce inevitablemente. El
sonido de la música modernista tiende a ser intrínsecamente extraño,
amenazador, por lo que se utiliza en el cine para transmitir una sensación de
algún "otro mundo" ajeno y aterrador (por ejemplo, en los instantes
de la película 2001 en que tal efecto era necesario, Ligeti sustituía a Strauss).
El hemisferio
izquierdo juega un papel relevante en la percepción del ritmo, aunque los
ritmos más complejos dependen del hemisferio derecho106 y las
habilidades rítmicas se conservan con la extirpación total del hemisferio
izquierdo. A pesar de la afirmación de Platón de que el ritmo proviene
principalmente de la mente, lo que posiblemente refleja más a Platón que al
ritmo, de nuevo hay límites para lo que la constitución humana puede
experimentar y lo que el cerebro humano puede apreciar. Se supone que Honegger
dijo:
Yo mismo sigo
siendo muy escéptico sobre estos refinamientos rítmicos. No tienen importancia
más que sobre el papel. No son percibidos por el oyente…. Después de una
interpretación de la Sinfonía en
tres movimientos de Stravinski, todos los
músicos de la orquesta comentaban: "No hay tiempo para escuchar o valorar.
Uno está demasiado ocupado contando corcheas".107
Como
es de suponer, muchos compositores se han sentido ambivalentes en relación con
este proceso. Tippett lamentó la pérdida de la melodía, descrita por Haydn como
"lo más difícil de conseguir - la
creación de una buena melodía es una obra de un genio", y por Mozart como
"la esencia misma de la música: yo compararía a quien crea melodías como
un noble caballo de carreras, y a un contrapuntista con un caballo de posta".108 Hindemith se mostraba escéptico con respecto
a la música en serie, comparándola a uno de esos "tiovivos espantosamente mareantes
de las ferias y parques de atracciones... la idea es, por supuesto, trastocar la
percepción que tiene el espectador de la atracción gravitatoria combinando en
todo momento tantas formas diferentes de atracción que su sentido de la
ubicación no se pueda ajustar lo suficientemente rápido".109 La
falta de centros tonales destruye el punto de anclaje del oyente para las
jerarquías de intervalos. Aunque el compositor pueda entender a dónde se dirige,
el oyente simplemente no puede, porque no tenemos suficiente memoria a corto
plazo para hacer frente a este grado de aparente falta de forma.
Sin embargo, compositores como Benjamín Britten, Arvo
Pärt y Philip Glass, así como, más recientemente, Morten Lauridsen, John
Tavener y James MacMillan, han encontrado su propia manera de producir una
música de una belleza sobrecogedora, veces basada en la intuición, en lugar de
puramente teórica, y expresiva más que racionalista. Para ellos el modernismo
ha sido una forma de continuar, a la vez que de expandir y ampliar, las
posibilidades de lo que, a falta de un término mejor, nos vemos obligados a
llamar lo Romántico. Y el jazz, menos autoconsciente de su propia creación,
menos empeñado en escapar de los modismos de la melodía, la armonía y el ritmo
- aunque tratándolos con una libertad que puede ser estimulante (aunque en
ocasiones sobrepase los límites de lo perceptible) - me parece una de las grandes
creaciones de la era modernista.
LOS LOGROS DEL MODERNISMO
La mayoría de las teorías sobre la belleza desde Platón hasta Nietzsche en
adelante, comparten el mismo concepto de belleza: una totalidad orgánica que
muestra armonía entre sus partes. Los conceptos de belleza de Occidente y Oriente, a pesar de haber
evolucionado de forma independiente, son notablemente afines.110
Esto no sorprenderá a ningún Occidental familiarizado con el arte oriental en
todas o algunas de sus formas. A pesar de haber excepciones individuales,
existe una concordancia general entre culturas. Esto explica por qué se venden tanto
las traducciones de obras poéticas y de ficción en muchos idiomas, porque
tienen tanto éxito las exposiciones de arte japonés, los conciertos de música
de india, de indonesia o japonesa, e incluso las representaciones de teatro
Oriental en Occidente, y por qué las galerías de arte de Occidente atraen un número
tan grande de visitantes orientales, y las representaciones de Shakespeare y
conciertos de música o los ballet occidentales son tan solicitados en China y
Japón, de donde proceden algunos de los mejores intérpretes de la música
clásica europea. Incluso las poblaciones indígenas de lugares como Papúa Nueva
Guinea, que no han tenido contacto con la música clásica Occidental, aprecian y
entienden intuitivamente la importancia emocional de la música de Mozart. Nada
de esto sería posible sin la existencia de valores no construidos socialmente
que permiten la aprehensión de la belleza y entender su manifestación a través
del arte. Existe una creciente aceptación por parte de la psicología y las ciencias
sociales de que los universales humanos claramente existen.111
En la música hay un lenguaje intuitivo, cuyos
dialectos están literalmente tan extendidos y son tan antiguos como la raza
humana. No es sólo mi intuición, sino lo que demuestra la investigación. El modernismo
experimentó con el abandono de este lenguaje intuitivo, en mi opinión sin
éxito. En las artes visuales, las formas en que la humanidad ha utilizado el
color y la forma no son ni mucho menos tan cohesivas, pero las preferencias
estéticas son generalmente compartidas, cuando no las técnicas y habilidades de
representación. Una vez más, los intentos deliberados de revertirlas o
abandonarlas son interesantes principalmente como experimentos. Pero las
convenciones del lenguaje en sí mismo - no el lenguaje de la música o de las
artes visuales - son algo que simplemente no puede revertirse, al menos no por
mucho tiempo, si el lenguaje es el propio medio para crear ese arte. Esto ha
tenido un efecto protector para la poesía dentro del modernismo. Desde luego,
hubo intentos de abandonarlas, y figuras como Kurt Schwitters, conocido
principalmente por sus collages, escribieron “poemas” dadaístas que
consistían únicamente en sílabas sueltas y sonidos sin sentido, pero esto no
resultó ser una salida muy fructífera. Incluso La Tierra Baldía de Eliot, una colección de fragmentos, a veces intercalados
al azar, con elaboradas y paródicas notas a pie de página del autor, que
sugieren que el significado no está en las palabras mismas, sino que necesita
ser descodificado para ser desvelado, fue una especie de callejón sin salida,
más que una poesía poderosa, un interesante documento histórico-cultural, como
ocurre con la obra, Finnegans Wake de
Joyce – aunque las remisiones a él, le hagan brillar en algunos lugares como un
nido de urracas.
En la música y las artes visuales, las convenciones
formales encarnaban una sabiduría intuitiva que no podía ser descartada sin
perder su significado. Sin embargo, la materia misma del lenguaje, a diferencia
de las notas o los colores en sí mismos, tiene un significado y un poder
intuitivo que es relativamente resistente al abandono de las convenciones. Esto
lo coloca en una categoría especial. Como resultado, la era del modernismo, que
comenzó en Francia a mediados del siglo XIX con figuras como Baudelaire,
Verlaine, Mallarme, Rimbaud, y continuó con figuras posteriores como Ponge, y
en el mundo anglosajón con figuras como Hardy, Frost, Yeats, Eliot, Auden,
Stevens, y después Larkin, ha demostrado ser excepcionalmente rica, con una
poesía poderosa y original, comparable a la de cualquier época, siendo escrita
no sólo por grandes nombres, sino también por muchas figuras menos conocidas
que pueden no tener una gran fama, pero que han escrito uno o dos poemas
verdaderamente importantes. Me parece que esto se aplica más a la era moderna
que a cualquier otra en la historia de la literatura. Tal como escribió Philip
Larkin en el prefacio de su magnífica obra titulada, Oxford Book of
Twentieth Century Verse, (Antología Oxford de poesía del siglo XX)
seguramente una de las antologías más gratificantes jamás recopiladas,
"Mirando lo que he escogido, veo que incluye un número de poetas mucho
mayor que el que se encuentra en los volúmenes correspondientes a los siglos
XVIII y XIX". Lo considero que es un resultado directo de la relativa
libertad del modernismo. Los poetas menores con un estilo reconocido rara vez
producen otra cosa que no sea una poesía convencional aceptable. Sin embargo,
cuando la intuición está libre de tales convenciones, puede haber mucha
escoria, pero a menudo también se encuentran zafiros en el barro.
Finalmente, me parece que uno de los grandes logros del modernismo ha sido
el cine. Aquí se aplican algunas de las mismas consideraciones que en el caso
de la poesía. El propio material, el "vocabulario", de las imágenes
visuales ya tiene un significado y fuerza intuitiva, y aunque pueda haber algo
llamado arte abstracto, una película abstracta (a pesar del Blue, de
Derek Jarmarn) es una creación tan improbable como un poema abstracto. La
contribución del modernismo ha sido también aquí liberadora, dando rienda
suelta a la intuición en lugar de empezar, como afirmaría del arte y la música
modernistas, prohibiendo los medios de expresión intuitiva. Y también aquí,
junto a los Tarkovsky, Polanski y Paradzhanov, que son los grandes poetas del
cine (Tarkovsky es uno de los pocos artistas de los que se puede utilizar
genuinamente el término shakesperiano), hay muchas figuras menores que han
producido grandes obras.
POSMODERNISMO
Con el posmodernismo, el sentido se pierde
por completo. El arte se convierte en un juego que permite que la vacuidad de
un mundo totalmente insustancial, donde no hay nada más allá de un conjunto de
términos que hemos usado en vano para "construir" significados, hable
de su propia vacuidad. Ese conjunto de términos, son vistos ahora simplemente en
referencia a ellos mismos. Han perdido la transparencia; y todas las
condiciones que les darían significado han sido ironizadas hasta desaparecer. Los sujetos con esquizofrenia
muestran lo que Sass describe como "una combinación peculiar de
superioridad e impotencia".112 Esto también lo ve como una
característica de la posición modernista, aunque tal vez sea más evidente en el
posmodernismo. La impotencia es obvia en la crítica literaria postmoderna: si
la realidad es una construcción sin ninguna existencia objetiva, y si las
palabras no tienen ningún referente, todos nos sentimos totalmente impotentes
para decir o hacer algo que tenga sentido, lo que en primer lugar plantearía la
cuestión de por qué un crítico escribiría. ¿Por qué escribiría cualquier
solipsista? El intento de convencer a otra persona del propio punto de vista
hace estallar la posición del solipsista. Sin embargo, es evidente una actitud
intrínseca de superioridad del crítico hacia los autores que constituyen su
objeto. Allí donde un autor creía que estaba haciendo algo importante, incluso
profundo - en la frase de Wordsworth, "un hombre hablando a los
hombres" - el crítico puede desvelar que en realidad estaba jugando a un
juego con las palabras, cuyas reglas reflejan normas construidas socialmente de
las que el autor no es consciente. El autor se convierte en una especie de
marioneta, cuyos hilos son movidos por fuerzas sociales entre bastidores. Ha
sido "colocado". Mientras tanto, la obra de arte ha de ser
"decodificada", como si el valor de la obra estuviera en algún
mensaje que el autor desconocía, pero que ahora nosotros, con nuestra
superioridad, podemos revelar.
Este modelo de
mensaje codificado, que "tiene mucho del estatus de un axioma en la
mayoría de las versiones del estructuralismo",113 es la
expresión perfecta del hemisferio izquierdo tratando de entender el lenguaje
del hemisferio derecho. Consciente de que hay algo más de lo que se ve a simple
vista, el hemisferio izquierdo se empeña en hacer explícitas las cosas, en un
intento de descubrir lo que son; pero por otra parte no es realmente consciente
de la "mismidad" de la obra de arte, en la que en realidad, se
encuentra el verdadero "significado". En cambio, su supuesta
decodificación es una demostración de su propia inteligencia. Pero el
"valor literario", tal como escribe Severin Schroeder, "no puede
reducirse a las cosas que se describen y a las opiniones que surgen de ellas;
siempre se trata de cómo se presentan y expresan ciertas cosas. Y este Cómo
no puede reducirse a otro Qué.”114 Este Cómo, la singularidad de la obra de arte
que es semejante a la singularidad de una persona, sólo es apreciable por el
hemisferio derecho.
El consejo para
el crítico debería de ser el mismo que daba Hipócrates a todo médico:
"Ante todo, no hacer daño". Hay que tener cuidado de no introducir
algo que oscurezca la visión; en cambio, un acercamiento paciente y con tacto a
la alteridad de la obra, podría permitir vislumbrar algo poco común.
Separar las
palabras de sus referentes en el mundo real, como hace el posmodernismo,
convierte todo en una nada, la vida misma en un juego. Pero el emparejamiento
de un material evocador de emociones con una actitud distanciada e irónica es,
de hecho, un juego de poder, uno que está siendo jugado por el artista con su
audiencia. No se trata tanto de una cuestión lúdica, con una equivocada
sugerencia de inocencia, sino de una sombría parodia del juego. A los
psiquiatras les resulta familiar la forma en que los psicópatas utilizan estas
muestras de insensibilidad- una indiferencia burlona, y escalofriante, hacia
temas que suscitan espontáneamente fuertes emociones humanas - para hacerse con
el control de los demás y hacerlos sentir vulnerables. Así por ejemplo, cuando los
artistas de una performance exhiben un material que normalmente provocaría
fuertes reacciones emocionales, entre el público y luego lo menoscaban, o lo
ironizan, se trata de una forma de auto engrandecimiento coercitivo. Si alguien
muestra su repulsa, se hace evidente su vulnerabilidad - ha sido manipulado, y
parece ingenuo, en desventaja; si no lo hace, se ha visto obligado a traicionar
sus sentimientos y a disimular, igual que la víctima en el patio de recreo que
sonríe tímida e ingenuamente a sus acosadores, confirmando así tácitamente el
poder del acosador.
La tendencia de
la crítica hacia una superioridad nacida de su capacidad de leer en códigos se
observa quizás por primera vez en la cultura del psicoanálisis, según escribe
Sass, ya que se jacta de revelar, "las fuentes demasiado mundanas de
nuestras inclinaciones místicas, religiosas o estéticas, y de dar a sus
iniciados una sensación de superioridad cognitiva".115 Esto
está estrechamente relacionado con todas las formas de reduccionismo. El
reduccionismo, al igual que la desvinculación, hace que la gente se sienta
poderosa. Cuando en el siglo XVIII los vendedores de fantasmagorías revelaban
el aparataje que había generado todos aquellos efectos espectaculares, también
se revelaban como lo inteligentes que eran, y se pedía al público que
disfrutara temporalmente de la sensación de estar en presencia de una
inteligencia superior. Su predisposición a creer les había convertido en unos
incautos. Se habían dejado impresionar, donde deberían, si hubiesen tenido la
información, permanecer serenamente impasibles, permitiendo quizás que una
sonrisa cómplice se dibujara en sus labios. Es difícil no sentir que hay un
cierto grado de schadenfreude *(regodeo)
en ello, como en el caso del hermano mayor que le dice a su hermana pequeña
que es adoptada; o el psicópata que manipula los sentimientos de compasión de
la gente para robarles. Por supuesto, que un buen psicoanálisis evita
cuidadosamente esta posición de superioridad, pero sigue siendo válida la idea
de que esta superioridad está incorporada en su estructura, y que hay que estar
constantemente alerta para no sucumbir a ella.
La supuesta
superioridad del reduccionismo es también evidente en el discurso científico
moderno. El reduccionismo es una consecuencia ineludible de una visión del
mundo puramente del hemisferio izquierdo, ya que considera que todo está
constituido fundamentalmente de bloques de construcción, cuya naturaleza se
supone obvia, o al menos conocible en principio de forma aislada respecto a lo
que sea que se vaya a constituir. Su modelo es simple, y se ha ramificado en la
cultura popular, donde ha sido adoptado irreflexivamente como la
"filosofía" de nuestra época. Dentro de esa cultura ha tenido un
efecto corrosivo sobre los valores superiores, induciendo una especie de
cinismo fácil y fomentando una visión mecanicista de lo humano.
En el plano
intelectual, el debate sobre la naturaleza de la conciencia lo pone de relieve.
En una inversión audaz, Nick Humphrey afirma, en su libro Seeing Red,
(Ver en rojo) que quienes se muestran escépticos ante la idea de que podamos
explicar la conciencia en forma reduccionista son los que realmente se revelan
engreídos y superiores. Según escribe, tal escepticismo "se nutre
directamente del sentido de la propia importancia metafísica de la gente",
y "permite a dicha gente la satisfacción de pensar que son unos
privilegiados conocedores del secreto".116 Estas son
afirmaciones difíciles de refutar, y podrían tener razón. Igualmente, algunas
personas podrían pensar que las mismas imputaciones podrían hacerse a los
neurocientíficos que creen en el poder de su intelecto para revelar la
"verdadera" naturaleza de la conciencia, de la cual el resto de
nosotros permanece ignorante.
Cuando uno llega a
la propia explicación de Humphrey sobre la conciencia, siente naturalmente
curiosidad por saber qué parafernalia se va a revelar detrás de la fantasmagoría.
Afirma dos cosas. La primera está en línea con muchas otras interpretaciones sobre
la conciencia: la cual sería una consecuencia de circuitos reentrantes en el
cerebro, que crean una "auto-resonancia". Las respuestas sensoriales,
escribe, "quedan privatizadas" y "finalmente todo el proceso se cierra al mundo exterior en un
bucle interno dentro del cerebro... un bucle de retroalimentación".117
La imagen perfecta del mundo hermético del hemisferio izquierdo: la conciencia
es la proyección de una representación del mundo "exterior" en las
paredes de esa habitación cerrada. Sin embargo, su contribución particular en
este libro, es ir más allá e imaginar que se produjo una evolución genética
cuyo "efecto es dar al yo consciente justo el giro adicional que lleva a
la mente humana a formarse una visión exageradamente grandiosa de su propia
naturaleza". El yo y su experiencia "llegan a reorganizarse precisamente
con el fin de impresionar al sujeto con las cualidades que tiene fuera-de-este-mundo".
Si "aquellos que caen en la ilusión, tienden a tener vidas más largas y
productivas", entonces la evolución ha hecho su trabajo. Por tanto, la
percepción que tenemos de la conciencia, como algo difícil de entender es en el
fondo un "truco deliberado" jugado por un "ilusionista" que
hay en nuestros genes, para hacernos unos sobrevivientes más aptos.118
Se podría señalar
que, si bien esto podría ofrecer una especie de explicación del por qué existe la conciencia de la
manera que lo hace, con su sensación de ser algo que queda fuera de nuestro
alcance (lo que Humphrey describe como sus cualidades de
"fuera-de-este-mundo"), ni siquiera se acerca a explicar, qué
es o qué tipo de cosa es, o cómo se produce - tendiendo así a confirmar
la opinión de los escépticos. Pero eso es poner el listón bastante alto, ya que
nadie se ha acercado a explicar que es la conciencia, a pesar de las
referencias a circuitos de reentrada, retroalimentación positiva,
representaciones mentales que son ilusiones, y la magia de los genes. Su
intento de descartar nuestra intuición de que podría haber algo más allá de lo
que el materialismo puede explicar es definitivamente ingenioso. Como estrategia
para acomodar una dificultad abrumadora en el paradigma existente sin tener que
cambiar realmente el paradigma, es de hecho espectacular. En ese sentido,
recuerda a la argumentación dada por Philip Gosse, el padre victoriano de la
biología marina y fundamentalista bíblico, para explicar la existencia de
fósiles en rocas que databan de hace millones de años, mucho antes de que,
según la Biblia, se hubieran creado los seres vivos. Según él, eran indicios de
vida que nunca existieron realmente, puestos ahí por Dios para probar nuestra
fe. Al igual que con la explicación de Gosse, es difícil saber qué tipo de
evidencias se podrían presentar como prueba en contra de la creencia de
Humphrey, aunque de manera similar su relato podría dar lugar a cierta
incredulidad en las mentes más escépticas.
Algunas de esas
voces escépticas, que Humphrey cita como ejemplos de la convicción auto
engañosa de que la conciencia requiere de bastantes más explicaciones, son los
filósofos, Stuart Sutherland ("La
conciencia es un fenómeno fascinante pero esquivo; es imposible especificar lo
que es, que hace, o por qué evolucionó. Todavía no se ha escrito nada que
merezca la pena"); Thomas Nagel ("Considero que ciertas formas de perplejidad - por ejemplo, sobre la
libertad, sobre el conocimiento y el significado de la vida - me parecen
encarnar más profundidad que cualquiera de las supuestas soluciones a estos
problemas"); Nakita Newton ("La conciencia fenoménica es en sí misma sui generis. No hay nada
más que se le parezca en absoluto"); Jerry Fodor ("Nadie
tiene la menor idea de cómo alguna cosa material podría volverse consciente. Incluso
nadie sabe cómo sería tener la más mínima idea de cómo podría ocurrir que algo
material pueda ser consciente"); y Colin McGinn ('¿No es perfectamente evidente para usted que…. [el cerebro] es
simplemente el tipo de cosa equivocada que da origen a [la conciencia
fenoménica]? también se podría afirmar que los números surgen de las galletas o
la ética del ruibarbo').119 Aunque no estoy
totalmente de acuerdo con la última afirmación, creo que la idea central es
válida. A estos se podría seguir añadiendo: los ya citados anteriormente, como
Wittgenstein, cuya visión es similar a la de Nagel, y cuya posición está dentro
de una larga línea de lo que convencionalmente se ha considerado un sabio
escepticismo sobre el poder absoluto del entendimiento humano, incluyendo a
Montaigne, Buda, Sócrates y San Pablo.120
La cuestión aquí
es que el materialismo científico, a pesar de su aparente oposición a la
postura posmodernista, da muestras de tener unos orígenes similares a
hemisferio izquierdo. Ambas tendencias comparten un sentido de superioridad,
nacido de la convicción de que los demás se dejan llevar por ilusiones, cuya
explicación saben quiénes están en posesión de la verdad. Ahí está, bellamente
revelado en ese circuito de auto-arranque encerrado en sí mismo, impotente,
"todo el proceso.... aislado del mundo exterior en un bucle interno dentro
del cerebro". Es un ejemplo de retroalimentación positiva, y es
precisamente esto lo que ejemplifica el hemisferio izquierdo, al estar aislado
de la realidad, con sus autorreflexiones reverberando interminablemente dentro de
sus paredes espejadas. La estructura del realismo científico, como el
postmodernismo, reflejan sus orígenes en el hemisferio izquierdo.
Se podría objetar
que algunos aspectos de la condición postmoderna, tienen seguramente una
afinidad con el funcionamiento del hemisferio derecho. En un marcado contraste
con la Ilustración, podría decirse que nuestra época carece de convicciones y
abraza todo lo confuso, lo que es indeterminado, lo fluido e irresuelto. Si la
Ilustración demostró su dependencia de los modos de ser del hemisferio
izquierdo con su optimismo y certeza, con su impulso hacia la claridad, la
fijeza y la finalidad, ¿por qué afirmo que el posmodernismo es también una
expresión del funcionamiento del hemisferio izquierdo?
La diferencia
depende del nivel de conciencia. En la Ilustración, aunque el proceso de
alienación del sujeto observador estaba muy avanzado, todavía no había dudas de
que existía un mundo que observar. Su construcción del mundo como algo claro,
ordenado, fijo, seguro y conocible, fue inevitablemente un simulacro que sustituía
a la realidad de la experiencia siempre cambiante y en evolución, pero que, sin
embargo se tomaba por la realidad - como si los frescos pintados en la pared de
un comedor del siglo XVIII fueran considerados como el mundo exterior.
Un par de cientos
de años después y en otro nivel de autoconciencia posterior, el sujeto
observador no sólo es consciente, sino que se da cuenta de su propia
conciencia. Ya no es una opción ignorar el hecho de que no se puede hacer que
todo esté de acuerdo, que no todo sea fijo, cierto y conocible, y que no todo
necesariamente va a terminar siendo redimido por el control humano. La revuelta
postmoderna contra el mundo silencioso, estático, artificioso y sin vida que
muestra el fresco pintado en la pared no se debe a su artificialidad – es
decir, al hecho de que no sea fiel al mundo viviente de afuera - sino a su
"pretensión" de que existe un mundo exterior al que ser fiel. El
contraste no está entre la fijeza de lo artificial y la fluidez de lo real,
sino entre la fijeza y el caos de dos tipos de artificialidad.
La
indeterminación postmoderna no afirma que exista una realidad con la cual
debamos luchar cuidadosa, tentativa y pacientemente; no postula una verdad que
sea, sin embargo, real porque desafía la determinación que le impone el
intérprete autoconsciente del hemisferio izquierdo (y las únicas estructuras
que tiene a su disposición). Por el contrario, afirma que no hay ninguna
realidad, ni verdad que interpretar o determinar. El contraste aquí es igual
que la diferencia entre el "desconocimiento" de un creyente y el "desconocimiento"
de un ateo. Tanto el creyente como el ateo pueden sostener coherentemente la
posición de que cualquier afirmación sobre Dios será falsa; pero sus razones
son diametralmente opuestas. La diferencia no está en lo que se dice, sino en
la disposición que cada uno tiene hacia el mundo. La disposición del hemisferio
derecho es de tanteo, siempre llegando con dificultad (con "cuidado")
hacia algo que sabe que está más allá de sí mismo. Trata de abrirse (para no
decir "no") a algo que el lenguaje sólo puede permitir a través de
subterfugios, a algo que la razón sólo puede alcanzar al trascenderse a sí
misma; pero no, como se ha señalado, mediante el abandono del lenguaje y
de la razón, sino más bien a través de ellos, y más allá de ellos. Por eso el
hemisferio izquierdo no es su enemigo, sino su valioso emisario. Sin embargo,
una vez que el hemisferio izquierdo se convence de su propia importancia, pierde
todo "cuidado", se deleita en su propia libertad sin restricciones,
en lo que podría llamarse, en una frase de Robert Graves, el "éxtasis del
caos".121 Uno dice “Yo
no sé”, el otro “Sé, que no hay
nada que saber”. Uno cree que no se puede saber: el otro
"sabe" que no se puede creer.
CONCLUSIÓN.
EL MAESTRO TRAICIONADO
Todas las miserias del hombre no son sino prueba de su grandeza. Son miserias de un gran señor, las
miserias de un rey que ha sido desposeído. Pascal1
¿Existen impulsos detrás de las
diferencias que he descrito entre los hemisferios? Los hemisferios parecen
estar en relación uno con el otro en términos que requieren del entendimiento humano
y de la aplicación de valores humanos - del mismo modo que la competitividad entre
los genes parece "egoísta". Dicho en términos propiamente humanos,
parece esencial para la creación de una conciencia e imaginación humana plena
que el hemisferio derecho se sitúe en una posición de vulnerabilidad frente al
izquierdo. El hemisferio derecho, el que cree, pero no sabe, tiene que depender
del otro, el hemisferio izquierdo, que conoce, pero no cree. Es como si el
poder de un ser potencialmente infinito, y por tanto intrínsecamente incierto,
sin embargo necesitara someterse a ser delimitado - necesitara la estasis, la
certeza, la fijeza - a fin de Ser. El propósito mayor exige la sumisión. El Maestro necesita confiar, creer en
su emisario, sabiendo al mismo
tiempo que puede abusar de esa confianza. El emisario sabe, pero cree erróneamente, que es invulnerable.
Si la relación se mantiene, son invencibles; pero si se abusa de ella, no es
sólo el Maestro el que sufre,
sino ambos, ya que el emisario
debe su existencia al Maestro.
¿A QUE SE PARECERÍA EL MUNDO DEL HEMISFERIO
IZQUIERDO?
Tratemos de imaginar cómo sería el mundo si el hemisferio izquierdo llegara
a ser tan dominante que, a nivel fenomenológico, lograra más o menos suprimir
por completo al mundo del hemisferio derecho. ¿Cómo sería eso?2
Podríamos esperar, para empezar, que se perdería la visión
global, y se sustituiría por una visión del mundo más limitada y restringida,
aunque detallada, lo que quizás dificultaría el mantenimiento de una visión de
conjunto coherente. En cualquier caso, no se tendría en cuenta esta visión de
conjunto, porque carecería de la apariencia de claridad y certeza que ansía el
hemisferio izquierdo. En general, las "piezas" de cualquier cosa, las
partes en las que se podría desmontar, llegarían a parecer más importantes, y con
más probabilidades de conducir al conocimiento y comprensión, que la totalidad,
que llegaría a ser vista como no más que la suma de las partes. Una atención
cada vez más focalizada conduciría a una creciente especialización y
tecnificación del conocimiento. Esto, a su vez, fomentaría que el conocimiento,
que se adquiere a través de la experiencia, se sustituyera por información, y
la recopilación de información. El conocimiento, a su vez, parecería más
"real" que lo que podríamos llamar sabiduría, que parecería algo demasiado
difuso, algo que nunca se puede alcanzar. Cabría esperar que el hemisferio
izquierdo siguiera haciendo experimentos de perfeccionamiento sobre detalles,
en los que es sobradamente competente, pero que fuera correspondientemente
ciego ante lo que no resulte claro o seguro, o no pueda enfocarse justo en el
centro del campo visual. De hecho, cabría esperar una especie de actitud
despectiva hacia cualquier cosa que quedase fuera de su enfoque limitado, ya
que la visión de conjunto del hemisferio derecho simplemente no estaría
disponible para él.
El conocimiento que se obtiene a través de la
experiencia, y de la adquisición práctica de habilidades encarnadas, se
volvería sospechoso, pareciendo una amenaza o simplemente incomprensible. Serían
sustituidos por símbolos o representaciones, sistemas formales que se
acreditarían mediante certificados en papel. Los conceptos de destreza y
criterio, que antes se consideraban la cima del logro humano, pero que sólo
llegan lenta y silenciosamente con el transcurso de la vida, serían descartados
en favor de procesos cuantificables y repetibles. La experiencia, que es lo que
realmente le hace a alguien experto (en latín, expertus, es "el que tiene
experiencia"), sería reemplazada por el conocimiento "experto"
que, de hecho, estaría basado en la teoría, y en general se podría esperar una
tendencia cada vez mayor a sustituir lo concreto por lo teórico o abstracto,
que llegaría a parecer más convincente. Las habilidades mismas se reducirían a
procedimientos algorítmicos que podrían ser definidos, e incluso, si fuera
necesario, regulados por administradores, ya que sin eso la desconfiada
tendencia del hemisferio izquierdo no podría estar segura de que esas
"habilidades" difusas se estuvieran aplicando de manera uniforme y
"correctamente".
Se produciría un aumento tanto de la abstracción como
de la cosificación, por lo que el propio cuerpo humano y nosotros mismos, así
como el mundo material, y las obras de arte que hacemos para comprenderlo, se
volverían simultáneamente más conceptuales y se verían como meras cosas. El
mundo en conjunto se volvería más virtual, y nuestra experiencia al respecto
llegaría cada vez más, a través de meta-representaciones de uno u otro tipo; habría
menos personas haciendo un trabajo que involucre el contacto con algo del mundo
real, "vivo", en lugar de con planes, estrategias, papeleos,
gestiones y procedimientos burocráticos. De hecho, cada vez más el trabajo se
vería invadido por el meta-proceso de documentar o justificar lo que uno estaba
haciendo o se suponía que estaba haciendo - a expensas del trabajo real en el
mundo vivo. La tecnología florecería, como expresión del deseo del hemisferio
izquierdo de manipular y controlar el mundo para su propio placer, pero iría
acompañada de una enorme expansión de la burocracia, de sistemas de abstracción
y control. Los elementos esenciales de la burocracia, descritos por Peter
Berger y colaboradores, muestran que prosperaría en un mundo dominado por el
hemisferio izquierdo. La enumeración que hacen estos autores incluye, la necesidad
de procedimientos que sean conocidos y, en principio, conocibles; el anonimato;
la capacidad de organización; la previsibilidad; un concepto de justicia que se
reduce a la mera igualdad; y una abstracción explícita. Habría una pérdida
completa del sentido de la singularidad. Todas estas características son
identificables como facilitadas por el hemisferio izquierdo.
Hasta aquí serían las tendencias hacia la abstracción.
Pero también estarían las tendencias hacia la cosificación. Cada vez más, lo
vivo sería modelado a partir de lo mecánico. Esto también tendría efectos en la
forma en que las burocracias tratarían con las situaciones humanas y con la
sociedad en general. Cuando se trata de una máquina, hay tres aspectos que nos
importan: cuánto puede hacer, qué tan rápido puede hacerlo y con qué grado de
precisión. Estas cualidades resumen lo que distingue a una máquina buena de una
mala: es más productiva, más rápida y más precisa que otra menos buena. Sin
embargo, las variaciones producidas en el mundo real en cuanto a la escala,
velocidad y precisión alteran la calidad de la experiencia y la forma en que
interactuamos unos con otros: aumentarlos ya no daría un resultado claramente
positivo - incluso podría ser muy perjudicial. En asuntos humanos, el aumento
de la cantidad o la extensión de algo, o la velocidad con la que algo sucede, o
la precisión inflexible con la que se concibe o se aplica, pueden realmente ser
destructivas. Pero como el hemisferio izquierdo es el hemisferio del “qué”, la cantidad sería el único
criterio que entendería. El valor que da el hemisferio derecho al “cómo” (calidad) se perdería. Como
resultado, las consideraciones de cantidad podrían llegar a sustituir por
completo a las consideraciones de calidad, sin que la mayoría de la gente se
diera cuenta de que algo así había sucedido.
Los números, con los que el hemisferio izquierdo se
siente familiarizado y es excelente para manipularlos (aunque, cabe recordar,
que es menos bueno para entender lo que significan), reemplazarían a las
respuestas individuales, ya sean a personas, lugares, cosas o circunstancias,
que el hemisferio derecho habría distinguido. La máxima lo "Uno o lo
otro" tendería a sustituir a las cuestiones de grado, lo que daría lugar a
cierta inflexibilidad.
Berger y sus colegas subrayan que la conciencia cambia
su naturaleza en un mundo orientado a la producción tecnológica. Adopta una
serie de cualidades que, de nuevo, son claramente manifestaciones del mundo
según el hemisferio izquierdo, y por lo tanto en tal mundo se puede esperar que
la tecnología floreciera y, a su vez, se afianzara más la visión del mundo del
hemisferio izquierdo - de la misma manera que la burocracia sería tanto un
producto del hemisferio izquierdo como un refuerzo del mismo en el mundo
exterior. En una sociedad dominada por la tecnología, Berger y sus colaboradores
predicen lo que ellos denominan: el "mecanicismo", es decir, el desarrollo de un sistema que
permite la reproducción sin fin de las cosas, y que impone la inmersión del
individuo en una gran organización o línea de producción; la
"mensurabilidad", es decir, la insistencia en la cuantificación, no
en la cualificación; la "componibilidad", es decir, la reducción de
la realidad a unidades autocontenidas, de modo que "cualquier cosa es
analizable en sus componentes constituyentes, y cualquier cosa puede ser
desmontada y vuelta a montar en términos de estos componentes"; y un
"marco de referencia abstracto", en otras palabras, la pérdida de su
contexto.3 El filósofo Gabriel Marcel habla de la dificultad de conservar
la propia integridad como sujeto único e individual, en un mundo en el que la
combinación de la arrogancia de la ciencia y el empuje de la tecnología eclipsan
la imponente tarea de la existencia humana consciente, lo que él denomina como
"el misterio de ser", y se reemplaza con un conjunto de problemas
técnicos para los que se pretende tener soluciones. Advierte que en tales
circunstancias, se nos persuadiría con demasiada facilidad para que aceptáramos
el papel que se nos impone, para que nos convirtiéramos en un objeto, ya no en
un sujeto, y para que consintiéramos en nuestra propia aniquilación.4
Filosóficamente, el mundo estaría marcado por la
fragmentación, apareciendo ante sus habitantes como si fuera una colección de elementos
y piezas aparentemente unidas al azar; su organización, y por lo tanto su
significado, sólo vendría a través de lo que le añadiéramos, a través de
sistemas diseñados para maximizar su utilidad. Debido a que lo mecánico sería
el modelo por el cual se entendería todo, incluso a nosotros mismos y al mundo
natural, a la gente de una sociedad así le resultaría difícil entender los
valores más elevados de la jerarquía de Scheler, excepto en términos de su
utilidad final, y habría una derogación de esos valores más elevados, y un
cinismo sobre su estatus. La moralidad se juzgaría en el mejor de los casos
sobre la base del cálculo utilitario, y en el peor, en base del propio interés
personal.
El hemisferio izquierdo prefiere lo impersonal a lo
personal, y esa tendencia se plasmaría en el tejido de una sociedad dirigida
tecnológicamente y administrada burocráticamente. Lo impersonal vendría a
reemplazar a lo personal. La atención se centraría en las cosas materiales a
expensas de las vivas. La cohesión social, y los vínculos entre personas, y lo
que es igualmente importante entre las personas y el lugar, el contexto al que
pertenece cada persona, sería ignorado, tal vez activamente alterado, como
inconveniente e incomprensible para un hemisferio izquierdo que actúa por sí
solo. Habría una despersonalización de las relaciones entre los miembros de la
sociedad, y en la relación de la sociedad con sus miembros. La explotación más
que la cooperación sería, explícitamente o no, la relación por defecto entre
los individuos y entre la humanidad y el resto del mundo. El resentimiento
llevaría a hacer énfasis en la uniformidad y la igualdad, no como un anhelo en
equilibrio con los demás, sino como el anhelo último, que trasciende a todos
los demás. Como resultado, las individualidades serían neutralizadas y la
identificación se haría por categorías: grupos socioeconómicos, razas, sexos,
etc. que también se sentirían implícita o explícitamente en competencia y
resentidos unos con otros. La paranoia y la falta de confianza llegarían a ser
la postura dominante dentro de la sociedad, tanto entre los individuos como
entre dichos grupos, y sería la postura del gobierno hacia su pueblo.
Un gobierno así buscaría el control total - ya que una
característica esencial de la visión del mundo, del hemisferio izquierdo es que
pueda comprenderlo y controlarlo todo. El discurso sobre la libertad, que es un
ideal abstracto para el hemisferio izquierdo, aumentaría por razones
maquiavélicas, aunque la libertad individual se reduciría. El control panóptico
se convertiría en un fin en sí mismo, y la monitorización constante mediante
cámaras de seguridad, la interceptación de la información y de la comunicación
privada, sería la norma. Medidas como la creación de una base de datos de ADN,
se introducirían aparentemente en respuesta a amenazas y circunstancias
excepcionales, contra las que en realidad serían ineficaces, siendo su objetivo
aumentar el poder del Estado y disminuir el estatus del individuo. El concepto
de individuo depende de su singularidad; pero según la visión del hemisferio
izquierdo sobre la realidad, los individuos son simplemente partes
intercambiables ("iguales") de un sistema mecanicista, un sistema que
necesita controlar en aras de la eficiencia. Por lo tanto, sería de esperar que
el Estado no sólo tomara mayor poder directamente, sino que minimizara la
responsabilidad individual, y que el sentido de dicha responsabilidad
individual disminuyera en consecuencia.
Las relaciones familiares, o las funciones
especializadas dentro de la sociedad, como las de los sacerdotes, profesores y
médicos, que trascienden lo que puede cuantificarse o regularse, y que de hecho
dependen de un cierto grado de altruismo, se convertirían en objeto de
sospecha. El hemisferio izquierdo malinterpreta la naturaleza de tales
relaciones, al igual que malinterpreta el altruismo como una versión del
interés propio, y las ve como una amenaza a su poder. Podríamos incluso esperar
que haya intentos de dañar la confianza en la que se basan esas relaciones y,
si es posible, de desacreditarlas. En cualquier caso, se haría un gran esfuerzo
para someter a las familias y a las profesiones bajo control burocrático, una
medida que sólo sería posible, presumiblemente, si se fomentara el miedo y la
desconfianza.
En una sociedad así, gente de todo tipo daría una
importancia inusual a tener el control. Los accidentes y las enfermedades,
puesto que están fuera de nuestro control, serían, por tanto, particularmente
amenazadores y, en la medida de lo posible, se culparía a los demás, ya que
parecerían una amenaza a la capacidad de uno para controlar su propia vida. El
hemisferio izquierdo, como se recordará, en cualquier caso no se muestra en
ningún caso dispuesto a asumir la responsabilidad, y se considera a sí mismo
como víctima pasiva de lo que no es consciente de haber deseado. Tanto en el
Renacimiento, como en el siglo XIX, cuando el hemisferio derecho estaba en
alza, la muerte era omnipresente en la vida y en la literatura, se hablaba
abiertamente de ella y se la consideraba parte del tejido de la vida misma, en
cuyo reconocimiento solo la vida podía tener sentido. Según el punto de vista
del hemisferio izquierdo, la muerte es el último desafío a su necesidad de
control y, al contrario, le quita el sentido a la vida. Por lo tanto, tendría
que convertirse en un tabú, mientras que, al mismo tiempo, el sexo, cuyo poder,
según el hemisferio derecho, se basa en lo implícito, se volvería explícito y
omnipresente. Habría una preocupación, que podría incluso llegar a ser una obsesión,
con respecto a la certeza y la seguridad, ya que el hemisferio izquierdo es
altamente intolerante a la incertidumbre, y la muerte se convertiría en lo
indecible.
Lo razonable sería reemplazado por la racionalidad, y
tal vez el concepto mismo de lo razonable podría volverse ininteligible. Habría
un completo fracaso del sentido común, ya que es intuitivo y depende de que
ambos hemisferios trabajen juntos. La ira y el comportamiento agresivo se
harían más evidentes en nuestras interacciones sociales, ya que de todos los
estados emocionales, estos son los más característicos del hemisferio
izquierdo, y ya no se verían contrarrestados por las habilidades empáticas del
hemisferio derecho. Uno esperaría una pérdida de discernimiento, junto con una
falta de voluntad para asumir responsabilidades, y esto reforzaría la tendencia
del hemisferio izquierdo a un optimismo quizás peligrosamente injustificado.
Habría un aumento de la intolerancia y la inflexibilidad, una falta de voluntad
para cambiar de rumbo o cambiar de opinión.
El sentido de autonomía está relacionado de manera
compleja con ambos hemisferios, pero depende crucialmente de las contribuciones
del hemisferio derecho.5 Podría observarse algo equivalente a lo que
se denomina "conducta de utilización forzada" en individuos: es
decir, una creciente pasivización y sugestionabilidad ("si está ahí, debo
utilizarlo, hacer algo"). Habría una falta de fuerza de voluntad en el
sentido de autocontrol y automotivación, pero no de voluntad en el sentido de
codicia adquisitiva y deseo de manipular. En relación con la cultura, es de
esperar que la gente se volviera cada vez más pasiva. Se verían a sí mismos
como “exponiéndose” ante la cultura, como una placa fotográfica a la luz, o
incluso pensarían de sí mismos que deben “estar expuestos” a tales
cosas.
Podríamos esperar un aumento en el empeño por llevar a
cabo procedimientos rutinarios, y quizás una mayor eficiencia a la hora de
hacerlo, sin que esto vaya necesariamente acompañado de una comprensión de lo
que significan.
Cabe esperar que haya una cierta animadversión y una
deliberada minusvaloración de la sensación de asombro o de admiración: el mundo
“desencantado” de Weber. La religión parecería ser una mera fantasía. El
hemisferio derecho se siente atraído hacia los ejemplos de las cualidades que
valora, mientras que el hemisferio izquierdo se ve impulsado por un deseo de
poder y control: cabría esperar, por lo tanto, que se desarrollara una
intolerancia y una constante socavación, ironización, o deconstrucción de tales
ejemplos, tanto en la vida como en el arte. El Pathos, el modo
característico del hemisferio derecho, se volvería imposible, quizás
vergonzoso. Se volvería difícil discernir el valor o el sentido de la vida en
sí misma; una sensación de náusea y aburrimiento ante la vida probablemente conduciría
a un ansia de novedad y estimulación.
Las experiencias o cosas que normalmente veríamos como
si tuvieran una evolución natural, orgánica, una estructura fluida, pasarían a
parecer estar compuestas por una sucesión de fotogramas, la suma de una serie
infinita de "piezas". Esto incluiría tanto el paso del tiempo
histórico o cultural, como el tiempo personal, así como las formas que fluyen
orgánicamente, y en última instancia el desarrollo, crecimiento y decadencia de
todas las cosas que están vivas. Esto se corresponde con el fenómeno Zeitraffer. A ello se une la pérdida del sentido de la
singularidad (véase el análisis en el capítulo 2). La repetitividad llevaría a
un exceso de familiaridad a través de una reproducción interminable.
Como cultura, llegaríamos a descartar por completo las
formas tácitas de conocimiento. Habría una notable dificultad para entender el
significado no explícito, y una degradación de la comunicación no verbal y no
explícita. Concomitantemente, se produciría un aumento de la explicitud,
respaldado por un incremento de la legislación, la "red de pequeñas reglas
complejas" de Tocqueville. A medida
que se hiciera menos posible confiar en un sentido de la moralidad compartido e
intuitivo, o en compromisos implícitos entre individuos, tales reglas se
volverían cada vez más gravosas. Habría una pérdida de la tolerancia y de la
apreciación del valor de la ambigüedad. Tenderíamos a ser demasiado explícitos
en el lenguaje que utilizamos para abordar el arte y la religión, lo que iría
acompañado de una pérdida de su poder vital, implícito y metafórico.
Nos convertiríamos, como Descartes, en espectadores
más que en actores, de todas las “comedias” que el mundo despliega. El arte se
convertiría en conceptual, perdiendo la capacidad de suscitar el poder
metafórico de sus cualidades encarnadas. El arte visual carecería de sentido de
profundidad, y las perspectivas distorsionadas o extrañas se convertirían en la
norma. La música se reduciría a poco más que el ritmo; la música culta
intentaría trascenderlo, pero faltaría la armonía y la melodía. La danza se
convertiría en solipsista, más que en comunal. Sobre todo, llegarían a dominar,
las palabras y las ideas. La historia y la tradición cultural, y lo que se
puede aprender del pasado, se descartarían rotundamente como preparación para
la sociedad sistematizada del futuro, construida por la voluntad humana. El cuerpo
pasaría a ser visto como una máquina, y el mundo natural como un conjunto de
recursos para ser explotados. La naturaleza salvaje y virgen, la naturaleza no
gestionada y no sometida a una explotación racional para la ciencia o para la
"industria del ocio", se vería amenazada y, en consecuencia, se
sometería a un control burocrático lo más rápidamente posible. El lenguaje se
volvería difuso, excesivo, carente de referentes concretos, revestido de
abstracciones, sin una percepción global de sus cualidades como metáfora de la
mente. El lenguaje técnico, o el lenguaje de los sistemas burocráticos,
desprovisto de cualquier riqueza de significado, y que sugiere un mundo
mecanicista, se aplicaría cada vez más en todos los ámbitos, e incluso podría
llegar a parecer normal cuando se aplicara a descripciones del mundo humano, y
a los seres humanos, incluso a la mente humana misma.
Así es como se vería el mundo si el emisario traicionara al Maestro. Es
difícil resistirse a la conclusión de que su objetivo está al alcance de la
mano.
¿PODRÍA EL HEMISFERIO IZQUIERDO TENER
ÉXITO SEGÚN SUS PROPIOS CRITERIOS?
Anteriormente me comprometí a examinar los resultados de adoptar la postura
más desvinculada del mundo del hemisferio izquierdo y evaluarlos según
criterios del propio hemisferio izquierdo, no los del derecho, según los
cuales, serían sin duda probablemente más deficientes. ¿Qué le ha pasado al
mundo hasta ahora, y a nosotros mismos, al tratar dicho mundo como un
mecanismo? ¿Sugieren los datos disponibles hasta la fecha que el hemisferio
izquierdo podría lograr su propio objetivo, la maximización de la felicidad?
Seguir el camino del hemisferio izquierdo ya ha implicado la destrucción y el
expolio del mundo natural, y la erosión de culturas ya establecidas, en una
escala en la que apenas necesito hacer hincapié; pero esto se ha justificado en
términos de su utilidad para lograr la felicidad humana. ¿Una mayor capacidad
para controlar y manipular el mundo en nuestro beneficio nos está llevando a
una mayor felicidad? Si no es así, es difícil ver cuál podría ser su
justificación.
Soy consciente de que, si se adopta el punto de vista
del hemisferio izquierdo, lo que estoy a punto de decir será difícil de
aceptar, pero el hecho es que el aumento del bienestar material tiene poco o
nada que ver con la felicidad humana. Obviamente, la pobreza es un mal, y todo
el mundo necesita tener satisfechas sus necesidades materiales básicas y, para
la mayoría de nosotros, incluso algo más que eso. Pero, si la observación y la
experiencia de la vida no son suficientes para convencernos de que, más allá de
eso, hay poca, si es que hay alguna, correlación entre el bienestar material y
la felicidad, los datos objetivos lo demuestran. En los últimos veinticinco
años, los niveles de satisfacción en la vida han disminuido en los Estados
Unidos, un período durante el cual ha habido un enorme aumento de la
prosperidad; e incluso puede haber habido una significativa relación inversa
entre el crecimiento económico y la felicidad de ese país.6 Dado que
las personas que cuentan con un empleo pasan gran parte de su vida en el
trabajo, la calidad de esa experiencia es importante. Según Putnam, en 1955 en
los Estados Unidos, el 44 % de todos los trabajadores disfrutaban de sus horas
de trabajo más que cualquier otra cosa que hicieran; en 1999 sólo el 16 % lo
hacía. Por supuesto, que eso podía deberse a que ahora disfrutamos más fuera
del trabajo, pero claramente no es el caso, ya que los niveles generales de
satisfacción han disminuido. En Gran Bretaña la historia es la misma. Según los
datos de la encuesta Gallup, a lo largo de la década de 1950 los británicos
eran más felices de lo que son hoy, a pesar de que ahora son tres veces más
ricos en términos reales. En 1957, el 52% de la población se consideraba
"muy feliz", frente al 36% actual. La mayoría de los países
estudiados muestran una disminución o por lo menos ningún cambio en el
bienestar a pesar de un aumento en la prosperidad; y no se encuentra ninguna
relación entre la felicidad y el crecimiento económico.7 Los
principales determinantes de felicidad, como cabría esperar, no son de
naturaleza económica. Como señalan dos investigadores del área, con cierta moderación,
dado el enorme aumento de la prosperidad material durante el último medio siglo
para el que existen datos sólidos, "la intrigante falta de una tendencia
al alza en los datos sobre la felicidad merece ser confrontada con los datos economicos''.8
Quizás el ejemplo más notable es el de Japón. En 1958,
Japón era uno de los países más pobres del mundo, comparable con la India y
Brasil en la misma época, con una renta media en términos reales de alrededor
de una octava parte de la que tenían los Estados Unidos en 1991. En los últimos
40 años aproximadamente, Japón ha disfrutado de un aumento asombroso y sin
precedentes de la renta per cápita, de alrededor del 500% en términos reales.
Sin embargo, un hallazgo repetido es que los niveles de felicidad entre los
japoneses no han cambiado en absoluto, y los últimos datos, antes de la actual
crisis económica mundial, mostraban un ligero descenso.9
Los datos más recientes en Europa muestran el mismo
efecto. Las encuestas del denominado Euro-Barómetro
sobre el grado de satisfacción en la vida, que abarcan quince países europeos durante una década hasta el año 2000,
muestran cuatro categorías, en cada una de las cuales la tendencia consensuada es
horizontal o ligeramente negativa.10 La cinta de correr hedonista se asegura de ello: los modernos
consumidores de todo el mundo se encuentran en un "estado permanente de
deseo insatisfecho".11 Como de costumbre, Sam Johnson llegó ahí
un par de siglos antes que la investigación: "La vida es un progreso de
deseo a deseo, no de disfrute a disfrute".12
Geoffrey Miller, psicólogo que se ha especializado en
la investigación de la felicidad, encontró que,
la edad, el
sexo, la raza, los ingresos, la ubicación geográfica, la nacionalidad y el
nivel de educación de una persona sólo tienen correlaciones triviales con la
felicidad, lo que normalmente explica menos del 2% de la variación. Una
excepción importante es que personas que sufren hambre, enfermedad u opresión
en países en desarrollo tienden a ser algo menos felices - pero una vez que
alcanzan un cierto nivel mínimo de ingesta de calorías y de seguridad física,
el incremento adicional de la riqueza material no aumenta mucho su felicidad.13
Incluso en el acaudalado Occidente, la
felicidad alcanza una meseta a partir de una renta nacional media que es
notablemente baja en comparación con las aspiraciones de la mayoría de las
personas, estimado variablemente entre 10.000 y 20.000 dólares al año.14
Entonces, ¿qué factores
influyen en las diferencias en cuanto a la felicidad? "El hallazgo más común tras medio siglo
de investigación sobre los correlatos de la satisfacción en la vida, no sólo en
Estados Unidos sino en todo el mundo", escribe Robert Putnam en Solo en
la bolera, "es que la felicidad se predice mejor por…" -
adivinemos: ¿si no es por la riqueza, entonces por la salud? No, tampoco es
eso, pero si por - “la amplitud y profundidad de las conexiones sociales entre
cada uno de nosotros”.15
Incluso ahora,
las tasas de depresión difieren notablemente entre culturas, probablemente
hasta 12 veces, y tales diferencias en las tasas de depresión parecen estar
relacionadas con el grado de estabilidad e interconexión dentro de una cultura.16 Incluso el hecho de estar desarraigado
de su cultura actual, siempre que se lleve consigo la forma de pensar y de ser
que caracteriza a la cultura social más integrada de la que se procede, no es
tan perturbador para la felicidad y el bienestar como el hecho de formar parte
de una cultura relativamente fragmentada. Por ejemplo, las tasas de trastornos
psicológicos en inmigrantes mexicanos en Estados Unidos comienzan en un nivel
bajo, pero aumentan en proporción al tiempo que pasan en Estados Unidos. La
prevalencia a lo largo de la vida de cualquier trastorno mental en un amplio
estudio, fue del 18 % para inmigrantes mexicanos con menos de trece años en Estados
Unidos, y del 32 % para los que llevan más de trece años, pero solo en el caso
de los nacidos en Estados Unidos se aproximaba, al 49%, o sea a la tasa
nacional para el conjunto de los Estados Unidos.17
En los últimos
años, la urbanización, la globalización y la destrucción de las culturas
locales han provocado un aumento de la prevalencia de enfermedades mentales en
el mundo en vías de desarrollo.18 Un estudio a gran escala que
incluyó datos sobre casi 40.000 personas en América del Norte, Europa
Occidental, Oriente Medio, Asia y la cuenca del Pacífico encontró que la
depresión se experimenta con más frecuencia y a edades más tempranas, con
episodios más graves y más frecuentes, en poblaciones más jóvenes de generación
en generación, y en Estados Unidos se ha duplicado desde la Segunda Guerra
Mundial.19
Como demostración
de la integridad de mente y cuerpo, no es sólo una cuestión de salud mental, se
ha comprobado que lo que se resiente cuando no estamos socialmente integrados
es la salud física. La "conexión social" predice menores tasas de
resfriados, ataques cardíacos, derrames cerebrales, cáncer, depresión y muerte
prematura de todo tipo.20 De
hecho, los efectos positivos de la integración social rivalizan con los efectos
perjudiciales del tabaquismo, la obesidad, la hipertensión y la inactividad
física.21 Según Putnam, "Desde el punto de vista estadístico,
las pruebas de las consecuencias para la salud de las relaciones sociales son
tan sólidas hoy en día como lo fueron las pruebas sobre las consecuencias para
la salud del tabaquismo, en la época del primer informe sobre tabaquismo del
Departamento de Salud Pública".22 El efecto protector comunitario queda
demostrado por el interesante caso de Roseto, una comunidad de inmigrantes
italianos fuertemente unida en Pensilvania, que mantenían sus lazos culturales
en su mayoría tradicionales - tanto los formales de iglesias y clubes, como
informales formando el tejido de la vida cotidiana tradicional italiana. Esta
comunidad atrajo la atención médica en la década de 1940 debido a una extraña anomalía:
había una tasa de infartos de miocardio inferior a la mitad de la media nacional,
a pesar de tener factores de riesgo superiores a la media. Después de
que se descubriera la relación con la conectividad social, se predijo que una
vez que las generaciones más jóvenes se alejaran y "empezaran a rechazar
las costumbres italianas, la tasa de infartos comenzaría a aumentar". En
la década de 1980 esta predicción se había hecho realidad.23
Es inevitable
pensar que el hemisferio derecho comprendería todo esto con facilidad, aunque
el hemisferio izquierdo siga sin entenderlo. La felicidad y la satisfacción son
subproductos de otros aspectos, de un enfoque diferente - no del estrecho enfoque de acumular y
consumir, sino de una atención empática más amplia. Actualmente nos vemos a
nosotros mismos en términos muy mecanicistas, como máquinas que maximizan la
felicidad, y no muy exitosas en ese sentido. Sin embargo, somos capaces de
otros valores, de un altruismo genuino y, en otro momento gódeliano, el Dilema del Prisionero demuestra que el altruismo puede ser,
por cierto, útil y racional. En el mundo real, práctico y cotidiano, lo que he
llamado el "retorno al hemisferio derecho" es de suma importancia.
No subestimo la
importancia de la contribución del hemisferio izquierdo a todo lo que la
humanidad ha logrado, y a todo lo que somos, en el sentido común de la palabra;
de hecho, es porque lo valoro, que digo que tiene que encontrar su lugar
apropiado, a fin de cumplir su papel de importancia crítica. Es un sirviente magnífico,
pero un amo muy deficiente. Del mismo modo que quienes creen que las religiones
están equivocadas, o incluso que han demostrado ser una fuente mayor de daño
que de bienestar, tienen que reconocer que han dado lugar a muchas cosas
valiosas y hermosas, debo dejar claro que incluso la Ilustración, aunque he enfatizado
sus aspectos negativos, dio lugar manifiestamente a muchas cosas de una belleza
y valor perdurables. Más que eso, el hemisferio derecho, aunque no depende del
hemisferio izquierdo de la misma manera que el izquierdo depende del derecho,
sin embargo lo necesita para alcanzar su pleno potencial, en cierto
sentido para llegar a ser plenamente él mismo. En cambio, el hemisferio
izquierdo depende del hemisferio derecho tanto para fundamentar su mundo, en el
extremo "inferior", como para devolverlo a la vida, en el extremo
"superior"; pero parece mantener una actitud de negación sobre esto.
Me he referido al
hecho de que varios pensadores han observado, a menudo con una sensación de
inquietud, que a lo largo de la historia la intuición ha estado perdiendo terreno
a favor de la racionalidad; pero en general su inquietud ha sido atenuada por
la sensación de que esto debía ser por una buena causa. También me he referido
a Panksepp, que postula que el proceso evolutivo implica la desconexión de los
procesos cognitivos de los emocionales. Eso podría parecer cierto, e incluso
confirmado por mi interpretación. Pero la razón por la que esto puede parecer
así es, sugiero, porque ya hemos caído en la propaganda del hemisferio
izquierdo - que lo que él hace es más evolucionado que lo que hace el
hemisferio derecho. Este cambio no tiene que ver con la evolución, ni siquiera
con la emoción frente a la cognición: se trata de dos modos de ser, cada
uno con sus aspectos cognitivos y emocionales, y cada uno operando a un nivel
muy alto. No se trata de algo más evolucionado compitiendo con algo más
primitivo: de hecho, la parte perdedora en esta lucha, el hemisferio derecho,
no sólo está más en contacto con la emoción y el cuerpo (por lo tanto, con las
regiones neurológicamente "inferiores" y más antiguas del sistema
nervioso central), sino que también tiene la representación más sofisticada y
extensa, y muy posiblemente la parte más recientemente evolucionada, en la
corteza prefrontal, la parte más evolucionada del cerebro.
Parece, pues, que, incluso en sus propios términos, el
hemisferio izquierdo está abocado al fracaso. Sin embargo, eso no impedirá que
persista en su camino actual. Y la tarea de oponerse a esta tendencia se ve
dificultada por el hecho de que dos de las principales fuentes de valores no
materialistas, que por lo tanto podrían mantener la resistencia, son ambos
objetivos principales del proceso que el hemisferio izquierdo ha puesto en
marcha. Ya no tenemos una tradición consistente y coherente cultural, que podría
haber transmitido, de forma encarnada e intuitiva, los frutos de la experiencia
de nuestros antepasados, lo que solía formar la sabiduría comunal - quizás
incluso el sentido común, a la que se oponen implacablemente el modernismo y el
posmodernismo. El pasado histórico está continuamente bajo la amenaza de
convertirse en poco más que un museo patrimonial, reconstruido según los
estereotipos del hemisferio izquierdo. Y el mundo natural que solía ser otra
fuente de contacto con algo que aún quedaba fuera del ámbito de lo
autoconstruido, está en retirada, y en cualquier caso mucha gente lleva una
vida casi completamente alejada de contacto con él.
INTENTOS DEL
HEMISFERIO IZQUIERDO DE BLOQUEAR LA SALIDA DE SU SALA DE LOS ESPEJOS
No obstante, el
hemisferio izquierdo está sujeto a su paranoia. Como las superficies de su
mundo son internamente reflexivas o autorreflexivas, hay puntos de debilidad,
posibles vías de escape de la sala de los espejos, que el hemisferio izquierdo
teme no poder dominar nunca por completo. Estos puntos débiles en su sistema
cerrado, en sí mismos son tres aspectos muy importantes de la existencia humana
e indisolublemente interconectados: el cuerpo, el alma y el arte (que se basa
en la unión del cuerpo y el alma). Aunque el hemisferio izquierdo desempeña un
papel en la realización de cada uno de estos ámbitos de experiencia, el
hemisferio derecho desempeña el papel de base crucial en cada uno de ellos: el
cuerpo "vivido", el sentido espiritual y la experiencia de resonancia
emocional y apreciación estética están mediados principalmente por el
hemisferio derecho. Además, cada uno de ellos tiene una inmediatez que pasa por
encima de lo racional y lo explícito del lenguaje y, por lo tanto, conduce
directamente a un territorio potencialmente fuera de la esfera de control del
hemisferio izquierdo. Por lo tanto, estas áreas presentan un serio desafío a su
dominio, y han evocado una respuesta decidida del hemisferio izquierdo en
nuestro tiempo.
EL CUERPO
Aunque pueda parecer que sobrevaloramos el cuerpo y la existencia física en
general, esto no es lo que se deduce de nuestra preocupación actual por el
ejercicio, la salud y la dieta, por llevar un "estilo de vida"
concreto, a pesar de que todo esto se refiera al cuerpo y a sus necesidades y
deseos. Tampoco se deduce del hecho de que el cuerpo nunca haya estado tan exhibido,
ya fuese en el mundo real o en el ciberespacio. El cuerpo se ha convertido en
una cosa, en algo que poseemos, un mecanismo, aunque sea un mecanismo para
divertirse, un poco como un coche deportivo con un equipo de sonido
inteligente. Esta visión mecanicista procede de una concepción científica del
mundo del siglo XIX, que ha perdurado mucho más en la biología y en las biociencias
que en la física. El cuerpo se ha convertido en un objeto en el mundo como
otros objetos, como temía Merleau-Ponty. El mundo del hemisferio izquierdo es,
en última instancia, narcisista, en el sentido de que ve al mundo ''ahí fuera''
como un mero reflejo de sí mismo: el cuerpo se convierte solo en lo primero que
vemos ahí fuera, y nos sentimos impulsados a moldearlo según nuestro sentido de
cómo "debería" ser.
En su libro, apenas conocido, Symbol and metaphor
in human experience (“Símbolos y metáforas de la experiencia humana”),
Martin Foss, escribe:
El cuerpo no
es tanto un obstáculo para la vida, sino un instrumento para la vida, o, como bien
dijo Aristóteles, un potencial para el alma.... aunque, de hecho, la vida y el
alma son más que el cuerpo y sus funciones. El alma trasciende al cuerpo y hace
que uno se olvide incluso del cuerpo. El sentido del cuerpo es el de ser
trascendido y olvidado en la vida a la que pertenece. La característica más
esencial del cuerpo es que desaparece como ente
independiente cuanto más cumple su
servicio, y que solo nos damos cuenta del cuerpo como tal, si algo va mal, si
alguna parte no funciona, es decir, en la enfermedad o en el cansancio.24
En
esto el cuerpo es como una obra de arte. Del mismo modo que Merleau-Ponty dice
que no vemos las obras de arte, sino que vemos a través de ellas, de
modo que aunque sean vitales para lo que vemos, es igualmente vital que se
vuelvan transparentes en el proceso, así vivimos en el mundo a través del
cuerpo, que también necesita ser transparente, si ha de permitirnos estar
plenamente vivos. Merleau-Ponty llamó a esto la necesaria transparencia de la
carne. La tendencia actual a que el cuerpo permanezca opaco, en la explicitud
de la pornografía, por ejemplo, pretende despojar al sexo de gran parte de su
poder, y es interesante que la pornografía en el sentido moderno, comenzara en
la Ilustración, parte de su infeliz búsqueda de la felicidad, y de su demasiado
fácil equiparación de felicidad con placer. Como la mayoría de las respuestas
al aburrimiento, la pornografía se caracteriza por el aburrimiento que pretende
disipar: ambos son el resultado de una determinada forma de ver el mundo.
Sin duda, una
mayor apertura ha aportado sus beneficios, y la ciencia mecanicista claramente también,
y no hay que subestimarlas. Pero han erosionado, junto con muchas otras cosas,
el poder del cuerpo en nuestras vidas, reduciéndolo a una máquina. Tal tendencia
a ver el cuerpo como un ensamblaje de partes, o la enfermedad como una serie de
problemas particulares, sin referencia a la totalidad (incluyendo a menudo
cuestiones emocionales, psicológicas y espirituales de vital importancia),
limita la eficacia de gran parte de la medicina occidental, y lleva a las personas
a buscar tratamientos alternativos que podrían ser menos eficaces en otros
aspectos. Es significativo que la visión materialista científica
"normal" del cuerpo es similar a la que se encuentra en la
esquizofrenia. Los sujetos esquizofrénicos habitualmente se ven a sí mismos
como máquinas - a menudo robots, computadoras o cámaras - y a veces afirman que
partes de ellos han sido reemplazadas por componentes metálicos o electrónicos.
Esto está relacionado con la falta de transparencia del cuerpo. No se aprecia ningún
espíritu ahí: "Cuerpo y alma no van de la mano- no hay unidad'', como dice
un paciente elocuentemente. Esto hace que el cuerpo se convierta en
"mera" materia. Como resultado, otros seres humanos, también, parecen
no más que cosas, cuerpos que caminan. Otro paciente descrito por R. D. Laing
"percibía las acciones de su esposa - una mujer vivaz y animada - como las
de una especie de robot, un "ello" desprovisto de vida interior. Si
le contaba un chiste a su esposa y ella ("ello") se reía, este no
mostraba ningún sentimiento real, sino sólo su naturaleza ‘condicionada’ o
mecánica''.25 Es difícil no
pensar en Descartes, mirando desde su ventana al mundo, y viendo no a personas,
sino a máquinas andantes.
En mi opinión, ha
habido una tendencia a descartar y marginar la importancia de nuestra
naturaleza encarnada, como si fuera algo incidental en nosotros, en lugar de
ser esencial para nosotros: para nuestro propio pensamiento, por no hablar de nuestro
sentimiento, y que están ligados a nuestra naturaleza encarnada, así debe ser,
y esto debe ser reconocido.26
Y lo mismo ocurre a la inversa: que el mundo material no es totalmente
distinto de la conciencia en algún sentido que sigue siendo difícil de
dilucidar.
Todo lo que tiene
que ver con el cuerpo, que en términos neuropsicológicos está más estrechamente
relacionado y mediado por el hemisferio derecho que por el izquierdo, lo
convierte en un enemigo natural del hemisferio izquierdo, el hemisferio de la
re-presentación ideal más que de la realidad corpórea, del racionalismo más que
de la intuición, de la explicitación más que de lo implícito, de lo estático
más que de lo que está en movimiento, de lo que es fijo más que de lo que
cambia. El hemisferio izquierdo prefiere lo que él mismo ha hecho, y el último
desaire a eso es el cuerpo. Es la demostración definitiva de la recalcitrancia
de la realidad, de que no está sujeta a nuestro control. El optimismo del
hemisferio izquierdo se opone a reconocer la inevitable transitoriedad del
cuerpo y de su mensaje de que somos mortales. El cuerpo es complicado,
impreciso, limitado - por lo tanto, un objeto de desprecio, para el cargante y
abstraído hemisferio izquierdo, con sus fantasías de omnipotencia humana. Como
ha argumentado Alain Corbin, nos hemos vuelto más cerebrales, y nos hemos apartado
cada vez más de los sentidos - especialmente del olfato, del tacto y del gusto
- como si el cuerpo nos repeliera; y la vista, el más frío de los sentidos, y
el más capaz de desapegarse, ha llegado a dominar todo.27
El asalto del hemisferio izquierdo a nuestra
naturaleza encarnada no es sólo un asalto a nuestros cuerpos, sino a la
naturaleza encarnada del mundo que nos rodea. La materia es lo que es
recalcitrante a la voluntad. Se ha perdido en gran parte en la cultura
dominante la idea de que el mundo "material" no es sólo un montón de
recursos, sino que se extiende a todo el ámbito de los valores, incluido el
espiritual, que a través de nuestra naturaleza encarnada podemos estar en
comunión con él, y que hay respuestas y responsabilidades que deben ser
respetadas. Afortunadamente, mucha gente todavía se preocupa por el mundo
natural, y sin duda habría protestas si los parques nacionales fueran objeto de
industrialización; pero incluso en este caso me temo que gran parte del debate
sería en términos reduccionistas - los del "medio ambiente" - y los argumentos, si tuvieran algún peso, tendrían
que formularse en términos de puestos de trabajo salvados o de beneficios
"recreativos" (siendo el beneficio principalmente económico), o apelar a la “biodiversidad”, o a la
“viabilidad de la biomasa”. El mundo natural ha sido mercantilizado, al igual
que el arte.
EL ESPÍRITU
El ataque del hemisferio izquierdo contra la religión ya estaba en marcha
en la época de la Reforma, y fue llevado aún más lejos por la Ilustración. Es
cierto que con el auge del Romanticismo hubo, como era de esperar, un desplazamiento
del equilibrio hacia el hemisferio derecho, con un crecimiento del sentimiento
religioso y del sentido de lo trascendental. El Romanticismo fue en sí mismo
una reafirmación de la importancia de lo trascendental; afirmando, no tanto la
religión, como el sentido de lo sagrado, en lo que se considera más bien como una
forma de panenteísmo (en contraste con el panteísmo, que equipara a Dios con la
suma de las cosas, el panenteísmo ve a Dios en todas las cosas).28 Pero en Occidente la religión perdió fuerza
en el siglo XX, marchitándose bajo los avances del capitalismo, lo mismo que se
anunciaba que haría el Estado durante el marxismo. Sin embargo, en la Rusia de
principios del siglo XX, todavía seguía siendo un poder activo que suscitaba
reacciones desmesuradas. Cuando los estalinistas reemplazaron la catedral de Nuestra Señora de Kazán en Moscú por
unos retretes públicos, el hemisferio izquierdo (nunca sutil cuando se trata de
pensamiento metafórico) se orinó en la religión, como ya se había orinado en el
arte cuando Marcel Duchamp expuso su notorio urinario (curiosamente uno de los
cargos contra el puritano Cromwell fue que sus tropas usaron edificios
religiosos como retretes). La persistencia de esta metáfora del hemisferio
izquierdo, tal cual, de la orina y las heces en el arte moderno sería notable,
si no se supiera que el hemisferio izquierdo carece de sutileza metafórica y es
muy convencional.29
Cuando decidimos no adorar a una divinidad, no dejamos
de adorar algo: simplemente encontramos otra cosa menos digna de adoración.
Como lo expresó Nietzsche:
Finalmente ¿no tuvimos que sacrificar todo lo
reconfortante, sagrado, curativo, toda esperanza, toda fe oculta en la armonía,
en una dicha y justicia futuras? ¿No había que sacrificar a Dios mismo y por
crueldad contra uno mismo, adorar la piedra, la estupidez, la gravedad, el destino,
la nada? Sacrificar a Dios por la nada - este paradójico misterio del acto
último de crueldad estaba reservado a la generación que está surgiendo ahora
mismo: todos sabemos ya algo de ello.30
En
mi opinión, la Iglesia Occidental ha contribuido activamente en socavarse a sí
misma. Ya no tiene confianza para atenerse a sus valores, y se ha unido al coro
de voces que atribuyen respuestas materiales a los problemas espirituales. Al
mismo tiempo, el movimiento de reforma litúrgico, convencido como siempre de
que las verdades religiosas pueden enunciarse literalmente, ha erosionado en
gran medida y, en algunos casos, ha destruido completamente el poder del
lenguaje metafórico y de los rituales para transmitir lo numinoso. Mientras
tanto ha habido, como era de esperar, un movimiento paralelo hacia la posible
rehabilitación de prácticas religiosas como una utilidad. Así, 15
minutos de meditación Zen al día pueden hacer de usted un agente de bolsa más
eficaz o mejorar su presión arterial, o reducir su colesterol.
He intentado
transmitir en este libro que necesitamos la metáfora o el mythos para
entender el mundo. Tales mitos o metáforas no son lujos prescindibles, ni
"extras opcionales", y menos aún medios de ofuscación: son
fundamentales y esenciales para el proceso. No se nos da la opción de no elegir
uno, y el mito que nosotros elijamos es importante: ya que en ausencia de algún
otro mejor, retornamos a la metáfora o mito de la máquina. Pero no creo, que
podamos llegar muy lejos en la comprensión del mundo, o en la adopción de
valores que nos ayuden a vivir bien en él, si lo equiparamos con la bicicleta
del garaje. La tradición Occidental de 2.000 años de antigüedad, la del cristianismo,
proporciona, se crea o no en ella, un mythos excepcionalmente rico - un
término que utilizo en su sentido técnico, sin juzgar aquí su verdad o no -
para comprender el mundo y nuestra relación con él. Concibe un Otro divino que
no es indiferente ni ajeno - como el Dios de James Joyce refinado y ajeno a la
existencia, "recortándose sus
uñas" - sino que, por el contrario, está comprometido, es
vulnerable debido a ese compromiso y, como el hemisferio derecho en lugar del
izquierdo, no está resentido (como a menudo parecía el Yahvé del Antiguo
Testamento) por las caídas fáusticas de su creación, sino que sufre junto a
ella. En el centro de este mythos están las imágenes de la encarnación,
la unión de la materia y el espíritu, y de la resurrección, la redención de esa
relación, así como de un Dios que se somete a sufrir por ese proceso. Pero
cualquier mythos que nos permita
acercarnos a un Otro espiritual, y nos dé algo más que valores materiales por
los que vivir, es más valioso que uno que descarte la posibilidad de su
existencia.
En una época en la que la religión convencional no atrae a muchos, puede
que sea a través del arte como se transmitan los significados trascendentales.
Creo que el arte juega un papel inestimable en la transmisión de significados
espirituales. Schumann dijo una vez del preludio de la coral de Bach, Ich ruf' zu dir, - la pieza escogida
por Andréi Tarkovsky para abrir su extraordinaria exploración poética de la
relación entre la mente y el mundo encarnado, en Solaris - que si un hombre hubiera perdido toda su fe, bastaría con
escuchar este preludio para recuperar dicha fe. Ya sea que lo pongamos en esos
términos o no, no hay duda de que aquí, como en las grandes Pasiones de Bach, se está comunicando
algo poderoso que es de naturaleza espiritual, no sólo emocional. Algo similar
podría decirse de la extraordinaria representación de Cristo y su madre en la
antigua iglesia de San Salvador en
Khora en Estambul. (lamina 3)
Lamina-3. Cristo y su madre, Iglesia de San
salvador de Cora
EL ARTE
Aquí debo hablar por mí mismo, ya que estas cuestiones no son sino
personales. Cuando pienso en esas obras de arte, y las comparo con La cama deshecha de Tracey Emin, o
incluso, me temo, con cualquier otro ejemplo de arte postmoderno, así como
cuando pienso en Bach y lo comparo con Stockhausen, creo que hemos perdido no
sólo el norte, sino el sentido de lo absurdo.31
Nos quedamos de pie o sentados, contemplando solemnemente la genialidad de
la obra de arte, como los burgueses pasivos y bien educados que somos, cuando
deberíamos estar poniendo en evidencia la farsa de alguien. Mi predicción es
que nuestra época será vista en retrospectiva con cierta diversión, como una
época notable no sólo por su cinismo, sino por su credulidad. Ambas condiciones
no están tan separadas como parece.
Me parece que el hemisferio izquierdo, tras mecanizar
el cuerpo e ironizar sobre el alma, se ha propuesto neutralizar o castrar el
poder del arte. Como propuse en el anterior capítulo, hay pocas evidencias de
que los gustos artísticos sean construcciones puramente sociales. Aunque
difícilmente se puede esperar una aceptación universal y sin crítica de todas
las innovaciones, hasta la llegada del modernismo no era habitual que la gente
encontrara los nuevos estilos musicales desagradables o incomprensibles. Los
primeros oyentes de las grandes obras corales de Monteverdi se quedaban embelesados;
Handel tuvo que mantener en secreto el lugar del ensayo de sus himnos de
coronación debido al temor de que demasiada gente quisiera asistir, con la
consiguiente amenaza para el orden público. Liszt y Chopin eran aclamados, más
como ídolos del pop actual, que como a sus sucesores en la música artística
contemporánea. La música ha sido realmente castrada.
¿Y qué hay de la gran música del pasado? Ésta no puede
abolirse fácilmente, y el empuje del hemisferio izquierdo para impedir la creación
de nuevas músicas podría verse socavado por el puro poder de dicha música para
convencernos de que hay algo más allá del espacio cerrado y auto inventado del
mundo del hemisferio izquierdo. Pero no hay que preocuparse. Aquí la
mercantilización del arte que predijo Adorno ha continuado a buen ritmo,
domesticándolo y trivializándolo, y convirtiéndolo en una mera utilidad para la
relajación o la superación personal.32
Es extraño lo que ha sucedido con la belleza. La
belleza no es sólo aquello que por convención decidamos llamar así, ni tampoco desaparece
si la ignoramos. No podemos rehacer nuestros valores a voluntad. Por supuesto, que
puede haber cambios en las teorías sobre el arte, pero eso es distinto de la
belleza en sí misma, y no podemos deshacernos del valor de la belleza por una
decisión teórica. En esto, la belleza es como otros ideales trascendentales,
como el bien. Las sociedades pueden discutir lo que se considera como bueno,
pero no pueden eliminar el concepto. Es más, el concepto permanece notablemente
estable a lo largo del tiempo. Lo que se considera que es bueno puede variar en
ciertos límites, pero el núcleo permanece inalterado. Del mismo modo, lo que se
ha considerado bello puede variar algo con el tiempo, pero los conceptos
básicos de la belleza permanecen, por eso no tenemos ninguna dificultad en
apreciar la belleza del arte medieval o el arte antiguo a pesar del paso de los
siglos. La teoría del arte puede declarar la muerte de la belleza, pero al
hacerlo revive el recuerdo del rey Canuto.
Sin embargo, en la práctica, la belleza ha sido
eliminada de la historia del arte, como si fuera un personaje público que ha
caído en desgracia en un régimen brutal. La belleza rara vez se menciona en las
críticas de arte contemporáneo: en un reflejo de los valores del hemisferio
izquierdo, una obra de arte es ahora convencionalmente alabada como "potente" o "desafiante",
siguiendo la retórica del poder, la única retórica que ahora se nos permite en
nuestras relaciones con el mundo y entre nosotros. Resulta poco sofisticado
hablar de belleza - o de pathos, el cual se basa en la creencia de que
existe una realidad de la que, por dolorosa e incomprensible que sea, no
podemos aislarnos. El pathos, que en
el modernismo fue reemplazado por la angustia, se convierte en el
posmodernismo en una simple broma. En su lugar hay una especie de burla irónica,
o "jocosidad" – con la salvedad de que sugiere una especie de
inocencia y diversión que son totalmente inapropiadas en el contexto. Una vez
más me vienen a la mente las palabras de Nietzsche, en este caso sus últimas
reflexiones de su primera obra maestra, El
Nacimiento de la Tragedia:
aquello que dio
lugar a la muerte de la tragedia - el socratismo en la ética, la dialéctica, la suficiencia y jovialidad del hombre
teórico - ¿no podría ser este
mismo socratismo un signo de decadencia, de agotamiento, de enfermedad, de
disolución anárquica de los instintos? Y el "alborozo griego" del helenismo
posterior ¿no podría ser simplemente el reflejo rojo en el cielo del ocaso? La
voluntad Epicúrea de oponerse al pesimismo ¿no podría ser mera prudencia por
parte de alguien que está enfermo? Y la ciencia misma, nuestra ciencia...
¿acaso el método científico no es más que el miedo y la huida del pesimismo?
¿Una sutil defensa contra – la verdad? O, para ponerlo en términos morales, ¿algo parecido a la cobardía y a
la insinceridad? 33
Un
arte meramente intelectualizado, concebido conscientemente es propio de la
época, porque es fácil y, por tanto, democrático. Se puede hacer de forma caprichosa,
sin la larga experiencia del aprendizaje que conduce al talento, y sin la
necesidad de la intuición, ambos en parte dones, y por tanto impredecibles y
antidemocráticos. En el arte, como en otros ámbitos de la cultura al talento se
le ha quitado importancia. La naturaleza atomística de nuestra individualidad
se pone de manifiesto en la irónica ambición de Warhol de que cualquier persona
sea "famosa durante quince minutos". Todos tenemos que ser tan
creativos como los demás: aceptar que algunas personas siempre serán
excepcionales nos resulta incómodo. En lugar de ver el gran arte como una
indicación de lo que la humanidad puede lograr, se acaba viendo como una
expresión de lo que otro ser ha logrado, un competidor potencial. Pero una
sociedad es, o debería ser, una unidad orgánica, no un ensamblaje de elementos
que luchan entre sí. Es como si cada órgano del cuerpo quisiera ser la cabeza.
Yo vería interesantes
paralelismos con la Reforma, que fue la última vez que hubo un asalto
importante al arte, aunque entonces su objetivo era algo diferente: no era “la
belleza”, sino “lo sagrado''. Hay, creo, paralelismos que merecen ser
explorados entre la Reforma y la insistencia modernista en que el arte sea
"desafiante". Ese fue el argumento para defender la nueva religión,
que la gente se había vuelto complaciente y acomodada a las viejas costumbres.
Los reformadores suprimieron los cimientos del culto religioso, como eran las metáforas,
los rituales, música y obras de arte, y las reemplazaron con ideas, teorías y
declaraciones. Pero la complacencia y la falta de autenticidad nunca estuvieron
lejos, y la Iglesia pronto volvió a estar abierta al abuso como vehículo de
riqueza y estatus. El problema, como Lutero se dio cuenta, no estaba en las
estatuas, en los iconos y los rituales en sí mismos, sino en la forma en que se
entendían. Habían perdido su transparencia como metáforas, que siempre están
encarnadas y que por tanto hay que dejar que actúen sobre nosotros
intuitivamente - ni sólo como cosas materiales ni solo como algo inmaterial,
sino como puentes entre ambos reinos. Sin embargo, fueron destruidas y
barridas, en la creencia equivocada de que el sentido religioso no tenía nada
que ver con el ámbito material.
También el arte puede
ser objeto de diversos abusos - puede volverse fácilmente simplista, demasiado complaciente,
o utilizarse para indicar riqueza o estatus - y por lo tanto, volverse
inauténtico. Y así nos encontramos inmersos en la desaparición de las obras de
arte encarnadas: la metáfora y el mito han sido reemplazados por lo simbólico,
o peor aún, por un concepto. Tenemos un arte de ideas, teorías y declaraciones
- o de vacíos resonantes que nos invita a llenar con nuestros propios
significados. Y la creencia de que el poder del arte puede residir en una
teoría sobre el arte, o en una declaración sobre el arte de cualquier tipo - ya
sea una protesta contra la mercantilización del arte o incluso una declaración
de que el arte no puede hacer declaraciones - no hace nada para salvar la
situación, sino que la agrava, y contribuye a la desaparición del arte. Después
de todo, el nuevo arte es tan capaz como el antiguo arte de ser simplista,
demasiado complaciente, o un indicador de riqueza o estatus.
En la Reforma, si
bien el ataque fue contra el concepto mismo de lo sagrado, cabe destacar que no
necesitó atacar directamente a lo sagrado. Se contentó con atacar aquello que
la cultura había convenido en considerar sagrado: santuarios, iconos, estatuas
- incluso se prescindió de la mayoría de los santos (die Heiligen, la santidad). La insistencia democrática de que el
culto no tenía nada que ver con el lugar, ya que la religión está en cualquier
lugar y en todas partes, siempre y cuando esté en la experiencia subjetiva del
practicante, golpeó la raíz de lo sagrado: los reformadores ni siquiera
necesitaban decir que, "todo y en todas partes es igualmente sagrado"
(lo que habría tenido el mismo efecto - que, por tanto, nada es especialmente
sagrado). No tuvieron que decirlo porque, tal fue su éxito, que los propios
términos ya lo habían superado. La población ya no creía en lo sagrado en general:
eso era para los necios y los viejos, para los que no habían oído, o no podían
oír, las buenas nuevas.
Lo mismo ocurre ahora
con nosotros. El arte del pasado está "encasillado", ironizado o
convertido en algo absurdamente incongruente. Y si el arte puede estar en
cualquier lugar o en cualquier cosa - literalmente en un montón de basura - tal
vez, esto apunta a abolir lo bello, sin necesidad de decir "todo y en todas partes es igualmente
bello".
He hablado aquí
como si lo bello estuviera confinado al arte, pero por supuesto está presente
en cada uno de los reinos que el hemisferio izquierdo desea neutralizar:
también está en el reino del cuerpo, y del espíritu, así como en la naturaleza,
y en cualquier cultura viva. Nuestra relación con lo bello es diferente de
nuestra relación con las cosas que deseamos. El deseo es unidireccional,
intencional y, en última instancia, acaparador. En el caso especial de los
seres vivos, el deseo puede ser mutuo, por supuesto, así que cuando digo
"unidireccional" no quiero decir, obviamente, que no pueda ser
correspondido. Quiero decir que es un movimiento hacia un objetivo, como una
flecha que sale de un arco. Cuando se da la situación recíproca, hay dos líneas
de flujo unidireccionales, en direcciones opuestas, como flechas que atraviesan
el aire. Nuestra relación con lo bello es diferente. Es más bien un anhelo, o
un amor, una entreidad, un proceso reverberante entre lo bello y nosotros
mismos, que no tiene ningún propósito ulterior, ningún objetivo a la vista, y
no es acaparador. La belleza se distingue así del placer erótico o de cualquier
otro interés que podamos tener en un objeto. Esto es seguramente a lo que
Leibniz se refería, al afirmar que la belleza es un "amor desinteresado".34
De hecho, esta idea es tan central que uno la encuentra también en Kant, que
hablaba de la belleza como un "placer desinteresado",35 y
en Burke, que la veía como una forma de "amor [que es] diferente del
deseo".36
Lo que en última
instancia une a estas tres vías para escapar del mundo del hemisferio izquierdo
contra las que este ha atacado en nuestro tiempo - el cuerpo, el espíritu y el
arte - es que todos ellos son vehículos del amor. Quizás la experiencia más
común de un poder claramente trascendente en la vida de la mayoría de las
personas es el poder de eros, pero
también se puede experimentar el amor a través del arte o de la espiritualidad.
En última instancia, estos tres elementos son aspectos del mismo fenómeno: ya que
el amor es el poder de atracción del Otro, que el hemisferio derecho
experimenta, pero que el hemisferio izquierdo no entiende y ve como un
impedimento a su autoridad.
A través de estos asaltos del hemisferio izquierdo al
cuerpo, la espiritualidad y el arte, esencialmente burlándose, descartando o
desmantelando lo que no entiende y no puede usar, corremos el riesgo de quedar
atrapados en el mundo del yo-ello, quedando progresivamente bloqueadas todas
las salidas por las que podríamos redescubrir el mundo del yo-tu.
¿HAY LUGAR PARA LA ESPERANZA?
Mi planteamiento puede parecer pesimista. No obstante, creo que hay motivos
para la esperanza. Como será obvio, creo que necesitamos, por una parte, dejar
atrás urgentemente nuestras limitadoras ideas preconcebidas sobre la naturaleza
de la existencia física, la vida espiritual y el arte, y hay algunos indicios
de que esto puede estar sucediendo. El arte y la religión no deberían formar
parte de la traición.
Otra razón para la esperanza radica en el hecho de
que, por mucho que el hemisferio izquierdo vea el progreso como una línea
recta, rara vez lo es en el mundo real. La propia circularidad de las cosas tal
y como son realmente, más que como las concibe el hemisferio izquierdo, podría
ser un motivo de esperanza.
Progresión lineal frente a circular
Al final de la Parte I, hablé de la progresión del hemisferio izquierdo como
la de un sonámbulo, siempre avanzando en la misma dirección, "deambulando
hacia el abismo''. La tendencia a seguir avanzando, inflexiblemente, siempre en
la misma dirección, puede tener que ver con un rasgo sutil de la
"configuración" del mundo vista por el hemisferio izquierdo, en
comparación con la experimentada por el hemisferio derecho. A menudo se ha
dicho que el hemisferio izquierdo es el hemisferio del "procesamiento
lineal"; su estilo cognitivo es secuencial, de ahí su propensión al
análisis lineal, o a la construcción mecánica, desmontando las partes o
juntándolas, una por una. Esto está en consonancia con su mundo fenomenológico
basado en obtener, en la utilidad -teniendo siempre un fin a la vista: es la mano
derecha que se dirige hacia su objeto, o la flecha que sale disparada del arco.
Su progreso es unidireccional, siempre hacia adelante y hacia afuera, a través
de un espacio newtoniano rectilíneo, hacia su meta.
Esto, por cierto,
está en consonancia con su visión mecanicista de los organismos vivos, y no
simplemente porque las máquinas tiendan a ser rectilíneas, mientras que los
seres vivos no lo son. Pensemos en algo tan básico como el condicionamiento
clásico, por el cual un estímulo (que suene una campana, previamente asociada
al suministro de alimento) produce una "respuesta condicionada" en el
perro de Pávlov (salivación). Esto es considerado como un proceso lineal, la
flecha alcanzando su objetivo. Así, el perro se reduce a una máquina. Pero una
forma ligeramente diferente de considerar esto sería que hay un contexto para
todo, siendo el contexto un concepto circular, concéntrico, en lugar de uno
lineal. Si imaginamos al perro de Pávlov, en un experimento diferente, que
consistiera en hacer sonar la campana repetidas veces después de haber empezado
a comer, en lugar de justo antes de que reciba la comida, habría que decir que,
si el perro oyera la campana en ausencia de comida, establecería la asociación
(un mini-contexto) en la que estos dos eventos tienden a coincidir. Tendría las
mismas razones para empezar a salivar cuando escuchara la campana, pero al
hacerlo parecería menos mecánico, menos como si su comportamiento fuera causado
por la campana. El perro se reduce a un mecanismo por la secuenciación
temporal, parte esencial del concepto de causalidad, y por descartar el
contexto para centrarse en la secuencia. Imaginemos el efecto que produce el
olor del alcohol para un alcohólico. ¿El olor hace que el alcohólico beba - o se
dan un conjunto de asociaciones, un contexto envolvente, en el cual el deseo y
la ingesta de alcohol forman parte? El perro también aprecia asociaciones o
contextos (una función del hemisferio derecho), no sólo actúa como una máquina
del hemisferio izquierdo: sabemos, por ejemplo, que el sonido de la voz de su dueño
evoca en el perro una imagen del rostro del dueño, no porque la voz
"cause" la imagen del rostro, sino porque ambas son parte de una
experiencia integral.37 Tal vez toda causa y efecto podría
considerarse de este modo. Un bate que golpea una pelota hace que ésta salga disparada
de repente a gran velocidad en cierta dirección. Pero igualmente la pelota que
sale volando de repente a gran velocidad en una cierta dirección necesita que
el bate la golpee de cierta manera. Se podría decir que el bate y la pelota
tienen una especie de adhesividad, una tendencia a que sus movimientos concurran
en un cierto tipo de contexto.
Sea como fuere, al
hemisferio izquierdo le gustan las líneas rectas, no las curvas ni los
círculos. Solo puede aproximarse a una curva, no importa cuán cerca, mediante
el recurso de trazar cada vez más tangentes. No hay líneas rectas en el mundo
natural. Todo lo que existe realmente sigue una serie de formas curvas a las
que las elaboraciones de la lógica de la mente humana sólo pueden aproximarse
tangencialmente - el flujo, una vez más, reducido a una serie de puntos.
Leonard Shlain ha señalado que la única línea aparentemente recta en el mundo
natural es la del horizonte; que por supuesto también resulta ser una sección
de una curva.38 Incluso el espacio, resulta ser curvo. La
rectilineidad, como Ruskin había demostrado de forma similar con la claridad,
es ilusoria, y sólo puede ser aproximativa, como en la claridad, estrechando la
amplitud, y limitando la profundidad, del campo perceptivo. Las líneas rectas
prevalecen dondequiera que predomine el hemisferio izquierdo, en el Imperio
Romano tardío (cuyas ciudades y carreteras estaban trazadas en cuadrículas), en
el Clasicismo (en contraste con el Barroco, que había celebrado las curvas en
todas partes), en la Revolución Industrial (el énfasis victoriano en el
ornamento y el goticismo es una pretensión nostálgica, en última instancia
fútil ocasionada por la brutalidad
funcional y la invariabilidad de las producciones rectilíneas de las máquinas)
y en el entorno cuadriculado de la ciudad moderna, en donde esa pretensión ha
sido abandonada.
Por el contrario,
la forma que sugiere el procesamiento del hemisferio derecho es la del círculo,
y su movimiento es característicamente "redondeado", que es la
expresión que usamos para describir algo que se ve como un todo, y en
profundidad. El movimiento circular da cabida al encuentro de opuestos como no
lo hace el movimiento rectilíneo. La cognición en el hemisferio derecho no es
un proceso en el que algo llega a ser, mediante la adicción de una pieza tras
otra en una secuencia, sino que algo que estaba fuera de foco, llega a ser
enfocado como un todo. Todo es entendido dentro de su penumbra de significados,
en su contexto – a través de todo lo que lo rodea. Hay fuertes afinidades entre
la idea de la totalidad y de redondez. El movimiento del hemisferio derecho no
es el gesto unidireccional e instrumental de agarrar algo, sino el movimiento
musical de la danza, integral, generativo socialmente, que nunca va en línea
recta hacia algo, y que siempre regresa finalmente a sus orígenes. En las
comedias de Shakespeare, los valores de la comunidad - una comunidad que
preexiste y que perdura y que sirve para fundamentar y contextualizar, la vida
individual - se celebran a menudo al final de la obra con una danza en círculo.
Mientras que la melancolía de Jaques en, Como gustéis, acentúa la tragedia de la vida individual, que prosigue
inevitablemente su camino a través de las siete edades del hombre hasta quedar
finalmente "sin nada",
en donde los demás personajes intentan burlonamente ayudarle a ver más allá de
esto, hacia la imagen más amplia que sugiere que la parte, cuya trayectoria es
lineal, se incorpora en el todo, cuyo camino es circular.
Las imágenes del
movimiento dentro de la estasis, y de la estasis dentro del movimiento, se
reflejan en el círculo, como el movimiento del agua, siempre fluyendo, y siempre
el mismo; y en las estrellas que giran y siempre retornan. Dante ve este
movimiento como el resultado del efecto gravitatorio del amor, el amor
"que mueve al sol y a las otras estrellas". Para Shakespeare este
movimiento es también el movimiento de la vida humana - "nuestra pequeña
vida se redondea en un sueño". Sir Walter Raleigh declara que su amor
ocupa una posición en su mente, "correspondiente al centro de un perfait
rovnde, circulo perfecto".39 Para Donne, su amor por su
amante significa que cuando está lejos de ella se mueve de modo que siempre
esté en conjunción con ella, nunca más distante, sino como la aguja de la
brújula que da vueltas alrededor de su punto central. Para Donne,
el amor de Dios, también, significaba que el mundo creado rodeaba al Ser
divino: "Dios mismo, que tenía
esa omnisuficiencia en sí mismo, concibió a conveniencia de su gloria, el
dibujo de una Circunferencia alrededor del Centro, las Criaturas alrededor de él
mismo".40
La circularidad y
la imagen de la esfera van y vienen con la influencia del hemisferio derecho.
Eran fundamentales para el Romanticismo. Ya he mencionado antes la frase de
Blake, "La Razón es el límite o circunferencia exterior de la
Energía": que sugiere no sólo la idea de que la "Energía", la
fuerza vital de la vida, es como una esfera, sino que la razón está siempre en
el exterior, nunca en el interior - siempre aproximándose a la circunferencia,
sin importar cuan cerca, con cada vez más y más tangentes. Shelley habla del
mundo fenomenológico como si fuera una esfera: "La devoción por algo
lejano/desde la esfera de nuestro pesar". La idea de redondez del
mundo fenomenológico está en algunos de los versos más famosos y
misteriosamente elocuentes de Wordsworth: "la tierra redonda y el
aire viviente", "enroscado alrededor del curso diurno de la
tierra", frases que transmiten mucho más que el hecho banal de que la
tierra es una esfera que gira.41 Van Gogh llegó a decir que "la
vida es probablemente redonda";42 y fue Jaspers quien
afirmó "jedes Dasein scheint in sich
rund ": (Cada ser existente, Dasein,
parece ser redondo en sí mismo.43
La vida
individual fue vista en el pasado como algo más que una simple línea que
conduce hacia…- ¿qué? Su forma tenía las cualidades de un círculo: En mi final está mi principio, y en mi
principio está mi final. Como muchas disposiciones complejas y aparentemente
paradójicas del mundo, esta creencia se expresa mejor con la música que con las
palabras. El rondó de Guillaume de Machaut, titulado, Ma fin est mon commencement, et mon commencement ma fin, escrito a
mediados del siglo XIV, no sólo destaca por su belleza, sino que también
muestra su significado espiritual en la forma de la pieza, en la que la segunda
parte vocal es el reverso de la primera y la tercera es un palíndromo.
Volviendo a un planteamiento anterior, esto es algo que no es meramente ingenioso,
sino que es apreciable por el oyente y asumido (aufgehoben) en el conjunto, donde se añade al significado. El texto
expresa una verdad sobre la vida tanto de este mundo como en el próximo, siendo
la muerte una puerta de entrada a la vida; ya que nuestra relación con el mundo
nos lleva constantemente de vuelta a lo que ya era conocido, pero que nunca
antes habíamos entendido, dando vueltas y buscando nuestros propios orígenes.
Esto reflejaba la
forma del cosmos, del universo y, en última instancia, de lo Divino. La idea de
que Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en
ninguna tiene una larga historia. Es por lo menos tan antigua como el Corpus Hermeticum, un conjunto de
textos cristianos primitivos procedentes del Egipto helénico que se remontan al
siglo III. Tras un intervalo de mil años, fue recogido por el obispo, Alain de
Lille, en el siglo XIII, en donde se encuentra toda la tradición hermética del
Renacimiento, especialmente por Nicolás de Cusa en el siglo XV y por Giordano
Bruno en el XVI, que escribía sobre "una esfera infinita cuyo centro está
en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna", una idea que
tuvo su expresión más famosa en Pascal en el siglo XVII.44
Para los primeros
griegos, la esfera era la forma perfecta, expresión de la eternidad y de la
divinidad. De hecho, el universo de Aristóteles consistía en cincuenta y cinco
esferas anidadas. Más de un milenio después, la esfera volvió a cobrar
importancia a principios del Renacimiento, con la publicación hacia 1230 del Tractatus de Sphaera, o Sphaera Mundi, una compilación
de textos antiguos de Johannes de Sacrobosco (''John de Hollywood''), que se siguió
utilizando hasta finales del siglo XVII. Las esferas comenzaron a ocupar un
lugar destacado en la pintura durante el Renacimiento, tanto por razones
simbólicas como por la fascinación de representar la luminosidad curvada de la
superficie. La idea de que las esferas del firmamento daban lugar, a través de
sus movimientos a una música inaudible probablemente se originó en Pitágoras, y
se basaba en su conocimiento de las proporciones matemáticas que subyacen en
los intervalos armónicos; en el Renacimiento esta idea fue ampliamente
elaborada por Kepler, en la Harmonice Mundi, publicada en
1610.
Con la
Ilustración, sin embargo, el interés por la esfera disminuyó. Se dejó a los
poetas Románticos la tarea de intuir su importancia, hasta que entraron en
escena los fenomenólogos: no sólo Jaspers (véase más arriba), sino, por
ejemplo, Kierkegaard, que concibió cuatro "esferas de existencia"
cargadas de valores, y Heidegger, que habló de la "esfera de lo
real".45 En vista de lo que he dicho anteriormente sobre el
anhelo y sus paralelismos con la fuerza de la gravedad en el universo físico,
es gratificante que Copérnico pensara en la gravedad como una "inclinación
natural... a combinar las partes en forma de una esfera y así contribuir a su
unidad y plenitud", a lo que Arthur Koestler se refiere como "la
nostalgia de las cosas por convertirse en esferas".46
En última
instancia, estas intuiciones concuerdan con las visiones cíclicas de la
historia y del universo que existen en la mayoría de las culturas distintas de
la occidental (hasta Vico), por ejemplo en la cosmología hindú - aunque en
realidad el mito del eterno retorno es un universal cultural.47
Incluso en el Occidente cristiano es un hecho curioso que las representaciones
del cosmos, mucho antes de que se tuviera alguna idea de la redondez de la
tierra o de la curvatura del espacio, tiendan a representarse en la redondez
curvada del techo del ábside, o de la cúpula de la iglesia, o del tímpano situado
sobre la gran puerta occidental, raramente en la planitud de una pared.
El brillo en la
mirada de la doncella
Del mismo modo, también hay esperanza, en la fertilidad de la oposición, del
crecimiento dialéctico - lo que Nietzsche, como Heráclito, llamaba simplemente
guerra - ya que cuanto peor están las cosas, mejor se ponen. Como si fuera su
lema durante mucho tiempo, él cita, Increscunt animi, virnere volnere virtus: "El espíritu crece, [y] la fuerza
se renueva, por medio de las heridas”.48 Y la obvia inautenticidad del mundo del
hemisferio izquierdo que hemos llegado a habitar puede en sí mismo llevarnos a
intentar cambiarlo. En el pasado, esto parece haber sido el factor más
importante, y espero que me equivoque al considerar que la situación actual es
diferente. En cualquier caso, comprender la naturaleza del problema ha de ser
el primer paso hacia el cambio. El cambio, sin embargo, requeriría estar
dispuesto a aceptar que se nos considere ingenuos por no dejarnos atrapar por
la dialéctica de la ironía inteligente, por un lado, o del materialismo
científico, por el otro.
Hegel dice, ahora que "los oráculos.... ya no hablan a los hombres", y "las estatuas
se han convertido en cadáveres de piedra" (por sí sola ya hay mucho
en esta frase), los restos del pasado, las glorias de su arte, de su historia y
su cultura, son como “hermosos frutos caídos de un árbol; que un bondadoso
destino nos ha transmitido, del mismo modo que una doncella podría ofrecernos
esos frutos".49 El árbol, la tierra en la que creció, y el
clima en el que maduró el fruto, ya no están disponibles para nosotros, excepto
como un "recuerdo velado", algo que nos representamos a nosotros
mismos al imaginarlo. Sin embargo, dice Hegel, el conocimiento con el que ahora
debemos recuperar esto, es como el “brillo
de la propia conciencia” en la mirada de la doncella que nos ofrece esos
frutos; aúna la misma Naturaleza que produjo esos frutos, pero "en un nivel superior", y puede
tanto añadir como quitar.
El contraste es como el que existe entre la gente del
campo en la feria, que Wordsworth ve desde Helvellyn, y el propio poema de
Wordsworth sobre esta escena, que aunque carece de la cualidad irrecapturable
del "yo que no se ve a sí mismo", algo que todavía está disponible
para los sujetos observados, es en sí misma una gran obra en un nivel superior
de autoconciencia, que la gente del campo no podía alcanzar. Hegel parece
decir, que nosotros somos necesariamente conscientes de aquello que los
antiguos eran felizmente inconscientes, aunque vemos más: quizás como la
inocencia del adulto, cuando se logra, es mayor que la inocencia del niño,
aunque se adquiere a costa de una conciencia muy dolorosa.
Pero tal inocencia es rara. Solo llega con la edad si
somos muy afortunados o muy disciplinados. El logro de Wordsworth, como el de
Blake y Keats, es que mantienen un grado de inocencia a pesar de su
experiencia, una inocencia que los tres evidencian en lo que se podría llamar
su vulnerabilidad. Sólo a través de ella son capaces de alcanzar una cualidad
inspiradora que puede a veces, ser confundida por necios con la estupidez. El
precio de sus logros es que deben arriesgarse, incluso al ridículo, en lugar de
refugiarse detrás de un caparazón autoprotector de conocimiento irónico y
cinismo.50
La excesiva autoconciencia, al igual que el mundo
mental de la esquizofrenia, es una prisión: su reflexividad inherente -la sala
de los espejos- envía a la mente siempre de vuelta a sí misma. Escapar de la
prisión plantea un problema, ya que la autoconciencia no puede ser frenada por
un acto consciente de voluntad, como tampoco podemos tener éxito en tratar de no
pensar en unas pequeñas manzanas verdes. Una vez mordida la manzana del árbol
del conocimiento, no podemos hacer que el fruto vuelva a estar “sin morder en la palma de la mano". Sin
embargo, la reflexión consciente, la propia raíz del problema, puede por sí
misma proporcionar el antídoto contra sus propios efectos. Heidegger,
Wittgenstein y Merleau-Ponty, todos ellos críticos de la reflexión, encarnaron
en sus escritos un intento reflexivo de superar la reflexión. Una vez más me
vienen a la mente los versos de Hölderlin: "Allí donde hay peligro, lo que
nos salvará crece también”.
Esto se debe a que la filosofía no responde a nuestras
preguntas, sino que sacude nuestra creencia de que hay respuestas que debemos encontrar;
y al hacerlo nos obliga a mirar más allá de nuestro propio sistema hacia otra
forma de entendimiento. Una de las razones por las que leer a Heidegger es al
mismo tiempo una experiencia tan fascinante y tan dolorosa es que nunca deja de
esforzarse para trascender las divisiones cartesianas que conlleva el lenguaje
analítico, para demostrar que existe una vía, un camino a través del bosque,
cuyo recorrido es en sí mismo el objetivo del pensamiento humano. Aunque
podamos encontrar algún "claro", no podemos esperar alcanzar la clara
luz del Empíreo, que como Hölderlin deja claro en el devastador poema, Hyperions
Schicksalslied*, (Canción del
destino de Hiperión), está reservado sólo para los dioses. Quizás
inevitablemente, por eso los últimos escritos de Heidegger están en forma de
poemas. Wittgenstein también vio el verdadero proceso de la filosofía como una manera
de trascender o sanar los efectos de la filosofía en la mente filosófica: la
filosofía es en sí misma una enfermedad, tal y como dijo Karl Kraus sobre el
psicoanálisis, para el que pretende ser la cura.51 De forma más
explícita que los dos anteriores, Merleau-Ponty, mantenía la esperanza de que
pudiéramos aprender a ver las cosas de nuevo mediante un proceso de surréflexion,
“hiper-reflexión”, que nos ayudaría a corregir los efectos distorsionadores de
la conciencia haciéndonos conscientes de ellos. Esta idea ya se les había
ocurrido a los románticos. Al final de su célebre ensayo titulado "Sobre
el Teatro de Marionetas", Kleist plantea la posibilidad de que los
efectos paralizantes de la autoconciencia puedan ser trascendidos a través de
una forma de conciencia aún más elevada, mediante la cual podríamos recuperar
una forma de inocencia.
- “La gracia se manifiesta con la máxima pureza en aquella forma humana
que carece de conciencia o que tiene una conciencia infinita, es decir, en una marioneta
o en un dios". - “Por lo tanto”, dije, un tanto perplejo,
"¿tendríamos que comer de nuevo del Árbol del Conocimiento para regresar
al estado de inocencia?" "Muy cierto", contestó. "Y ese
es el último capítulo de la historia del mundo".52
Con esto concluye su ensayo. En esta
última frase Kleist puede estar advirtiéndonos, como lo hace Hölderlin, que lo
que anhelamos sólo se puede alcanzar en otro mundo, uno donde hay dioses. Pero
su ensayo también confirma que sólo podemos avanzar, no retroceder, y que al
hacerlo podríamos trascender nuestra situación y de esta manera volver a
aquello que se ha perdido. Quizás el propio vacío de la autorreflexión, lo que
Vico llamó "la barbarie de la reflexión", pueda empujarnos hacia el
necesario salto de fe que es lo único que nos permitirá escapar. Después de
todo, incluso el vaciamiento de la conciencia que logra el Zen no es un regalo
al azar, sino que se logra a través de años de autodisciplina seguida
conscientemente.
Reflexión, autorreflexión, subréflexion: es
evidente que de lo que estamos hablando tiene que ver con el punto de vista que
adoptamos. Gombrich escribe que "el verdadero milagro del lenguaje del
arte no es que permita al artista crear una ilusión de la realidad. Es que bajo
las manos de un gran maestro la imagen se vuelve translúcida".53
He utilizado los términos de transparencia y translúcido - "viendo a
través de" - repetidamente: porque como dice Gombrich de la obra de arte,
como dice Jean Paul de la metáfora, como dice Kerényi del mito, y como dice
Merleau-Ponty del cuerpo, nuestra mirada no debe detenerse ahí en los límites
de la “cosa” en sí, ni tampoco debe ser sustituida por otra cosa. La función de
estos elementos translúcidos o semitransparentes es permanecer transparentes en
lugar de llamar la atención sobre sí mismos, ya que al hacerlo logran su
objetivo. Pero hablar de transparencia, y de ver a través de ella, podría
fácilmente sugerir una falsa línea de pensamiento. El agua es distinta del
hielo, pero está presente en el trozo de hielo: no como una mosca que podría
quedar atrapada allí, sino como el mismo hielo. Es el hielo. Y
sin embargo, cuando el trozo de hielo se derrite, el agua permanece. Aunque
veamos agua en el hielo, no lo apreciamos porque esté ahí por separado, ni por verlo
detrás o aparte del trozo de hielo. Cuerpo y alma, metáfora y significado, mito
y realidad, la obra de arte y su significado - de hecho, todo el mundo
fenomenológico, es exactamente lo que es y nada más, no una cosa que esconde
otra; y sin embargo, lo difícil es la empresa aparentemente fácil, de simplemente
"ver lo que es". La realidad no está detrás de la obra de
arte: creerlo sería, como dijo Goethe en una imagen a la que me referí
anteriormente, como si unos niños dieran la vuelta por detrás del espejo para
ver lo que hay. Nosotros la vemos en - a través - el espejo. De manera
similar, afirma él, experimentamos lo universal en, o a través de, lo
particular, y lo atemporal en, o a través de, lo temporal.
Lo que podemos
aprender de la cultura Oriental
Estas ideas serían más intuitivamente comprensibles en una cultura
Oriental. Otro motivo de esperanza es que probablemente estemos más abiertos ahora
al resto de culturas del mundo que aún no están por completo absorbidas por
Occidente, aunque por la misma razón somos más propensos a influir en ellas
para que se parezcan más a la nuestra. El patrón de diferencias psicológicas
entre orientales y occidentales sugiere la posibilidad de una relación
diferente entre ambos hemisferios. Es sorprendente, por ejemplo, que la lengua
japonesa no tenga un método establecido para formar sustantivos abstractos, y que
carezca de artículos definidos o indefinidos, considerados como un paso crucial
en la aparición de los sustantivos abstractos en Grecia.54 Los
japoneses no tienen nada que corresponda a la Idea Platónica, y de hecho no tienen abstracciones en general:
nunca han desarrollado la dicotomía entre el mundo fenomenológico y el mundo de
las ideas.55 Nakamura escribe:
Los japoneses
están dispuestos a aceptar el mundo fenomenológico como absoluto debido a su
disposición a poner mayor énfasis en eventos concretos intuitivos y sensibles,
más que en los universales. Esta forma de pensar que hace hincapié en el
carácter fluido y llamativo de los acontecimientos que se observan, considera
al mundo fenoménico en sí como absoluto y rechaza el reconocimiento de
cualquier cosa que exista más allá [y por encima] del mundo fenoménico.56
La marcada
dicotomía que existe en nuestra cultura entre las formas de ser de cada hemisferio,
que comenzó en la antigua Grecia, no parece existir, o, en todo caso, no existe
de la misma manera, en la cultura Oriental: su experiencia del mundo está
todavía efectivamente basada en la del hemisferio derecho.
Los japoneses
también conservan un sano escepticismo sobre el lenguaje, y esto va de la mano
del rechazo a una realidad a la que se deba, o pueda, llegarse a través de la
pura razón. Según Soiku Shigematsu, abad del templo Shogenji, en el budismo Zen
"una palabra es un dedo que apunta a la luna. La meta de los alumnos del
Zen es la luna misma, no el dedo que la señala. Los maestros Zen, por lo tanto,
nunca dejarán de maldecir las palabras y letras".57 En general,
los japoneses ponen mucho más énfasis en las cosas existentes individuales que
en las generalidades, son más intuitivos
y menos cognitivos, en comparación con los Occidentales, y no se dejan influir
tan fácilmente por la lógica o la construcción de sistemas.58 Según
Ogyu Sorai, un confuciano japonés de principios del siglo XVIII, la comprensión
llega a través del conocimiento de tantas cosas individuales como sea posible:
"Aprender consiste en ampliar la información que tenemos, absorbiendo generosamente
todo lo que nos vamos encontrando".59 Esta actitud habría sido
inmediatamente entendida en Occidente, durante el Renacimiento, pero se perdió
a medida que la Ilustración fue dando cada vez más importancia la
sistematización y especialización del conocimiento, a través de las cuales la
observación de la naturaleza se supeditaba de forma más marcada a la
construcción de teorías.
El reconocimiento
del sentido absoluto del mundo fenoménico está relacionado con el tradicional
amor japonés por la naturaleza.60 Shizen, la palabra japonesa para referirse a la naturaleza, también
la vincula claramente a la forma de ser del hemisferio derecho. En su origen, significa
"por sí misma", "espontáneamente" (de hecho es un adverbio,
no un sustantivo), en contraposición a todo lo que se produce a través del
cálculo o de la voluntad.61 Es todo lo que es "tal como
es". Todo lo relativo a la actitud japonesa hacia la naturaleza, expresado
tanto en la mitología como en la vida cotidiana, sugiere una actitud de
confianza mutua, dependencia e interrelación entre el hombre y la naturaleza. Aunque
shizen se refiere al mundo natural de
la vegetación, los árboles y bosques, también significa la tierra y el paisaje,
así como al "yo natural" considerado como un ser físico, espiritual y
moral, algo que tal vez se asemeje al dasein:
así, aunque existe una distinción entre el hombre, con su voluntad, y la
naturaleza, la oposición entre el hombre y la naturaleza implícita en Occidente
está ausente en los japoneses.
Una actitud
reverente hacia el shizen, ahora
ausente en Occidente, es característica incluso del sistema educativo
científico japonés. El término shizen
implica que la naturaleza es la raíz de la vida en un sentido espiritual o
religioso.62 Iwata, conocido antropólogo japonés, sostiene que entre
los japoneses, así como entre la mayoría de los pueblos del sudeste asiático,
ya sean formalmente budistas o cristianos, existe una intuición del animismo.
Todo lo que rodea a la vida humana, incluyendo montañas, colinas, ríos,
plantas, árboles, animales, peces e insectos, tiene su propio espíritu (kami), y estos espíritus se comunican
entre sí así como con aquellos que viven allí. Al parecer, la mayoría de los
japoneses están familiarizados con tales espíritus y los experimentan: por lo
tanto, no pueden ver las cosas naturales simplemente como objetos, como en la
ciencia Occidental.63 Y debemos ser cuidadosos antes de mirar con
condescendencia o descartar cualquier elemento de esta cultura sofisticada, en
la que ya había altos niveles de educación y alfabetización durante siglos
mientras que la mitad de nuestra población apenas sabía firmar con su nombre.
Lo que las
culturas Orientales también subrayan es el valor de lo efímero, algo que en
Occidente se ha apreciado muy raramente, es decir solo, durante el Renacimiento
y en el Romanticismo. La transitoriedad de la naturaleza (shizen) es vista como la Budeidad, o esencia de lo divino.64
En Occidente, con nuestros aparatos de grabación de todo tipo, valoramos lo que
podemos captar y retener. Pero la vida y todo lo vivo rechaza este enfoque.
Cambia a medida que lo retenemos. Los templos japoneses son vistos como el
mismo templo aunque son reconstruidos cada 20 años: presumiblemente los
japoneses no habrían tenido problemas para responder a la paradoja de la Barca de Teseo, porque de manera natural
ven el mundo como un proceso más que como una acumulación de cosas - como el
río de Heráclito, siempre cambiando, pero siempre el mismo.
¿Por qué en
Occidente pensamos que el valor último reside sólo en lo inmutable, en lo que
es eternamente igual? La idea surgió con Parménides, y Platón dio mayor vigencia
a esta visión del mundo derivada del hemisferio izquierdo, donde todo es
estático, conocido, inalterable. Pero una vez más en el Renacimiento y en el
Romanticismo se encuentran intuiciones de que la vida, y todo lo que tiene
valor, no reside en un estado estático del ser, tal como lo entiende el
hemisferio izquierdo, sino en el devenir, tal como lo entiende el hemisferio
derecho. Por poner sólo un ejemplo, al final de la gran obra maestra de Spenser,
La Reina de las Hadas, en los llamados
"Cantos de Mutabilidad", vemos
al autor, Spenser, dividido entre su lealtad al principio abstracto donde lo
que es fijo y eternamente inmutable, debe ser lo "correcto", y su
intuición imaginativa a favor de la mutabilidad, la individualidad de los seres
creados, la variedad del mundo creado, y
la liberación que proviene de la imprevisibilidad, y que su obra atestigua en
todas sus partes. El las reconcilia cuando pone en boca de la Naturaleza, tras
el suspense de un largo silencio en el que parece estar sumida en sus pensamientos,
deliberando su veredicto, estas palabras:
. . Todas las cosas la firmeza odian Y son cambiadas: aun así, estando bien
encaminadas Ellas no son cambiadas de su primer estado; Sino por su cambio su ser se dilata: Y volviéndose hacia sí mismas al final, de
nuevo, Trabajan en su propia perfección por el
destino....
En esta formulación, Spenser sugiere, a
través de la persona de la propia Naturaleza, que, si bien las cosas
cambian, con ello "dilatan" su ser, volviéndose en cierto sentido más
ellas mismas, y finalmente regresan a sí mismas, trabajando así en "su
propia perfección". Esta es la expresión del misterioso movimiento
circular que el hemisferio derecho vislumbra en las cosas, por el cual hay
movimiento dentro de la estasis, y estasis dentro del movimiento. También
sugiere el proceso por el cual las cosas "dilatan" su ser por su
contacto con el hemisferio izquierdo, siempre y cuando luego sean devueltas al
derecho. Nietzsche fue vehemente al contraponer "en contra del valor
de lo que permanece eternamente igual (véase la ingenuidad de Spinoza, y
también de Descartes), el valor de lo más breve y fugaz, el seductor
destello dorado en el vientre de la serpiente vita".65
Si fuera cierto,
como se podría suponer, que la organización del cerebro en los pueblos orientales
es diferente de la de los occidentales, sin la misma polarización de los
hemisferios, esto podría sugerir otra forma de influir conscientemente en el equilibrio
hemisférico. ¿Qué evidencias científicas podría haber de eso?
No es de extrañar
que, de hecho, haya muchas pruebas de que orientales y occidentales perciben el
mundo y piensan sobre él de maneras muy diferentes. En general, los asiáticos orientales
tienen un enfoque más holístico. Por ejemplo, si se les pide que agrupen
objetos, hacen muy poco uso de las categorías en términos comparativos.66
Es más probable que atiendan a la amplitud del campo perceptivo y conceptual,
observando las relaciones y los cambios, y agrupando los objetos de acuerdo a
semejanzas familiares, basándose en una apreciación del conjunto, más que en la
pertenencia a una categoría. Los occidentales son significativamente más
propensos a dar respuestas unidimensionales, basadas en reglas, o en los
componentes individuales de los estímulos.67 Los orientales también
se basan menos en la lógica formal y se centran más bien en las relaciones
entre los objetos y el contexto en el que interactúan. Utilizan modos más
intuitivos en comparación con los estadounidenses de origen europeo.68
Consideran los eventos como si surgieran de un contexto completo, y tienden a
pensar de una manera mucho menos lineal y más global sobre la causalidad. Por
el contrario, los occidentales tienden a centrarse exclusivamente en el objeto
como causa y, por lo tanto, a menudo se equivocan. Los occidentales son más
analíticos y prestan atención principalmente a los objetos aislados y a las
categorías a las que pertenecen. Tienden a utilizar reglas, incluida la lógica
formal, para comprender su comportamiento.69 Estos efectos
permanecen cuando se analiza el uso del lenguaje.70
Los orientales
utilizan un modo de razonamiento más "dialéctico"; están más
dispuestos a aceptar, considerar o incluso a buscar perspectivas
contradictorias sobre el mismo tema. Contemplan el mundo en el que viven como algo
complejo, conteniendo elementos intrínsecamente conflictivos. Mientras que
estudiantes chinos tratan de retener elementos de perspectivas opuestas
tratando de sintetizarlas, los estudiantes estadounidenses tratan de determinar
cuál es la correcta para poder rechazar la otra. Cuando se les presentan
pruebas de dos posiciones opuestas, es más probable que los orientales lleguen
a un compromiso entre ambas, mientras que el hecho de la oposición tiende a
hacer que los occidentales se adhieran con más fuerza a una de ellas. Los occidentales
adoptan un enfoque más de "lo uno u lo otro". En un experimento, los
voluntarios chinos apreciaban especialmente los proverbios, ya fueran chinos o
estadounidenses, que presentaban una aparente contradicción, como el proverbio
chino "demasiado humilde es bastante orgulloso". Los participantes
estadounidenses prefirieron proverbios sin contradicciones, como "más vale
media hogaza, que nada de pan".71
Los occidentales tienden
a prestar atención a algún objeto focal, analizando sus atributos y
categorizándolo en un esfuerzo por averiguar qué reglas rigen su
comportamiento. Su atención se ve atraída por las características permanentes
de las entidades aisladas. Los orientales prestan atención a todo el contexto,
incluidos los aspectos de fondo y globales de una escena, mientras que los estudiantes
estadounidenses se centran en unos pocos objetos discretos que destacan en
primer plano. En un estudio, voluntarios japoneses que vieron una viñeta de la vida
submarina la recordaban más tarde como una escena integral, como un estanque
con un gran banco de peces y un grupo de algas marinas, mientras que sus
homólogos estadounidenses recordaban sobre todo algunos pocos peces que habían
visto en primer plano.72
A menudo se ha
observado que estas diferencias cognitivas se reflejan en las diferencias entre
las sociedades occidentales y orientales. Lo mismo sucede con el arte: el arte oriental
pone el acento en el paisaje, y en consecuencia tiende a restar importancia a
los objetos individuales, incluidas las personas, en comparación con el arte occidental.73
Además, un estudio de tomas fotográficas de ciudades pequeñas, medianas y
grandes de Japón y Estados Unidos demostró, con medidas subjetivas y objetivas,
que las escenas japonesas eran más ambiguas y contenían más elementos que las
escenas americanas. En un giro adicional, tanto participantes japoneses como
estadounidenses que vieron escenas japonesas atendieron más a la información
contextual que los que vieron escenas estadounidenses.74 Este último
hallazgo, en particular, es fascinante, y tiende a confirmar mi opinión de que
el cerebro crea sus propias proyecciones en el mundo exterior, lo que a su vez
ayuda a influir en el funcionamiento del cerebro de una manera que se refuerza
mutuamente y se autoperpetúa. Esto sugeriría que las características del entorno
urbano occidental moderno pueden estar acentuando las tendencias que el
hemisferio izquierdo ha proyectado ahí, además de indicar una de las razones por
las que se considera que un entorno natural tiene una influencia tan curativa.
Las culturas orientales,
y en particular la japonesa, han sido caracterizadas como
"interdependientes"; en otras palabras, los individuos se sienten
menos aislados que en occidente, ya que forman parte de una red social
interconectada. Para ellos, el sentido del yo (como vimos que era para el
hemisferio derecho) se desarrolla a través del entendimiento de su influencia
en los otros. La superación personal en tales culturas tiene mucho menos que
ver con conseguir lo que uno desea, y mucho más con confrontarse con sus
propias deficiencias, en interés de la armonía, en casa, en el trabajo y entre
amigos.75 Los occidentales se desempeñan mejor en tareas con
demandas independientes que en tareas con demandas interdependientes.76
Los orientales hacen mayores esfuerzos para justificar sus decisiones si las
han hecho en nombre de un amigo, los occidentales si las han hecho para sí mismos.77
La palabra
japonesa para referirse al yo, jibun,
implica una parte de algo que está a la vez separado y no lo está, que es individual
y sin embargo compartido. Es una idea errónea común en occidente pensar que la
cultura japonesa no valora lo individual.78 Por el contrario, la
originalidad, la autodeterminación y la autonomía son muy apreciadas.79
De hecho, en todo caso, los japoneses tienen un sentido más desarrollado de su
intimidad que sus homólogos estadounidenses, con al menos la misma preocupación
por pensamientos, sentimientos y motivos ocultos.80 Pero también son
más sensibles a su condición de pertenencia, en lugar de buscar sólo sentirse
bien debido a las cualidades únicas que los diferencian de los otros.
El énfasis en una
alta autoestima como signo de salud mental es un fenómeno Occidental
relativamente reciente, y está lejos de ser un bien sin más. Tener una baja
autoestima, ciertamente en Occidente, es una causa obvia de ansiedad y
depresión; pero una alta autoestima muestra una correlación clara con una
tendencia a ser poco realista, a ofenderse con demasiada facilidad, y a actitudes
violentas y exigentes si no se satisfacen las necesidades propias.81
Mientras que en Estados Unidos los estudiantes buscan una autoestima positiva,
los japoneses son más autocríticos, una actitud que perciben como sabiduría
natural.82 La necesidad de una autoestima positiva, tal como se la
concibe actualmente, no es algo universal, sino que está arraigada en aspectos
significativos de la cultura norteamericana.83 La gente en occidente
se caracteriza por sobreestimar sus habilidades, exagerar su capacidad para
controlar eventos esencialmente incontrolables y mantener una visión demasiado
optimista del futuro. De hecho, nuestra felicidad depende tanto de tales
ilusiones que, en Occidente, la falta de ellas se correlaciona incluso con
problemas psiquiátricos.84
Esto no es así en
Japón, donde la autoestima no se basa en un alto concepto de sí mismo, sino en
ser un buen ciudadano y buen miembro de su grupo social. Aunque los japoneses
declaren estar orgullosos y felices de estar asociados a una prestigiosa
universidad u organización, no tienen opiniones positivas poco realistas sobre
el grupo al que pertenecen. A pesar de que ellos mismos establecen estándares
más altos para sí mismos y aspiran a metas personales más altas que, por
ejemplo, los estudiantes canadienses, rara vez se sienten deprimidos por no
estar a la altura de las circunstancias. En occidente, el fracaso tiende a
llevar al desaliento; en oriente, a la determinación de hacerlo mejor.85
La adopción de expectativas poco realistas en ausencia de una disposición a
hacer sacrificios puede ser uno de los factores más significativos del aumento
de las tasas de depresión en países desarrollados y en desarrollo mencionados
anteriormente.
Las creencias
sobre el lado izquierdo y derecho del cuerpo en China suponen un interesante
contraste con las de Occidente. Aunque hubo algunas excepciones interesantes en
la cultura de Roma, donde la mano izquierda estaba asociada con la curación y
la religión,86 en general hemos asociado lo que está a la izquierda
con lo que es siniestro o torpe, asociaciones reforzadas por las
escrituras sagradas del cristianismo y el Islam.87 Esto puede tener
que ver con el hecho de que es más probable que el peligro sea detectado por el campo
visual izquierdo (véase el capítulo 2),
ya que el hemisferio derecho está más alerta; o con el hecho de que la mano
izquierda es más débil; o con el hecho de que la condición de ser zurdo está
desproporcionadamente representada entre las personas con discapacidad mental.
Pero podría simplemente reflejar los prejuicios del hemisferio izquierdo
verbal: ¿por qué en muchas culturas existe la mutilación o la restricción
deliberada de la mano o el brazo izquierdo, como por ejemplo entre el pueblo
Nuer del Sudán meridional?88 Hay excepciones ocasionales: por ejemplo, entre los indios Zuni de América del
Norte, el lado izquierdo y el derecho se personifican como dioses hermanos, de
los cuales el izquierdo es el mayor y el más sabio; pero generalmente las
asociaciones son las opuestas.89
Sin embargo,
entre los antiguos chinos, la izquierda es yang y por lo tanto superior,
mientras que la derecha era yin e inferior. Los chinos honran ambas
manos: el ideograma para "derecha" consiste en "mano" más
"boca" (la mano para comer); el de "izquierda" consiste en
la "mano" más "cuadrado", que en China simboliza las artes,
especialmente las artes religiosas y mágicas. En general, el pueblo chino está
educado para ser diestro de mano y pie, pero en lo que respecta a la vista y el
oído, prefieren el lado izquierdo. La mano derecha prevalece sobre la
izquierda, pero la oreja izquierda y el ojo izquierdo prevalecen sobre los
derechos. Los arqueros apuntaban al enemigo con el ojo izquierdo.90
¿Puede el
diagnóstico por imágenes decirnos algo sobre las diferencias entre las mentes
de Oriente y Occidente? No mucho, hasta el momento. En términos de estructura,
las asimetrías cerebrales en las poblaciones chinas son aparentemente similares
a las de los norteamericanos, aunque ligeramente menos marcadas.91
Se han detectado algunas diferencias estructurales en el lóbulo frontal
izquierdo y en los lóbulos temporales bilaterales, que según las pruebas de
IRMf, parecen estar implicadas en la producción del lenguaje.92 En
los hablantes de chino se activa más intensamente la región temporo-parietal
derecha que en hablantes americanos de inglés y español, con una función
lingüística que muestra menos asimetría en general en el chino.93
Sin embargo, la mayoría de los chinos de Hong Kong (principalmente los de habla
cantonesa) tienen, al menos estructuralmente hablando, hemisferios cerebrales
asimétricos similares a los de los europeos.94
¿Qué podemos
deducir, si es que podemos deducir algo, de todo esto? Creo que a estas
alturas, ya hay suficientes pruebas coherentes, de diversas fuentes y de
diversos tipos, para que aceptemos algo que parece intuitivamente probable: que
existen diferencias entre la forma en que los occidentales y los orientales ven
el mundo, y que estas diferencias tienen que ver con el equilibrio de los
hemisferios. Más específicamente, todas y cada una de las diferencias
enumeradas anteriormente, adoptan la misma forma, una mayor dependencia en occidente
del hemisferio izquierdo, y no hay ni siquiera una sola diferencia que sugiera
una mayor dependencia del derecho. Sería tedioso volver a repasarlas todas
aquí, ya que son muchas, pero para cualquier lector que haya llegado hasta
aquí, espero que sean obvias. Esto simplemente confirma lo que el gran biólogo
y erudito de la historia de la ciencia china, Joseph Needham, observó
repetidamente - que había una inclinación por las partículas en el
pensamiento Occidental, a lo que los chinos eran "perennemente
reacios".95 Lo que esto no demuestra, por supuesto, es que la
cultura Oriental dependa del hemisferio derecho y la cultura Occidental del
izquierdo. Ambas dependen de cada uno de ellos. Lo que las evidencias sugieren,
si se revisan con más detalle del que lo he hecho aquí, es que las culturas de
Oriente utilizan las estrategias de ambos hemisferios de manera más equilibrada,
mientras que las estrategias Occidentales están muy sesgadas hacia el
hemisferio izquierdo. En otras palabras, el emisario parece trabajar en armonía
con el Maestro en Oriente, pero está en el proceso de usurparlo en Occidente.
Lo que también
hay que admitir es que, al igual que una marcada diferencia entre el
rendimiento de las dos manos en los diestros se asocia con una ligera superioridad
de la mano derecha, sin embargo el precio que hay que pagar por ello, es que el
rendimiento de "la mano izquierda disminuye drásticamente",96
hay pequeñas ventajas en estar tan sesgado hacia el hemisferio izquierdo. En
algunas tareas, la perspectiva más bien desequilibrada de las cosas que ofrece,
aumenta la eficiencia. Por ejemplo, la falta de interés en el contexto hace que
uno sea peor en algunos aspectos, pero mejora cuando hay que ignorar el
contexto. Al igual que los esquizofrénicos, los occidentales son mejores que
los orientales para aprender reglas arbitrarias de categorización: están menos
distraídos por el sentido común.97 Pero el precio es que pierden
eficiencia drásticamente en otros aspectos. Una observación interesante es que
los asiático-americanos se aproximan más al modelo estadounidense:98
al estar más expuestos a los patrones de pensamiento occidentales, se encentran
en algún punto intermedio entre las dos posiciones. Siempre que se pueda
confiar en un proceso recíproco, esto sugeriría la posibilidad de
des-culturalizarnos en occidente hacia una forma más equilibrada de usar
nuestros cerebros, si estamos dispuestos a aprender de Oriente - y si podemos
hacerlo antes de que sus culturas sean occidentalizadas de manera irremediable.
Por supuesto que
hay una riqueza de sabiduría en la cultura occidental misma, y tiene fortalezas
inigualables, así como debilidades propias nunca antes vistas. Pero cada vez
estamos más alienados de nuestra historia, y por las razones que ya he expuesto,
tal y como están las cosas, aprender de nuestro pasado parece presentarnos
enormes problemas. Una posibilidad es que la música, que nos unió antes de que
existiera el lenguaje, pueda resultar eficaz para regenerar la comunidad,
evitando la necesidad de palabras que han sido devaluadas, o para las que nos
hemos vuelto demasiado escépticos.99 No olvidemos que fue con la
música que Orfeo movía piedras. Pero un resurgimiento así requeriría un cambio
completo en nuestra actitud hacia lo que estamos haciendo en el arte, y hacia
dónde se dirige. Habría que volver a algo tan paciente, atento, hábil y bello
como el trabajo del cirujano en el poema de James Kirkup, titulado "Una
compasión correcta", quien "...con una curiosa elegancia nerviosa pone
al descubierto/la raíz de la vida”, y coloca su “dedo en su corazón
palpitante”.
En última
instancia, lo que no podemos permitirnos es el lujo de seguir aplazando un
replanteamiento tanto del arte como de la ciencia en el mundo que vivimos.
Ambos necesitan ser más humanos, y más humanitarios. En la ciencia, esto
significa alejarse lo más posible del modo desgastado del materialismo
científico con su lenguaje reductor. Las palabras que utilizamos para describir
los procesos humanos tienen una gran influencia en la forma en que nos
concebimos a nosotros mismos y, por lo tanto, en nuestras acciones y, sobre
todo, en los valores que sostenemos. Con el interés creciente en la
neurociencia, tenemos una oportunidad, que no debemos desaprovechar, de
sofisticar nuestra comprensión de nosotros mismos, pero sólo podemos hacerlo si
primero sofisticamos el lenguaje que utilizamos, ya que muchos usuarios
actuales de ese lenguaje lo adoptan de forma tan natural que ni siquiera son
conscientes de cómo están de ciegos a la posibilidad de que puedan estar
tratando con algo que no sea una máquina.
CONCLUSIÓN
Al comienzo de la ópera Ariadna en
Naxos, de Richard Strauss, asistimos a los preparativos para una
representación que organiza un misterioso hombre adinerado, el cual ha
encargado una ópera seria a un joven compositor. También ha contratado a una troupe
de comediantes, commedia dell'arte, para que participe en la
representación: estos actores llamados maschere,
"enmascarados”, representan a personajes comunes de los bajos fondos.
Mientras los diversos actores y músicos se preparan entre bastidores, el joven
compositor, cuya ópera trata de la trágica situación de Ariadna, abandonada por
su amante Teseo, se horroriza al saber que esos intrusos van a representar su
burlesca parodia sobre la infidelidad, inmediatamente después de su
desgarradora obra. ¡Qué escandalo!
Pero esto no es nada, comparado con lo que descubre unos minutos antes de que
los artistas salgan al escenario. En el último momento, su mecenas cambia de idea,
y ahora insiste en que, por falta de tiempo, las dos obras se representen
simultáneamente. Sus tramas "con algunas insignificantes
modificaciones" deberán "presentarse juntas". El farrago
resultante, a veces conmovedor, a veces cómico, siempre incongruente, constituye
la segunda parte de la ópera de Strauss.
En la época en que Hugo von Hofmannsthal escribía el
libreto de Ariadna, también estaba
leyendo a Milton, seguramente L'Allegro
e Il Penseroso, y sus meditaciones
sobre lo cómico y las musas trágicas.100 Pero el hecho de que la
estructura de Ariadna se parezca tanto al cerebro conociéndose a sí
mismo, hace que uno se pregunte si no estuvo influenciado inconscientemente por
la lectura de El Paraíso Perdido.
Porque El Paraíso Perdido me parece
precisamente eso - una profunda autoexploración del cerebro humano dividido: la
relación entre dos poderes desiguales, uno de los cuales fundamenta el ser del
otro, e incluso necesita del otro para su realización, y que por lo tanto tiene
que hacerse vulnerable a ese otro; que, sin embargo, por ceguera y vanidad,
rechaza la unión que habría dado lugar a la aufhebung
(superación) de ambos, y prefiere en cambio un estado de enfrentamiento
permanente. Las consecuencias de esta pugna son que el hombre y la mujer, Adán
y Eva y su descendencia, son expulsados del paraíso.
En las primeras páginas de este libro, escribí que
creía que era una verdad profunda que la estructura interna de nuestro
intelecto refleja la estructura del universo. Por "profunda" quería
decir no sólo que sea cierta por definición, como sería el caso de quienes
creen que el universo es al fin y al cabo una creación de nuestros cerebros. Va
más allá de eso. Creo que nuestro cerebro no sólo determina la manera en que
experimentamos el mundo, sino que probablemente él mismo refleje, en su
estructura y funcionamiento, la naturaleza del universo en el que ha surgido.
Lo que muestran los datos neuropsicológicos que he
considerado en este libro son algunas tendencias subyacentes- tendencias que,
sin embargo, pueden ser en última instancia muy reveladoras. En general, una
imagen se desarrolla a partir de una multitud de pequeños detalles, no
necesariamente sumando todos ellos, al estilo del hemisferio izquierdo, sino
quizás viendo el patrón, como el dálmata que emerge en la borrosidad de
salpicaduras y puntos, al estilo del hemisferio derecho.101 Si me
equivoco, la imagen que discierno en los puntos y salpicaduras simplemente no
será reconocida por los demás; si hay algo de verdad en ella, puede despertar reflexiones.
Como Karl Popper dijo, "las ideas audaces, las anticipaciones
injustificadas y el pensamiento especulativo son nuestro único medio para
interpretar la naturaleza: nuestro único órganon, nuestro único
instrumento para captarla".102 O, tal vez, para tenderle la
mano.
También me gustaría decir algo sobre la incertidumbre.
En el campo de la religión hay dogmáticos tanto de la no-fe, como de la fe, y
ambos me parecen más próximos entre sí que aquellos que intentan mantener
abierta la puerta a la posibilidad de algo más allá de la forma habitual de
pensar, la cual tendríamos que encontrar, con esfuerzo, por nosotros mismos.
Del mismo modo, en lo que respecta a la ciencia, hay quienes están seguros,
Dios sabe cómo, de lo que revela la paciente atención al mundo, y quienes en
verdad no se preocupan, porque ya se han hecho a la idea de que la ciencia no
puede decirles nada profundo. Considero ambas posturas una enorme equivocación.
Aunque no podamos estar seguros de que es lo que revela nuestro conocimiento,
esta es una posición mucho más fructífera - de hecho la única que permite la
posibilidad de creer. Y lo que ha limitado el potencial tanto del arte como de
la ciencia en nuestro tiempo ha sido la falta de fe en cualquier cosa que no
sea la versión más reducida del mundo y de nosotros mismos. La certeza es la
mayor de todas las ilusiones: cualquiera que sea el tipo de fundamentalismo que
lo sustente, ya sea el de la religión o el de la ciencia, se corresponde con lo
que los antiguos entendían por hubris(soberbia). La única certeza, me
parece, es que aquellos que creen que con toda seguridad tienen la razón, están
ciertamente equivocados. La diferencia entre los materialistas científicos y el
resto es sólo ésta: la intuición de los primeros es que la aplicación
mecanicista de la razón revelará todo sobre el mundo que habitamos, mientras
que la intuición de los otros los lleva a estar menos seguros. Prácticamente
todos los grandes físicos del siglo pasado - Einstein, Bohr, Planck,
Heisenberg, Bohm, entre muchos otros - han planteado el mismo punto. Se trata
de un acto de fe, tanto para los científicos como para cualquiera. Según Max
Planck, "cualquiera que haya estado seriamente comprometido en un trabajo
científico de cualquier tipo se da cuenta de que en la entrada de las puertas
del templo de la ciencia están escritas las palabras: Hay que tener fe.
Es una cualidad de la que el científico no puede prescindir". Y continúa:
"La ciencia no puede resolver el misterio último de la naturaleza. Y eso
es porque, en última instancia, nosotros mismos somos parte de la naturaleza y,
por lo tanto, parte del misterio que estamos tratando de resolver".103
En un famoso pasaje Lessing escribió:
El verdadero
valor de un hombre no está determinado por su posesión, supuesta o real, de la verdad,
sino más bien por su esfuerzo sincero por llegar a lo que hay detrás de la verdad.
No es la posesión de la verdad, sino la búsqueda de la verdad por medio de la
cual extiende sus poderes y en la que se encuentra su siempre creciente
perfectibilidad. La posesión hace a uno pasivo, indolente, vano - Si Dios
tuviera encerrada en su mano derecha toda la verdad, y en su mano izquierda el
esfuerzo siempre vivo hacia la verdad, aunque con la condición de que deba
errar para siempre, y me dijera "Escoge", yo humildemente escogería
la mano izquierda y diría ¡"Padre, concédemelo! la verdad absoluta es sólo
para ti.”104
Lessing, como Goethe, escribió un
Fausto, aunque sólo se conservan fragmentos. En su poema Fausto también es
redimido por su interminable esfuerzo. Nótese, por cierto, que es la mano
izquierda, la servidora del hemisferio derecho, la que contiene el esfuerzo
siempre vivo por la verdad.
En este libro, la
certeza no ha sido ciertamente mi objetivo. No me preocupan tanto los aspectos
que siguen sin estar claros, como los que parecen estarlo, ya que es casi
seguro que eso significa que no se ve con claridad. Comparto la desconfianza de
Wittgenstein hacia los modelos engañosamente claros: y, como dijo Waismann,
"cualquier explicación psicológica es ambigua, críptica y abierta, porque
nosotros mismos somos seres de muchas capas, contradictorios e incompletos, y
esta compleja estructura, que se desvanece en la indeterminación, se transmite
a todas nuestras acciones".105 También simpatizo con aquellos que
piensan que eso suena como una evasiva. Pero creo que las cosas, tal y como
existen en la práctica en el mundo real, más que tal y como existen en la
teoría, en nuestras re-presentaciones, probablemente sean intrínsecamente
resistentes a la precisión y a la clarificación. Esto no es un fallo nuestro,
sino una indicación de la naturaleza de lo que estamos tratando. Esto no
significa que debamos abandonar el intento. Es el esfuerzo lo que nos permite
lograr una mejor comprensión, pero sólo en la medida en que esté imbuido de un
reconocimiento cuidadoso de los límites de la comprensión humana. Lo demás es
soberbia.106
Si finalmente se
pudiera demostrar definitivamente que las dos formas principales, no sólo de
pensar, sino de estar en el mundo, no están relacionadas con los dos
hemisferios cerebrales, me sorprendería, pero no me disgustaría. En última
instancia, lo que he tratado de señalar es que las "funciones"
aparentemente separadas en cada hemisferio encajan inteligentemente para formar
en cada caso una única entidad coherente; que hay, no sólo corrientes aquí y
allá en la historia de las ideas, sino formas coherentes de ser que persisten a
lo largo de la historia del mundo Occidental, que se oponen fundamentalmente,
aunque sean complementarias, en lo que nos revelan; y que los hemisferios
cerebrales pueden ser vistos, como mínimo, como una metáfora de las mismas. Una
consecuencia de tal modelo, lo admito, es que podríamos tener que revisar la
suposición de superioridad de que entendemos el mundo mejor que nuestros
antepasados, y adoptar un punto de vista más realista en el que simplemente lo
vemos de manera diferente - y de hecho, es posible que veamos menos de lo que
ellos veían.
La naturaleza
dividida de nuestra realidad ha sido una observación constante desde que la
humanidad ha sido lo suficientemente consciente de sí misma como para
reflexionar sobre ella.107 El
representante más clásico del moderno espíritu autoconsciente, el Fausto de
Goethe, declaró célebremente, "Dos
almas, ¡ay! moran en mi pecho". (Zwei Seelen wohnen, ach! in
meiner Brust").108 Schopenhauer describió dos formas de
experiencia completamente distintas ("zwei vóllig heterogene Weisen
gegebene Erkenntnif").109 Bergson se refirió a dos órdenes
de realidad diferentes ("deux réalités d'ordre différent").110
Scheler describió al ser humano como un ciudadano de dos mundos ("Birger
zweier Welten") y dijo que todos los grandes filósofos europeos, como
Kant, que utilizaron la misma formulación, lo habían visto igual.111 A lo que todo esto apunta es a la naturaleza
fundamentalmente dividida de la experiencia mental. Cuando uno pone esto junto
con el hecho de que el cerebro está dividido en dos partes relativamente
independientes que casualmente reflejan las mismas dicotomías a las que están
apuntando - alienación frente a compromiso, abstracción frente a encarnación,
lo categórico frente a lo único, lo general frente a lo particular, la parte
frente al todo, y así sucesivamente - parece una metáfora que podría tener
alguna verdad literal. Pero si resultara ser "sólo" una metáfora,
estaré satisfecho. Tengo un gran respeto por la metáfora. Es la forma en que
llegamos a entender el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario